Inicio » Relato del presente » Amargo, por favor
Un sábado soleado de primavera ocurrió un pequeño milagro. Estaba de paseo por La Boca, ya a punto de retirarme hacia mi casa cuando vi una pastilla gigante con múltiples flechas incrustadas. La droga se llama “Ganas” en una dosificación de 25 miligramos y me obligó a ingresar a la expo centrada en la obra de un artista que no conocía llamado Bremer. Las pastillas se mezclaban con la cultura pop y de pronto aparece una con las piernas y guantes de Mickey, un Atlas que, en vez del planeta Tierra, carga en sus hombros una píldora de Tiempo, unos 25 miligramos de Pasión que son pisoteados, blisters gigantes que al mirarlos de cerca contienen nuestro rostro gracias a un espejo, y un largo etcétera de genialidades.
Pero lo auténticamente sobrenatural ocurrió cuando le consulté a la curadora del lugar por la obra en sí y me dijo “vení” para que me pudiera presentar al artista. Charla va, charla viene, quedé fascinado y se lo hice saber. Volví a mi casa más contento por la obra que por haber paseado por tanto azul y oro. Tan solo un par de días más tarde, Bremer me pregunta si estaba interesado en participar de una charla con la excusa de la obra, junto a dos antropólogos y a su propia madre, también artista plástica. Claro, mi historial como muestra viviente de pastillero humano debe haber influido en la invitación, supongo, pero no me iba a perder tamaño convite: dije que sí.
Luego vinieron días de sopesar si había estado en lo correcto o no. En contra me jugó que hacía tiempo que no hablaba ante gente desconocida, mucho menos junto a otros que tampoco conocía. Las fobias no se compensan con mis propias píldoras, pero me negué a buscar información sobre los dos antropólogos para no sentirme condicionado. Y es que, en parte por mi propia culpa y en parte por los tiempos delirantes en los que creemos que nos acostumbramos a vivir desde hace un par de décadas, tengo una predisposición a suponer que el otro puede llegar a sentirse incómodo por la presencia de alguien que no coincide con su visión del mundo. Lo más loco es que no pasó nada que no fuera lindo. Porque no charlamos de política, porque no nos preguntamos a quién votamos antes de comenzar un encuentro.
Cada uno tiene una dinámica distinta a las de nuestros pares, nuestros vecinos, nuestros parientes y amigos. Muchas veces elegimos callar frente a un comentario sobre algo en lo que no coincidimos pero que lo dijo alguien querido. ¿Por qué lo hacemos? Porque no vale pelearse por una pelotudez tan grande como que tu padre exagere una anécdota de cuando eras chico, o porque no hay un rastro de maldad genuina en tu hermano que te toca un rollo cuando ni él pareciera que fuera a desmayarse en un ayuno intermitente de 16 horas. O días.
Existió un punto en el que lo que se denominó grieta se convirtió en insufrible. El foso más profundo del planeta es el Abismo de Challenger, ubicado al sur de la fosa de las Marianas, en el océano Pacífico, y que llega a medir más de once kilómetros de profundidad por debajo del nivel del mar. La presión atmosférica allí abajo equivale a 1.100 veces y así y todo debe ser más amable que caer en lo que, cándidamente, en la Argentina llamamos “una grieta”. No, no es una grieta. Las grietas son síntomas de algo que puede resquebrajarse pero que aún está a tiempo de obtener alguna solución. Nosotros, por equis motivos, las dejamos pasar y a cada rato pasamos una nueva línea de no retorno.
Me gusta decir que no fui yo el que se alejó de las amistades kirchneristas, sino que lo hicieron ellos. A veces me pregunto qué tanto puede aguantar otra persona, qué tanto puedo aguantar yo. Hoy, con el kirchnerismo muerto y el panperonismo progresista aún en un debate de si acepta que los caudillos son conservadores religiosos del interior profundo o vuelve a las bases del Frepaso, no tiene mucho sentido mantener discusiones idiotas. No con ellos, no con los ciudadanos de a pie. Y en realidad nunca tuvo mucho sentido porque ni ellos podían convencerme ni yo a ellos. Lo que sí ocurría con nuestras retóricas y expresiones masivas eran los factores de presión a los organismos de contrapeso, a veces un Congreso medio atontado, otras para despabilar a jueces. Sin embargo, por nuestros propios medios o en convivencia con gente afín en redes sociales o a las puteadas en un bar, solo logramos una válvula de escape a la presión que acumulamos. No es poca cosa, ahorra mucha guita en terapia y ayuda a chequear qué tan bien venimos del aparato cardiovascular.
