Antítodo
Ser anti es una cuestión de actitud, una forma de encarar la vida. Fundamentalmente, es llenar un vacío existencial con la figura selectiva de alguien a quien se odia. Ser anti algo no es lo mismo que tener un interés contrapuesto. Es, lisa y llanamente, no tener una brújula que nos marque qué es lo que queremos, pero sí qué es lo que no queremos. Esto nos lleva a un pequeño problema que es la posibilidad de que el deseo se cumpla. Y no nos damos cuenta que muchas veces se cumplió. Hasta hace un par de años, casi la totalidad del arco opositor centró en Néstor Kirchner el blanco a atacar. No se lo hizo ofreciendo proyectos alternativos altamente impactantes ante la opinión pública. No existió, tampoco, una crítica central a la estructura de las políticas implementadas, a sus cimientos, sino que se cuestionaron las formas adoptadas. De vez en cuando algún atrevido llegó a preguntarse en público sobre los verdaderos intereses que motivaban la adopción de una medida de gobierno, pero no mucho más que eso. El resto de la política se centró en Kirchner contra todos. Todos contra Kirchner. 
Kirchner se murió. Y con su partida no sólo le demostró a sus acólitos que él no era eterno y que había que barajar y dar de nuevo rapidito, sino que sacudió a una oposición tan pedorra que había fundamentado su razón de ser en un mortal y no en proyectos superadores a los que criticaron. El cajón de Kirchner no sólo fue una postal de la orfandad de padre en la que cayeron varios que no conciben la vida sin un jefe que los proteja, sino que dejó al arco opositor sin su leit motiv. La existencia de la política se dividía entre los que amaban a Néstor y los que lo odiaban. El resultado, ya lo conocemos.
Cuando pretenden emprender campañas antigobierno cometen dos grandes errores. El primero de ellos es el sectarismo. Dan por sentado que gobierno y doctrina son la misma cosa. Esto va más allá del metro patrón que se utilice, es sólo una cuestión de odio sí, odio no. Seamos sinceros, cualquiera que haya aprobado Educación Cívica en la secundaria es consciente de la diferencia entre pegarle a un partido y pegarle a un gobierno. Al meter a todos en el mismo conjunto, justifican automáticamente lo mismo que hace el gobierno actual, que coloca a cualquier opositor en el grupo «gorilacipayogolpistadesestabilizadoragrogarca» por más que tenga tatuado el bombo del Tula en el pecho. 
-¿Pero qué pretendés, RDP? Siete décadas de soluciones peronistas, una peor que la otra.
-Yo no pretendo nada, y hasta entiendo cierta bronca -y en muchos casos, la comparto- pero tampoco se puede suponer que el Justicialismo es un laboratorio del que salen políticos fallados. O sí, puede ser, pero no es el tema al que apunto en este texto. Hace ya bastante tiempo que es normal ver posiciones «anti» autojustificativa. Se es antikirchnerista porque son unos chorros, unos inútiles, unos prepotentes patoteros, unos mentirosos. Se es antioposición porque el ex oficialista Magnetto les marca la agenda, porque quieren volver al pasado caótico y un montón de cosas tan poco probables como que la pelea Clarín vs. Gobierno es por una cuestión de principios ideológicos. Cualquier anti tiene sus motivos, esto es una afirmación digna de Perogrullo y valedera. No existe el anti porque sí, aunque varios lo parezcan. Lo que sí marca la diferencia es el gasto de energías puesto en marcha hacia la nada. 
-Yo estoy en contra de estos delincuentes hijuemilputas porque hacen todo mal. 
-Nuevamente lo entiendo y hasta lo comparto. Pero la pregunta que debería hacer -incómoda, molesta, que nadie se hace- es si no son ellos ¿Quién? Ahí es adonde va  mi idea central. Ser anti, no es lo mismo que estar a favor de otra cosa.
-Don Relato, no puede venir con este planteo. ¿Justo usted que no hace más que pegarle al gobierno hace cuatroscientos posts?
