En resumen

Pensé en escribir un balance de fin de año pero es complicado decir algo que ya no se haya dicho. Más cuando ya somos todos solidarios por ley, se nos llenó la heladera y la pobreza bajó por obra y gracia del Señor. Así que decidí pasar a algo tan engorroso como solucionar una toma de rehenes con una Taser: hablar de mí. 

Si bien existe el estereotipo de que el periodista solo habla de él mismo –y es cierto: si quieren salir y no hablar, vayan a un after de periodistas–, también es verdad que aquí pocas veces lo he hecho. Y es mi blog, qué carajo.

Debo reconocer que siempre odié los balances anuales. Creo que, en buena medida, ese rechazo obedece a que uno siempre tiende a recordar lo malo. ¿Pensaste alguna vez cuál es tu recuerdo más antiguo? ¿Tu primer recuerdo? Si es uno malo, de angustia infantil, o de un trauma, felicitaciones: estás dentro del 100% de los seres humanos que tienen los patitos en fila. Y es sano, salvo que seas un ser con problemas para aceptar la realidad subjetiva del hombre, como los psicópatas o los que te dicen que “si sucede, conviene”, que vendría a ser más o menos lo mismo. 

Es increíble cómo impacta negativamente esa frasecita. Y la presión que coloca sobre las personas que la aceptan mientras quien la dice intenta quitar, precisamente, esa mochila. O sea: quiero decirte que no te hagas drama por lo que te está ocurriendo, no es tu responsabilidad, y seguro que es por algo. Si sucede, conviene. Salvo que la enfermedad sea terminal, claro. 

Partiendo de esta base, puedo avanzar a la maravillosa concepción que tenemos de la relatividad del tiempo. “Si te estás divirtiendo el tiempo pasa más rápido, lo dijo Einstein”. Y así fue que descubrimos los agujeros negros, obviamente. Sin embargo hay algo que es real: la percepción que tenemos del tiempo transcurrido es muy variable. Y es la primera vez en mucho tiempo que no siento que el año haya comenzado la semana pasada, que no percibo que “el año se fue volando”. 

Fue un año de aprendizaje largo. Larguísimo y en el buen sentido. Comenzó de la mejor manera, descansando de verdad ya que pude tomarme vacaciones por primera –y todo parece indicar que por única– vez en años. Continuó de manera risueña. Bueno, al menos fue gracioso para todos los que vieron como una catarata de imbéciles me denunciaron por creer que me iba a deshacer de mi perro. La joda del insulto en masa volvió a repetirse cuando se me ocurrió dejar de reírme de los terraplanistas y chusmear qué había detrás. Fueron amorosos.

Por otro lado, una cadena de contactos me llevó a conocer a una chica ciega que necesitaba un perro lazarillo y no contaba con el dinero. Sólo pude colaborar con una nota. Hoy tiene el perro gracias a la colaboración anónima de cientos de personas. Ella ganó movilidad, yo una amiga. Es evidente que cuando la causa es noble la solidaridad de la gente no reconoce crisis alguna.  

La crisis económica también se sentía pero ya no se recuerda, como siempre pasa. Es como que no te asusta tanto la economía actual sino cuál crisis te hará añorar este momento. 

Con un nuevo libro en la calle pude comprobar la generosidad de Erlich, Bazán, Wiñazki y Alconada; y de tantos colegas que me invitaron gentilmente por fuera de la rutina editorial habitual. Y ni que hablar de que pude cumplir el sueño de presentarme en la Feria del Libro por primera vez. Que se reedite el libro en un contexto de crisis económica es para agradecer. 

Pude viajar por primera vez al extranjero. Puede que a alguno le parezca extraño, poca cosa, o nada del otro mundo. Pero para alguien que viene de donde vengo yo es un sueño cumplido de esos que eran imposibles de cumplir. Y en esa catarata de sueños cumplidos, mi ciudad favorita de la galaxia fue mi primer destino. Que encima ese primer viaje haya sido para formar parte del International Leaders Programme y que, gracias a ello, pude aprender como nunca sobre cosas que no están en Google y, como si fuera poco, conocer a personas maravillosas de lugares remotísimos, sólo hace aún mejor cualquier anécdota. Gracias London por todo. 

