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No lo recuerdo

No lo recuerdo

Cierta vez, en algún lugar perdido entre 1998 y 1999, atracamos a un profesor que era una leyenda de mi colegio. Así, en un pasillo del establecimiento, un grupo de uniformados escolares preguntó si era cierto que una vedette se le había insinuado en sus años mozos. La respuesta fue desconcertante: “Puede ser”.

No fue un “puede ser” de quien se agranda, esos que lo dicen con una ceja levantada, una sonrisa de costado que pretende que la duda sea una certeza. Fue un “puede ser” real, una duda concreta.

Nos explicó que cuando alguien ha vivido tanto y ha participado de tantas tertulias y recuentos de anécdotas, entra en la nebulosa de no saber qué es cierto y qué no. Imaginemos que le preguntamos a Paul McCartney si es cierto que en una visita a Amsterdam se encontró en un ascensor con el príncipe heredero. Puede ser, qué sabe. Lo único que confirmaría lo sucedido sería algún material. Todos somos Tomás y si no lo vemos, no lo creemos. Todos fuimos, alguna vez, Tomás. Pero ahora creemos en lo que deseamos creer..

Ni siquiera se puede confiar en hechos inolvidables, como si al príncipe se le escapó un pedo en el cubículo. ¿Cuántas veces visitó esa ciudad? ¿A cuántas personas conoció en su vida? ¿Cuántos ascensores idénticos conoció en infinidad de hoteles alrededor del mundo a lo largo de casi 70 años de yirar? ¿Y sí el pedo fue cierto, pero no era el príncipe heredero de Holanda sino el del Duque de Assholeshire? ¿Y si no fue en un ascensor? ¿Eh? ¿Y si no ocurrió nada y tan solo fue una anécdota que escuchó mil veces hasta que su cerebro la cambió de archivador y la colocó en la sección de hechos ocurridos?

Muchas de las cosas que recordaba de mi vida no fueron como yo creí que fueron. O sí, no lo sé. Sí recuerdo una clase de derecho penal que presencié en el juzgado en el que yo cosía expedientes a los 19 años. Se trataba de cómo tres testigos de un mismo hecho habían visto cosas distintas. Según el parte preventivo policial, habían asaltado una carnicería en la avenida Frías, en Lomas de Zamora, a las 10 de la matina. Los asaltantes habían sido dos, uno de buzo rojo y otro con gorra azul. Teníamos a dos detenidos y a tres testigos más la víctima.

El primer testigo dijo que los asaltantes eran uno de buzo rojo y otro con gorra azul. Asimismo, dio detalles físicos, tipo de cortes de pelo y señas particulares de cada uno de ellos. El segundo de ellos refirió que uno tenía gorro azul y el otro un buzo rojo, pero no pudo precisar más detalles físicos particulares. El tercero dijo que uno tenía un buzo azul y el otro una gorra roja. Frenamos.

La víctima del asalto dijo que el único autor fue uno que, efectivamente, tenía una gorra azul. También contó que el del buzo rojo era su ayudante, que el rojo es el emblema de su carnicería y al frente tiene un escudito y que cayó en la volteada porque justo salía con una entrega. Al pobre ayudante, que además de víctima terminó preso, se lo largó con las compensaciones habituales del caso: perdón, che, suerte. Pero la pregunta surgió en mí: ¿cómo era posible que tres personas más dieran tantos datos tan diferentes si todos eran testigos?

El primero no mintió en la descripción. Ingresaba a la carnicería cuando ocurría el hecho y no pudo precisar quién o quiénes eran los autores. El segundo de los testigos vio todo desde la vereda de enfrente. Medianamente miope, no pudo dar más datos para identificar a los sospechosos, pero confió en lo que escuchó al instante: que entre dos habían asaltado al carnicero. El tercero llegó 15 minutos después a ver qué onda con tanta policía en el barrio. No había visto nada, era testigo auditivo de lo dicho por otros testigos. Entendió cualquier cosa.

Si no hubiera prestado una declaración testimonial, hoy, a más de veinte años de aquel hecho, podría decir que fueron dos asaltantes de gorro rojo y buzo azul y que la Justicia decidió largar a uno de ellos porque algún tongo tenían con el Juez. Y todos lo que escucharon la historia de él, que siempre se cuenta con algún ingrediente más, tendrían una leyenda urbana, algo que nunca ocurrió como sí pasó.

Para mí fue la primera vez que ví un caso así. Para mi intranquilidad, se repitió miles de veces desde entonces: cada uno recuerda lo que el cerebro pudo procesar de lo que vivió. Y cuantas más veces lo cuenta, más se desvirtúa.

Por eso, en parte, escribo tanto sobre mi vida. Porque le tengo miedo a mi cabeza. Hay personas a las que quiero con el alma que ya no recuerdo cómo las conocí. Y eso no es lindo. Existen lugares de tortura aún mayores, como no recordar la última palabra que nos dijo un ser amado.

