Fuckland
«Si quieren venir, que vengan, Boudou está en Presidencia» dicen que se escuchó en la Quinta de Olivos. Si bien no es una aparición pública que demuestre el excelente estado de salud libre de carcinomas y metástasis de la Presi, al menos es una prueba de vida. Convengamos que el panorama ya pintaba demasiado aburrido y repetitivo: despidos cotidianos a empleados del Estado, mientras el Estado aprieta a las empresas privadas que quieren reducir personal, problemas energéticos, eliminación de subsidios, aumento de tarifas, incremento en el costo de la canasta básica, asesinatos varios, suicidios masturbatorios, disparos accidentales, en fín, más de lo mismo. 
El panorama en el Reino Unido de la Gran Bretaña tampoco pinta demasiado alentador, aunque -claro- con marcadas diferencias culturales: si me dieran a elegir entre la bonanza económica kirchnerista y la crisis económica británica, no lo pensaría dos veces. Aparte, esas maratones nocturnas de destrozos e incendios son mucho más entretenidas que ir esquivando a los ganadores del kirchnerismo que siguen viviendo en la calle. 
Debo confesar que creía que el Primer Ministro Británico tenía un coeficiente intelectual acorde a la investidura de su cargo. Sin embargo, que ante las acusaciones de colonialismo diga «colonialistas son ustedes», me transportó a la infancia del «como hermana no tengo con la tuya me entretengo». Que ante cada planteo diplomático, desde el Reino Unido respondan «los kelpers tienen autodeterminación y decidieron ser británicos» es tan ridículo -desde el punto de vista del colonialismo- como suponer que en un divorcio, un niño decida cuál de los padres tendrá la tenencia. 
Del otro lado -de éste lado- tenemos a los eternos alegres, estúpidos afectuosos que acaban en seco porque Uruguay, Ecuador y Panamá manifestaron su incondicionalidad frente al conflicto Malvinas. Así, no es de extrañar leer en Página/12 y otros medios adictos al gobierno la algarabía que les genera saber que el diario The Times -conservador, colonialista, monárquico- está a favor de Argentina. Uno entiende que, para muchos, «el enemigo de mi enemigo es mi amigo», pero ¿No era que los diarios de derecha eran una bosta en todo el mundo?
En el gobierno británico están tan asustados ante la escalada del conflicto que, mientras se sacan la pelusa del ombligo, mandan al príncipe Williams -heredero de la corona- a realizar prácticas de adiestramiento militar, junto con gran parte del ejército. No lo mandan a Oceanía, lo manda a las Malvinas, acá a la vuelta. Ante cada escalada de conflictos internos, la mayoría de los países de occidente -incluso los más nacionalistas- recurren a una magnificación del sentimiento patriótico. Lo hizo Bush durante siete años, lo hizo Galtieri en 1982, lo hace Cameron. En el caso de Cristina no puedo decir lo mismo, dado que viene molestando con esto desde que asumió. El tema radica en que, ante una hipótesis de conflicto, los bandos generalmente miden los movimientos de la otra parte: qué hace además de lo que dice. Reino Unido nos moja la oreja y después nos manda al ejército y al príncipe a realizar ejercicios militares en el patio de casa. Argentina realiza una movida de quejas diplomáticas, pero detrás de eso sólo tiene poder de fuego para dos horas, con toda la furia y utilizando el sobrante de fuegos artificiales de fin de año. 
La utopía de una nación sin ejército no es posible en un país que cuenta con gran cantidad de recursos naturales en un mundo cada vez más necesitados de estos. Pero nosotros somos utópicos y desarmamos el ejército, por temor a que repitan lo que hace décadas que no pasa, mientras entregamos esos mismos recursos a manos extranjeras. Dejamos de vacunarnos por miedo a que una vacuna nos mate. Nuestra Fuerza Aérea ha sido noticia internacional varias veces en los últimos años, pero no por su prestigio, sino por haberse convertido en el payaso que alegra los desayunos de los jefes militares de otros países yendo a ejercicios bélicos sin aviones o sin combustible. 
Ante la sensación de que, si en el Reino Unido así lo desean, en dos horas y sin disparar un tiro se podrían quedar con Tierra del Fuego, uno supone que podríamos recurrir a la gran reserva militar que tenemos en nuestro pueblo. Estoy más que seguro que si quisieran entrar en territorio continental, no podrían sobrevivir sin luz, sin combustible, con los trapitos cobrándoles cincuenta pesos por cuidarles cada tanque y un ejército de wachiturros choreándoles los equipos de comunicación. Y si los kelpers no quieren ser argentinos, lo arreglamos con un cacho de información. ¿En qué otro país se puede llegar a viejo con una familia numerosa sin tocar nunca un laburo?
La escalada diplomática por el tema de las Malvinas es algo que podríamos decir que ya se vio. La suma de los componentes diplomáticos y bélicos da el mismo resultado que en aquel entonces, pero con el orden de los factores invertidos. En aquellos años, el ejército era fuerte, con un equipamiento aceptable en comparación a los grandes ejércitos y un entrenamiento efectivo que contrastaba contra la posibilidad de que Argentina saliera victoriosa enfrentándose contra Inglaterra, Estados Unidos y la OTAN. Curiosidades de la época, la idiotez de suponer que Estados Unidos iba a elegir apoyar a Argentina y no a Inglaterra, sólo podía ser razonable bajo los efectos del whisky. 
