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Sólo sé que sé escribir, lo cual ya dice mucho de mi autoestima. Es una de las pocas sentencias que, aunque no lo parezca, es positiva en mi cabeza: cuando me siento un inútil total, recuerdo que sé escribir. Y no es la gran cosa; cuando quiero tirarme bien abajo, me recuerdo que tampoco soy Borges.
La escritura es mi terapia y, a la vez, mi herramienta de comunicación predilecta. Por un lado tiene una cuestión de satisfacción del ego ya que escribir no admite interrupciones en la enunciación. Puedo decir todo lo que quiera sin que nadie me distraiga, sin un ida y vuelta. Y, sin embargo, cuando me animo a leer algún texto mío de antaño o de hace unas semanas, encuentro que dialogo con un lector que puede interrumpirme todas las veces que quiera sin que me entere. Nuestra forma de ponerle pausa a un texto es la más sencilla de todas: quitarle los ojos de encima.
Pero como me encuentro en un momento de recambio de paradigmas, esos en los que uno quiere ir para un lado y la realidad lo lleva a las patadas para el otro, es que tengo que hacer lo más básico: los pros y los contras de lo que me gusta.
Decir que leer pasó de moda es un chiste barato. Nunca hemos leído tanto como ahora. La calidad de lo que leemos, en cambio, es otra cosa. Nuestra forma de comunicarnos se ha vuelto escrita, en parte por esa necesidad de poder decir todo lo que queremos sin que nos interrumpan. La escritura da esa ilusión, como cuando le escribíamos una cartita a algún amigo con el que nos peleamos o a nuestros padres para explicarles por qué no estamos en casa ese domingo por la mañana. Y si todos queremos decir sin que nos interrumpan, la escritura se ha vuelto un mecanismo único y, por cuestiones de su consumo, no hacemos otra cosa que leer.
Obviamente, el diablo tenía previsto un nuevo elemento para aumentar aún más nuestra incapacidad de diálogo e inventó el mensaje de voz. Escribir requiere un mínimo de frenos. Por más calientes que estemos, al escribir bajamos la temperatura. El esfuerzo físico de mover dedos y manos para expresar lo que sentimos nos lleva a quemar calorías, mientras que a la cabeza no le queda otra que elegir mejor las palabras. El mensaje de voz vino a solucionar ese problemita de pensar bien qué queremos decir.
Aunque llevamos ya un par de generaciones sin conocer lo que es una conversación telefónica, todavía le decimos teléfono al aparato que usamos para cualquier otra cosa. Es normal que la relación entre el nombre asignado y el uso sea lineal y creamos que dialogamos al emitir un mensaje de voz de cinco minutos cuando, en realidad, solo le hablamos a un espejo.
Entonces podríamos llegar a la conclusión y coincidir, usted y yo, en que leemos más que nunca, a excepción de esos seres del mal que emiten mensajes de voz kilométricos. Algunos se amparan en la presbicia, en que es menos tortuosa una comunicación oral, pero después nos encontramos con la dinámica de la estadística. Andá a revisar tus mensajes con un papelito al lado. Armá dos columnas, una que diga “texto” y otra que diga “voz”. Comenzá a repasar mensajes al azar y anota la edad de cada emisor en cada columna. Cuando llegues al final del experimento, fijate cuántos jovatos enviaron mensajes de audio y cuántos jovencitos enviaron los de texto. Sep, la edad es otra mentira que nos repetimos para justificar que no se trata de leer más o menos, escuchar más o menos: se trata de no querer prestar atención a otra cosa que no sea a nosotros mismos.
Cuando digo que sólo sé que sé escribir, no se trata de una exacerbación egocéntrica. De hecho es fuente de muchas de mis frustraciones porque, si este es el nivel de lo que mejor me sale, imaginen mi autoestima. Me encantaría escribir mejor, pero esta es la forma en la que consigo expresarme de una manera en la que la mayor cantidad posible de otros puedan entenderme. Y ni así funciona en la gran parte de los casos. A veces es un enorme peso sentirme cómodo en la escritura.