Lo escrito mientras ocurre un hecho ayuda muchísimo. Trabajaba de editor la noche en la que apareció muerto el fiscal Nisman. No había tiempo para enviar un redactor desde su casa. Mi jefa se sentó a editar desde su casa y yo me puse a contar todo lo que veía.

Menos mal que elegí cubrirlo. Un día Berni cae simpático porque boludea a Alberto Fernández, hasta que releo lo que hizo esa noche y se me pasa. ¿Se entiende el punto de lo frágil de la memoria?

Cuando recordamos algo ese archivo vuelve a ser regrabado. Por eso recordamos cosas de cuando éramos chicos que, quizá, nunca ocurrieron y luego son desmentidas por algún testigo.

El 14 de abril de 2019 mi abuela cumplió 89 años. Fuimos a celebrarlo con carpa. Pasada determinada edad, comenzó a odiar sus cumpleaños. No era una cuestión de coquetería, sino de ausencias, ese detalle en el que nadie piensa cuando sueña con la longevidad. Recuerdo que nos juntamos en La Farola de Santa Fe y Riobamba mi abuela y el 70% de la familia. Nos cagamos de risa como siempre.

Mientras escribía estas líneas fui a buscar en el celular imágenes por fechas. Fue todo mentira. Hubo una cena, sí, pero fue el 7 de mayo para celebrar la presentación de mi libro en la Feria. La cena que recordaba ocurrió varios meses después, con motivo del cumpleaños de Martín, mi hermano. No hay caso: si no quería festejar, no festejaba y sanseacabó.

El 14 de abril de 2020 mi abuela cumplió 90 años encerrada en un departamento de 30 metros cuadrados. Un año y unas semanas después del cumpleaños 91, me pidió que comprase un kilo de masitas y fuéramos a visitarla en banda. Esa fue la última vez que la vi con vida. Falleció unas semanas después por una infección urinaria.

Aquel día de mierda todos hicimos lo que pudimos. Y salió bastante bien. Firmé el certificado del médico que tuvimos que pedir a una funeraria porque el PAMI que la encontró se negó a firmar nada. El mismo PAMI que dijo que tenía neumonía, o Covid o lumbalgia. No le diagnosticaron gonorrea porque no se les ocurrió. Murió sin atención, claro.

¿Hacía tiempo que estaba en edad? Sí, pero, primero, murió de algo que se cura con una pastilla de antibióticos. Y, en segundo lugar, definamos que es “estar en edad” cuando todo ser humano cruzó la expectativa de vida propia de nuestra especie a los 30 años. ¿Por qué creen que hay mayor incidencia de todas las enfermedades mortales y degenerativas a partir de la edad en la que comenzamos a perder todas nuestras fortalezas físicas? Porque se acabó nuestro ciclo de vida biológico que ahora llega a los casi 100 años gracias a la ciencia. Esa de la que mi abuela gozó hasta que se cruzó con un pelotudo.

Aquel día que no quería que llegara lo registré en tiempo real, como hice desde años antes. Por momentos mi hermano me interrumpía con algún chiste como para cagarlo bien a piñas. Lo registré. Creo que nunca se lo agradecí.

Esas cosas que registré son las que, con solo repasarlas, hace que entienda cómo mierda pasó que el protagonista de los sketches de Cuatro Caras Bonitas del Canal de la Ciudad se convirtiese en el Presidente de la Nación. Un cúmulo de bronca colectiva, maximizada por muchas personas, algunas tan dolidas como nosotros, otros que no les tocó una sola pero se sumaron, por solidaridad empática o por conveniencia personal. La bronca garpa muchísimo. Y cuando se te cagan de risa en la cara y te dicen que te jodas, o que la batalla es épica, o que lo que te pasó le pasó a todo el mundo, o lo que corno sea, la bronca sólo aumenta.

A veces creo que los principales beneficiados del espíritu de bronca, esos a los que se les encomendó el acto justiciero de poner las cosas en su lugar, no entendieron por qué ocurrió ese hecho inédito. No logro comprender en qué momento tomaron todo como el destino manifiesto y se olvidaron cuál fue el combustible que permitió esto.

Y es flor de tema, eh. Porque no creo que el Presi nos mienta aunque no diga la verdad. Él cree en sus cosas. Que no chequee un dato, es otro tema. Uno lo escuchaba hace unos meses y resultaba difícil que el país lograse cierta estabilidad al menos por dos años. Lo escucho hoy y la Argentina pasó de Ruanda al primer mundo en tres meses. Con datos que no tienen. ¿Cuántos pueden sostener, hoy, un ingreso de 750 mil pesos para no ser pobres y de un palo y medio para pertenecer a la clase media? ¿En qué porcentaje ronda la pobreza real? ¿Por qué cualquier medición no oficial es tendenciosa pero un bot falopa es re creíble?