Hoy tenemos una situación diplomática bastante distinta a la de hace tres décadas. Que Timerman sea un impresentable a cuerda, no quita que Argentina se haya pasado los últimos treinta años participando de cuanto coloquio diplomático, asamblea internacional y concierto de naciones se le haya cruzado, aunque con resultados bastante difusos. Y por difusos quiero decir que sólo conseguimos que Inglaterra se agarre la entrepierna cada vez que Argentina protestaba. Como contrapartida, nuestras Fuerzas Armadas hoy cuentan con un poder de fuego que no podría permitir una resistencia victoriosa en caso de que Paraguay decidiera invadir Formosa arrojándonos naranjas y chipás. 
Argentina ha vivido un curioso caso pocas veces visto en la historia bélica del mundo: el desprecio y el olvido hacia nuestros combatientes, que curiosamente fueron admirados por el enemigo. Nosotros vimos a nuestras fuerzas armadas como un grupo de pendejos cagados en las patas que fueron lanzados en unas islas rocosas en el culo del mundo. Ellos vieron a un aguerrido grupo de locos que estaban tan seguros de lo que defendían que -tal como reconocieron los soldados británicos- llegaron a dudar de la victoria que creían tan sencilla. Aviones que volaban al ras del océano para reventar cruceros sin ser detectados por los radares, médicos con fusiles disparando como dementes, grupos comando que salieron a buscar al enemigo puerta por puerta. 
El proceso de desmalvinización se encargó de tomar como referencia a un puñado de payasos que fueron caras visibles del conflicto para desprestigiar al resto de los combatientes. Se buscó borrar una
gesta patriótica metiendo en la misma bolsa a los combatientes y a los gobernantes. Ante cada acto de olvido hacia la guerra, se volvía a matar a los caídos en combate. Cada vez que alguien dijo «fue un ejército de mocosos mandados al muere por Galtieri», se volvió a aniquilar a quienes fueron soldados conscientes de lo que defendían. Cada vez que alguien dice «si no fuera por Malvinas, los militares seguirían en el poder» reivindica a una dictadura incapaz de ser resistida por un pueblo, aún en medio de una debacle económica con aumento de la pobreza. 
Como buena sociedad exitista, a una guerra que la vimos por televisión -a pesar de que era en nuestro territorio- la vivimos como un partido de fútbol. Somos los mejores, qué se creen que son estos inglesitos, les vamos a romper el culo. No teníamos un ejército, teníamos una selección y a los medios de comunicación sólo les faltaba poner el «se juega como se vive» del mundial. Como corresponde, luego de perder, la selección fue una manga de muertos incapaces de hacer tres pases seguidos, ni de tirar un centro al área. Los olvidamos, del mismo modo que olvidamos a todas las selecciones de todos los mundiales que no ganamos, esas que antes de viajar eran «la mejor selección de todos los tiempos». No somos un país soberano, somos un país futbolero. 
El proceso de desmalvinización habrá tenido su inicio durante el alfonsinismo, su continuidad durante el menemismo y el paroxismo durante los desfiles del bicentenario, donde desfiló hasta la colectividad boliviana, pero los veteranos tuvieron que colarse de prepo. Sin embargo, como sociedad no podemos seguir siendo tan pelotudos de echarle la culpa sólo al gobierno de turno. La culpa de la guerra la tuvo sólo Galtieri, a pesar del apoyo de millones de argentinos que compraron hasta los llaveritos de Margaret Thatcher en cuatro con la leyenda «a romper el bloqueo». Del mismo modo, la culpa de la desmalvinización y el olvido fue de los sucesivos gobiernos democráticos, y no de los millones de compatriotas incapaces de colocar una banderita celeste y blanca si no jugamos un mundial. 
De vuelta se puso de moda hablar de Malvinas, y a Dios gracias que se convirtió en tema central, aunque no comparta las causas que llevaron a ello. Soy de los que creen que un pedacito de tierra, por más pequeño e improductivo que sea, si es mío, lo quiero conmigo. Se hablarán de muchas cosas, se dirá que no tenemos con qué defendernos y se recordará a los «pibes cagados en las patas». Yo quisiera saber cuántos de los que dicen esto se abrazarían a sus familias para despedirse y luego marcharían a cargar un fusil para defender esa Patria de la que tanto hablamos pero tan poco sentimos. Muchas de las grandes gestas de la historia la llevaron a cabo por pueblos que no tenían poderío bélico, pero que contaban con algo que no cualquiera tiene: la certeza de saber qué se defiende. 
Hoy estamos en una guerra diplomática entre dos gobiernos necesitados de triunfos épicos. Aún no ha pasado a mayores y esperemos que no pase. No tendríamos con qué defendernos y va más allá de no tener armamento. No nos dan las ganas, ni las intenciones de dejar nuestras comodidades por defender dos islas. Nos acostumbramos a que cualquiera nos saque lo que es nuestro sin quejarnos. Si no defendemos el producto de nuestro laburo ¿Acaso vamos a defender un pedazo de tierra que se perdió hace un tiempazo? No nos da el cuero. 
Jueves. Ni de aquellos horizontes nuestra enseña han de arrancar, pues su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar.