Crónica de un día que no quería que llegara

El reloj marca las 13.22 horas. Ocurrió hace unos 15 minutos y estoy varado en el tránsito camino a donde siempre quiero ir pero no de este modo.

Mi forma de llamarla lo define todo. Y sé que mi madre no se ofenderá al leer estas líneas: mi Abuela, su madre, tuvo conmigo y yo con ella un vínculo materno-filial más fluido que ella con sus propios hijos, que yo con mis propios padres. Lo mismo ocurrió en mayor menor medida con todos mis abuelos. Que sea más fluido no hace a uno o al otro mejor ni peor, solo distinto. Cosas de padres y abuelos jóvenes.

Por declaraciones de mi vieja puedo llegar a la conclusión que estuvo presente en mi vida de una forma más amable que en la de mi madre. Cuestiones de abuela, supongo, de haber sido madre a prueba y error y agarrarme con el curso completado y el título. O de una forma cariñosa: con mis tíos y mi vieja obtuvo el título de madre y con sus nietos el doctorado. Mi abuelo, en cambio, solía sostener que los nietos eran el premio por haber sobrevivido a los hijos.

Nací en una familia muy joven. Mi madre tenía 22 años recién cumplidos y mi viejo había cumplido 26 días antes de mi llegada al mundo. Luego de una pésima experiencia con una guardería que terminó en un Juzgado penal, la familia decidió turnarse para cuidarme en esos primeros años. Algunos días mi abuela paterna, otros mi abuela materna.

13.36 horas. Comienzan a temblar mis dedos mientras voy a su casa. Amé a todos mis abuelos a nivel padres. Y tenía una forma de llamar distinto a cada una de ellas: la mamá de mi viejo era la Babi, la madre de mi vieja es la Mami. A secas. Sí, la llamaba Mami.

Eterna mecenas, apoyó que quisiera estudiar guitarra y pagó las clases que mis padres no podían costear. También me compró el costoso equipo de hockey sobre patines porque finalmente había encontrado una actividad física para la que servía. Medianamente. Y cuando jugaba los sábados, días en los que trabajaba mi viejo, ella me llevaba a los partidos, así fueran en Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, en Harrods, en River o en Deportivo Español. Toda una aventura para alguien que vivía en Balvanera con su nieto en Lugano.

Cuando hubo que elegir secundaría, hizo lo que tuvo a su alcance para que los lasallanos me otorgaran una media beca. Incluso de grande, ya boludo de 27 años y recién divorciado, ocupó un lugar que no le correspondía. Me salió de garante para alquilar y puso de sus ahorros para que pudiera ingresar a mi flamante hogar.

14.10 horas. Llegar al departamento de tu abuela y encontrarte con tres oficiales de policía resulta extraño para cualquiera. La frialdad del proceso judicial es desesperante y es la primera vez que me toca vivirlo del otro lado del mostrador. Y en tiempos de pandemia, restricciones y políticas sanitarias sin sentido, uno ni se sorprende de hablar con tranquilidad sobre cómo evitar que alguien vaya a una morgue porque, de ser así, te entregarán el cuerpo en tres semanas, viste, y es un garrón no poder comenzar el duelo.

Es simpático pensar que el médico del PAMI no quiso certificar nada pero sí pudo dar aviso a la Policia. Dicen que es el procedimiento y les creo. Primero porque sé que así es el procedimiento y segundo porque no tiene por qué sorprenderme que en este país todo tenga una vueltita más. No vaya a ser cosa que algo resulte sencillo. No vaya a ser cosa que el Estado no te recuerde que existe hasta cuando te duele.

14.46. Ya estuve con ella en su habitación y le dije algunas cosas. Cosas que nunca me guardé pero que necesitaba repetir. Recibo a mi madre que hace un esfuerzo sobrehumano por aparentar normalidad en el caos. La única ventaja de los barbijos es que nos tapan el 70% de la cara. Lástima que el treinta restante son los ojos. Mil llamadas mediante, solo me queda esperar al médico que certificará lo que podría haber certificado el PAMI. Chusmeo su biblioteca y veo que mis dos libros conviven con Hacia mi mágica presencia de Saint Germain y El Príncipe de Nicolás Maquiavelo. La ecléctica lectura de una abuela que a quien se cruce le recomienda la compra mi última publicación y que mire “a quiénes está dedicado”.

15.20 horas. Los únicos rostros amables terminaron siendo los de los polis que se quedaron a hacer el aguante hasta que llegue el médico. Creo que saben que mi rostro les agradece que me charlen de cuestiones judiciales.

A esta altura alguien se me caga de risa. Yo, que nunca quise lidiar con un solo trámite, al que le cortaron el gas infinitas veces por olvidos, gestiono junto con mi hermano y mi prima lo que se encuentra en el último lugar de mis ganas de gestionar.

La veo a mi madre con los ojos vidriados y mentalmente en Narnia. Y no puedo dejar de pensar que ella siempre tuvo una relación conflictiva con mi abuela. Cosas de mujer empoderada por la fuerza: mi abuela nunca quiso ser ama de casa, trabajó toda su vida además de criar hijos. Jamás pudo digerir que mi madre, su hija, prefiriera ser ama de casa. Y un poco también le jodió que mi vieja tuviera más relación con su tía que con ella.

