El motor de todo

El motor de todo

Un domingo específico de un marzo al azar, conducía don José su Rambler Ambassador por la antigua Ruta 2 en compañía de Rubén, su socio en el lucrativo negocio de los mazos de cartas españolas, cuando los sorprendió un control policial a la altura de, supongamos, Castelli. Don José comenzó a sudar porque no tenía la licencia de conducir, ni los papeles del vehículo ni nada. Luego de saludar amablemente al agente del orden y ofrecerse a bajar del vehículo para charlar más amenamente, el conductor se perdió en el espejo retrovisor de un Rubén que quedó sentadito y a la espera de novedades. Al cabo de cinco minutos, escuchó un amable “buenas tardes para usted también” en la voz de José y vio cómo subía al vehículo sonriente. Primera, segunda, tercera y cuarta.

–¿Todo en orden? – preguntó Rubén al ver que la sonrisa de José había quedado en Castelli.
– Un hijo de puta. Me aceptó la guita.

 

Desde que comencé a consumir encuestas a muy temprana edad, la ponderación de preocupaciones me ha resultado la más injusta de todas. Por si no la ubican, es aquella en la que se hace un ranking de “Las mayores preocupaciones de los argentinos” y aparece un Top Ten que, a modo ilustrativo, comienza con inflación, sigue con inseguridad, desempleo y así sucesivamente.

En octubre de 2017, por ejemplo, una encuesta de humor social y político daba cuenta del siguiente ranking:

1° Inflación
2° Inseguridad
3° Aumento en las tarifas

La corrupción, que venía de ser una fiesta periodística en los años finales del kirchnerismo y que se había convertido en un reality show gracias a los bolsos y metralletas en un convento, recién aparecía detrás de estas tres primeras. Pero antes de decirme que tiene todo el sentido del mundo, espere.

En el peor momento de la gestión de Alberto Fernández, cuando ya acumulaba una desaprobación de la gestión del 75%, el ranking de principales preocupaciones vio a la corrupción escalar hasta el segundo puesto. Imposible que le ganara la parada a la Inflación. La inseguridad quedó tercera.

Y así podemos dar vueltas por prácticamente todas las encuestas similares de cualquier consultora a lo largo de las últimas dos décadas y bajo el nombre que tengan. Algunos lo llaman Índice de Optimismo, otros Variables de Percepción o, directamente, Humor Social. Lo cierto es que la corrupción nunca, pero nunca, nunca ocupó el primer lugar.

Decir que habla mal de nosotros es no comprender la dinámica de las metodologías. En algunos casos se utilizan preguntas de respuestas cerradas, otras abiertas y con ponderación de puntajes y otros son tan turros que te piden que elijas una sola, como si fuera una preocupación que podés llevarte a una isla desierta. También varía mucho el componente “ventana de tiempo”. Si quisiera tomar una foto con una encuesta relámpago luego de una noticia estruendosa en materia de corrupción, es más que probable que esa sea la calentura del momento. Pero como los monitoreos de evolución de variables se llevan a cabo por lapsos de tiempo, es lógico, también, que la espuma baje. Y mierda que baja y cada vez más rápido. Un miércoles te enterás que la Cámara Federal dejó a Alberto Fernández a la puerta del juicio oral por la causa de los seguros y no podés procesarlo porque 16 horas después la AFA encuentra un campeonato sin entregar dentro de un archivador. Difícil saborear si nos cambian a cada rato el plato de comida. Si al final de la cena nos preguntan cuál fue nuestro favorito, iremos a lo seguro. Lo mismo pasa con el humor social. El que crea que la inflación no merece ocupar siempre y en todo momento el primer lugar del período 2002-2024 ha vivido en Marte. O en cualquier país menos Argentina, Turquía, Sudán o Venezuela.

