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El traje marrón

Un traje marrón

Había en mi barrio un hombre que tenía la particularidad de usar un traje distinto para cada ocasión. El problema es que sólo él sabía que el traje era distinto. Él, su sastre y todos a los que el sastre había contado esta peculiar costumbre. Porque todos sus trajes eran marrones. Alguna vez habrá estado de moda, pero cuando sentía que el viento cambiaba, iba y se hacía confeccionar uno nuevo. Del mismo color. Se veía igual para estar al corriente. Se veía igual para llevar la contra. Él era distinto, él cambiaba, él tenía otras ideas. Solo que siempre usaba el mismo color. Y así pocos notábamos sus cambios.

Hace poco me dijeron que escribo enojado. O que se me lee enojado, que no es lo mismo, pero se entiende el punto. Entonces, como aclaración previa al texto que sigue, tras una azarosa cantidad de párrafos, verán algunas líneas que no recordaba haber escrito y que encontré en base a la búsqueda de una sola palabra clave: “humor”. Ninguno fue escrito en la era Milei.

Lo curioso es que no sé ser gracioso. Desconozco las técnicas y no entiendo chistes solapados. Cuando alguien se ríe de mis sarcasmos o algo por el estilo, ahí sí estoy enojado. O triste. No lo controlo, cuando estoy incómodo –algo que me pasa siempre que estoy delante de otras personas o de un grupo de– digo algo que al otro le causa gracia. Deben ser mis gestos, las analogías que utilizo o mi cara de nabo, pero funciona.

Esta semana la Cámara de Diputados de la Nación aprobó la Ley Bases y el Paquete Fiscal. Falta el Senado y no puedo ahorrar palabras porque me duelen los ojos cada vez que leo “media sanción”. Lo mismo me pasa con “medio oriente” en lugar de “Oriente Medio”, pero ya es una batalla perdida.

El Gobierno festejó y la CGT también, aunque hagan alaraca y digan que están enojados. Algo está mal y no es la oración anterior. En un delirio fundacionalista propio de cualquier megalómano de los que en la política argentina abundan, el Presidente gusta hablar de pactos que son reuniones para tomar café y llamarle “ley base” a una reforma recortada. Un sueño alberdiano que choca contra una definición que también hace que me duelan los ojos, pero por la omisión: la única ley base de la Argentina es la Constitución Nacional. Por definición, eh, que no es una opinión personal.

¿Cómo es que festejó tanto el Gobierno como la CGT? Porque en la Rosada consiguieron que el mensaje de “aprobaron la ley bases” se imponga, cuando tiene más recortes que una Billiken luego de una tarea de búsqueda de palabras para la clase de lengua. Entre esos recortes que le metieron, se acabó la mentira de “a todos los presidentes les aprobaron la delegación de poderes”, cuando nunca jamás se entregó una delegación en materia de seguridad, defensa y salud. Ahora le dieron al presidente la delegación que le dieron a todos los presidentes y en las mismas materias que le dieron a todos los presidentes. Pero el eslogan funciona. Y funciona bien.

La CGT celebra porque la reforma laboral terminó en reformita y no toca ninguna caja sindical. De paso, solo perjudica a los que estarán en períodos de prueba. Nada que afecte a los sindicatos. Cuando se les pase la borrachera, puede que puteen por el impuesto a las ganancias que está a niveles mucho más desastrosos que aquellos que a Moyano le resultaban intolerables en 2012.

Esta semana quedó consolidada una nueva realidad argentina: o vas camino a la pobreza o pagás ganancias. La línea del medio es tan finita que casi es imperceptible. Y eso que es el parlamento con mayor cantidad de economistas y liberales desde el regreso de la democracia.

Curiosidades de la Argentina. La canasta alimentaria total, principal parámetro para trazar una línea divisoria entre pobres y no pobres, al momento de la media sanción de la ley estaba en $773.385,10. El “10” después de la coma obedece a centavos, una unidad de medida propia de sistemas decimales donde existen precios que puedan fraccionarse por menos de la unidad monetaria.