Sí creo que olvidó cómo comenzó todo. Y que eso que olvida es lo que le permite hacer cualquier cosa. En un país sano, con una historia reciente que no duele, al funcionario que es descubierto con una mentira en una entrevista, o con datos falsos un usuario inexistente de una red social, se le exigen explicaciones institucionales.

Lo bueno, es de él. Lo que no es bueno, tiene dos salidas. ¿Se lo puede vestir de positivo? Si la respuesta es afirmativa, es de él. ¿Negativo? De la casta. Como todo lo malo.

Podemos ir a reventar la base china o tan solo revisar los acuerdos desde un escritorio. Podemos liberar todos los precios porque queremos menos Estado presente que el paraíso anarquista somalí, o podemos ir a controlar aumentos y paritarias. También podemos putear en público a los opositores mientras por debajo de la mesa acaricio tu rodilla. Y es obvio que podemos hacer tantas cosas que ya no sabemos qué hicimos o qué dejamos de hacer.

Hace muchos, muchos años dije que nunca dejamos de ser pobres: solo nos subsidiaron. Y nos acostumbramos. Como el público se renueva, lo repetí en varias ocasiones para intentar exorcizar mi bronca por este país en el que la ropa se compra en cuotas y las casas al contado. Hasta que se acabaron las cuotas.

El Presi repitió tantas veces que el ajuste recae 60% sobre el Estado y 40% sobre el sector privado que ya se le hizo carne. Ninguno de los tres colegas que siempre se presentan en Hola Javier le preguntó cómo se espera que la clase media tenga la misma espalda que el Estado, un ente, para soportar un ajuste. Pero son detalles.

Fui y soy un creyente de la quita de subsidios a bienes consumibles. Pero batir récords de ajuste cazando en el zoológico fiscal es de perversos, aunque admito que me reí cuando supe que el Presidente sería nombrado Embajador de Luz.

Todavía el 50% de cualquier producto nacional son impuestos. En los importados, eso sube hasta el 100% o más extra sobre el valor original, depende de la buena voluntad.

Todo ocurre tan a las chapas que ya nos quedó lejano lo del diputado Revoira Lynch y su mandemos a laburar a las dos vidas. Con todo lo que hay para arreglar, mejor un quilombo por día. Presten atención: un día, un quilombo.

Hace dos textos, no más, hablé de la empatía, que no es saber lo que pasa el otro, sino ponerse en el lugar del otro aunque no se tenga su realidad. No hace falta vivirlo: hay que conocer otras realidades. El prejuicio se hace pomada cuando tenés la manija del Poder y no queda otra que reacomodarse. Insistir en lo que se hacía fuera del Poder no solo es dañino para quien lo hace sino para los demás.

¿La batalla cultural es que dejen de embarazarse por un plan social y pasen a embarazarse para tener mano de obra disponible? ¿El Estado no sirve para nada hasta que la prepaga se va al carajo? ¿El intervencionismo es un crimen cometido por la asociación ilícita estatal hasta que los gremios arreglan aumentos que no te convienen? ¿Sabemos la metodología de corrupción y extorsión de “algunos periodistas” pero no se los denuncia ante el Poder Judicial? ¿En qué quedamos?

Si es pragmatismo, no pasa nada. Pero en tiempos de Internet, la memoria está a un click de distancia. Lo único malo de perder toda la memoria es que hoy se puede buscar cualquier cosa y todo es usado en nuestra contra aunque lo hayamos dicho en un concurso de borracheras en el verano de 1999 en algún boliche del Puente Mitre.

Si vuelvo al otro aspecto de la memoria, ese que puede que haya olvidado hace unos párrafos –como yo, por eso lo busqué– recordar cómo se llegó es una buena herramienta. Pero saber el punto de partida lo es aún más. No hay chances de tener suceso a largo plazo si me cago de risa del que cae en desgracia por una medida que yo tomé. No la hay. Puedo pedir paciencia, puedo pedir perdón, puedo pedir comprensión, puedo hacer silencio, más nunca cagarme de risa. Nunca, jamás, never in the puta life. Porque el dolor se convierte en bronca y se contagia, con anécdotas que se potencian de boca en boca, hasta que ya nadie sabe qué es cierto y qué no.

Como ese profesor que tuve que una vez se comió una indirecta de una vedette. En aquel entonces todos pensamos “qué capo”. Hoy creo que durmió a nivel hibernación. Si es que ocurrió, claro.

PD: 124 días sin el decreto que declara grupo terrorista al grupo terrorista Hamás. Yo no lo prometí en Tierra Santa. Y eso que la Justicia ya la dejó al borde del arco.

Nicolás Lucca

 

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¿Te acordás de China, la base y la Sheneral de Estados Unidos en Ushuaia? Fue hace un siglo, la semana pasada. Si querés saber qué opino de China y qué tengo para decir con datos, te dejo estas tres notas:

Así es como China te revienta: Un cuento Chino
Así es como China se victimiza: Te pido mildis, China
Y acá te cuento desde Taiwán por qué China odia a Taiwán: El pequeño gigante al que el mundo da la espalda

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