Este 2025 cambiante cual camaleón daltónico ha visto a la corrupción mantenerse estoica en su histórico cuarto lugar. No hay con qué darle al dúo dinámico de nuestros terrores nocturnos: la economía y la inseguridad. En el tercer puesto se coló por primera vez en mucho tiempo el desempleo, algo que en algún momento alguien tendrá que mencionar aunque sea al pasar. Se celebra el cambio de nombre del primer puesto, lo cual demuestra que puede haber crisis económica sin inflación, pero que la inflación desbocada siempre va de la mano de una economía detonada.

Todo este texto nació cuando vi la encuesta y pensé “pucha, otra vez dejó de importar la corrupción” y se me ocurrió hacer lo que nunca hago en mi laburo: ir a chequear. Y resulta que no, que nunca había importado mucho. Quizá un poco entre nuestros amigos, muchísimo entre los que comentaban los informes periodísticos de los periodistas que mostraban en los medios lo que los medios y los periodistas no quieren mostrar, pero siempre estuvo en esa zona gris enorme llamada “sesgo por proximidad”: si todos los que me rodean putean por la corrupción, voy a creer que a todo el mundo le importa lo mismo.

Tras el chequeo, se me dio por mirar encuestas desagregadas entre quienes confesaron a quién votaron en 2023. De pronto, me encontré con que la corrupción trepaba al segundo puesto. O sea: la corrupción le importa a –casi– todos, pero solo la vemos en frente.

Hemos dicho mil veces que la historia nunca puede repetirse, que esa es una frase para encajar por la fuerza conceptos aparentemente ancestrales. No existe una norma verdadera, todo debe adaptarse al lugar, a la cultura, a la etapa histórica y a las costumbres de la mayoría de la sociedad. Si tuviéramos un solo concepto natural de lo que está bien y lo que está mal, el desprecio por las distintas formas de ver el mundo excedería ampliamente al temor que nos genera el mundo islámico.

Lo que sí se repiten son los caldos de cultivo; qué se hace con ellos, es otra cosa. Giambattista Vico, un profesor de retórica del siglo XVI, fue el primero que dejó por escrito este tipo de observaciones de las que se desprende que son muy bonitas las obras atribuidas al incomprobable Homero, una obra maestra insuperable que sólo podrían haber nacido en una sociedad que a nosotros nos resultaría espantosa, violenta, implacable y oligárquica. Hubo generaciones posteriores muy superiores –según nuestros parámetros de dónde encajaríamos mejor– a la civilización griega. La mayoría de esas mismas civilizaciones no pudieron producir un arte necesariamente superior al de Homero ni mucho menos igual de perdurable. Básicamente, porque no estaban dadas las condiciones para esa inspiración o porque faltaba el material para relatar esas epopeyas.

Para no marearme en erudiciones, vamos con ejemplos básicos: la imposible adaptación de obras argentinas a otros lugares. Bien sabido es la aversión de los norteamericanos a ver cosas que no les resultan familiares y la larga y penosa tradición de adaptar las películas exitosas a su propio contexto. El Secreto de sus Ojos ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Su adaptación norteamericana no podría ganar ni el campeonato de bostezos porque hay cosas que no pueden adaptarse. El Secreto de sus Ojos funcionó porque cuenta una historia universal de amor inserta en otras historias que no pueden adaptarse, porque acá tuvimos violencia subversiva, porque acá tuvimos masacres partidarias, porque acá tuvimos un rosario de dictadores. ¿En qué cabeza cabe que todo eso puede modificarse para el paladar local?

Nuestro arte, nuestra forma de hablar y de escribir, nuestra carta culinaria existen acá y dan cuenta de una cultura propia. Es como suponer que un autor o un músico habría sido más exitoso si hubiera nacido en otro país, cuando Borges, Gardel, Piazzola, Cortázar y Schiffrin nacieron acá. ¿Cómo imaginar libros sin compadritos ni calles que podemos ver en nuestra mente porque las conocemos aunque no las hayamos pisado?

