Pechos Fríos
La oposición tiene el oficialismo que se merece. Históricamente y en todas partes del mundo siempre ha sido así. La profundidad se alcanza en base a la habilidad de los nadadores y nuestros políticos no pasan del chapa chapa en la parte baja de la pileta. Sacando alguna que otra excepción sin demasiado peso, todas las figuras supuestamente presidenciables han nacido bajo el manto del enfrentamiento a este gobierno y acercándose octubre, el Síndrome del Miedo Ficticio está comenzando a afectarlos. No es lo mismo empezar a proponer en serio que sólo oponerse.
Ser opositor a un gobierno que pone todo su esmero en confrontar, no es muy complicado. Lo difícil, en todo caso, es hacerse cargo de la papa caliente. Nadie quiere hacerse cargo del paquetito que deja Cristina, todos desean una transición en manos de algún talibán que inmole su carrera política a cambio de acomodar un poco las cosas, tapar los agujeros financieros de los organismos públicos y ver qué onda con la patria subsidiada. Mientras tanto, para la inmensa mayoría será más fácil seguir criticando y jugando a rojo y negro, par e impar, primera, segunda y tercera docena. Y es que es mucho más fácil ser tibio que jugársela por algo y dividir a la sociedad en quien está a favor y quien está en contra de algún tema en particular.
«Este gobierno ha tenido cosas con las que estoy de acuerdo» debería estar en el prólogo del manual sobre lo que no hay que hacer en una campaña. Es el latiguillo insoportable que derrama una corrección de moralina irritante. No están de acuerdo con nada, tampoco están en desacuerdo con todo. El pavor de perder a un electorado que vota personas, no ideologías, los tiene sin brújulas y los lleva al extremo de querer quedar bien con todos, sin quedar en la memoria de nadie. Debemos ser el único país del mundo donde la supuesta derecha se disfraza de supuesta izquierda para agradar a alguien.
Decir que la Asignación Universal por Hijo es fantástica y no atreverse a cuestionar la aplicación no tan universal y el festejo autocomplaciente como pantalla para tapar el fracaso en políticas de desarrollo social, es de una tibieza inexplicable. Es preferible contar con un sector enemigo, que ser un tipo que no se destaca por encima de ninguno. Porque nadie va a votar a quien dice que este gobierno ha tenido grandes avances en materia de políticas de inclusión. Para eso, se quedan con lo que ya tienen. Nadie cambia un coche por otro que le ofrece la misma mentira, sin saber si cumplirá con las prestaciones prometidas o no. Si todo es lo mismo, nadie va a cambiar.
Ante la suposición de que ya estuvieran confirmados todos los candidatos presidenciables, 3 de cada 10 argentinos no saben a quién votarían. Son personas comunes y corrientes, sin creencias políticas establecidas, de esas a las que las cuestiones de Estado les importa poco y nada, ya que saben que nada de lo que se decida desde Balcarce 50 modificará para bien o para mal su realidad cotidiana. Ese grupo flotante, es el que decide su voto acercándose la fecha electoral. Ese grupo de votantes, no escucha teorías progresistas, ni le interesa que les hablen de la Constitución de 1949, ni de la primavera alfonsinista, ni del camino a la revolución socialista. Ese sector de la sociedad, sólo quiere que no le rompan las tarlipes.
Al sector de los interesados, se les llama la atención con ideas concretas sobre que ven todos los días. Si lo único que les importa es lo que viven a diario, sus inquietudes van a ser acerca de lo que conocen, sobre lo que ven, sobre lo que charlan con el canillita o el encargado del edificio. Generar debates de valores, no es lo mismo que crear discusiones de ideales. Los que tienen ideales definidos, ya están afectivamente vinculados a una línea política y nadie los va a cooptar de allí. Manifestarse en contra de políticas intocables es piantavotos de un buen sector, pero sin dudas generaría debate y el favoritismo de otro grupo electoral. Pero claro, para llegar a eso habría que sacarse el temor a ser distinto y dejar de seguir la moda política reinante.
Ser progre está de moda. Pero como toda moda importada, sólo un selecto grupo snob la ha adquirido. En un país en el que vestirse sobriamente siempre fue la preferencia, los cerebros políticos pretenden vendernos el remanente de Versace que nadie compró. Sin embargo, insisten con lemas infantiles como el ejemplo de Filmus «para sumar Buenos Aires al proyecto Nacional y Popular». Un genio que acaba de garantizarle a Pino Solanas el mismo piso electoral con el que contaba en 2009.
Por temor a quedar como un facho, nadie cuestiona que Garré haya borrado de la historia a un Jefe policial que Perón mandó a buscar a su casa y terminó asesinado por los Montoneros. Por temor a ser tildados de gorilas, nadie cuestiona que hayan honrado la memoria del Comisario General Pirker, que habrá sido Jefe de la Federal en el Gobierno de Alfonsín, pero no egresó de la Escuela de Cadetes en 1985. Por pánico a ser calificado de vendepatria, la estatización de Aerolíneas Argentinas «es algo que alguien tenía que hacer.» Por terror a ser sodomizado en hilera por una horda de fanáticos, nadie se atreve a decir qué hará con el Fútbol para Todos en caso de ganar la presidencia. Por cagazo a quedar como insensibles, la muerte de él fue «la perdida de un tipo conciliador y gran estadista del siglo XXI.»
Y así es como vemos que una mina que tiene una intención de voto del 33%, de pronto es un rival difícil de vencer.

No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla.
Napoléon Bonaparte. 

Lunes. Tiempo de Valientes.