-Cuatroscientos cuarenta y cuatro con este. Mire, una cosa es hacer chistes, joder y putear al gobierno. Pero no los puteo porque no los puedo ver, porque me cae mal el color de pelo de Cristina, porque me da bronca que Boudou se encame con la colorada, porque son patoteros o porque chorean a cuatro manos. Mejor dicho, no los puteo sólo por eso. Son detalles, notas de color. Atrás de las puteadas vienen los reclamos, los intereses de algo distinto a lo que pretendo, radicalmente distinto a lo que prometieron y violentamente distinto a lo que predican. 
Los representantes de la oposición, en cambio, han centrado sus discursos y ataques sólo en los últimos dos puntos y han dejado de lado -por olvido o, quizá, por inexistencia- los intereses de algo totalmente distinto. ¿Cómo van a mover el amperímetro electoral si proponen discursivamente lo mismo pero con matices? No recuerdo otro momento histórico reciente más aburrido en materia de debates políticos que el que nos toca vivir desde hace una década. Yo estoy a favor de la asignación universal por hijo, pero no me gusta que se use como se está usando, dice un Jacinta de Villa Ortúzar que después no entiende porque los pobres votaron al gobierno que les dio la AUH y no al Movimiento Republicano Tajantemente Argentino -MORTAJA- y no se da cuenta que cambiar el envoltorio no modifica el contenido. Justicia de merda, acá hace falta pena de muerte, sostiene Hermenegildo de Santa Rita, sin notar que esta misma justicia es la que decidiría quien vive y quien no, para después sorprenderse porque la mitad de los votos fue para el gobierno y no para la Alianza Social Capitalista Organizada -ASCO- que proponía aumentar el presupuesto para las Fuerzas de Seguridad, o sea, exactamente lo mismo que hizo el gobierno.
Nuevamente podemos caer en que los fines perseguidos por el actual oficialismo son muy distintos a los que uno pretendía, pero nadie propuso nada radicalmente distinto, y eso que no es tan difícil. Probablemente frenados por el qué dirán, pocos anónimos -y ningún político- se la juegan por decir abiertamente lo que piensan. En cambio, buscan cierto correctismo político cansador que vio su paroxismo el 27 de octubre de 2010 cuando dijeron, a coro, afinados cual canto gregoriano, que Néstor no era un hijo de puta que les cagó la vida, sino que fue un animal político, el último estadista de estos lares. O sea, nada que no dijera el oficialismo. De ahí para abajo, las ideas más osadas fueron la denuncia compulsiva de hecho de corrupción aberrantes y el reclamo de un gobierno transparente y honesto, sin darse cuenta que sólo con transparencia y honestidad no vamos a ningún lado -y los políticos transparentes y honestos vestidos de opositores ya deberían tenerlo por asumido- si no se proponen cambios radicales, ideas que modifiquen la matriz de la realidad que vivimos. Honesto y transparente fue Videla, por si alguno no lo recuerda, que en el festival de choreo de la última dictadura, no se quedó ni con el vuelto de un café. No sugiero que la corrupción no debería importarnos, pero en el ranking de preocupaciones del colectivo humano denominado pueblo argentino, está ubicado en el último vagón de la formación, detrás del plato de comida diario, la vivienda, la educación, la seguridad y el desempleo. Es triste que así sea, pero para cambiar una realidad es esencial entenderla y aceptarla. ¿Así y todo pretenden arrancar por la corrupción? Perfecto, pero luego no se quejen de que el resto votó al que le garantizó -discursivamente- el plato de comida para mañana. Pasado, vemos, pero ya votaron. 
Ser anti es un sentimiento que carece de honestidad intelectual. Se está en contra de lo que hace el otro, de lo que dice y de lo que pareciera hacer, aunque esto coincida con los intereses de uno. Cuando me río del gobierno por la quita de los subsidios, no quiere decir que no esté en contra, dado que estoy
absolutamente a favor. Me río del discurso malogrado del gobierno y del conformismo de sus seguidores, que aceptan que la eliminación de los subsidios más el aumento de tarifas, no es un ajuste, sino una justa redistribución de la ayuda gubernamental a los que menos tienen. Sin embargo, nunca falta el que estuvo siempre en contra de los subsidios y hoy critica la quita de los mismos per se. No se enojan contra el doble discurso del gobierno que dice hacer una cosa y hace otra. Se quejan de lo que quisieron hacer ellos y no pudieron. 