De ese relativismo cultural que tanto nos gusta negar, nacen tres frases que sí nos encanta repetir: “robar, roban todos”, “siempre hubo corrupción” y “en todos lados se chorea”. Cada tanto puede que escuchemos un “no quiero generalizar, pero” como si fuera un paraguas que nos marca que no queremos ser absolutistas, solo que las circunstancias nos empujan a ahorrar explicaciones. A mí me encantan las comparaciones, me son imposibles no buscarlas en cada costumbre traída por alguna corriente inmigrante, en los resultados de países con cartas constituyentes similares y hasta me divierto con la respuesta que doy cada vez que alguien me utiliza el ejemplo norteamericano para bajarle el precio a la Argentina: “Los Simpsons viven en Springfield, no en Ciudad Jardín”. Si nos sentimos tan identificados es porque nos resulta harto familiar lo que vemos.

Primero hay que aceptar algo básico y elemental: no, no hay corrupción en todos lados. Hay delitos que pueden ocurrir en cualquier parte del mundo y, sin embargo, al hablar de corrupción lo hacemos como si fuera una cuestión cultural. Bueno, hay culturas que no la toleran. ¿Podemos encontrar algún caso de corrupción en países impensados? Sí, pero no hace a la cultura.

En octubre de 1995, Mona Sahlin paró en un minimercado de Estocolmo, Suecia, para comprar elementos cotidianos. Entre elementos de higiene personal, figuraba un Toblerone. Pagó con su tarjeta de crédito a nombre del gobierno sueco, saltó la ficha en el organismo de control y se dio a conocer el caso a la prensa. A lo largo de varios meses, había realizado gastos por el equivalente a 7.500 dólares en consumos personales, pero nunca saltaba porque reponía el dinero. ¿De qué trabajaba? Era la segunda del Primer Ministro y tenía todos los números para sucederlo en el cargo. ¿Qué le pasó? Judicialmente, nada, porque no hubo delito. Políticamente, tuvo que renunciar. Años después volvió y se convirtió en la defensora del extremismo más estúpida que podría existir al justificar los atentados islámicos como “culpa de todos”. Pero no fue eso lo que le costó nuevamente el cargo sino haber dibujado el sueldo de su custodio para que pudiera sacar una hipoteca.

Quizá recuerden que en Islandia renunció el Primer Ministro a las pocas horas de que apareciera su nombre y el de su esposa en una offshore de los Panamá Papers. No fue esto lo que le costó el cargo, sino el conflicto de intereses de ser acreedor del Estado que ahora presidía y haber evadido impuestos a rolete. El tipo denunció ser víctima de una conspiración global encabezada por George Soros, las élites bancarias, la radiodifusora pública sueca, su homóloga islandesa y el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. No, no es joda. Dijo eso. Posta. Denserio. No entiendo cómo no le dimos la ciudadanía honoris causa.

En la Argentina tenemos un círculo vicioso sin fin: las sanciones penales las fija el Poder Legislativo a través de leyes votadas por personas a las que esas sanciones penales apuntan. Es imposible que no exista un conflicto de intereses en ninguna ley penal porque las votan seres humanos residentes en la Argentina, pero en delitos contra la administración pública los ejemplos no disimulan ni un poquito. El incumplimiento de deberes del funcionario tiene una pena máxima de dos años. Las distintas formas de cohecho (coimas) tienen una pena máxima de seis años con dos excepciones: si lo hace un Juez, es el doble, si el funcionario se arrepiente y confiesa, es un tercio de la pena. La malversación de guita pública tiene una pena máxima de tres años. Si la guita se extrae para ir a parar al patrimonio personal (robar la guita del Estado, básicamente), la pena llega a 10 años, lo cual es de una extraña dureza dentro de nuestra legislación. Simpático resulta saber que la utilización de recursos del estado para beneficio particular recibe la misma pena, cuando acá consideramos un derecho humano esencial el auto con chofer hasta para ir al kiosco. Mejor no hablar de los aviones. El funcionario que hiciere uso de información propia de su cargo para enriquecerse, también recibirá una máxima de seis años. El que utilice su cargo para hacer negocios personales, también.