Por más que digamos que la gente lee más que nunca, el tema es qué cosa es lo que lee: hasta hace poco eran los mensajes de texto, pero con la llegada de los audios de voz… Bueno, ya lo expliqué. ¿Qué es lo que se lee tanto, entonces? Los subtítulos, estimados. Películas, series, documentales, todo viene subtitulado. Incluso los videos de quince segundos de alguna red social vienen con subtítulos aunque estén en castellano. Cierta vez se me ocurrió preguntar cuál es la necesidad de ponerle subtítulos en castellano a un audio en el mismo idioma. En algún rincón de mi cabeza tenía la esperanza de que me dijeran “para que se entiendan entre distintas provincias” o “para que Chile, Argentina y España puedan decir que comparten un idioma”. Supuse, luego, que era una cuestión de accesibilidad, pero las personas hipoacúsicas ya tienen configurados los dispositivos para sortear estos obstáculos. Resultó que los subtítulos están para poder consumir videos sin el audio.
[Ya que estamos… ¿Sabía que, efectivamente, el español que hablamos en Buenos Aires es una variante dentro del castellano? Se llama Español Rioplatense y lo tenemos en común con todo Uruguay, toda la provincia de Buenos Aires, La Pampa y parte de la Patagonia. Sí, me dirán de las tonadas, pero no afecta las bases del Rioplatense que tiene por pilares el yeísmo del que tanta gala hacemos cuando un hermano latinoamericano nos pide que digamos “Ya llegué”. El otro pilar, obviamente, es el voseo que compartimos con algunos países de Centroamérica, herencia del español antiguo. Ah, y la construcción verbal del futuro en un perifrástico (voy a ir) por sobre el futuro imperfecto (iré), del pasado simple (fui) por sobre el pasado compuesto (he ido), y la cadencia rítmica que nos convirtió en lo que Borges denominó “italianos que hablamos castellano”. Las otras escisiones del español reconocidas por los intelectuales son el Español Andino, el Centroamericano, el Caribeño y el Chileno. Sí, Chile tiene su propia corriente.]
Pero volvamos a los subtítulos en videos.
“Tiene todo el sentido, Lucca, pensá en no avivar a tus compañeros de oficina cuando boludeás con el teléfono, pensá en no dejar de escuchar música cuando te aparece un video, pensá, man”. ¿Y qué es tan urgente que deba ser consumido aún cuando no se puede? ¿Acaso es lo mismo no poder conciliar el sueño de madrugada que recibir un telegrama en la trinchera de las Ardenas en plena batalla final contra el ejército alemán? ¿Qué es lo que debe ser consumido ya, en audio, escrito y hasta con jeroglíficos, si es que alguno lo necesita? ¿Qué es tan importante?
Desde el punto de vista de la queja, debo decir que me irritan estas modalidades en las que todo debe ser audiovisual y subtitulado. Ya me molestaba lo audiovisual. Ya me molestaba el audio, a secas. Cada vez que alguno de los cinco seres humanos que escucharon mis podcasts me pregunta por qué no hago más, quisiera poder decirles que, primero, porque odio el sonido de mi voz. Y segundo: para poder hablar, debo escribir. Un podcast sin guión es escuchar pensamientos sueltos que no siempre tienen un hilo conductor. No es que lea lo que escribo, pero debo poner algo de orden. Leer en voz alta es un embole que detecta cualquier oyente. ¿Escuchan editoriales en radios? ¿Notaron que pueden notar con notable facilidad cuando alguien lee? Aunque sea en castellano, leer y escuchar son dos idiomas distintos, extraños entre sí. Y lo sabemos y no queremos que nos hablen como se escribe ni que nos escriban como se habla.
La cuestión es la inmediatez. Y de tan ansioso, de tan trastornado, he pegado la vuelta y me convertí en una persona muy poco inmediata. Ah, si me viera el Nicolasito de hace una década, ese que a treinta segundos de haberse enterado de algo ya tenía colocado un título con un “noticia en desarrollo” como todo texto mientras lo armaba tras pedir una foto. Hoy no te corro detrás de nada si no llegué a masticarlo lo suficiente como para decir que tengo algo para aportar. A nivel noticias ha ocurrido la peor tragedia: ya no importa quién lo cuenta mejor sino quién llega primero.
En tren de confesiones, debo admitir que siento envidia, una profunda envidia por los que tienen los fierros y el tiempo disponible para realizar videos con alta calidad de producción. No exagero, pueden preguntarle a mi psiquiatra: los envidio. Quisiera tener el tiempo y la paciencia para editar y realizar la producción previa y posterior.
