El extranjero

De las preguntas con más cantidad de soluciones propuestas a lo largo de los años, una de las que más me rompe las guindas es cuál es la definición de argentinidad. Encerrás a dos argentinos en un ascensor en planta baja y cuando llegan al tercer piso ya formaron cinco partidos distintos, tienen muchas soluciones contrapuestas sobre cómo arreglar los problemas que ellos mismos generan y veintiséis mil proposiciones sobre cómo se debería gestionar este país, cuáles son nuestros valores, de qué está compuesta nuestra raíz cultural y hacia dónde deberíamos apuntar la flecha del futuro.

El argentino es un tipo que atiende un comercio en Santa Catalina, Jujuy, un pescador embarcado en Mar del Plata, un peón lanero perdido en Santa Cruz y el tipo que moja la medialuna en el café con leche en Santa Fe y Ayacucho. Ahora, dejemos la cámara imaginaria en ese sujeto, no tan de cerca para que no se asuste. Puede que tenga 30 años pésimamente llevados o cuarenta y algo dormidos en una cámara frigorífica. ¿Ven al tipo de la mesa de al lado? El que tiene cara de inyectarse cafeína. Ahora observen a la señora que mira videos con sonido. Mejor aún, observen la fotografía completa. Cada una de esas personas, cada una de ellas, tiene algo en lo que piensa radicalmente distinto a las demás. Algo, por pequeño que sea. Puede ser una diferencia de criterios, una cuestión generacional que no se quiere abordar, o cualquier otra opinión contraria que “pasa a un segundo plano porque son más las cosas que nos unen”. Mantra de publicidad mundialista o campaña política antigrieta que sabemos que es mentira: por mucho menos hemos ido a guerras civiles o derrocado gobiernos.

Incluso si comenzamos a agrupar por regiones, nos encontramos con serios problemas para definir una raíz cultural. Como porteño criado en barrios limítrofes con el conurbano, formo parte del 37% de la población que reside en un desparramo urbano en el que el folklore se encuentra en el Tango y no en los demás géneros que nos querían meter en la escuela hasta por las orejas. ¿Cuántos saben que el deporte nacional es el Pato? ¿A quién se le ocurrió? Ok, lo decretó Perón, pero las raíces históricas sostienen que debe ser el Pato y no otro deporte porque es el más antiguo que se practica en estas tierras, con registros que van hasta el siglo XVII.

Al igual que nuestra música folclórica, nos centramos en el punto más antiguo que podamos encontrar de una práctica notablemente extendida. No tiene que ver con sus orígenes, sino con cuándo se le terminó de dar una forma reconocible. Y es que, si vamos a los orígenes, una cosa lleva a la otra y terminamos todos en África unas decenas de milenios atrás.

La educación argentina, tan mancillada y siempre en franca decadencia desde que tengo memoria, es la que logró que un país conformado en su inmensa mayoría por inmigrantes de diversas regiones del planeta, tenga una población que puede reconocer un género musical propio. ¿Qué otras cosas nos hermanan a todos? Si vamos por la mayoría, podríamos sumar nuestra versión del dulce de leche, nuestro concepto de alfajor, nuestra reinvención de la milanesa, entre otras cosas. Si tenemos en cuenta las raíces de cada ritmo musical y sus corrientes, de nuestros deportes, de nuestras expresiones culturales, podría decirse que somos muy buenos, expertos en mejorar cosas que inventaron otros. Ése es un bonito punto de coincidencia, no generalizado ya que siempre habrá algún renegado, pero nuestros resultados demuestran que somos los más mejores en readaptar y destacarnos en lo que otros crearon. Nos encantaría decir que fuimos los primeros, que nadie estuvo antes que nosotros, que nos gusta mirar al cielo en una noche de tormenta porque esos rayos son los flashes de las fotos que nos toma Dios, pero no hay nada malo en mejorar inventos ajenos. La inmensa mayoría de las patentes de Thomas Edison son mejoras de otros inventos, incluso sus creaciones más famosas.

