La gran estafa argentina

Vivimos en un país de estafadores, licenciado. A raíz de las noticias de los últimos meses, todos estamos masomeno en tema de qué se tratan las estafas piramidales y demás cosas por el estilo. Por eso, hoy quisiera hablarle de la estafa más grande que ha dado este país: este país.

Dentro de ese esquema de estafa validado por 5.478 leyes vigentes de alcance nacional y las 31.706 leyes provinciales, contamos con un mal de origen que permite que cualquiera sea víctima, ¿sabe? Por ejemplo, en una de esas normas un artículo dice que “la ignorancia de las leyes no sirve de excusa para su incumplimiento”. Lo gracioso es que no hay forma de memorizar 37 mil leyes. Y ahí comienza la gran estafa.

Como la ley se presume conocida por todos, se da por sentado un principio aún más estúpido: si lo dice la ley, existe. Al dar por sentado eso, el resto se cae a pedazos tras cada estafa estatal.

Y algunas son muy importantes. Le explico, licenciado: si usted ofrece algo que dice que es suyo cuando no lo es, está estafando al cliente. Y acá está lleno de esos. Lo hacen los políticos cuando entregan algo que pagamos todos, lo hace el boludo que da las noticias.

El fin de semana pasado, sin ir más lejos, un montón de periodistas salieron a solidarizarse con Majul luego de que un invitado lo mandara a la mierda por irrespetuoso. Un puñadito dijimos algo distinto, anticorporativo y hasta esencial en cuanto a los principios del periodismo.

El lunes, los mismos periodistas de solidaridad precoz hicieron una autocrítica tan lavada que daba risa. Y como no tienen mucha idea de qué es lo que pasa en la actualidad con el clima de calle –por eso se solidarizaron estúpidamente–, para la autocrítica tuvieron que buscar argumentos ajenos. Se los vendieron a sus clientes, que son los espectadores y radioescuchas. Los estafaron. Y duró tan poco todo que este viernes volvieron a sincerarse al cagarse de risa de todo por lo que habían hecho una autocrítica el lunes.

La chantada está en todos lados. Mire, si a usted le ofrecen algo, acepta y luego le cambian la especie, es una estafa. Ahora, tengo a una mujer que se llama, supongamos, Cristina. Al igual que Cositorto, comanda a un ejército de lúmpenes inviables que creen ciegamente en lo que ella dice y salen a vender sus productos truchos como si fueran lo mejor del mundo.

Si yo le vendo un BMW y luego le digo que fue estafado porque le dieron un Duna sin papeles, me va a mirar raro. Ahora, supongamos que le digo que yo seré el jefe de todo, pero que no tengo la culpa de lo que haya hecho un triste empleado infiel. Usted, probablemente, ya marcó en su celular un número nueve seguido de dos unos. Y si le pido que mejor me compre el BMW que esta vez yo sí me encargaré de que le llegue, voy preso.

Hagamos de cuenta que tenemos a una persona que se llama, supongamos, Cristina. Si ella envía a su ejército de ridículos inservibles para que digan que este gobierno es de ellos pero que fueron estafados como nosotros, no pasa nada. Los pajeros de mis colegas que viven de la desgracia y la autocrítica tardía y robada, también hacen lo suyo. ¿A quién carajo le importa lo que tenga para decir Martín Guzmán, ese que se hace llamar ministro de Economía? Lo invitan a todos lados. Mientras, los titulares abundan en la interna de la interna de la interna, las críticas de fulanita y los dardos de menganito. Nadie, absolutamente nadie dice que un tipo que pagó un alquiler de 42 mil pesos durante el último año, el mes que viene deberá pagar 63 mil.

Pero la caída de una criptomoneda fue portada de los principales medios digitales. En la Argentina, que cambió cuatro veces de monedas y le quitó trece ceros al billete original, el mismo día que se anunció la inflación interanual más alta de los últimos 30 años, se seguía el minuto a minuto de una cripto fundida que perdió el 97% de su valor. Como el peso, pero sin funcionarios que opinen. También se publicaron historias de boludos que perdieron los ahorros de toda su vida por apostar a esa cripto. No te digo de buscar historias de algún sobreviviente del Empréstito Nacional de 1962 o del Rodrigazo, o del ahorro forzoso, o del Plan Bonex o del Corralito. Pero, convengamos, que el Estado Argentino ha hecho mierda muchísimas más vidas con un agravante: nadie obliga a invertir en criptos.

Como buenos estafadores dicen que la estafa fue la venta anterior, que esta vez el Rolex no es de plástico pintado de dorado. Estafadores ellos, estafadores los encuestadores que no embocan una elección desde la presidencia de Urquiza, estafadores los chantas de mis colegas que tienen la necesidad de editorializar todos los días. No hay forma de editorializar todos los días. Antiguamente, un analista hacía un editorial al comienzo de su programa, pero porque se emitía una vez por semana, tiempo para pensar los temas, para elaborar una idea.

Y ni choreando embocaron una. Aún nos reímos de los idiotas de Gustavo Sylvestre, Roberto Navarro, Javier Díaz y Daniela Ballester por el “ganó Scioli” de 2015. Pero les cayó el fardo porque lo dijeron ese día y a esa hora. Durante las semanas previas el clima triunfalista de Scioli estaba instalado de la mano de muchos de los colegas que hoy están con autocrítica ajena y forzosa para que la gente no los putee tanto.

Ni le cuento lo que dice el Código Penal sobre la estafa cuando es llevada por tres o más personas que se ponen de acuerdo. Es una asociación ilícita, ¿sabe? Y el que cobra para distraer puede ser desde un encubridor hasta un partícipe necesario. Y ahora tengo a estos desfachatados que se juntaron para consumar una gran estafa berreta. Si al menos fueran glamorosos, uno podría decir que fue estafado por gente con clase, inteligentes. No sé, un Michael Caine en Dirty Rotten Scoundrels, o un Marlon Brando en la versión original.