A grades rasgos, los voceros de la oposición no han hecho nada distinto a lo que hizo el gobierno en materia discursiva: escudarse tras el abstracto colectivo. No manifiestan lo que ellos creen, sino que dicen decir lo que el pueblo argentino diría si se animara a decirlo. Para el gobierno, los cuarenta millones de argentinos queremos un sistema proteccionista que impida que podamos comprar lo que acá no se fabrica. No lo dice Cristina, lo dice el pueblo a través de ella. Para la oposición, los cuarenta millones de argentinos queremos un gobierno transparente, no lo dice ninguno en particular, sino que lo decimos todos a través de ellos. Lo curioso es que cuando se producen puebladas épicas como en Famatina, deben pensar que fueron extraterrestres que cayeron en La Rioja. Nadie se acordó de la Barrick Gold hasta que no hubo denuncia. Nadie pensó en Osisko hasta que una parte de los riojanos se pararon de manos. 
Más curioso resulta que, ante cada uno de estos eventos, el oficialismo diga que todo es una articulación de la oposición -en este caso marciana- para desprestigiar la alegría de la totalidad del pueblo argentino, mientras que la oposición supone que el oficialismo -en este caso, provenientes de Vulcano- son todos unos peronchos ladrones bancados por ánimas sin rostro que no conforman parte del pueblo argentino al que ellos -dicen- interpretar cada vez que hablan. El cagazo de decir «yo creo firmemente que» es grande, gigante, porque atrás de una afirmación individual, viene la responsabilidad. Y en el juego de la política, todos quieren participar con ayudita, haciendo trampa, jugando en modo novato sin aceptar las consecuencias del profesionalismo. 
En estos días estamos viviendo un caso testigo que es el alejamiento cada vez más marcado de Moyano. El que tiene intereses contrapuestos con los del gobierno, se encuentra desorientado, mezcla de la alegría por la pérdida -por parte del gobierno- de quien les garantizaba el poder de calle, y el escozor de tener a un sindicalista ex aliado del gobierno de este lado de la calle. El antiperonista raso no solo desconfía de Moyano, sino que lo desprecia por el sólo hecho de ser negro y peronista. No mide el impacto político de capitalizar a un Moyano, que viene con muchos moyanitos que pueden paralizar un país con o sin apoyo de la CGT. No demuestran una alternativa superadora, hacen lo mismo que hace el gobierno. El cristinismo desprecia a Moyano, el anti también. No digo que no haya motivos para ningunear a Moyano, pero, con todo lo que hay para enrostrarle al Hugo, algunos argumentos dan cosita.
Para el folclore y la chicana de sobremesa, está todo joya, nos tiramos con las afiliaciones partidarias por la cabeza, nos tratamos de chorros peronistas, radicales incompetentes y nos arrojamos con las boinas blancas y los caniches del General. Pero a la hora de hablar en serio, el chascarrillo no puede ser colocado en plano de igualdad con los motivos para combatir o adherir a un gobierno. En esa bolsa caen varios, opositores y oficialistas. Es una cuestión de coherencia, no más. Si cada vez que el gobierno saca a relucir hechos vencidos que sólo pueden hallarse en algún libro de historia, queda mal que se los putee por eso mientras recuerdan que al abuelo lo echaron de la fábrica por no ponerse el crespón negro ante la muerte de Eva. 
-Bueno, Relato, pero convengamos que no fuimos nosotros los que iniciamos esta división belicosa de estar a favor del gobierno o ser un apátrida.