Me cuesta mucho predicar un criterio de amor y paz cuando hay demasiada gente herida por cuestiones totalmente atribuibles a la política argentina, donde los sacudones hacen que consideremos una opción más apacible patinar en adoquinado. Pero más me cuesta entender el anclaje en rencores del pasado por personas que en los momentos más álgidos, tristes y peligrosos para los que estábamos en las peleas de la grieta ocurrieron cuando estos seres enojados y vengadores estaban en otra, por conveniencia, por desconocimiento, por vagancia o porque estaban, repito, en otra sintonía sin que haya existido ninguna ley que los obligara a actuar.
Tengo tristes laureles para demostrar mi coartada de en qué andaba. Si menciono la palabra “testimonial” en un comentario pedorro al pasar –»más testimoniales que una fiscalía en turno”– es porque ya en 2009, un pibe de 27 años que quería aprender a escribir más bonito, se hacía eco de lo que pasaba en las elecciones legislativas de aquel año. Podría, con el comentario de este cuarentón y a la distancia, celebrar un debate de argumentos con los que consideran que ser designado Jefe de Gabinete o ministro del Interior es un ascenso político; podría sostener que un ascenso debería darse, a mi criterio, en el terreno del premio y, si tanto se le quiere agradecer al legislador electo por su desempeño, se lo encumbre como presidente de la Cámara correspondiente, como harán con Patricia Bullrich en el Senado en lugar de “ascenderla” y dejarla nuevamente como ministra de Seguridad. Incluso podríamos entrar en la nebulosa de si vale considerar testimonial a alguien a quien le ofrecen un puesto después de una elección y no cuando se queda con el puesto que tenía de antes.
Podríamos habernos cagado de risa de cosas que no podemos solucionar, preguntarnos si está bien hablar de capacidad de gestión cuando no es requisito legal para ningún cargo y que, en realidad, deberíamos enojarnos con los constituyentes originales por no someter la designación de ministros al conforme del Senado, como sí ocurre en el país al que le copiamos el modelo. No es que esperaba que se diera algo así en ningún momento, pero mucho menos ansiaba una llegada de gente que no conozco, que no me sigue, que nunca vi en mi vida, que no concuerdan sus arrobas con sus nombres mostrados, y que todos vinieran a decirme “que llore por kuka”. Tampoco esperaba un bloqueo por parte del Presidente. No participo de entrevistas a él, no hablo con él, lo debo haber cruzado una decena de veces entre pasillos de tevé y algunas reuniones tuiteras y siempre con un trato amable de ambos lados. Tampoco puedo quejarme, ya que me bloqueó de su cuenta personal y no como presidente.
En algún punto hay que notar que herimos a seres queridos. En algún momento hay que bajar un cambio, dejar de reírse de cosas que sabemos que afectan a personas a las que, no digo ya por empatía, sino tan sólo por cercanía, nos deberían importar. Yo no sé qué se jugó en el medio, pero hay tanta gente con la que nos conocimos con un faro aglutinador que justificaba su pertenencia en valores que hoy no parecieran importar, que me pregunto qué tanto daño nos hizo el kirchnerismo si, en definitiva, nos permitió conocernos entre cientos de personas que no teníamos formas de encontrarnos en cualquier otra circunstancia. Durante unos lustros fuimos felices, nos quisimos, nos juntamos a engordar, nos ayudamos y, de pronto, resulta que sólo queríamos que se fuera Cristina. ¿Qué deseábamos que ocurriese después? Bueno, cada persona tiene un mundo de visiones. En muchas de esas visiones, no entramos los demás.
Así me veo nuevamente en un apartado en el que no puedo creer cómo elegimos con qué sí hacernos los boludos. De pronto me encontré de nuevo en la división de hablar de economía con los de derecha y de cultura con los progres, mientras más confirmo que era un verso perverso suponer que esto se arreglaba con Cristina fuera del juego. Néstor murió hace quince años, Cristina no puede volver a presentarse a nada y sus seguidores políticos quedaron reducidos a la miseria gracias, en gran parte, al último invento de un Alberto Presidente y un Máximo al frente del PJ Bonaerense. Ni La Cámpora en pie ha quedado. Ante esa notable, inmensa ausencia, hay que llenar el vacío del que nos quiere convertir en un estado fallido, en una Venezuela de segunda mano. ¿Quién entra ahí? Bueno, cualquiera que no esté con nosotros es, por definición, un kuka, porque el mundo siempre estuvo dividido en dos y así debe seguir. ¿Y quién encarna lo contrario al kirchnerismo? Hoy es Milei y todo lo que diga o haga. Y como Milei tiene un temita con la confianza en terceros, cualquiera que caiga en desgracia es un paria o un kuka. Así, con k de kuka.