Pude viajar por segunda vez al extranjero. Puede que a alguno le parezca extraño, poca cosa, o nada del otro mundo. Pero para alguien que viene de donde vengo yo, que viajar al menos una vez ya es cumplir un sueño, es un delirio hacerlo dos veces en dos meses. Y ni hablar si ese delirio te lleva a conocer países sin inflación, sin desempleo, sin pobreza, con alternancia en el poder y respeto por los derechos humanos en su totalidad. Gracias Taipei por tanto

Primero uno se da cuenta en el extranjero de que existe una vida normal, pero queda en cualquier lado menos en la Argentina. Lo segundo es que el mundo está lleno de seres maravillosos.

Y conocí gente. Mucha gente. Mucha. Hay una frase hecha que infiere que no hay mejor forma de abrir la mente que viajando. Y es cierto si es que se aprovecha el viaje, si tomamos noción de que fuimos bendecidos y no podemos dejar la oportunidad de perdernos, de caminar hasta que duela el cuerpo entero, de charlar hasta con los postes de luz, de intentar conocer al otro, sus miedos, sus sueños, sus costumbres, su pasado, su deseo para el futuro. Y allí anduve trabando relación con gente de Lituania, Namibia, Serbia, Namibia, Uzbekistán, Georgia, Ecuador, España, Guatemala, Granada, Honduras, Guyana, Nicaragua, Croacia, Perú, Gales, Brasil, Inglaterra, Chile y Paraguay.  

De mucha gente me alejé, algunos demostraron la clase de personas que eran y el nivel de obsesión que pueden llegar a alcanzar para no tener que lidiar con su fracaso propio de chantas irremediables. Para variar nuevamente me robaron una idea compartida generosamente entre colegas, lo cual ya es una tradición anual, pero de todo se aprende: sólo se acepta un robo por persona. Lo bueno es que siempre hay un cupo para prestar atención, así que para que entren todos los nuevos, interesantes y generosos, es mejor hacer espacio y permitir que los que exigen cosas que no les corresponden sean felices exigiéndoselas a otro. 

Si bien fui como invitado a decenas de programas en los últimos años, debuté en la tele abierta del otro lado del mostrador. Y lo hice en el programa más visto de su segmento. Y me siento orgulloso por ello. 

Fui muy feliz y sin culpa. Porque más de una vez se nos ha impuesto –por otra persona o nuestra propia neurosis– que no nos merecemos ser felices, que cuando todo pareciera estar bien, mejor no disfrutar demasiado porque algo va a pasar, que el estado de normalidad es encontrarnos mal. Siempre me comporté de esa forma, sin disfrute. Y no es así. Del mismo modo, tampoco es cierto que haya gente con más suerte que uno. O sea: sí, hay quienes la tuvieron más fácil. Si miramos a nuestro alrededor, seguramente nosotros seamos los que la tuvieron más fácil. La cadena es interminable. Y como me sentí con un golpe de suerte este año, allí se disparó automáticamente mi neurosis de que algo malo estaría por suceder. Y no. Atrás de ese “golpe de suerte” hay 19 años consecutivos de trabajar de lo que sea –quienes me sigan saben qué tan realista puedo ser al decir “de lo que sea”–, hay kilómetros de curiosidad, miles de libros leídos, un par de miles de notas, otro tanto de columnas, pedidos de disculpas al cometer un error y un imponderable que se ve cada vez menos: decir no sé cuando no se sabe en vez de robar de Internet y equivocarse. 

Por último, no sé qué me deparará el 2020, pero tampoco creo que al no darme tanto como el 2019 pueda llamarlo un mal año. Este dejó la vara demasiado alta. De hecho los verdaderos años malos son poquitos; el resto lo son en comparación a otros.

Espero que pueda continuar en ese sentimiento de saber que hago lo que me gusta y que me pagan por ello. Espero que la vida me siga sorprendiendo con cosas buenas y con personas que valen la pena. Espero que pueda seguir diciendo que un grupo de políticos no pueden alterar mi estado de ánimo ni que mi felicidad depende del Estado-que-todo-lo-puede. Espero que pueda seguir eligiendo entre ser feliz y tener la razón. Y espero que los que no lo entiendan no rompan las pelotas. 

Espero que este año que finaliza haya sido lo suficientemente interesante para ustedes también y que esperen un 2020 con la esperanza de que todo pueda mejorar. 

Gracias a todos los que me dejaron entrar en sus vidas este 2019.  

(Igual, lo mejor de este año lo guardo para mí)

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