Por cuestiones estadísticas, se estima que hay una franja gris, una nebulosa variable entre los pobres y la clase media. Algunos le llaman clase media baja, otros le dicen pauperizados, están quienes sostienen que son personas a punto de ascender y demás. El cálculo estandarizado al que adhiere el Indec para determinar qué es clase media, es el de multiplicar la canasta total por 1,5. O sea que, para formar parte de la clase media, una familia tipo de dos adultos y dos menores necesita de 1.159.500 pesos.

En el paquete fiscal aprobado por la Cámara de Diputados este martes, volvió el impuesto a las ganancias. Ese que José Luis Espert calificó de inconstitucional hace cinco minutos en tiempos políticos y hoy sostiene que es el mejor impuesto. Porque ahora, el que decía que evadir era un derecho humano, cree que hay impuestos buenos y que se pueden clasificar hasta llegar al mejor. No sé si se puso a estudiar otra escuela o baja cualquier bandera con tal de que le perdonen su larretismo militante hasta las últimas elecciones. Lo único cierto es que el nuevo piso del Impuesto a las Ganancias para asalariados es de 1.4 millones de pesos netos, en mano, cash.

En un momento circuló otro borrador y varios medios lo publicaron con montos mayores y pisos menores, pero no era cierto.

En limpio: la diferencia entre el ingreso a la clase media y el piso de ganancias es de 340 dólares. Acá podría hacer el chiste harto conocido de cuántos brazos le quedan al presidente, pero no es gracioso.

Existen 168 impuestos directos e indirectos en la Argentina. Quedaron hasta los de Alberto. Ni uno se eliminó y gran parte aumentó. Incluso vos, pobre monotributista, deberás pagar el doble. ¿Cuál sería la necesidad de ajustar al monotributista y al laburante con más impuestos si el Estado es sometido a la Motosierra? Porque con lo recaudado podrán aflojar con el ajuste. El ajuste en los gastos del Estado. Con la nuestra, básicamente. Digamos, o sea, en términos contemporáneos, darle una salida transitoria al chorro llamado Estado.

«Cuando a la tilinguería política se le quita la solemnidad que los políticos pretenden imponerle, queda la pasta base: tipos incapaces de ganarse el mango honestamente fuera de la función pública, pedantes que presentan meros actos administrativos como si se tratara de la refundación de la Patria y tipos con una vida tan vacía que no tienen nada fuera de la política. Y eso causa gracia».

Pero para que no me puteen los que cada tanto entran para ver si corrí mi eje o sigo siendo el mismo inconformista resentido de siempre, quiero ratificar que todo está tranquilo para el Presidente. No le entra una bala, el agua no lo moja y el fuego no lo quema. Los que son pobres no tienen ni interés en saber qué onda con el impuesto a las ganancias. No les afecta, no tiene por qué interesarles. Él mismo puede postear en sus redes que la Argentina es un país que se volvió caro en dólares por culpa de excesos regulatorios. Sin embargo, el 50% de impuestos que componen los precios del día a día no han sido tocados. El ajuste fiscal no es para el fisco. Pero no pasa nada.

Es curioso, pero es el mismo principio que aplica a la inmensa mayoría de los colegas que aparecen en el prime time de los medios: no forman parte de la planta permanente del medio, ninguno es asalariado. ¿Ganancias? La vemos de afuera. Después nos enojamos cuando nos putean.

Por ahí nos raspa bastante el tema del Monotributo, que tiene una buena y dos malas. La buena es que subieron los pisos de cada categoría y ya no hay chances de caer en Responsable Inscripto por mil dólares. Las primera mala es que subieron el impuesto. La otra mala es que seguirá existiendo el impuesto. Por trabajar. Lo único que dejaron sin modificar del Monotributo es la jubilación: no importa si estás en la menor categoría o en la máxima, te jubilarás con la misma.

Pero en la cotidianeidad de lo que rige la opinión pública, hay problemas que nos vuelven locos a los que estamos en la pelea de la clase media. Al resto le resbala o le afecta poco. El que no tiene auto no le importa que el seguro se haya triplicado, ni el aumento de las cocheras ni de los impuestos. Al que tiene un Mercedes 2024, le puede importar, pero difícilmente le afecte al punto de tener que sacrificar algún gasto fijo. Y como dije, al pobre le importa un pingo el impuesto a las ganancias. Y los de mayores ingresos no asalariados lo pueden gambetear. De hecho, serán héroes nacionales.