No lo digo de tilingo, licenciado: si me van a cagar, que sea con estilo. Porque uno espera que, después de haber sido recontra cagado, del otro lado aparezca un George Clooney, un Frank Sinatra. Después de todo, una estafa no deja de ser un robo sin violencia ni fuerza. Y para eso se necesita seducción, persuasión, carisma, prudencia y mucha, demasiada inteligencia. No lo digo yo, lo dicen siglos de estudios criminalísticos.

Pero ahí están los autocríticos veletas para hablar de las señales de Máximo, el Virgen de Cuit a los 40 con peor imagen de toda la Argentina. ¿A quién carajo le hablan? Incapacidad laboral o complicidad, no hay una tercera opción.

Dentro de esas miles de leyes que deberíamos saber de memoria, hay una que dice que “nadie puede alegar su propia torpeza”. O sea: si pasa una persona y me dice que es el inspector de billeteras y yo se la entrego, es un caso obvio, ¿no? Bueno, no sé qué tan obvia sería esa torpeza mía si luego entro a un supermercado y me encuentro a un desertor escolar con una planilla para controlar los precios de las galletitas de agua. Tengo un inspector de precios ¿por qué debería suponer que no hay uno de billeteras?

Ya que hablamos de la propia torpeza, por lo que uno lee de algunos fans políticos, da la sensación de que la estafa viene de hace rato. O sea: en algún momento un turro les hizo creer que si se imprimen cien millones de pesos por habitante, podemos ser todos millonarios. Otro forajido les dio a entender que las cosas caras en realidad no valen tanto.

El combo cierra por todos lados. Les prometieron vivir la gran vida, como la que llevan sus guías, que utilizan autos de súper lujo, muestran sus propiedades impagables, exhiben sus relojes y toda la joyería. Ya no pagan las notas a los periodistas porque, directamente, compraron algunos medios. Son como Cositorto, pero impunes.

Pobre boludo, Cositorto. Se hará viejo en cana, pero por boludo. Esto no es para cualquiera. Júntese con varios amigos y truche la compra de una fábrica de billetes: uno, dos añitos y a ser aplaudido en el Senado. Cómprese un par de hoteles sin explicar de dónde sacó la plata, pídale a dos amigos que le alquien todas las habitaciones aunque nunca vaya ni Casper y después cuénteme en cuál prisión seguimos la terapia.

Para que tantas estafas similares proliferen, tiene que haber una coyuntura que lo permita. En 2002 y 2003, la estafa más común que veía en el juzgado era la de aquellos que pagaban a quienes prometían destrabar ahorros atrapados en el Corralito. Con lo fácil que era darle 10% al juez contencioso administrativo que, oh casualidad, era un subrogante designado por el Poder Ejecutivo.

Y en el caso de los últimos años, es sencillo. Imagine el contexto de una crisis económica sin fin. El que prometa guita, es Dios.

Si seguimos para arriba llegamos al entramado constitucional, una hermosa herramienta que se ha convertido en una lista de sugerencias, un poema de deseos y buenas intenciones.

Podríamos recordar a la Ilustración entera y afirmar que sí, que el ser humano prefiere ceder parte de sus libertades a cambio de que se le garanticen las demás. Es lo que vulgarmente denominamos contrato social. Ese garante, que no es otro que el Estado, ya es socio nuestro: lo financiamos a cambio de una contraprestación en seguridad que garantice que podamos vivir y producir. Win-win.

Pero en la Argentina se ha montado como una estafa piramidal, mire: una base de pobres infelices que tiran para arriba el 50% del costo promedio de cada producto que consumen, entre tributos cruzados y el maldito impuesto al valor agregado incluso en productos a los que no les agregamos un mínimo de valor. Arriba vienen los que viven de esos ingresos. Y ojalá fueran los pobres: los amigos del poder, los que siempre ganan, los que no pueden cerrar un balance positivo sin la dádiva del Estado en préstamos injustificados, licitaciones y demás prebendas.

Esos energúmenos parecerán brutos, pero de boludos no tienen un pelo, ¿sabe licenciado? O sea: hace siglos nos prometieron un contrato pero acá yo no firmé nada. De pronto me encuentro con que aporto el 60% de mi producción anual en impuestos. Pero como esto es una estafa, el que más paga es el que menos recibe.

Y encima viene el Kevlarface que tenemos por presidente a decirnos que quiere que el Estado sea socio de los emprendedores. A ese humorista le pagamos el sueldo usted y yo. Dejo más de la mitad de mi vida en dinero depositado en el Estado para que me dé salud, seguridad y educación. Lo que queda del año lo gasto en costear por mi cuenta esa salud, esa educación y en pagar la reposición de lo que me quita la falta de seguridad.

Ese contrato resultó un engañapichanga. Cuando se quiere dar cuenta le exigen todo con la garantía de que este emprendimiento que construímos entre todos nos llevará a ser líderes mundiales.

Y yo solo quería vivir tranquilo, licenciado.

Sobre el estribo. A vos, que te tomaste 72 horas para desolidarizarte: lo del fin de semana pasado fue también para vos y tu acomodo para donde sople el viento. Va la segunda que te engancho con textos ajenos. No citar porque se roba a “medios solitarios” quiere decir que también estás estafando a quien te paga el sueldo para hacer ese showcito. Y así, tu autocritica no es tuya y tan solo ratificás lo que denunciamos a fuerza de no ser contratados never more in the puta life: que son una manga de mercenarios.

 

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