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La Respuesta a la Gran Pregunta

La Gran Respuesta

En el primer tomo de la obra The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, ocurren miles de situaciones irrisorias, como la nave que se suicida luego de mantener una conversación pasatista con Marvin, un androide depresivo y paranoide (¡Hola, Radiohead!). Sin embargo, el momento que marcó a la posteridad –bueno, a una porción de frikis de la posteridad– es cuando la computadora Deep Thought termina de procesar una pregunta, tarea para la que se tomó unos 7.5 millones de años.

Hay preguntas que me hecho a lo largo de toda la vida, otras que se caen en el camino y muchas que surgen. Aquellas preguntas que ya no tengo no fueron, al menos no todas, satisfechas sino que fueron reemplazadas por otras aún más interesantes o preocupantes. Algunas son extendidas. Cualquier ser humano podría preguntarse si existe la reencarnación. Si pienso en eso, mi preocupación deriva en qué hice para que me toque la Argentina.

Otras preguntas tienen que ver con las percepciones. ¿Fue la década de 1990 la última era de algo potable en la música o cada generación hace una línea de corte al finalizar su adolescencia? O sea: está claro que a nivel nacional nos hicimos pomada, pero ¿a nivel mundial fue así?

Sobre los tiempos que me tocan vivir, en cambio, tiendo a ser más optimista que la media. Hasta me tildan de amargo por mi respuesta a la eterna pregunta “si pudieras elegir cualquier época para vivir, cuál sería”. Esta que vivo, obvio. De visita, te voy a cualquier lado. Pero en cuanto me duela una muela, voy a querer las comodidades de mi siglo XXI.

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“¡El Día de la Respuesta! Nunca más volveremos a levantarnos por la mañana preguntándonos: ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Tiene alguna importancia, cósmicamente hablando, si no me levanto para ir a trabajar? ¡Porque hoy, finalmente, conoceremos, de una vez por todas, la lisa y llana respuesta a todos esos problemillas inoportunos de la Vida, del Universo y de Todo!”

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Todos tenemos mandatos familiares. Qué hacemos con ellos es un tema de autoanálisis o terapia. Algunos les darán más bola, otros no. En mi caso, el mandato de la realización personal era crucial. Me eduqué en una época de tests vocacionales a chicos que no sabían ni a dónde ir a bailar el sábado. Sin embargo, mi mandato familiar tenía en mente una carrera profesional, una meta patrimonial y, recién ahí, una proyección familiar determinada.

Mi mandato decía que con las carreras que había arrojado el test vocacional me moriría de hambre. Nada más común para las familias que ascendieron socialmente que el mantra de “M’ijo el dotor” absolutamente mal interpretado. En la obra, Olegario se pelea con su hijo porque éste cuestiona las tradiciones simples de la vida en el campo. En la construcción social, el sueño es tener un hijo ilustrado. Lo único que cumplí de la obra fue pelearme con el viejo.

El otro mandato, el patrimonial, fue inalcanzable: la casa propia, un auto bonito y un lugar de descanso vacacional. De los tres pude cumplir uno solo, pero porque mi concepto de auto bonito es bastante particular. ¿Casa propia? ¿Casa de vacaciones? ¿Una casa o casa quinta? Ni en el Monopoly.

Y es todo un tema no poder alcanzar esos mandatos, porque son compartidos y culturales. Dejamos de cuestionarnos cualquier cosa. ¿Vale la pena meterse en un crédito a mil años en un país con una crisis recurrente? La respuesta llega sola al primer quilombo, tarde diez años o se convierta en perpetuo. Pero ahí está el mandato y, por ende, la frustración de no haber cumplido con algo que todos mis antepasados consiguieron. Al menos todos los que cruzaron el Atlántico.

Por todos me refiero a todos. Mi generación familiar, compuesta por la totalidad de mis hermanos, primos por vía paterna y materna, primos segundos y hasta lejanos, somos los primeros en estar unidos por algo más que algún rastro de ADN: ninguno es propietario. Ninguno, del mayor al menor. A los veintipocos lo teníamos naturalizado como la forma de comenzar la vida. Doy por sentado que ninguno imaginó seguir en el modo alquiler. Al menos los que ya tocamos los cuarenta o los ven a la vuelta de la esquina.

