Historias
Mis abuelos llegaron a la Argentina en la década del ´30 con lo que tenían puesto. Como muchas otras familias de ahora, mis antepasados también arribaron a estas tierras rajando de la guerra, del hambre o de ambas cosas a la vez. Llegaron y fueron a parar directamente a un conventillo. Hasta allí, nada nuevo. Una historia más de inmigrantes. Pero permítanme extenderme un poco más.

Mis abuelos maternos se nacionalizaron, estudiaron en escuelas públicas y luego en la Universidad. Se enamoraron de sus ideologías, estuvieron presos por ser ellos mismos, no por error. Y salieron cuando les tocó en suerte, no por contactos. En el caso de mis abuelos paternos, además de dejar sus tierras, se separaron de sus hermanos que preferían “ir a una tierra de mafiosos, sin oportunidades ni posibilidades de progreso a mediano plazo”. Tiempo después mi madre viajo a visitar a mis primos. Son dueños de una cadena de restaurantes en Nueva York.

¿A dónde quiero apuntar con todo esto? No es una historia más de desplazados. Es una historia de reivindicaciones. Una historia que es un planteo hacia el mañana. Mis abuelos paternos, lejos de no tener perspectivas de planificación que hicieran pifiarle el rumbo y venir a la Argentina en vez de ir a Estados Unidos, hicieron lo que tenían que hacer. Venir a la tierra del progreso, dónde nunca te morirías de hambre y donde todo estaba por hacerse. Estados Unidos, en cambio, estaba en plena depresión económica.

Este país les dio tanto que no solo casi nos cagan la doble ciudadanía declarándose argentinos, sino que además jamás quisieron volver a sus tierras. Quizás por que no les quedaba nadie, tal vez porque les generaba malos recuerdos. Lo cierto es que había un agradecimiento inmenso hacia la tierra en la que con tus propias manos te podías construir una casa, dedicarte al oficio que hayas aprendido, educar a tus hijos y llevar una vida digna.

Mi historia personal, hoy en día, dice que tengo que laburar el doble para cobrar la mitad. Dice que la Universidad me llevó más tiempo por hacer malabares para llegar a fin de mes. Dice que es un milagro conseguir una vivienda en el barrio en que creci, y que poco importa ser un ciudadano honesto y laburador. Y dice también que tengo un hijo.

Tengo un niño a quien no tengo ganas de contarle sólo los logros conseguidos a fuerza de proezas por personas que vivieron mucho antes que su propio padre. Yo siento admiración por mis abuelos y mis propios padres. Siento admiración por nuestras generaciones anteriores, con sus errores y virtudes. Quiero que mi hijo, que nuestros descendientes sientan lo mismo por nosotros.

No quiero que en una década nos pregunten cómo fue que terminamos destruídos como nación. Quiero que nos pregunten como hicimos para sobreponernos y salir adelante. No quiero que nos pregunten cómo fue que nos robaron los sueños. Quiero que nos pregunten qué se sintió luchar por conseguir lo que nos correspondía. No quiero que nos reclamen por lo que teníamos y perdimos. Quiero que nos reconozcan el mérito de haber peleado por la conservación de lo que es nuestro. No quiero que sean grandes para diferenciarse de nosotros. Quiero que esa grandeza sea por identificación a la generación que los antecedió, no por rechazo.

Las oportunidades son para quienes las toman y aunque todo esté destruído, existe la oportunidad de volver a construir. Y para ello no es necesario contar con la participación de todos. Sólo se necesita a quienes quieren ser más de lo que les ofrecen que sean. Y no creas que somos pocos. Ya somos unos cuantos los que queremos que todo cambie menos nuestros ideales. No me importa si sos peronista, radical, de la Izquierda Unida o del PRO. No se necesitan ideologías, se necesitan ideales. Ideologías sobran, ideales faltan. No pienso preguntarte que pensás hacer por mí. Sólo quiero saber qué estás dispuesto a hacer por vos.

Yo tengo un hijo por quien lucho para verlo, por quien lucho para darle un mejor mañana y que en definitiva es darme un mejor mañana a mí. Tal vez vos tengas también, quizás no. Pero si hay algo de lo que nadie escapa en esta vida, es de las cuatro preguntas que nos harán algún día los futuros adultos, hoy niños: Por Qué, Cuándo, Cómo y Dónde. Yo no quiero pasar vergüenza. No quiero que me vean como parte de la destrucción de sus vidas cuando tendría que haber sido protector de las mismas.

No seas apático de lo que pasa en el país. Por respeto a la memoria de nuestros antepasados y por respeto a la futura memoria que tendrán de nosotros. No te pido que seas afiliado a ningún partido. Quiero que seas militante de la honestidad, la fuerza del trabajo y la tolerancia. Está en nosotros generar oportunidades para el mañana. Probablemente recién puedan disfrutarlas nuestros descendientes. Pero tendremos la satisfacción de tener el alma en paz ante el conocimiento de haber hecho lo que correspondía.

Martes. Cada tanto me agarra.