Ahora, por fuera de definiciones imposibles, ¿qué nos une como socios de esta empresa llamada Argentina? No es una pregunta nueva; no quiero ir hacia el lado de la identidad nacional y el imposible de definir una cultura homogénea cuando hay más cosas en común entre un porteño y un montevideano, que entre el primero y un salteño, y mil diferencias entre los vecinos de un mismo edificio.

Hay otro imposible, un dato de color que a mí me desvela: mi relación con los resultados electorales. De entrada, nuestro sistema fue concebido para un funcionamiento que hoy no tiene y que figura hasta en la Constitución: los partidos políticos son la base del ejercicio democrático. Partidos como agrupaciones en las que habrá personas con distintas formas de ver algunas cuestiones, pero con una unión en cuanto a qué pretenden, a grandes rasgos, para el país en determinado momento. Partidos políticos en los que sus afiliados participan y los que son encomendados para ser candidatos tratan de hacer equilibrio entre las demandas de cada uno de sus votantes y los que no los votaron. Después de todo, ese listado de sugerencias llamado Constitución Nacional también da a entender que el que gana no debe comportarse con las reglas del “ahora me toca a mí”, sino que es el mandatario de todos.

Nunca me sentí representado por un gobierno. No al 100%. He llegado a tener puntos de coincidencia con algunos y cero con otros, pero nunca pude darme el lujo de decir “che, qué placer, ni me entero de quién gobierna y todo funciona bien y a mi gusto”.

Entiendo que es casi imposible que un votante pueda decir que forma parte de la mayoría del país y espero que se entienda mi punto. El problema, al menos para mí, ocurre cuando la dinámica de ganador-perdedor se extiende en el tiempo y un resultado electoral adverso a mi interés del momento se siente como perder la final de una copa que se juega cada cuatro años y, durante el interregno, seremos descansados por los campeones cada vez que queramos opinar sobre algo. A todos nos pasa de vez en cuando, pero permítanme, al menos por hoy, ponerme en pupista de mi pupísimo pupo: si las elecciones fueran un mundial, mi experiencia va entre Holanda, que de vez en cuando llega a una final y nunca gana, y Sierra Leona, que en la whore vida ha calificado a la competencia.

El problema no es no ganar. El problema es que, en el medio, siempre me siento afuera del sentir popular. Hay personas a las que el aglutinamiento por oposición les funciona mejor que a otras: están en contra de algo y todo lo que diga estar en contra de eso y tenga chances de permanecer en el poder contará con todo su apoyo. A mí, en cambio, me queda el lugar reservado para los que no quieren formar parte de lo nuevo con una camiseta, una guirnalda en el cuello y una banderita: la más absoluta irrelevancia.

Es algo que me desvela por varias razones, y una de ellas son mis padres y los suyos. ¿Qué es lo que hizo que mi viejo se sienta tan argentino al haber crecido en contextos mucho más oscuros que el mío y con banderas extranjeras en los documentos de sus padres?

Hasta la historia presidencial democrática va en sintonía con ese sentir. Luego de Perón, todos los presidentes argentinos llegaron a conocer al ancestro que vino de otro país. Frondizi, Illia, Menem y Macri fueron todos hijos directos de inmigrantes. Alfonsín, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Alberto Ídem y Javier Milei, nietos de inmigrantes. Sin embargo, la argentinidad puede resultar exacerbada para quien no haya crecido en una familia de varias generaciones en el país. Aún recuerdo a mi viejo puteando al televisor cuando Argentina jugó contra Italia en 1990. Por suerte no vio el partido con su padre.

Durante años descreí de una sentencia. Cada vez que surge la comparativa intergeneracional, se plantea la diferencia de acceso al ascenso social. Entiéndase del siguiente modo: uno de mis abuelos comenzó con un carro de verduras tirado por él mismo; sus hijos fueron profesionales y todos llegaron a tener una vivienda propia en algún momento. La justificación más profunda de esta forma de ver las cosas radica en la venida desde una tierra de miseria a otra de prosperidad. Pero es imposible hablar de esos años sin tener en cuenta el ruido y el olor generados por el enorme elefante en medio del living, uno llamado “violencia general”. Más bien podríamos hablar de un desfile de elefantes: subversión, terrorismo de estado, guerrillas, grupos paramilitares, proscripciones, golpes de estado, fusilamientos, alzamientos militares, bombardeos y demás perlitas. Pero si la violencia política podía ser tapada con ascenso social, ¿qué queda cuando no hay más violencia pero tampoco ascenso?

No sé si lo habrán notado, pero en nuestro país ya tenemos asimilado que la mejor forma de acceder a la vivienda propia es ser hijo único de familia propietaria y tener ahorros para la sucesión cuando mueran los viejos. Eso es, básicamente, una constante desde que asomé a la vida adulta luego de haber visto durante toda mi adolescencia el boom de pagar un depto en cuotas. No es una sensación, es una realidad: si no fuera por la existencia de Venezuela, nuestro país encabezaría el listado de naciones que menos créditos hipotecarios en proporción al PBI asigna en toda América Latina. En un listado que encabeza Chile con el 30%, la Argentina deambula entre un 0,2 y 0,4%. No, no estoy comparando con países del primer mundo para no llorar aún más; si con mirar a nuestros vecinos alcanza y sobra para sentirnos fuera de todo parámetro.

Entonces, cuando las oportunidades tal y como nos fueron enseñadas desaparecen o nunca existieron, comienza a surgir un pequeño inconveniente: si puedo alquilar en cualquier lado y puedo trabajar donde encuentre un puesto laboral, ¿qué es eso que debería atarme a mi país como para llamarlo mío? ¿Cómo puedo sentirme parte de algo en lo que mi voz nunca se siente representada y todo lo que quiero o deseo no es tenido en cuenta? Puede que suene a berrinche, pero lo planteo con toda la seriedad del asunto. Bueno, con menos solemnidad pero, vamos, algo tiene que haber más allá de la partida de nacimiento y las coordenadas del GPS que indican que nací a 34°36′ de latitud sur y 58°22′ de longitud oeste y justo eso cae dentro de las fronteras de la Argentina.

Sí, ya sé que son las reglas de la democracia. Incluso soy consciente de que en un sistema parlamentario es aún más complejo. El asunto es que a mí me enseñaron que aquel que gana gobierna para la mayoría, para la minoría y para los que no quisieron o no pudieron votar. Entonces, cuando veo que la lógica de mi vida ciudadana ha sido “el que gana hace lo que le da la gana y el que pierde que lo llore”, es lógico que me sienta excluido de mi país.

Habría dicho que pasa lo mismo en cualquier país con democracia, pero se me dio por ir a chequear y no es tan así. Hay países en los que la mayoría electoral se acerca bastante a la mayoría real y hay otros, como Uruguay, en donde es una costumbre: como la participación electoral indica que nueve de cada diez uruguayos habilitados concurren a votar, sacar más del 53% es, literalmente, ser elegido por la mayoría ciudadana. Así y todo, han conseguido que ganara la mayoría en tres de las últimas cinco elecciones. Si yo pudiera acercarme a ese sentir en el que, literalmente, la mayoría siente como yo, este texto no tendría sentido y debería ir por otro lado.

En esos mismos años uruguayos, la apatía electoral en la Argentina no hizo otra cosa que ir en aumento. Sí, es cierto que cada vez vota más gente, pero lo hace por crecimiento demográfico; los porcentajes de participación van cada vez más para atrás. Lo bueno del planteo de no sentirse representado por las mayorías es que a veces funciona también a la inversa. Por ejemplo, cualquiera de nosotros ha leído al menos alguna vez que a los habitantes de La Matanza les gusta “cagar en baldes” en alusión a la falta de obras de afluentes. Es una afirmación que se percibe aún más en tiempos electorales. En 2025 el peronismo sacó en La Matanza el 52% de los votos en las elecciones municipales. Si tenemos en cuenta que fue a votar el 58% del padrón, podemos decir con precisión matemática que siete de cada diez matanceros no se sienten representados por el oficialismo que los gobierna.

¿Cómo debe sentirse una persona que vive en un país que no solo no le ha dado nada sino que ha sido una máquina de impedir? Es una pregunta bastante agresiva en cuanto a cosas que he podido obtener porque vivo acá y no en otra parte. No tendré el acceso al crédito que tiene Chile, pero no tengo que tener un ahorro separado por si tengo que realizarme alguna cirugía que ningún sistema público o privado cubrirá. Y no es el único ejemplo a dar por lo cual tengo que argumentar aún mejor.

Por generaciones existió una metodología de vida con un manual que indicaba cómo llegar del punto A al punto B. Podía fallar, existir contratiempos, algún infortunio, pero la forma lógica era general y el método no se mancha. ¿A dónde querés llegar en la vida? Ok, tenés que hacer esto. No quiero hablar por todas las generaciones, ni siquiera por la mía, pero eso se jodió bien jodido y ya no hay manuales ni para ganar un sueldo que permita crecer. Ya no existe un procedimiento de ascenso social ni para los que tenemos la suerte de haber nacido en una familia de clase media. Ese manual que rigió hasta, supongamos, la generación que me precede, desapareció. Hay trabajo pero no es el método para llegar del punto A al punto B. ¿Cuál es? Nadie lo sabe y ahí vamos con esa incomprensión hacia los más chicos y la crisis de apuestas ilegales y estafas piramidales: si nosotros conocimos el manual y quedó caduco, ¿qué podemos esperar de quienes siquiera vieron la portada?

Por comparación sigo queriendo estar acá. Soy como el hijo que no entiende al padre pero prefiere su compañía. Un hijo que no tiene ganas de resolverlo en terapia.

Sumemos un ingrediente más: ser argentino obliga a respetar determinadas reglas. Por ejemplo, al listado de sugerencias llamado Constitución Nacional se le suma un sistema jurídico que nos da un manual de instrucciones para vivir como un argentino. En teoría, para ser argentino hay que cumplir con esa normativa; eso también debería darnos un lugar de pertenencia. Convivir con personas que han defendido dictaduras es lo de menos: no son la mayoría de ninguna encuesta y en este texto jugamos con las mayorías. Pero a medida que pasa el tiempo, hay un número cada vez más creciente de personas que descreen de las bondades del sistema democrático. Ahora pongamos ese numerito a un costado por un rato mientras avanzo con otro punto: hay una cifra difícil de calcular de personas que tienen criterios flexibles, que las mismas sentencias que utilizan para un gobierno las relativizan con otro. Es un problema porque es como tener un árbitro hincha de un club. Nos cae bien hasta que nos toca jugar contra su club y lo vemos entrar abrazado a los jugadores.

Saber que en otros países es aún peor –imaginen por un minuto que un presidente desconozca un resultado electoral y aliente la toma del palacio legislativo y sea considerado un paladín del liberalismo– no consuela. Porque uno quiere tener una banderita por la cual llorar de alegría o de emoción cuando la extraña y porque las comparaciones son odiosas y nunca hacen justicia.

Después de todo esto vienen las cuestiones personales. No tengo una adicción al mate. Tomo si alguien me convida, pero no preparo un equipo de cebada ni aunque me den guita. Bueno, por guita sí, pero se entiende a dónde quiero ir. Durante buena parte de mi vida pensé que la costumbre alimenticia familiar era la normal. De hecho, hace un año un amigo me preguntó cuántas veces por mes comía pastas. Saqué la cuenta y le contesté: “Lo normal, cuatro o cinco veces por semana”.