-Una vez más estoy de acuerdo, pero no por eso vamos a justificar idéntica reacción. Es lo mismo que pasa en el fútbol. ¿O acaso usted no va a comer nunca más un asado con su amigo de Racing porque La 12 está enfrentada con la Guardia Imperial? El patoterismo y la violencia verbal hay que dejársela a los patoteros y violentos. ¿Con este gobierno no se puede de otra forma? Lo dudo mucho. Extremistas engreídos mucho más poderosos -y violentos en todo el sentido de la palabra- han caído y no fue por el propio peso de sus egos, sino por la organización de distintas corrientes políticas que no se oponían porque sí al gobierno, sino que tenían un vagón de proyectos diferentes, viables y que encantaron a una mayoría popular. 
Nueve años de dilapidación de fondos publicos y privados convertidos en públicos, con prórroga eternas de una emergencia económica que no existió en los discursos y nos hizo creer que estabamos en la mayor bonanza de la historia argentina gracias a papá Néstor y Mamá Cristina, pero nadie propuso otra forma de financiar todas esas políticas asistencialistas con las que todos decían estar de acuerdo en su esencia, no así en las formas. Nueve años con alguna que otra denuncia -muy cada tanto- de algún muertito de hambre, generalmente en un pueblito perdido en el mapa de alguna provincia escasamente poblada sin que el gobierno haga nada. La oposición tampoco. Los medios oficialistas menos. Los medios enemigos del gobierno, curiosamente, ni por asomo. Nueve años aceptando día a día la marginalidad de las familias que mudaron sus casas a las calles, mientras la oposición se limita a mostrar fotos de Guillermo Moreno en las tablas con el índice inflacionario alternativo, sin proponer una sola idea para frenar la inflación, amparados en que no pueden resolver lo que no se reconoce. Hoy el gobierno avanza de a puntillas en una reforma constitucional que permita una requetereelección de Cristina. El arco opositor ya bajó los brazos a poder ganarle una elección y, en vez de buscar ideas superadoras, alternativas, salen a defender la misma constitución que atacan desde hace -exactamente- diecisiete años y siete meses. Curiosamente, esto incluye al Frente Progresista, que en su plataforma electoral -hace tres meses- proponía la reforma integral de la constitución y hoy se niega. Lo más peligroso es que centran su defensa-ataque en la necesidad de la alternancia en el poder, sin medir todo el resto de reformas que podría meter el kirchnerismo mientras los demás putean por un sólo artículo. 
Ejemplos como estos hay miles, la inmensa mayoría, con idéntico final de mera queja por parte de quienes tendrían que proponer una alternativa, dado que para eso se los votó y para eso se les paga. Dada la situación reinante, entiendo la proliferación del antítodo. Pero esto también es peligroso si no se propone nada serio -o, por lo menos, poco serio, pero algo- a cambio. Porque el deseo de la desaparición de lo que odiamos, se puede llegar a conceder, y si no tenemos una alternativa viable, se las regalo.
Soy peronista, esto no es ninguna novedad. A mi no me define la contra. No me hice peronista por estar en contra del radicalismo, sino por estar a favor, casi platónicamente, de un movimiento que escasas veces me representó. Precisamente por ello, tampoco dejaré de sentirme peronista aunque el kirchnerismo haya conseguido que un montón de monitos que juraron nunca jamás votar al fascistoide justicialismo, hoy se sienta con la autoridad moral de llamarme gorila por no bancar al gobierno. A pesar de todo, no me mueve el sentimiento anti nada y eso me hace libre, dado que no guardo rencores. Porque antes que ser peronista, soy un hombre que cree que en política no hay enemigos, sino adversarios, independientemente de lo que mi adversario crea de mí. Y a los adversarios se les g
ana en la cancha. Uno tiene el derecho de usar su libertad como mejor le parezca. Algunos prefieren la libertad de ser antítodos. Otros, tal vez más de lo que uno cree, preferimos estar a favor de otras cosas, que no es lo mismo que sólo estar en contra. Algunos marginan a gente maravillosa por cómo piensan políticamente. Yo, en cambio, no aplico el derecho de admisión. 

Después de todo, me divierto tanto en los asados…

Arranca febrero. Pisen el acelerador que, si nos quedamos en la puteada, nos dejan en pelotas.