Épica
Caminaba por Almagro con apuro por arribar a una reunión tempranera. Todavía no entiendo como hay gente que pretende que uno llegue a horario fijando citas en lapsos del día en los que daría mi reino por una hora más de sueño. Doblando en la esquina, observé que en el patio de un colegio estaban los chicos en pleno recreo. Hubiera sido un momento más de esos que uno observa y a los pocos minutos olvida si no fuera por esos detalles que nos llaman la atención. Dos purretes de no más de 8 años estaban boludeando con el celular, para luego guardarlos en sus bolsillos y pegar un grito de guerra: ¡La lleva Lautaro! 
De golpe, ese lema infantil transgeneracional me congeló y me dediqué a disfrutar de la batalla en su efectiva modalidad «Mancha Puente.» Yo que pensaba que estaba todo perdido, en cinco minutos me di cuenta que había algo que me conectaba con esos chicos. Las ganas de jugar y compartir momentos que nos distraigan del agobiante oficio de pasar una hora escuchando a la maestra que encima no nos corresponde en nuestro enamoramiento shakesperiano sigue presente en los infantes. De más está decir que a la bendita reunión llegué tarde.
Esa misma semana, concurrí a un centro de recreación adolescente en el Barrio Rivadavia I, ubicado donde nace el Bronx porteño, allá por Cobo y Curapaligüe, limitando con la siempre pujante villa 1-11-14. Me gusta ir a esos lugares y crear vínculos de complicidad con los pibes, que tienen la misma angustia que cualquier mocoso de otro estrato social, pero en distinta escala. Si hay algo que une al joven egresado del Cardenal Newman con el muchacho del Bajísimo Flores, es la angustia por el mundo en el que les toca vivir, sabiendo que pertenecen a un extremo de la sociedad y sufrirán la estigmatización cada vez que pretendan integrarse al mundo del común de la clase media, independientemente del éxito económico. 
Después de un par de horas de entrar en confianza, nuestras charlas pasaron de superficiales a profundas. Pibes de 14 años preocupados porque el Bocha anda zarpado con el paco y angustiados por que al abuelo de uno de ellos lo fajaron por no tener para abonar el «peaje» en una de las calles internas del barrio. Pablito, el más curtido, tiene 16 años y me mostró los cuadros que hace con pedazos de venecitas y trozos de espejos que le trae su viejo de las construcciones en las que trabaja. Su sueño es terminar la secundaria pronto y estudiar Bellas Artes. Escuchar hablar de Klimt en boca de un adolescente, cuando el paisaje que nos rodea es de autos irreconocibles y casas sin fachada, es desorientador. Al cabo de un par de horas de mate y hip-hop me despido, mientras ellos acompañan a Julieta, Jonathan y Manuel a la frontera con el barrio Illia para evitar que la rivalidad entre complejos pueda perjudicar a sus amigos. Al día siguiente, muchos se enfrentarán en un partido de fútbol interbarrios, a matar o morir. 
No pude evitar hacer la transpolación mental y recordar las batallas épicas de mi adolescencia, donde el «A contra B» dejaba lugar a la unidad del colegio para enfrentar al Calasanz en algún intercolegial. No dormíamos las noches previas, nos temblaban las manos de la ansiedad antes de entrar a la cancha y sabíamos que íbamos a dar todo por nuestra camiseta bordó. Luego de ello, íbamos a pasarnos el resto del año destruyendo el colegio de a poco, desafiando a las autoridades y pensando cuál era la mejor forma de hacernos una rabona generalizada y que el traga de turno no fuera a clase cagándonos la estrategia. Sin embargo, en esos fin de semanas de enfrentamientos contra el rival del barrio, éramos todos caballeros dispuestos a dar la vida por el honor de nuestra despreciada institución. 