Y tampoco envidio el tipo de contenido. En el fenómeno de buscar visualizaciones a cualquier costo, es necesario generar contenidos con cierta fluidez, consistencia y periodicidad. Pero aquí es cuando comienzan a chocar los planetas: el del mundo habitado por los lectores y el del mundo de la producción audiovisual. Por cuestiones de costos y beneficios, a nadie le sirve ni le cierra tener que dejar pasar un par de semanas entre un video y otro. En términos de engagement en redes sociales, no hay chances de lograr un crecimiento orgánico con una periodicidad marcada por el más básico factor de calidad: cuando el tema está cocido.
Y como saber requiere estudio, hemos comenzado a ver, como novedad, contenidos que ya son abiertamente robados. Lo moral siquiera sirve como método de disuasión. ¿Se encontraron, alguna vez, ante la situación de decirle a un interlocutor fascinado por un contenido que el mismo es un robo de otro autor? ¿Cuál fue la respuesta? Si fue alguna variación de “no importa, no sabía esto”, lo felicito: usted forma parte de la sociedad moderna.
Ahora, puede que también te preguntes a dónde quiero ir con todo esto. Bueno, ya dije que siento envidia y no es un recurso sarcástico literario. Hay una parte de mí que quisiera contar con esos recursos, pero sobre todo, con esas ganas. Mi tiempo se reparte en quinientos kioscos diversos que han hecho justicia al chiste de “querías ser tu propio jefe, sos tu propio esclavo”. Bueno, se repartía en quinientos kioscos, que mi noticia de Año Nuevo fue que me “discontinuaron” en uno, sin previo aviso ni ninguna de esas cosas que nos mantienen atrasados como país.
La única forma de salir de esta dinámica es una que me incomoda. No me nace realizar contenidos audiovisuales cuando puedo explicarme más y mejor por escrito. De hecho, este texto será la prueba de eso: si leés esto notarás, primero, que hay una versión en audio. En segundo lugar, podrás ver que por escrito hay una diferencia en las palabras utilizadas: acá no hay gerundios y las oraciones van en el orden en el que fueron concebidas por nuestros ancestros. O sea, que primero viene el sujeto, luego el predicado y no al revés, como la mayoría de los porteños estilamos realizar. ¿Ven? Y mejor que no se hable de la voz pasiva.
También podría simplificar y decir que no se me da natural y que no quiero jubilar los textos. No los quiero tirar al bombo. La humanidad coincide en que un hecho, uno solo, traza una división entre la prehistoria y la historia: cuando una civilización aprende a escribir. Siempre hubo representaciones, obras, cantos, historias contadas, tradición oral. La escritura nos sacó de la prehistoria, nos dio colores. La historia comienza a tener otro tenor porque se puede saber algo de primera mano, por las propias palabras del autor, su versión, así hayan pasado cinco, diez, cien o tres mil años.
Hay gente que tiene un rincón de su casa preparado para grabaciones: una luz detrás de la cámara, otra más cálida en diagonal desde arriba para cruzar el exceso de sombras, una segunda cámara, micrófonos inalámbricos escondidos para poder usar de facha, uno con colores en el medio. Tengo uno de esos, es precioso. Tengo uno de esos y flor de quilombo. Y todos esos fierros tienen que estar ahí siempre, porque es desgastante la sola idea de tener que armarlos para filmar un video y luego devolver todo a su lugar. Otros realizan contenidos solo con su celular de una forma bastante precaria y muy espontánea, pero de esos solo hay dos clases: supergenios de la creatividad y la comunicación o ladris. No hay una tercera.
El asunto es que me encuentro en un dilema de múltiples opciones y ninguna me cierra del todo. En tren de confesiones, me encanta saber que del otro lado de estas líneas hay gente que valora lo que escribo y el método elegido, que no es otro que el de divertirme con la gramática. Esos son mis hilos, nada del otro mundo y por eso, cuando me pinta el bajón, digo que, si escribir es lo único que sé hacer, no sé hacer absolutamente nada bien.