Mi hermano interrumpe mi escritura en el celular al tirar un chiste. Quiero cagarlo a trompadas, pero la risa me lo impide. Pienso en la única vez que vi a mi abuela triste, cuando ocurrió el velorio de mi abuelo. Luego desapareció por meses. Un día se contactó desde el Uritorco. Como si nada, le restó preocupación al asunto. Tan solo se fue a recorrer las provincias que le faltó conocer con mi abuelo.

Alguna hora de la tarde. Acaba de retirarse el médico que certificó lo incertificable. Miro la mesa con los ojos en blanco y un recuerdo se hace tan nítido que se convierte casi en alucinación y veo a mi abuela tirando los dados cinco veces seguidas mientras se ríe de la mala mano que le había tocado en la Generala. Fue cuando se cansó de explicarme las reglas de la Canasta Uruguaya todas y cada una de las veces en las que jugábamos por las noches como rito antes de dormir.

Estar con ella era pasarlo bien. Ya en la escuela, la rotación con mis abuelos era de lunes a jueves a lo de mi Babi; viernes, sábado y domingo a lo de la Mami. Toneladas de libros para leer y una rara costumbre que atesoro desde siempre y que consistía en recostarnos en el piso de parqué boca arriba para sentir las vibraciones de las piezas de música clásica que colocaba en la bandeja. Un rito tan sagrado como el cuarto de kilo de helado de los viernes en Tucán, si estábamos en Buenos Aires, o en Augustus si nos encontrábamos en Mardel. O las panzadas en la Gran Taberna, Babieca o La Farola. O esa manía de enseñarme.

La Mami siempre tuvo la costumbre de inculcarme que, siempre que se pueda, hay que ayudar a los desfavorecidos. Apadrinaba escuelas rurales, colaboraba con comedores y vaya a saber uno cuántas cosas más que ni nos enterábamos porque las hacía en silencio.

19.35 horas. Parece que hubieran pasado tres días sin dormir y todavía falta un acto frío, simbólico, consuetudinario y religioso. Pero llegué con mis hermanos y mi madre a su propia casa. Y luego de un largo rato de silencio y frases dichas entre susurros, comenzamos a recordar anécdotas hasta explotar de risa. Cualquiera que lea puede suponer que no nos cayó la ficha. Y tiene razón.

23.31 horas. Cuesta decirlo. Sigo sin siquiera poder escribir esa palabra. Pero en el silencio de la noche siento que mi abuela organizó todo para irse como vivió: sin pasar desapercibida y sin mayores dramas. No sé, es una sensación. A ella no le gustaba siquiera celebrar su cumpleaños dado que no encontraba méritos en el mero paso del tiempo. Y quizá por coqueta, aunque creo que le rompía las guindas verse obligada a celebrar. Ella, justo ella que gustaba de juntarse cuando pintaba, mirá si va a hacerlo porque tiene que hacerlo.

A pesar de haberse casado y formado una familia, descreía de los papeles. En una de esas panzadas que nos pegábamos comencé a gastar a uno de mis hermanos por convivir “en pecado” y mi abuela dijo “hace perfecto, sobre todo ella, que primero tiene que realizarse y después hacer lo que quiera”.

Me causó gracia su velocidad de respuesta pero también es un testimonio de una época que se va. Mi generación difícilmente vea a sus nietos realizados y así sucesivamente por la sencilla razón de que somos padres cada vez más tarde. No sé si está bien o mal, no tengo los patitos en fila para pensarlo hoy. Solo sé que es una realidad y que será cada vez más excepcional que alguien tenga abuela hasta los 39 años, como yo. ¿Bisabuelos? Una definición.

Un día, después de más de un año sin vernos por razones que ni ella ni yo decidimos, hartos de solo hablarnos por teléfono, me pidió que fuera a visitarla, que ya no le importaba el Covid. “Traete un kilo de masas”, fue la única orden. Al llegar estaba la mesa del té puesta con la mejor de las vajillas. Las tazas boca abajo, como corresponde.

Charlamos un montón, recordó sus años en el Posadas y distintas campañas de vacunación. Me dijo cosas al respecto que no vienen al caso, salvo que no pensaba vacunarse porque no tenía sentido. Una frase que me preocupó en su momento y que hoy me hace ruido.

Nicolasito de aquí, Nicolasito de allá y un desparramo de amor hacia todo lo que tuviera que ver conmigo. Al irme me dijo… No sé, no lo recuerdo y es emocionalmente desgastante. Quizá sea cultural, ni idea, ya no me da la cabeza, pero como que se nos instaló que debemos recordar lo último que alguien nos dijo. Y bastante turro me siento por recordar tantas cosas que no entran en quinientos libros y haberme perdido ese pequeñísimo detalle.

Ahora me doy cuenta de que se estaba despidiendo. Ahora, cuando me cae la ficha de que la última persona a la que vio en vida es a su conflictiva hija, me doy cuenta que quiso irse con los papeles en orden y en paz. Durmiendo, como corresponde. Mirá si alguien le iba a interrumpir el día una vez comenzado.

Se estaba despidiendo al menos de este plano. Y a mí me deja un buraco gigante que trato de rellenar con recuerdos plasmados en letras antes de que se diluyan en la liquidez de la memoria por el mero paso del tiempo.

Y la voy a extrañar. La extrañé siempre, imaginate ahora.

Te extrañé siempre, imaginate ahora.

Gracias por haber vivido, Mami.

Te quiere para siempre:

Nicolasito.

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