Demasiado ego

Una chica de doce años es violada por un adulto. Fruto de esa relación unilateral surge un embarazo no deseado. La gente con tiempo para opinar se dividió entre los que pidieron piedad para con la chica y los que pidieron piedad para con el feto. Porque el embarazo ya había entrado a la semana 24 cuando las autoridades médicas tomaron conocimiento. Un paseo por aquí, una derivación para allí, unos cuantos médicos haciéndose los boludos, y la niña gestante llegó al punto de quiebre: la viabilidad fetal, el punto en el que un bebé podría sobrevivir fuera del útero de la madre.

Es mentira que el embarazo se interrumpió si se practicó una cesárea. Simplemente culminó por práctica médica, como cualquier otra cesárea. En el medio, muchos quedamos estupefactos ante la patética, aterradora situación de una tormenta perfecta: una niña violada, embarazada, a quien boludean con el protocolo hasta que es demasiado tarde, es obligada a parir y, para colmo, el bebé no sobrevive. Doce años y ya tiene una violación. Doce años y ya tiene un hijo. Doce años y ya tiene un hijo muerto.

Nuestro deporte favorito se vivió a pleno durante una semana: agresiones por doquier. No había mucho que justificar dado que la legislación es bastante clara, pero siempre es bueno escudarse en razones valederas para disfrazar un dogma. Somos el sueño húmedo de Rousseau: si la ley lo dice, es sagrado aunque sea inhumano, y si la ley no me gusta, la puedo modificar y punto, o se debe cumplir y punto. Elija su propia aventura. El tema es que la ley, al menos en la Argentina, es un listado de sugerencias y, en casos extremadamente sensibles, los legisladores de antaño fueron tan egoístas que ni siquiera tuvieron la viveza de pensar que en el futuro el Poder estaría en manos de burros analfabetos, cobardes y, en la mayoría de los casos, burros analfabetos cobardes.

Durante años, aquellos que no tuvieron un nivel destacado en interpretación de textos pero que, así y todo, lograron un título universitario, se centraron en el artículo 86, inciso segundo, del Código Penal de la Nación, que establece que «el aborto practicado por un médico diplomado con el consentimiento de la mujer encinta, no es punible si el embarazo proviene de una violación o de un atentado al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente. En este caso, el consentimiento de su representante legal deberá ser requerido para el aborto». Cualquiera con la primaria completa entendería que no hay una redundancia al aplicar sinónimos. O sea: violación y atentado contra el pudor son la misma cosa. O sea, parte dos: que el aborto no es punible en caso de violación o en caso de violación sobre mujer idiota o demente.

Sin embargo, tuvieron que pasar casi cien años para que la Corte Suprema de Justicia explicara de forma unánime que la interpretación del artículo es la más amplia y que no debe judicializarse nada en ninguna parte del país.

Se llenó de memes rezando por la niña que sufrió todo este padecimiento. No, no la niña violada y obligada a parir, sino la que fue obligada a nacer sin estar desarrollada. Cada uno elige su propia vereda y están los que creen que el derecho a la vida es sagrado siempre. Siempre que no se trate de un adulto que nos desagrada.

Un signo de estos tiempos que no deja de sorprenderme ni aún después de publicar un libro sobre el tema, es el nivel de odio que maneja esta sociedad. Hace meses que un tipo con un look de cantante de grupo de pop gay ibérico noventoso no hace otra cosa que agredir a los homosexuales reduciéndolos a la categoría de ciudadanos de segunda categoría y busca provocar hasta calificando de manfloros a reconocidos periodistas que nunca han cometido ningún otro pecado que el de tener una orientación sexual distinta. El homofóbico aburre: sólo habla de putos.

Sujetos con tara emocional pululan por la vida virtual arrojando bombas moralizantes bajo el amparo de los valores cristianos sin darse cuenta que en otra época habrían sido expulsados de cualquier congregación por vivir en pecado. Divorciados vueltos a casar y que han probado las mieles del sexo premarital, va para ustedes: ¿No se aburren de hablar siempre de lo mismo? ¿En serio creen que las teocracias son buenas si son cristianas? ¿En serio sus ídolos son Roca, Pelegrini, Alberdi y otros sujetos que hoy prenderían fuego por herejes que colocan a la legislación laica por sobre cualquier dogma disfrazado de valor?