Cada vez que aparece una publicidad mundialista que apela a la cultura general argentina como algo obvio, me siento un estonio recién bajado del avión. No me gusta la cerveza industrial ligera; cada vez que había que jugar al truco debieron explicarme nuevamente el valor de las cartas por debajo del siete de espadas hasta que un día prefirieron que me quede con la guitarra de fondo. No es un problema con los naipes, si era el partenaire de mi abuela cada vez que había que jugar a la canasta uruguaya. También olvidé el reglamento, nunca a ella.

Puedo decir que conozco más provincias que cualquier otro argentino, con excepción de músicos y camioneros de larga distancia. Incluso conozco las Malvinas. Obviamente, me gusta el asado y, para mí, el dulce de leche a cucharadas del pote es un postre en sí mismo. Es más, no entiendo por qué los mozos no preguntan si queremos “acompañar el dulce de leche con un poco de flan”. Sumaría que sé andar a caballo, pero eso es algo más para un debate sobre citadinos, porque caballos hay en todos lados.

Mi punto pasa por una pregunta que hay que saber hacer. Porque es fácil decir “qué me ha dado mi país”. Hay un discurso mega famoso de John F. Kennedy en el que le pide a la juventud que deje de preguntarse qué puede hacer su país por ellos y comience a preguntar qué pueden hacer ellos por su país. Viene bien poner en contexto a qué grupo etario apuntaba, porque si hubiera dicho eso del resto de la población, sobreviviente de alguna o de todas las guerras en las que había participado Estados Unidos hasta 1963, probablemente no hubiera llegado con vida a Dallas.

Es fácil decir que Argentina no me dio nada si tengo en cuenta que asistí a colegios privados y siempre tuve una obra social o una prepaga. Sin embargo, nadie explica fehacientemente que son muy pocos los colegios sin subvención estatal y que el sistema de salud también incluye un fondo para tratamientos mayores. Y yo pasé por dos cirugías en tres años. No sé en cuántos otros países de la región podría haberlo hecho sin poner un peso de mi parte por encima de lo que ya me debitan. Al menos sé que no en Chile.

Calculo que el sentimiento de agradecimiento por lo brindado por el país comienza a desvanecerse con el pasar de los años. Cuanto más lejos estamos de lo último que obtuvimos por el sistema y cuanto más cerca estamos de llegar a la jubilación, es mucho más probable que comencemos a preguntarnos qué nos dará la Argentina, en un estúpido acto de inocente fe de que la costumbre de jubilados hambreados de los últimos siglos cambiará justo, justito para nosotros.

Pero volvamos al punto de pertenencia y representación. No existe un gobierno dentro de la democracia con el cual uno no pueda decir que tiene al menos un punto que le parece bien. El tema es qué valor le damos a cada cosa. Si con el kirchnerismo pudiste comprarte una computadora en cincuenta cuotas hasta terminar de pagarla cuando ya ibas por la tercera máquina, eso difícilmente pueda equilibrar todo lo que te desagradaba de su forma de gobierno. Incluso podés estar a favor de todo lo que hace un gobierno menos de una sola cosa y que esa sola cosa te lleve a rechazar todo lo demás y no por caprichoso inconformista. Supongamos que tenés seguridad, estabilidad económica y libertad comercial pero resulta que vivís en Singapur y los valores democráticos son los de un robot chino: probablemente no te alcance todo lo que tenés porque tus valores te llevan a querer más.