Perdón lo autorreferencial, pero diré lo siguiente primero porque tengo lengua, segundo porque vivimos en un país independiente, soberano, libre, con libertad de expresión, sin censurablablablá y tercero porque se me antoja: no sé si quiero seguir con el jueguito de amigos-enemigos tan rancio que las fotos del nacimiento de la grieta vienen con las fechas en rojo sobreimpresas de las camaritas digitales que compramos antes de que los celulares inteligentes fueran accesibles. Así de viejos estamos, así de naftalina olemos.
Estas líneas podrían derivar en una caracterización de los dos extremos del fan, el bruto que cree que pertenece y el que sí pertenece. Sin embargo, llevo un invicto de varios años de no hablar de ellos. Aparte, no es el sentido de esto, sino los otros, los que ayer nos amuchaban los reclamos de república, el fin de la corrupción y el de las divisiones. Hoy, como si no registraran lo que hacen, mantienen el mismo vocabulario, las mismas expresiones tiradas a las bolsas de “los que se quejan de esto no decían nada de aquello”. Solo que ahora, los que no decían nada decían mucho.
Podría hablar de mi familia, donde las diferencias militantes no nos impidieron el cariño entre los primos que nos criamos juntos. Y por diferencias puedo llegar al extremo de decir que en la Plaza de Mayo, aquella noche de piñas por quién la ocupaba, si la puta oligarquía agrogarca o la militancia nacional popular en los albores de marzo de 2008, el único rostro conocido que encontré estaba cantando con la Juventud Peronista. ¿Quién tolera más a quién, él a mí o yo a él? Ninguno hace ese ejercicio. Nos queremos, no hablamos de lo que puede dañarnos. Supongo que ayuda el hecho de que yo no sea una persona muy presente. Supongo que ayuda haber crecido con las historias de heridas familiares que nunca cierran.
Y ahí llego al punto de las personas a las que elegimos para relacionarnos. Es más puro vincularse sin la obligación de la sangre y, sin embargo, no paro de ver comentarios que sé que joden a otros del mismo grupo. Y sé que los emisores saben que jode. Y no les importa. El país no será mejor si dicen lo primero que se les cruza por la cabeza ni será peor si lo callan. Entonces ¿cuál es la necesidad? Cada vez más seguido encuentro menos incomodidad en pensar que no hay otra necesidad que la de dejar salir algo que es provocado vaya a saber uno por qué tipo de background, como esos traumas que nunca supimos que estaban ahí, pateados bajo la alfombra de una mente sin analizar. Ya no hablo de esos que pasean su sociopatía con orgullo, escudados en el mantra “no tengo filtros”. Hablo de nosotros, de los que podemos medir que provocamos un daño innecesario por cosas que no controlamos, que no cambiarán y que tampoco son cruciales para nuestra vida.
No llevo la cuenta de las personas que ya no forman parte de mi vida por posiciones políticas. Me niego a hacerla porque sé que es un número que impacta. Hay gente que la mantiene al día y podría mostrarla y jactarse con orgullo. Tampoco hago de esto un llamado a la hipocresía de mantener vínculos con personas con las que no nos sentimos en sintonía, que creemos que lloran por todo o que, ante una idéntica realidad, la percibimos de formas radicalmente distintas y nada hará que uno de los dos acerque posiciones.
Quiero creer que mis ideas salen claras, necesito creer eso porque es la única forma que tengo de ordenar la cabeza. Si lo pienso, es un tornado de ideas que chocan y por eso necesito bajarlas a este papel de mentira. Tiendo a creer que un buen ejercicio es “si a vos te afecta y a mi no me cambia en nada, dale para adelante”. Tiene distintas variantes, pero todas se basan en algo básico y elemental: en qué me perjudica y, si no lo hace, por qué me siento mal al respecto.
No sé si somos conscientes de que el darwinismo social ha permeado a pesar de haber sido denostado hace casi un siglo. Realmente creemos en que nos va bien porque somos los más aptos, realmente creemos que cada uno tiene lo que merece y no que a veces existe un imponderable enorme: la suerte. Hay gente que a la suerte la abraza y le hace mimos para agradecerle su presencia. Hay otros que parecieran no reconocer que su esfuerzo para el mérito ha sido reducido al apellido o a tan solo estar en el lugar correcto en el momento señalado y salen con el dedo moral a señalar quién es el bien y quién es el mal. Tampoco quiero dejar de lado el sujeto al que nada le alcanza, el que se rompió el orto toda la vida para ocupar un lugar, lo consigue y se siente como Hiroo Onoda, el soldado japonés que no se enteró de que la Segunda Guerra Mundial había terminado hasta 1974. No hay paz posible, todo es enojo, nada se disfruta si no hay una baja del otro lado.