Ahora ya sabe a qué nos referimos cuando decimos que las penas por corrupción en la Argentina son ridículamente bajas. Si un tipo roba una billetera con cien pesos y una tarjeta Sube con saldo negativo en un lugar despoblado, tiene una pena máxima de diez años. La misma que se aplica cuando un funcionario aprovecha su poder, información e influencia para volverse millonario. Y en todo esto hay un gran “pero” dado por las estadísticas: abundan los presos por robo. Por corrupción son casos tan aislados que hasta existen peregrinaciones para verlos en vivo.

Es en este punto en el que clavamos el freno de mano y nos preguntamos qué onda: Dinamarca, el país que lidera el ranking de transparencia desde hace décadas, tiene penas similares a las argentinas en materia de corrupción. En Islandia, lo mismo. De hecho, las penas argentinas están en sintonía con el mundo. Por un lado, contribuye a la teoría de que mayores penas no disuaden a nadie. Por el otro, quizá demuestren una verdadera cuestión cultural. O tal vez influya el hecho de que exista un temor cierto a que la Justicia sí funciona y te va a agarrar.

Sin embargo, todo parece indicar que se trata de los organismos de control, esos entes que en menos de un minuto se dan cuenta si estás por hacer algo turbio, si ya lo hiciste o si te están por dormir y pasarte por arriba. Así es que aconsejan buenas prácticas para evitar y te denuncian para sancionar.

Mientras tanto, es probable que los principales problemas de las personas encuestadas ronden sobre las misma cuestiones de siempre sin mayores cambios en el horizonte. A veces, sin quererlo, las acciones del gobierno para alivianar una percepción la hacen más fuerte. Si el Presidente tuitea que el último fin de semana largo de noviembre fue el más exitoso de la historia, poco importa que nunca haya tenido cuatro días como el de este año, o que hasta 2010 este feriado ni existía. Lo único que te importa es si pudiste irte o no. Porque ahí sos parte del éxito o la realidad te pasó por arriba.

Y si te encontrás una nota en el medio en español más leído del mundo que habla del récord y, sin aclarar que se trata de una publinota, pone como información las promociones de YPF, Aerolíneas Argentinas y el Banco Nación, existe la posibilidad de que sientas que la economía te está jodiendo solo a vos. No vas a preguntarte qué onda con esa publicidad poco encubierta.

Son percepciones y estadísticas que se cruzan, son hechos poco creíbles que se encuentran en el camino y son números internacionales que dan cuenta de que, en los treinta años que lleva el registro de percepción de la corrupción, la Argentina ha comenzado en un aceptable puesto 24 y comenzó a caer año tras año hasta flotar eternamente de la mitad de la tabla para abajo desde 2003 hasta hoy con escasísimas excepciones comprendidas por los años 2018 y 2019.

Ahí es donde se juega el partido de siempre: si la economía camina, el resto se olvida. Si la economía parece caminar y, además, te saltan los chanchullos del adversario, podés discutir las bondades del calendario de inmunización en una cámara de diputados del siglo XXI que nadie le dará bola al anacronismo.

[NdelA: En 2019, cuando jugaba a escribir para grandes medios, publiqué una bonita nota sobre este fenómeno de estupidez colectiva del que todos nos cagábamos de risa. Hasta que dejó de ser gracioso. Me putearon hasta en uzbeco. Y eso que yo no entiendo uzbeco. Recuperada para este sitio, dejo el link para quien le interese.]

Decía que cuando estamos bien, el resto es poca cosa. Las cagadas solo sirven para pegar cuando nos va mal. Cuando la cosa parece caminar, aunque estemos lejos de la meta, los únicos interesados en la normalidad institucional serán los que siempre estuvieron interesados y los que descubren las bondades de los controles recién cuando no son gobierno. Al menos vienen a reemplazar a los que se olvidaron de las bondades de los controles, pero todavía nos miran con cara desconfiada.