Tipos que acabaron en seco cuando Bolsonaro dijo oponerse a la ideología de genero, suponiendo que hay una sola ideología de género. Qué drama si alguno tiene un hijo gay. Qué drama para sus hijos, obviamente. Y ya no hablo ni de aborto ni nada por el estilo, sino de quienes pretenden volver al conservadurismo bajo el amparo de los valores morales cristianos. ¿De cuál cristianismo si este país es constitucionalmente católico y el único sujeto que encontraron es un tipo apadrinado por los evangelistas a la Argentina? Evidentemente, al luteranismo lo dejamos de lado, ya que no vamos a incluir a esos cristianos que tienen a mujeres sacerdotisas, creen en la educación sexual y aún recuerdan que Tomás de Aquino sostenía que el alma era insuflada por Dios en el vientre materno en el tercer mes de gestación. Seremos cristianos, pero con beneficio de inventario, a la Torquemada way of life.

Está bien, concedo que no soy parámetro dado que, cuando mi vida me aburre, la doy vuelta y me dedico a otra cosa. Pero cada vez me cuesta más entender a quienes no tienen otro tema de conversación que no sea alguno que los lleve a la guerra de bytes. Esa forma de vida de combate permanente es contraproducente contra el propio estilo de vida: si gastás tantas energías en marcar lo que está mal que otros hagan, te quedás sin pilas para tu propia vida. Y como no tenés vida, te dedicás a criticar la de los demás.

Está comprobado que un estudio de la Universidad Nacional de Narnia determinó que el cerebro genera dopamina con distintas circunstancias que le generan la satisfacción de estar vivo: una película emocionante, hacer ejercicio, un orgasmo, tener un orgasmo haciendo ejercicio de a dos –falta chequear–, y también con sustancias que le metemos al cuerpo: drogas, alcohol, nicotina, etcétera. Entre las circunstancias que generan dopamina está sentirse querido. Y desde que existe Internet, esto ha sido todo un tema, ya que los likes de las redes sociales, la cantidad de vistas de un video, los comentarios positivos, también generan dopamina. Pero es una dopamina del segundo nivel: el de las drogas. Podés meterte una raya de merca y sentirte bien, pero no sos vos: es la merca. Podés recibir cientos de comentarios hermosos, pero no sos vos: es lo que alguien interpretó de lo que vos dijiste.

Resumiendo: cada uno obtiene dopamina como puede, con los recursos que tiene. En un comportamiento primitivo que nos cruza a todos por iguao, también nos genera placer ganar. Pero eso conlleva un peligro: qué significa ganar para cada uno de nosotros.

Hay personas que ni sé en qué momento descansan. Los imagino rumeando mientras duermen, cagando a rodillazos a la almohada. Gente sin la capacidad de permitirse ser feliz un instante y que se siente en la obligación moral de que el resto del mundo acompañe su sentimiento de vida de mierda. Si queremos amargarnos, ponemos el noticiero un segundo y alcanza y sobra. Lo sabemos y, cuando queremos desconectarnos, recurrimos a cualquier cosa. Bueno, estos van por la vida cagándonos a gritos, marcándonos que no son superiores a nosotros –ojalá se tratara de una cuestión de superioridad intelectual– sino que el resto son inferiores a ellos. Porque sí, porque no vaya a ser cosa que tengan que atravesar la existencia sin sobresalir. Ricky Gervais lo graficó maravillosamente con la siguiente analogía: Un hombre va por la calle, encuentra pegado en un poste un anuncio de clases de guitarra, toma un cupón, marca el número de teléfono y comienza a insultar al profesor de guitarra por dedicarse a ello. Y así estamos últimamente, con pelotudos que gritan a otros pelotudos por decir lo que creen y tirarlo al éter. Si no te sentís identificado, no era para vos. Si no podés seguir con tu día, dejá que los otros sí lo hagan, mientras te dedicas a retozar por los campos de la infelicidad permanente.

