Por favor, ajusten sus cinturones

Hay una imagen que grafica lo que pasa en la Argentina desde hace unos días. En el Boletín Oficial de la Nación se publicó el lunes una serie de decretos de designaciones que habían sido firmados el viernes, martes y miércoles no hubo un solo decreto, el jueves apareció uno con una modificación a un decreto menor y nada más.

Lo puedo decir con todas las letras: esta semana no hubo gobierno.

No creo que haga falta analizar el contenido de la cartita de la vicepresidente con la cuál prendió fuego lo que quedaba, pero sí me resultó curioso el ensañamiento hacia el vocero Juan Pablo Biondi. Sos la Estadista de Toulouse, el mejor cuadro político de estas tierras desde la llegada de Juan de Garay, las más mejora de las presidentas de toda la historia y el culpable es un vocero. Un vocero político es un periodista frustrado, como todos, pero que encontró una salida que el resto nunca vimos. ¿Eso te sacude el piso? ¿Sos la Emperatriz de Fantasía y tu Torre de Marfil se cae por un sanguchero con cargo oficial?

Y encima habla de operaciones. Operaciones en el mismo día en el que Fernanda Vallejos se puso a leer un guión en formato Whatsapp que después desmintió en Twitter pero que coincidía con lo que Cristina firmó y publicó.

Lo único que me sorprende es que haya gente que se sorprenda. Un gobierno tan sádico que pretende que solo hablemos de ellos. Un gobierno que está más preocupado en una interna pedorra que en cualquier otra cosa.

Lo único que puedo llegar a definir de lo dicho por Cristina es que es dañina, lo cual no es ninguna novedad, pero pocas veces ha sido tan explícita: una vez más criticó la búsqueda del equilibrio fiscal y pidió que a Néstor lo recuerden de forma completa. Curioso, porque comenzó su texto con una afirmación un tanto subjetiva: que ella no miente. Y si hay algo a lo que Néstor Kirchner y Roberto Lavagna se abrazaron como si fuera el único trozo de madera en el océano fue al bendito equilibrio fiscal.

Lo que sí es para analizar, para pensar y, sobre todo, para saludar a los seres queridos, poner en orden los papeles y abrocharse los cinturones es la realidad de los sectores más castigados.

Hay una lógica de Poder histórico en el peronismo que ha sido la canalización de los sectores populares. Primero fueron los trabajadores a través de los sindicatos cooptados uno a uno y para siempre. En el siglo XXI fue la canalización de los clamores de los movimientos sociales.

Hoy el Presidente no puede sentarse con los movimientos sociales para prometerles nada porque nada hay para ofrecer. Y el poder sindical va muriendo lentamente con sus líderes octogenarios que prefirieron fortalecer sus patrimonios antes que sus sindicatos. Hoy no solo tienen escasísima representación sino que, por si fuera poco, se encuentran entre los organismos con peor imagen del país.

Cristina, que de nueve elecciones en las que fue gravitante ganó solo tres, culpa a Alberto y tiene razón: el hombre no hizo otra cosa que complacerla

Pero en esta tierra en la que se habla de “la grieta” y que en realidad somos un mapa zanjones, ahora estamos paralizados por la debacle sin retorno del gobierno nacional. Sí, dije sin retorno, salvo que ocurra un milagro. En esta puja veo que muchos salieron a tomar partido para garantizar la gobernabilidad, como si nosotros fuéramos funcionarios. Y la verdad es que en la pelea entre Alberto y Cristina yo elijo sobrevivir. No podemos ser tan simpáticos de pretender salvar a Alberto de su propia pelotudez.

Este jueves, tras la publicación de la cartita de Cristina Fernández, Alberto Etcétera se reunió con su mesa ratona en Olivos para pensar cómo responder. Desde ese mismo lugar en el que estaban sentados Julio Vitobello, Juan Pablo Biondi, Vilma Ibarra, Gustavo Béliz –¿se acuerdan de Béliz?– quienes llevaron su propuesta: “aprovechá”. Desde allí me llegó un increíble “Alberto se niega rotundamente, cree que puede conciliar”. Increíble para el emisor, obviamente. Porque, repitamos nuevamente, Alberto está acostubrado a rosquear a pedido. Nunca tuvo brújula propia.

De cuando trabajaba en medios gráficos todavía me quedan algunos contactos que no sé para qué contacté si buscaba una palabra de aliento: “Estamos a la buena de Dios”. Tranca, palanca.

La carta que sí me impactó fue la del Arzobispo de La Plata, Víctor Fernández. El Monseñor dio a entender un cuadro de gravedad social casi desesperante. Más bien desesperante. De forma literal: “se acaba el tiempo”. De hecho, entre críticas por el aborto, Fernández le dio a entender al Presidente lo que Etcétera ya sabe: “Muchas mujeres, a las que el gobierno creía responder, estaban viviendo al día, con sus familias despedazadas, sus hijos que habían abandonado el colegio y habían caído en la droga y la delincuencia, y con la plata valiendo cada día menos”. Por si no quedaba claro, el Arzobispo finalizó con un “ya hay mucha gente cansada de esperar”.