Es normal que todos, sin importar nuestra edad, creamos que la juventud ya no es lo que era antes. No es otra cosa que lo que pensaban nuestros padres de nosotros, nuestros abuelos de nuestros padres y así hasta llegar al primer cavernícola que se le ocurrió cocinar un pedazo de carne en vez de comerlo crudo como lo hacían sus progenitores. Lo que nos hace creer que nuestra niñez y adolescencia fueron únicas, es la imagen romántica que guardamos de ella. Es un recuerdo del misticismo de rebelarnos ante alguna figura de autoridad, es el fumarse un pucho a escondidas de los padres a sabiendas que nos partirían el culo a patadas y a algunos les romperíamos la ilusión de un hijo sano y perfecto. Lo es también el juntar ganas durante meses para encarar a una mina que nos termina rebotando, protestarle al profesor de turno porque lo que nos enseña nos nos sirve para lo que vamos a estudiar en la facultad aunque no tengamos idea de a qué nos vamos a dedicar, desafiar la disciplina del establecimiento luciendo orgullosos los cinco cardos que tenemos por barba, colarnos en cuanto asalto exista aunque no conozcamos ni a la eventual anfitriona, copar fiestas de egresados de colegios en los que no conocemos ni al portero y ocultar con soberbia adulta y tremendas dosis de joda el cagazo de terminar quinto año.
Todos guardamos con cariño recuerdos de aquella etapa en la que vivíamos confundidos y mandándonos cagadas. Inluso yo -que hasta los 15 fui un gordo con cara de boludo, y luego de bajar de peso, pasé a ser un flaco que conservaba la cara de boludo- me pongo en nostálgico con aquellos años de cambios corporales y sufrimientos existenciales. 
Quizás, lo que nos trae una sonrisa acoplada a aquellos recuerdos es la épica de hacer igual las cosas sin importarnos el peor de los enemigos humanos: el temor. Obvio que teníamos miedo, pero no nos importaba. No hay lugar donde se desarrolle más el instinto de supervivencia humana como lo es el ámbito estudiantil, donde se da una estructura jerárquica marcial solo visible en las Fuerzas Armadas, donde el patio central es de quinto y los de primer año ven como señores a los de segundo. En ese círculo interno de los claustros estudiantiles, el instinto animal huele el temor. El hombre se muestra primitivo casi por última vez antes de disfrazarse con un saco y una corbata. Nos dejamos gobernar a un 100% por nuestras emociones y el que no se defiende, siente que se le acaba el mundo. 
Estas experiencias vividas en los últimos tiempos -algunas buscadas, otras accidentadas- me recuerdan todo el tiempo que la juventud no es mejor ni peor mientras pasan las décadas. Psicópatas existieron siempre y seguirán existiendo, al igual que el langa, el traga, el vago, el roñoso, el líder natural del curso, el ladero del líder, el chupamedias de la autoridad, el acomodaticio y el gordo boludo. Siempre estarán, generación tras generación. La evolución tecnológica no nos perdona por una cuestión lineal del paso del tiempo y debemos agachar la cabeza y resignarnos con cierta envidia a que mocosos de 8 años tengan celular y sepan usarlo mejor que nosotros, así como en 1980 nos resignamos al Atari y los fichines, en los 70 a los melenudos roñosos esquivando a los peluqueros uniformados de azul, en los 60 a las minas que empezaron a mostrar las gambas, en los 50 a los muchachos que usaban gomina. Si a principios de siglo veían con desprecio a los pibes que no se dejaban barbas y mostachos de alcurnia, quiere decir que algunas cosas nunca cambian. Sin embargo, mientras me salen canas al ver a mi hijo en jardín de infantes usando la computadora mejor que yo, se me dibuja una sonrisa imborrable cuando quiere enseñarme las reglas de las escondidas.
Quizás nosotros deberíamos dejar de recordar con nostalgia aquellos hormonales años y rescatar lo que nos mantenía a salvo: Deprimirnos por pelotudeces y cagarnos de risa de las cosas preocupantes, hacer locuras por impresionar a la minita que nos gusta, delirar a quienes dicen que tienen la autoridad para decidir nuestros destinos y dejar la vida por defender nuestros espacios en un A contr
a B. Total, al final de cuentas, suena el timbre y volvemos a nuestras casas, furiosos por nuestros contrincantes, pero orgullosos de nuestra escuela. Esa escuela en la que queremos humillar a sus directivos, pero a la que nadie quiere más que nosotros. 
A pesar de la Rectora.

¿Y vos? ¿Cómo recordás tus primeras dos décadas?

Miércoles. Nos sobran preocupaciones. Nos faltan más rayuelas, elásticos, manchas, escondidas, carritos a rulemanes, autos con masilla, asaltos y quemados. Nos falta dejar la vida por lo que nos importa. Nos falta épica.