Y tampoco es que les vengo con una idea delirante: hace al menos tres siglos que estas ideas sacudieron al mundo entero. Hoy, lejos de los ideales de la libertad del hombre y del gobierno del hombre por el hombre y para el hombre, estamos inmersos en una carrera detrás de una coneja a la que nunca atraparemos mientras vivimos cada resultado electoral como una gastada de una hinchada hacia la otra. Y no es “el folklore de la política”. Los tiempos que le siguen a una elección demuestran que la gastada no fue otra cosa que una reivindicación del camino correcto, sin importar lo que tenga para aportar ningún otro porque perdió. ¿Y cómo se sabe que el que opina perdió? Porque dice algo que no va en sintonía con el gobierno. Y así es muy difícil sentirse parte de nada, porque es muy complicado coincidir en todo, incluso en aquellas cosas que aún no sabemos que hará el que gobierna.

Pensaba en todo esto porque un sacudón me hizo recordar algunos veranos de hace muchos años y busqué memorabilia de mi vida. Una entrada que me regalaron mis abuelos para mi cumpleaños 17, aquel 24 de enero de 1999. Sé que nos ahorramos talar un montón de árboles con las entradas digitales, pero qué lindo encontrar una y saber que, mientras pensaba si era una buena idea irme a vivir a otro país, mis abuelos, como si supieran, me daban algo para recordarme las cosas que me perdería. Ahora que tengo esa entrada en mis manos y que también es 24 de enero, noto que estoy más cerca de la jubilación que de mis 17 años. Misma fecha y misma ciudad, pero me faltan casi todos los que estuvieron aquella noche. No sé si extrañarlos o putearlos por hacerme trampa.

Y mientras buceo en qué me hace argentino además de la partida de nacimiento, pienso en legisladores que no conocen las leyes sobre las que legislan ni tienen ganas de estudiar el reglamento del trabajo para el que se ofrecieron. Pienso en todos los presidentes, gobernadores e intendentes que no saben ni cuántos artículos tiene la Constitución Nacional ni las de sus provincias y ni se calientan en aprenderlas, a ver si todavía se pierden la oportunidad de putearse con el Poder Judicial. Pienso en todos los trabajadores que no saben nada de las funciones que cumplen y me pregunto por qué me castigo tanto, si al fin y al cabo nadie sabe todo.

No pretendo un país homogéneo. El mundo se ha vuelto un lugar extraño para los que crecimos ya sin la Unión Soviética y con la Segunda Guerra como argumento para películas de acción. Pertenezco a una generación que creció con una cultura muy marcada entre buenos y malos. Entre estos últimos estaban los prepotentes, los invasores, los usurpadores, los que tomaban para sí lo que querían sin importar de quién era, los que amenazaban con guerras, los que desataban guerras. Siempre supimos que los políticos de otros países no dejan de ser políticos, por más primer mundo o poder que tengan. Mismas debilidades, mismas tentaciones. Y cosas que en los libros de historia me resultan fascinantes, dejan de tener gracia cuando surgen en las noticias cotidianas.

Eso es lo gracioso de querer formar parte. No pretendo hacerlo de otra mayoría que no sea la que cree en el respeto, la empatía, el intento de ponerse en los zapatos del otro. Un país homogéneo es un país dictatorial, de partido único. Es al menos curioso que, con tantos partidos, el primero que llega al poder busque pintar al país de su color porque es la única forma de sostenerse en el poder. ¿En serio es la única? Si es así, seguiré siendo el extranjero. Aunque, si el mundo sigue por este camino, puede que, en realidad, sea un alienígena.

Cheers.

Nicolás Lucca

P.D.: Sí, mis cumpleaños son la joda loca.

Este texto fue escrito sin la utilización de herramientas de IA. Compartilo, que los algoritmos me esquivan. Este sitio se sostiene sin anunciantes ni pautas. El texto fue por mi parte. Pero, si tenés ganas, podés colaborar:

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Un comentario

  1. ¡Feliz cumpleaños, Nico!

    Nomás agradecerte por expresar(nos) tan bien a los nacidos circa enero 1982 en estas coordenadas y circunstancias, no estoy sola cuando te leo. No soy la única extranjera en esta experiencia.

    Abrazo.

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