“El argentino no desea tener lo que el otro tiene, sino que desea que el otro no lo tenga”, es una frase que en realidad nació en España para hablar de ellos y que, seguramente, es aplicable en varias latitudes del planeta. Sin embargo, cada vez que surge un nuevo aire, nos movemos como si sintiéramos placer en la desgracia ajena. Ya no hablo de cuestiones económicas, sino que bajo a algo tan estúpido como ponerse la camiseta de un político y no por razones de simpatías ideológicas sino porque es la garantía de hacer sufrir al otro. Y en ese otro están los que odiamos desde siempre y los que hasta ayer compartían mesa con nosotros.
Tampoco creo que sea correcta mi postura de no querer pelear más. Simplemente soy yo el que no tiene más ganas de hacerlo con estos cambios de reglas en los que no importa qué hagas o dejes de hacer, sino quién o cuántos creen que hiciste o no hiciste algo y cuántos más se sienten con el derecho a juzgarte amparados en cuestiones tan básicas cómo sus sentimientos.
El mundo exterior a nuestra porción en el cono sur no ha logrado despabilarse del golpe de la pandemia y lo que se hizo durante ella. Todavía no sabemos cómo atarnos los cordones a nivel país, pero nos sentimos con la capacidad suficiente para tomar partido por conflictos que llevan siglos sin resolverse. Todavía encuentro divertido reirme de los que creen que serían felices si viveran en países donde sus postureos son castigados con la pena capital. Incluso me resulta satisfactorio responder con una botella tirada al mar de las opiniones argumentadas. Ahora, ¿cómo es que llegamos así a la mitad de la tercera década del siglo XXI si tan clara la tenemos? Por culpa de otro, claro. ¿Qué hacemos? ¿Lo exterminamos? ¿En serio? ¿Y de quién nos vamos a reír socarronamente con un tuit irónico? ¿Cómo vamos a satisfacer la necesidad de sentirnos bien sólo porque a otro le va peor que a nosotros?
Y freno ahí, porque nada podría preocuparme más que saber que la felicidad de unos no radica en ser felices, sino que se conforman con amargar al resto.
P.D: También puede ser que estoy grande, eh.
P.D.II: El café lo tomo amargo. Nada personal.
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2 respuestas
¡ IMPECABLE !
De muchos conocidos de años copio y pego sus decires. Sin vergüenza me califico como ‘salieri’ de cada uno y a veces me pregunto si alguno de ellos hará algo con lo que alguna vez dije.
Un día conversando con viejo conocido mío escuché su réplica a mi opinión: «aprecio a las buenas personas sin distinción de ideas». Lo copio y pego siempre.
Gracias por tu relato de hoy.
Pd: te debo varios ‘amargos’.
Nico, un placer leerte.
Dos de las teorías científicas recientes que más han influido en nuestra construcción intelectual son la teoría de la evolución de las especies y la tectónica de placas, y ambas están muy bien conectadas en tu artículo.
Homo sapiens solo era una especie irrelevante sobre la faz del planeta hasta que el azar introdujo hace unos 70000 años mutaciones genéticas que cambiaron las interconexiones cerebrales posibilitando nuestra evolución cultural. Creamos una realidad dual, los leones siguieron siendo nuestros predadores pero también se convirtieron en los protectores espirituales de la tribu. Lo mismo pasa con los opinadores, que decían compartir tus valores liberales y republicanos, defenestrando a Zohran Mamdani e idolatrando al descuartizador Mohamed bin Salmán. Paradojas evolutivas del cinismo.
Y la grieta se transformó en un rift en el cual la corteza comienza a romperse en el interior de una placa continental dando origen a dos placas divergentes. En La Nación de hoy Margaret Atwood sostiene que «es lo de siempre: el péndulo de la historia. Lo mejor está en el centro, pero también lo más difícil: te atacan desde ambos extremos».
Muchos queríamos que se fuera Cristina pero tratamos con honestidad intelectual de descifrar lo que podría venir. A muchos no les importó y hoy estamos captando los estertores de un mundo que se hunde en un abismo y la aparición de otro que lo reemplaza manipulando datos e información en las redes y transformándolos en poder.
Tu labor periodística es crucial para que no se apaguen las luces de nuestro mundo así como fue crucial el trabajo de Diego Cabot para habilitar el juicio de corrupción más grande de nuestra historia.
Ojalá le sigan temiendo a los periodistas de ley!!!
No aflojes, no te rindas, peleá como sabés hacerlo.