El hombre está a cargo de una arquidiócesis de la que dependen 75 parroquias repartidas sobre 4700 kilómetros cuadrados y que comprenden a la totalidad de los partidos de La Plata, Berisso, Ensenada, Magdalena y Punta Indio. ¿Hace falta leer demasiado entre líneas para entender a qué se refiere con que “se acaba el tiempo” y “hay mucha gente cansada de esperar”?

Puede sonar a golpismo eclesiástico o a lectura de los que están en la calle en las barriadas más paupérrimas. Pero para aclarar los tantos podemos recurrir a los intendentes del conurbano bonaerense que también están profundamente temerosos. Sin ir más lejos, el intendente de Ituzaingó, Alberto Descalzo, pidió un “proyecto que contenga” y se refirió a los “sectores más vulnerables”. El resto de los intendentes de los distritos más pobres aseguran que faltó coordinación en la campaña. ¿A quién van a culpar, a Alberto o a Máximo que quiso manejar la elección en provincia junto a Axel Kicillof? Al que pueda garantizar la paz callejera. Y hoy no tienen a nadie. A nadie.

No es un arzobispo, no soy yo, no son los intendentes, es la realidad la que dicta que un sector muy mayoritario de la sociedad está crujiendo entre el hambre, la inseguridad, la falta de ingresos y la ausencia de respuestas del Estado-que-todo-lo-puede. A esa gente, la militancia boba los acusa de desagradecidos. A esos seres humanos los rebajaron a mascotas que deben devolver con votos los huesos que les tiraron durante la campaña. A esa gente, la más afectada por la inseguridad y la inflación, aún los tratan como basuras comprables por unos pesitos que valdrán menos que la tinta que llevan impresa en unos meses.

Y si nosotros, desde las grandes ciudades, sentimos el vacío de Poder, imaginen por un segundo la sensación de Estado Fallido que se vive en los bolsones de pobreza. ¿Pueden imaginarlo sin espantarse?

Ahora viene la pregunta del millón, esa que ningún consultor se anima a aventurar: si ésto pasó con tan solo una primaria ¿cómo resiste dos años más de mandato el señor Presidente?

Escenarios hay varios aunque escasos. Si nos centramos sólo en los que no son los peores, Alberto se sostendrá con el respaldo de los gobernadores y un grupo de empresarios, mientras resiste todos los embates posibles del kirchnerismo. Después de lo hecho por Cristina, a prepararse para cualquier cosa. Deberá buscar sí o sí la forma de contener lo que los intendentes y la Iglesia ya ven como una ola que se acerca desde el horizonte: un estallido social de los sectores más vulnerables, los que fueron confinados en ghettos sin conectividad, sin dinero y ahora son basureados.

Y que no se corte la negociación con Horacio Rodríguez Larreta para lograr terminar el mandato. Sí, la negociación, rol al que se encuentra abocado Sergio Massa desde hace meses y que, tras el Exocet de Cristina a la línea de flotación del Presidente, deberá dedicarle más y más tiempo.

Larreta ya se expresó de forma muy escueta: es un problema interno del Frente de Todos. Subtitulado: que se maten entre ellos. Pero como Larreta tiene aspiraciones de ser Presidente, primero tiene que conseguir que quede un país al que presidir. De allí a que en estos días se hayan reactivado las llamadas desde el celular de Sergio Tomás, solo una derrota electoral de distancia.

O sea: dos años de lenta agonía por delante. Siempre y cuando nadie se canse. Siempre y cuando se logre cierta paz social que no pueden garantizar ni los movimientos sociales que no representan a todos los pobres del país, ni los sindicatos que no representan a todos los laburantes del país, ni los dirigentes políticos que no controlan a sus votantes.

Escenario dos: alguien cede y ya sabemos quién. El resultado son los mismos dos años de lenta agonía con embates, apoyos tibios y con una herida interna imposible de cicatrizar.

Pero para pensar en cualquiera de esos escenarios, primero tenemos que sobrevivir a noviembre. Y para llegar a noviembre, tenemos que atravesar octubre. Y para llegar a octubre faltan dos semanas. O sea: todo comienza a definirse a partir de hoy y veremos qué nos queda el lunes 20, sea en público o por debajo de la mesa.

Y siempre y cuando Cristina no quiera pudrirla aún más. ¿Creen que no puede? Imaginen los malabares de Alberto si ella decide romper literalmente. ¿Quién lo sostiene?

Ah, para no perder la costumbre y aunque ya lo haya mencionado en el texto: ojo con Massa.

P.D: No quiero dejar de mandar un saludo a todos los colegas que durante los primeros meses del gobierno de estos tipos publicaron cosas del tipo “Alberto se emancipó de Cristina”, “la novedosa forma de ejercer el Poder de Alberto”, “Fernández se fortalece y opaca a Cristina”, “el gesto de Fernández para respaldar a su gabinete”, “el gesto de Fernández para contestarle a Cristina” o el gesto de Fernández para rascarse un huevo. No hay dinero que pueda pagar tanta sabiduría ancestral de no dejar caer una gota al piso y, con los platos rotos, salir a explicar lo que no quisieron hacer antes.

 

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