La pregunta del millón es qué les causa gracia a los que celebran y se ríen. El pasado domingo, tempranito en la mañana, el Presi dio una entrevista a Radio Rivadavia en la que habló de todo. En un momento, sin sonrojarse, dijo que los salarios le estaba comenzando a ganar a la inflación. Doy por sentado que se refería a los salarios de la gente que lo rodea, de los senadores y, a la brevedad, también de los diputados. ¿Daba para refutarlo? Es como discutirle a un tipo que dice que la Tierra es plana.

Evidentemente no quedó conforme con su desempeño y, cuando los portales todavía levantaban sus declaraciones de la radio, comenzó una entrevista para La Nación Más. Allí dobló la apuesta y dijo que las jubilaciones le estaban ganando a la inflación. Y ya no supe a quién corno se refería. Primero porque es un chiste que le ganen a la inflación. Y segundo, porque si así ocurriese, partimos de una base en la que una jubilación promedio –no la mínima, sino el promedio– es una jubilación de pobreza. Igual que el salario promedio.

Atrás de eso vinieron festejos alegrías, memes y chistes que en algún momento podrán haber sido polémicos. Pero en la última cena de lo que alguna vez fue la Fundación Libertad, el desempeño del presidente terminó de formalizar la bardeada como forma de vida. Si él se cagó de risa de algunos asistentes y de otros que fueron desinvitados, ¿qué nos queda al resto, no?

¿De qué se ríen? Porque cuando el chiste es que alguien es superior a otro, o que algo no les va a afectar, dejará de ser un chiste para pasar a ser una agresión gratuita. Antiguamente existía el falso axioma de “no me río de vos, me río con vos”. Y está todo bien. Por definiciones consensuadas, la fórmula del humor es “tragedia más tiempo”. Ahí nos reímos todos con todos. El chiste, en cambio, puede ser en tiempo presente y habrá alguien que se sienta agredido. Son las reglas del juego.

«La rebeldía desde el Poder y para el Poder no es rebeldía, sino sumisión, castración ideológica voluntaria. ¿Contra qué sistema se rebelaron todos los años que fueron Gobierno, si fueron “el” sistema? Jugar a la revolución desde el Poder es hacer trampa. No existe rebeldía alguna en defender el status quo sostenido por las reglas que van creando a su antojo y según sus necesidades. Del mismo modo que la rebeldía, el humor desde el Poder no es humor. Es gastada, tomada de pelo, bullying, falta de respeto; es cualquier cosa, menos humor. No causa gracia. Y esto es así porque el humor es rebelde. Podrá ser anárquico, negro, sucio, inocente, exagerado, simple o absurdo, pero es la forma de sobrellevar las desgracias entre las cuales se cuenta al Poder mismo.»

Enojado no recuerdo lo que escribí. Son incontables las veces en las que una persona me hizo un comentario sobre un texto publicado una o dos semanas previas al encuentro. Mi cara aparenta de ser de profundo interés, pero porque mi cabeza está abocada en un 100% a la revisión de los archivos para entender de qué me hablan o si se equivocaron de persona. Tranquilo, en cambio, recuerdo más. Entonces podría decir que no me acuerdo de nada.

El sábado pasado una persona equis me recordó un texto del que no tenía ni una palabra en mente. Tuve que buscarlo. Cosas que pasan cuando la vida te pasa por encima y no conseguís sacar la cabeza para respirar antes de que te caiga otro aumento. Así, la planificación a largo plazo se reduce a esta tardecita, no más. Pero causa gracia. A algunos nos causa gracia cómo estamos y nos reímos de eso. A otros les causa gracia cómo estamos desde la comodidad de estar mejor y se ríen de nosotros si nos quejamos o hacemos una humorada. Con lo que cuesta hacer una humorada.

«La pequeñez de su grupo de referencia lo ha llevado a la endogamia social. Al igual que con la descendencia incestuosa de las cortes imperiales, la capacidad de discernimiento y comprensión de la realidad quedó a la altura de un australopithecus falopeado. Nunca entendió por qué sigue alquilando o viviendo en la casa paterna, cuando sus viejos, laburantes, fueron dueños de esa misma casa antes de cumplir los 30, pero se siente Nobel de Economía.»

