Educación

Podrán decir muchas cosas sobre la educación y la implicancia en el modelo actual de clientelismo político y analfabetismo cívico. Lo cierto es que la educación siempre fue el factor sociológico desde el cual podemos entender cuál es la dirección que quiere tomar un Gobierno. Incluso cuando se dice que se gasta –perdón, invierte– sin un sólo control de calidad, como si a más caro, mejor.
En la colonia se dio el primer gran debate cuando fue planteado por un abogado de tan solo 25 años: Manuel Belgrano. En 1795 el todavía doctor Belgrano criticó en Buenos Aires que, mientras en Europa cambiaban los modelos económicos y el viejo continente giraba a una naciente industria tecnológica, en el Virreynato del Río de la Plata solo aprendíamos literatura y jurisprudencia. De más está decir que nadie le dio pelota. Todo estaba bien así y para qué preocuparse.
Como sucede generalmente, lo que no se estudia con previsión termina resolviéndose a las apuradas. La Patria ya era independiente y no tenía con qué mantenerse ni mucho menos cómo convivir en sociedad al ser un país totalmente distinto a aquel que los colonos habían aprendido. La educación se volcó a educar al habitante para ser ciudadano. Juan Bautista Alberdi se dio cuenta de que no servía de nada educar a un ciudadano que no tenía cultura por el trabajo, ni respeto por la autoridad ni mucho menos conciencia de sacrificio –en esto no hemos cambiado nada– y sostenía que una fábrica educaba mucho más que una biblioteca en lo que respecta a la conciencia del deber. Así fue que el tucumano propuso abrir las fronteras a los inmigrantes europeos que ya conocían de memoria las labores fabriles y agropecuarias. Educación por imitación.
Domingo Sarmiento entendía que un país podía progresar si sus ciudadanos eran capaces y tenían «moral» del trabajo. Quiso una educación modernizada en materias tecnológicas para entrar al mundo industrial, pero se encontró con que aquella oligarquía política a la cual él pertenecía no había hecho un carajo en los gobiernos anteriores más allá de masacrarse entre ellos: Argentina no tenía ni yacimientos carboníferos suficientes como para alimentar tres ramales de ferrocarriles al mismo tiempo. Sin embargo, si algo tenía claro Domingo era que a nosotros nadie nos podía decir qué estudiar porque no nos interesaba. El que tenía plata iba a lo seguro, la medicina o la abogacía. El que no tenía plata, tampoco le importaba y se quedaba en los oficios paternos.
Pero Argentina no se quedó atrás. Junto con la revolución de la Unión Cívica de 1890 aparecieron los temores de las clases altas a las masas y la reforma educativa era el camino para frenarla. Las clases pudientes enviaban a sus hijos a los Colegios Nacionales, de dónde salían los dirigentes políticos del futuro, mientras que los menos afortunados enviaban sus hijos a colegios utilitaristas, si es que no los mandaban a trabajar sin pasar por las aulas. Por entonces Julio Roca estuvo a punto de exterminar los Colegios Nacionales del interior, que los pocos que podían mandar a sus pibes al Colegio fueran de Buenos Aires, algunos de Córdoba, y no jodan más. Algo frenó el proyecto. Si se acababan los Colegios, la Iglesia volvería a ejercer la educación, algo que la clase gobernante –y fundamentalmente, don Julio– no estaba dispuesta a permitir.
Hubo proyectos más simpáticos, siempre amparados en el progreso del país democrático, pero que escondían otros fines no tan simpáticas como neutralizar políticamente a las clases medias y bajas, a quienes se enviaba a los colegios de tinte industrial para que siguieran prestando servicios el resto de sus vidas.
A lo largo del siglo XX hemos cambiado los planteos educativos de acuerdo al contexto económico. Probablemente, lo más serio que se ha hecho al respecto fue la postura desarrollista, con la creación de la Universidad Tecnológica Nacional –que no sólo apuntaba a la industria, sino también a la agricultura– y los colegios industriales en la enseñanza media. Luego, nuevamente la debacle. Siempre que el Estado no puede autoabastecerse con el dinero, lo primero que se recorta es el gasto en la educación. Las escuelas fueron transferidas y subvencionadas, pero nadie se hacía cargo de la matriz.
El caso más emblemático y tristemente gracioso tuvo a lugar durante el último gobierno de facto, en el cual el Estado se deshizo de la educación primaria, dejándola al arbitrio de las provincias, pero conservó la educación secundaria y la universitaria. Los docentes se transformaron en centinelas de la Patria y, por las dudas, se les asignaron adjuntos. La literatura fue prohibida, educación cívica fue reemplazada por ERSA (Estudio de la Realidad Social Americana, o alguna cosa por el estilo).
Lo que vino después, ya es historia más conocida para todos. La educación siguió siendo el lugar dónde se depositan los curros y la necesidad de criar entes serviles al mantenimiento de un sistema insoportable. La reforma de la educación en la provincia de Buenos Aires llevada a cabo por Eduardo Duhalde en 1998 sólo trajo más complicaciones. Extender la educación primaria de Séptimo grado a Noveno trajo consecuencias nefastas. Chicos de 6 años que entraban al baño a hacer sus necesidades y veían pibes de 15 fumando, en el mejor de los casos. Adolescentes de 14 años educados por maestros. Profesores que se quedaron casi sin mercado por reducirse el secundario a tres años. Colegios que no tenían dónde meter dos aulas más por división y terminaron cerrando uno de los dos niveles. La extensión de la infancia hasta una edad en la que es necesaria una presencia más autoritaria y un negociado monumental con la sobrefacturación en la construcción de aulas en las escuelas públicas.
Diez años después de la reforma del gobierno del padrino político de Kirchner, se llegó a la conclusión de que no servía de nada. Lo nuevo no vislumbra demasiados cambios. Nos seguimos debatiendo entre un país agropecuario o industrialista, y la educación está pidiendo a gritos que busquen una solución alternativa. Hay lugar para todo y para todos. Falta coherencia y aceptar que educar para el futuro, no sólo es arriesgar el poder, sino también asegurar un país más justo de oportunidades para todos en función del esfuerzo individual. Pero estamos en Argentina.
Martes. A veces un poco de seriedad descoloca.