Una de las virtudes que me fueron inculcadas es la de nunca quedarse quieto hasta que me coman los piojos. Siempre hay una herramienta para salir adelante. Nunca supe lo que es tener un solo empleo y, por si no lo sabían, llegué al periodismo de rebote mientras me dedicaba a otras cosas. La televisión que me gusta hacer es la que me gusta consumir: amo los documentales, que me cuenten historias que ya conozco pero mejor contadas, o que nunca imaginé que podrían ocurrir. Y las entrevistas. Las de verdad, esas en las que dos personas se sientan a charlar y el silencio forma parte de la coreografía. La radio que me gusta hacer es la que me gusta consumir, con tiempo para pensar, con ideas que se dicen desde un punto claramente personal y no como bajada de línea con multiplicidad de intereses.
Este párrafo que antecede, esto que acabo de terminar, fue escrito antes de que me notificaran que ya no sirvo, por el momento, para la radio. No sé si el texto fue una profecía autocumplida, si mi subconsciente se la vio venir o qué. Pero bueno, trato de no escribir en caliente y cuesta. Algún día debería relatar algo sobre escribir en caliente. Siempre descargamos cuando estamos tristes, melancólicos o alegres. Ah, pero la calentura tiene la peor de las prensas y, sin embargo, no solo es catártica sino reflexiva a nivel subconsciente.
No me gusta encasillarme y la vida laboral lo ha hecho por mí. El 23 de octubre, día en el que todos festejamos un año más de ser contemporáneos de Charly García, escuché desde un pasillo que dos personas hablaban sobre cuál tema de La Máquina de Hacer Pájaros era el más popular. Me asomé y opiné. Me vieron y una de ellas recordó mi fanatismo y así se dio una sincronía laboral en la que me sentí el Premio Nobel del Periodismo Musical por media hora. Ese es otro de los problemas que siento en este mundo de la comunicación. Todos quieren comunicar todo, todos sabemos casi nada de casi todo, y sin embargo, solo es permisible la opinión de un especialista certificado en una materia. Como si los intereses humanos fueran uno solo. Como si “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley no fuera una obra de ciencia ficción, sino un manual de instrucciones. Y ahí está, también les puedo hablar de literatura, puntualmente de ciencia ficción.
Aunque me ponga nervioso en cada previa, amo las entrevistas. Adoro entrevistar porque tiene un sabor especial que conecta lo que fui con lo que soy y le da un upgrade que me hace sentir bien. Soy profundamente tímido, no podría hacer entrevistas si no fuera por un entrenamiento brutal que me dieron mis primeros años laborales, cuando pateaba los pasillos de juzgados y fiscalías y soñaba con una carrera judicial. Cada testimonial, cada indagatoria, es una entrevista, un ejercicio de pregunta y repregunta que es imposible que se repita. No existen dos declaraciones iguales porque no hay dos personas iguales. ¿Cuál es el upgrade? Entrevistar por cosas lindas, preguntar por lo que el otro sabe hacer, indagar desde la intriga humana y desde un plano de absoluta igualdad. Me corrijo: desde un plano invertido en el que el entrevistador es menos que el entrevistado porque sabe menos que él y por algo le pregunta. Para aprender. ¿Cómo no sentir una mejora?
Tengo tantos intereses que me angustia no tener vida suficiente para explorarlos. Para explotarlos y disfrutarlos. No solo de la música se vive; por mis venas corre la carpintería de mis ancestros. Muero por un taller, no sé para qué. Existen más libros que posibilidades de leerlos, hay más películas que quiero ver que el tiempo que me queda para verlas. Daría cualquier cosa por tener el tiempo necesario para dedicarme a escribir otros géneros. Bueno, no daría cualquier cosa, pero se entiende el punto.
[De “casi cualquier cosa” mi cabeza saltó a un “nada” y no sé por qué se puso a sonar la melodía de la canción homónima y… ¿Sabía usted que Horacio Sanguinetti, autor de la letra de «Nada», desapareció sin dejar rastros luego de matar al violento de su cuñado en el velorio de su hermana? Cuenta la leyenda que, desesperado, cayó en la casa de Osvaldo Pugliese y este llamó a Cátulo Castillo, quien, para ayudarlo, fue a ver al Presidente de la Nación, el mismísimo Juan Perón, y el General dio un par de directivas para que la policía no moviera un dedo por 24 horas, tiempo suficiente para que Sanguinetti rajara a Uruguay, donde murió pocos años después. Aunque si agrandamos la leyenda, para qué quedarse cortos: dicen que también fraguó su propia muerte para que sus sobrinos, huérfanos, pudieran cobrar los beneficios de derechos de autor y él se marchó a España. Igual, nada se supo de él. Como su canción, nada.]