Se los lee con cara de culo. Sin tener el don de las letras logran transmitir una amargura que, si generara energía, eliminaría el déficit del país entero. Me cagaría de risa de la situación si no fuera que preocupan. Ya no hablo de desconocidos que nunca vimos, tipo el señor panzón de un barrio lejano que gracias a las redes sociales hoy puede decirme que le parezco un payaso y que antes debía guardarse ese pensamiento para él. Ahora son los enemigos íntimos, esos sujetos que por cuestiones de la vida los tuvimos dentro de nuestro circuito de amistad. Personas que acompañaron a uno –y uno acompañó– durante largos tramos de sendas vidas y que hoy sorprenden con una diferencia de valores desagradable: maltratar al que los aprecia, basurearlo, exponer sus miserias, colocarlo en el lugar, del desprecio, del enemigo. No deja de ser curioso, lamentablemente curioso, ya que entre su actividad anormal permanente de disparar el rayo moralizante a todo lo que vaya en contra de un modo de vida –que no tiene ni por qué afectarlos de lejos– pregonan cientos de valores sin cumplir el más básico y elemental: el respeto. Y si eso hacen con quienes son cercanos, no quiero siquiera imaginar de lo que serían capaces con los desconocidos.

Hoy cumplo 37 años. Los que nacimos en el año de Malvinas ya vemos los cuarenta a la vuelta de la curva. Los que fuimos criados y educados en una democracia de bombas, tanques, atentados internacionales, levantamientos militares y guerras ideológicas que nunca lograron bajar la línea de la pobreza, ya estamos golpeando la puerta de la cuarta década de vida y recién ahora estoy comenzando a comprender cómo fue posible que personas educadas en valores cristianos en la comodidad de la metrópolis hayan salido a matarse entre sí, creyendo todos que tenían razón. Que el apátrida era el otro.

Gracias a Dios fui criado con valores cristianos y, al mismo tiempo, me fue inculcado el perseguir la virtud aristotélica. Nunca la razón quedará por debajo de un dogma religioso. Y de eso sí que puedo hablar, dado que esa Iglesia Católica a la que pertenezco ha cometido una de sus mayores perversiones psicológicas. Desde que tengo memoria me enseñaron que el momento más importante para el hombre es aquel en el que comulga, en el que entra en comunión. Me prepararon por años hasta ese evento cuando a los 10 me disfrazaron de señor adulto y comulgué por primera vez. Lo hice religiosamente durante buena parte de mi vida, incluso cuando las piernas ya no daban más luego de las peregrinaciones a Luján. A ese sujeto, el día que la razón lo llevó a divorciarse, le quitaron aquello que siempre le dijeron que era lo más importante. Y cada vez que lo he planteado, con toda la soltura del mundo me han respondido «comulgá igual, quién se dará cuenta». La magia del dogmatismo selectivo.

Ya no tengo ganas de pelear contra personas que no les interesa mi punto de vista, que ni siquiera quieren que cambie mi punto de vista. Porque si mañana les doy la razón en un lapsus de locura, me putearán igual. ¿Fui funcional durante un tiempo? Buenísimo. Pero en honor a los valores que tanto pregonan, la próxima vez que quieran putearme, estaría bueno que lo hagan en privado, mano a mano, como siempre. Salvo que creamos que amigos son los que piensan como yo. En esa tengo un serio drama: a mis amigos nunca les pedí el carnet de afiliación.

Decía que cumplo 37 y ya estoy grande para que me digan que si no pienso de tal forma es porque alguien me paga. A mi edad Roca y Avellaneda ya eran presidentes. Yo todavía paso las noches tocando la guitarra. Y si ya no les gusta lo que pienso o cómo lo digo, está todo bien. Los amigos entran y salen de la vida, nuestros gustos van mutando de acuerdo a nuestras circunstancias y detrás de estas líneas hay un tipo que tiene sus ideas, que va cambiando de parecer de acuerdo a lo que vive y que si la tuviera tan clara, ya tendría la vida resuelta.

Giovedì. Quieto never in the puta life. Se los quiere.