La corrupción termina en una excusa para atacar y sólo sirve cuando ocurre con cosas que todos comprendemos: plata, coimas, tráfico de armas, drogas, todo lo que pase cerca de un dirigente de fútbol o personas y aprietes. Ya entrar en el terreno del lavado de activos es un quilombo difícil de comprender, pero si nos mencionan a una financiera vinculada a una entidad corruptísima, enseguida asimilamos que ocurrió un ilícito. Y todo gira también en torno a la percepción pero explota cuando se pasa de evidente. Hace años que –acá va el nombre del tipo del fútbol que si lo mencionás te hace juicio– está donde está. Bastó que se comportara como un guapo impune para que todos le tiren con misiles. Y eso que todavía no se menciona que pasó de barrendero a vivir como un millonario con un crecimiento patrimonial que nadie, absolutamente nadie puede acumular sin tener que dar explicaciones. De pronto es fácil recordar que es de la familia Moyano, que trabajó en el sindicato de Camioneros por años y hasta aparecen las denuncias contra financistas que no pueden justificar un peso pero se mueven en Ferraris. Es fácil de comprender que hay algo raro y hasta utilizarlo para indignarse. Hasta que la misma financiera salpica para otro lado.

El concepto mismo de lavado cae en un saco desfondado en el que nada es retenido y a las pruebas históricas me remito: si les pido que enumeren actos de corrupción del menemismo o del kirchnerismo, casi nadie mencionará “el lavado de dinero”.

Cuanto más complejo de explicar, más difícil de retener. Cuanto mejor funcionan las cosas, más fácil es que todo pase como ruido de fondo y no como una tragedia. No sé si está mal saber que otro debería encargarse de denunciar y que otros deberían llevar a cabo juicios y demás cosas mientras nosotros sólo nos abocamos a vivir. Lástima cuando pasa demasiado tiempo sin que nadie se encargue y un día el abandono nos pega un sopapo en forma de noticia.

Primero dejamos de preguntar cómo es que una persona lleva un nivel de vida determinado si vive de la función pública. Sabemos cuánto gana y, si no lo sabemos, podemos averiguarlo y sacar cuentas. Luego viene el no prestar la suficiente atención a las primeras señales de alerta, las primeras denuncias. En ocasiones esto se hace a propósito, pero la mayoría de las veces es un error perdonable, como que el primer chanchullo lo dejamos pasar. Más tarde llega la coronación, cuando la corrupción obscena es corrupción y es obscena si la comete un adversario. Contra eso no hay ranking ni estadística ni hechos que puedan hacer absolutamente nada. Son los famosos “núcleos duros” de los líderes populares. El resto es sentarse a esperar una nueva generación que tenga el disco rígido vacío.

Después de todo no está tan mal. 6.800 millones de personas viven en países con una puntuación de transparencia de la mitad de la escala para abajo. En una puntuación de 1 a 100, la mayoría de la humanidad reside en lugares con menos de 50 puntos. De ahí a que podamos utilizar alegremente la frase “ni que estuvieras en Suecia” sin culpa. Hoy podríamos agregar a Uruguay, el país más transparente de toda América Latina y el único junto con Chile y Costa Rica que tiene una puntuación superior a la media. El resto, nos fuimos todos a diciembre. Dato de color: ninguno era la oda a la honestidad hace un par de lustros. Pero mientras Argentina descendió de a diez puntos por año, Uruguay subió en igual escala. Pasito a pasito, suave, suavecito hoy están ahí.

Y nosotros, que ya no tenemos al kirchnerismo en el poder, dejamos de verlos como el ejemplo a citar para mostrar que se puede ser un país serio en el cono más al sur del planeta.

Bueno, según cuánto haya.

Nicolás Lucca

P.D: Me pregunto si a nadie se le ocurrió llamar a los que elaboran los rankings de corrupción para ver si no necesitan algo.

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