Uno de los grandes, enormes errores cometidos por el kirchnerismo fue el de no adaptarse a las redes sociales. No tenían la más pálida idea y eso que les sobraban recursos humanos. El tema es que siempre depositaron una responsabilidad en algún dirigente que, obviamente, no sabe nada. Así es que terminaron con idioteces como la coordinación de hashtags y demás inconsistencias.

En aquel momento el PRO, más acá en el tiempo los Libertarios, los pasaron por arriba. Mayormente nativos digitales con algún cuarentón millliennial, tuvieron siempre bien en claro el lenguaje y cómo abordar determinados temas. Se los puede señalar de ser demasiados duros con los propios, pero es una percepción que tenemos por comparación.

En el kirchnerismo no veíamos cómo le quitaban la visibilidad al díscolo, al que decía algo distinto. Nos hemos olvidado, pero en la conducción de La Cámpora estaban Máximo y Mayra, pero también Juan Cabandié, Andrés Larroque y José Ottavis. A cada muestra de disconformidad, tarjeta roja y al olvido.

En tiempos de redes sociales, los vemos en vivo y por eso sorprende. Nada que no pase en ninguna agrupación militante con poder. Los vemos nosotros que estamos en redes. Y de los que estamos en redes, lo vemos los que nos interesa. Las conversaciones políticas, increíblemente, son más limitadas hoy que hace diez años.

«Buchón y alcahuete, anda de cacería por las redes sociales señalando al enemigo y a los que escriben notas en contra.»

Hace tan solo unos días charlaba con un querido amigo que recién regresó de vivir en el exterior. No es que el tipo sea un masoquista: estaba afuera por una beca de estudios. Charlábamos que el camino económico puede parecer doloroso, pero que tenemos –más él que yo– la esperanza de que todo saldrá bien. Ahí, ambos manifestamos nuestra preocupación: lo poco que le importa al argentino promedio cualquier cosa que pueda ocurrir por fuera de una economía que funcione.

Y es que yo ya tengo mi teoría conspirativa favorita. Imagino un grupo de personas tipo Illuminatis, pero más perversos, que se reunen para ver de qué forma agobiar económicamente a la sociedad para luego relajar la economía y poder hacer lo que se les cante.

Es que, en este país, todo se perdona si funciona la economía.

–Che, volaron la AMIA en un atentado internacional con vínculos en Oriente Medio.
–¿El dólar quieto?
–Sí, pero…
–Reelección

Nunca existió en el país un gobierno autócrata con problemas económicos que afecten gravemente a su base electoral. Jamás. ¿Ha probado ser autócrata sin dinero? No es divertido. Y no sé si estará en nuestros genes o qué, pero da la casualidad de que cualquier período de la Argentina en el que la economía funcionó con la holgura suficiente como para irnos de vacaciones, cambiar el auto o pegar un crédito a mil cuotas, justo, justito hubo un presidente que se pasó de rosca.

«Y volverá a pasar. Porque el modelo de militancia que impuso el kirchnerismo fue adoptado por la mayoría de los partidos, incluso los frentes medianamente nuevos.»

Ahora ya saben de quiénes hablaba. Hace casi una década, Marcelo Panozzo me contactó para escribir un libro. Mi primer libro. Cagado hasta las patas, con el síndrome del impostor apoderándose de cada parte de mi cuerpo, redacté una pieza que no me atrevo a releer. Hasta que cada tanto alguien me recuerda una parte y surge. Por suerte no tengo que releerlo todo.

Es prácticamente Freudiano: los modelos de gobierno personalistas dan a luz alternativas personalistas. Si se intenta un frente colegiado, se puede ganar, pero difícilmente se pueda dar vuelta la tortilla. Los últimos años confirman esta teoría.

Soy de los que desean un gobierno que haga lo que tenga que hacer sin obligarme a participar de cada decisión, que no estamos en una democracia directa. En ese paraguas quepo junto con los que quieren un líder titánico.