Por cada tema que despierta mi interés, devoro todo a mi paso en un hambre que nunca sacia. Por cada nueva idea, surgen mil temas nuevos que despiertan mi interés y así la bola crece y crece y crece. Por eso es que no entiendo a los que no les interesa otra cosa que eso que hacen para trabajar, mucho menos a los que encuentran un tema para especializarse solo en ese tema y nada más. Con todo lo que hay para ver…
Y si bien no lo tengo masticado, dejo acá al costado qué es lo que despierta un tipo de contenido que se pone de moda. Porque una cosa es tener multiplicidad de intereses y otra muy distinta es ir corriendo atrás de lo que le garpa a otro para ver si podemos sumarnos a la ola. Es como el Fear of Missing Out llevado a cosas que no sabemos cómo hacer o que desentonan con lo que veníamos haciendo sin que exista una justificación válida más que la de aprovechar el momento. Un día se ponen de moda las conversaciones sobre historias de vida y todos van detrás de eso; otro día llega la temporada otoño-invierno con consejos de bienestar y puede que te encuentres a tu amigo, ese que no sabés cómo todavía no fue internado por un infarto, con sus tips para llevar adelante una vida plena y saludable.
Y ahí vamos todos, conmigo a veces cuando las energías me lo permiten, en una carrera por las migajas que nos tiran las empresas que administran las redes sociales y por la necesidad de mantener permanentemente actualizado el único currículum vitae que vale en estos tiempos: lo que mostramos en público.
¿Cómo se hace para mejorar la posición laboral? Hay que levantar el perfil. O levantando el perfil, si es que usted está escuchando o viendo y no abocado a la lectura. ¿Cómo se levanta el perfil en tiempos de tanto ruido y cambios de reglas permanentes de redes sociales que antes nos servían para distendernos y hoy son lo primero que nos quitan en un tratamiento psiquiátrico?
Cada formato tiene su magia y cada truco tiene a sus ilusionistas especializados. Nadie habría esperado de René Lavand la desaparición del Obelisco porteño. Soy un gran consumidor audiovisual y un apologista de la lectura. Se me da escribir y es todo lo que quisiera. Pero el mundo está hecho para los que logran meterse cuando querés relajar. Por eso es que no tengo constancia para los videos. Por eso es que aparece alguno de vez en cuando. Por eso es que me quedo atrás en la velocidad a la que crecen los contenidos audiovisuales y por eso es que, un poco, me resbala y otro poco no. Todo depende del día, que ya he dicho que me da envidia ver los contenidos ajenos.
Pero también hay elecciones que impiden y permiten. Elecciones que no tienen nada que ver con el empleo, sino con el resto de la vida y cómo impactan en el empleo. Si decidís ser chofer de larga distancia, probablemente no tengas el tiempo suficiente para tomarte un recreo en medio de un viaje y generar contenido. Si convivís con otros humanoides y no habitás una mansión, probablemente se te haga complicado encontrar tiempo diurno para generar contenido en silencio y debas restar horas de sueño o sacrificar el contenido. No sé si vale la pena dejar de hacer todo lo que te gusta para realizar lo que hoy le sirve a otros.
O puede que sí, qué sé yo.
Al fin y al cabo, todo no se puede. ¿No?
P.D.: Relato sigue, esto es tan solo un experimento. Si hacen click aquí van a la versión podcast de este texto en Spotify.
Este texto fue escrito sin la utilización de herramientas de IA. Compartilo, que los algoritmos me esquivan. Este sitio se sostiene sin anunciantes ni pautas. El texto fue por mi parte. Pero, si tenés ganas, podés colaborar:
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¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico.
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(Sí, se leen y se contestan since 2008)
Un comentario
Buen día.
Sólo leí el primer párrafo. Dejo para + tarde el Relato completo.
Y ese primer párrafo me recordó algo que leí hace no poco tiempo y que dice : «no regales algo que presientes hacer bien», tampoco lo vendas a precios exorbitantes salvo que quien quien quiera pagarlo y su ostensibilidad sea notoria o no, pero vos lo sepas. En pocas palabras, NO TE REGALES, VENDETE y BIEN.
Como dije, después leo el resto y hago mi comentario menos prosaico.