El tema es que mi gobierno ideal es ese del que no me entero qué hace porque nada me afecta. Por lo visto, estoy lejos, muy lejos de ese objetivo. Y por lo que veo en varios espantados de otras autocracias, el temor es selectivo. Hay que elegir: gente tranquila o corrupción delirante. Las dos cosas juntas no se pueden. Después de todo, estamos en la Argentina, donde la normalidad es lava. Y donde todos usan, al día de hoy, trajes color marrón a medida.

PD: Vamos por el tercer mes de sesiones ordinarias. Quizá la tercera sea la vencida y el Jefe de Gabinete se presente ante el Congreso como la Constitución obliga. O quizá no lo haga porque no quieren preguntas en medio del debate por la ley bases. Después de todo, la Constitución es, siempre, un listado de sugerencias.

PD II: La semana pasada mencioné varios de los principales funcionarios kirchneristas que siguen en el Gobierno. Pasó un tren, nadie prestó atención. Hoy, una de ellas es investigada por ser, practicamente, millonaria. Sigue en funciones en la Aduana. La bendita Aduana, madre fundadora de la ciudad de Santa María de los Buenos Aires.

PD III: 146 días sin que el Presidente pueda firmar el decreto que el Presidente prometió para incorporar a la Organización Terrorista Hamás en el listado de Organizaciones Terroristas.

 

Nicolás Lucca

 

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2 comentarios

  1. Hay una serie, que confieso que vi sólo porque estaba Jude Law, que tiene un momento extraordinario: desaparece el Papa y tienen que solucionar; meten a un franciscano delirante que calculaban que iban a poder manejar hasta que se arreglara el problema de fondo. Escena de la presentación al público y el temeroso franciscano se encuentra con la piazza a full que lo vitoreaba y hay un cambio en su mirada. El cardenal que había orquestado la movida lo mira asustado y comprende que el papatitere se había dado cuenta de que tenía poder.
    Este país tiene daddy issues desde siempre. Estamos permanentemente en búsqueda de un padre que nos solucione las cosas y rápido (por eso hay elecciones que se ganaron sólo porque había cinco pe de resto en el bolsillo)

    Ese padre cuando la pega – generalmente de pepe porque las reformas en serio requieren tiempo que no hay – se convierte en superhéroe y se cree infalible. Se da cuenta que tiene poder. Acto seguido, la arruina (el Papa de la serie, que era distinto, empieza a hacer cosas distintas, hay furor por su persona, se la cree y, obviamente, todo se va de madre)

    Cuando el padre elegido la arruina, es un tirano. Al tirano hay que sacarlo. Y comenzar el ciclo nuevamente.

    Faltaría a la verdad si dijera que mi voto en la segunda vuelta fue estrictamente de descarte. Tenía un cachito de esperanza y por eso me bancaba el folk libertario; venía con el territorio.

    El asunto es que estoy en esa franja que se está diluyendo y miro alrededor y me veo viviendo en el cuento del vestido nuevo del emperador. El tipo que no anda diciendo lo lindo que le queda el traje al monarca en pelotas, anda llorando porque le liquidaron el kiosco que tenía.

    Soy todavía una sobreviviente y conservo una onza de esperanza. Pero vivir en estado de supervivencia continuo, te hace fleco.

    No es “enojo” lo que se lee en tus análisis. Personalmente leo la necesidad de que alguien vea el cuadro completo. Que se acepte la realidad tal cual es – con aciertos y desaciertos – y después vemos que hacemos con eso. Cortarla con la discusión maniquea que no suma y, francamente, aburre.

    Culpo a nuestro acotado léxico la elección de la etiqueta de «enojado».
    Usted no está enojado, usted es un aséptico analista de la realidad con una memoria prodigiosa (o un archivo de putamadre). Chapeau.

    Está buena la radio.

  2. Qué decirte que no sepas. Marido me manda tu texto. Lo leo, le digo «es mi hijo de otra vida», a veces se me pianta un lagrimón, porque cuando se te lee enojado, lo único que hacés es decir esa parte de la realidad que nos duele por obvia, pero que nadie quiere ver. El tipo se pone el traje marrón porque sabe que está desnudo y cree que engaña a los demás y trata de olvidar que se estafa a sí mismo. Nunca dejes de escribir.

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