Es obvio, entonces, que todos tengamos cristalizado un año de inflexión soñado, ese que nos resuena perfecto y que, probablemente, no lo haya sido ni por lejos. Es un período de nuestras vidas que queda congelado, detenido en el tiempo. Lo he charlado con medio mundo y el empirismo me demuestra que es así para todos. Diré “casi todos”, por si alguien mintió. El antes y después de terminar la secundaria es una brutal diferencia. Un recuerdo no es igual de reciente en nuestras mentes si en ellos tenemos puesto el uniforme del colegio.

En mi caso, pensar en 1999 y su brutal cambio numérico subsiguiente me lleva a un lugar de mi cabeza en la que los recuerdos parecen escritos ayer, pero en los que no puedo creer todo el tiempo transcurrido.

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Finalmente, la computadora Deep Thought vuelve a comunicarse para anunciar que sí, que encontró la respuesta. Luego de un interminable y ansioso diálogo en el que el aparato se hace desear –por más de dos páginas– anuncia la respuesta a la Gran Pregunta de la Vida, del Universo y de Todo: Cuarenta y dos.

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Sabido es que nos encantan los números redondos. No es lo mismo que hayan pasado 19 años de un evento que veinte. Incluso, veinte suena más fuerte que dos décadas aunque signifiquen lo mismo. 25 años suena más fuerte que un cuarto de siglo. Y así.

El 2024 no es un número redondo. Está cerca, sí, pero no lo es. Sin embargo, en este año se cumplen una infinidad de números redondos. Bueno, de los que a mí me interesan o me marcaron, al menos. De entrada, cumplo 25 años de haber terminado la Escuela Secundaria. Y eso convierte a 1999 en año cero para un montón de mediciones de mi vida y a este 2024 en un número denso, pesado y redondo.

Se cumplen 25 años de American Beauty, Novia Fugitiva, Sexto Sentido, American Pie, Matrix, Blair Witch Project, Magnolia, The Green Mile, Notting Hill, Being John Malcovich, El club de la Pelea, Jamás Besada, La Amenaza Fantasma, Estigma, Sleepy Hollow, Inocencia Interrumpida, El Hombre Bicentenario y El Talentoso Sr. Ripley.

También podría decir que son veinte años de El Efecto Mariposa, Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos, 50 First Dates, La Terminal, The Notebook, Yo Robot, La Aldea, Shrek 2, la remake de Alfie, El Juego del Miedo, Closer, El Expreso Polar, Million Dollar Baby, El Aviador y la tercera de Harry Potter. Si no se deprimieron, la chica de 13 que quería tener 30, ya tiene 33. Pero ya que estamos con tanto número, volvamos a los 25 para atrás: 1999.

Son años del ascenso de Kevin Spacey, la metamorfosis de los carilindos en actores dramáticos, las películas de amores tóxicos nivel Chernobyl y el resurgimiento del terror psicológico. El brit-pop aún no pasó de moda, California se consolida como la escena musical norteamericana y la paliza musical global es apabullante en términos de discos por cantidad y calidad.

En algún momento de ese año de salidas, recitales, viajes y borracheras ilegales, se me dio por romper todos los mandatos: me fui de mi casa y de mi ciudad. Todavía no acaba de quitarme el uniforme que estaba sentado en una butaca de clase turista del tren a Mar del Plata. La locomotora comenzó a fallar en Lezama. El tren continuó y tras cuatro horas terminó de romperse en Dolores. Llevaba seis horas de viaje por 200 kilómetros cuando nos dicen que debíamos esperar una locomotora “de Buenos Aires o de Mar del Plata”.

Y esa es la historia de cómo demoré 16 horas en cubrir 405 kilómetros.

No, sigo con lo otro. En MDQ me instalé con unos amigos. Éramos como la Banda del Golden Rocket pero sin plata ni glamour ni un Golden Rocket. Bueno, éramos seis crotos que nos veíamos a diario, todos hablábamos de algo y hacíamos lo que podíamos.

Obviamente mi viejo no se lo tomó a bien y, no sólo consiguió encontrarme, si no que me depositó en Baires. Aún no recuerdo si llegué en micro o por el aire de la patada en el orto que me metió. Nuestra pelea prosiguió. No sabía bien a qué me rebelaba, si yo me había convencido que mi futuro estaba en el Derecho. Aún no lo sé, pero sí recuerdo que fui un grano entre los cachetes.

Lo curioso de mirar 25 años para atrás es que, no sólo tenemos esos recuerdos como si hubieran ocurrido ayer por cuestiones cotidianas, sino que, al analizarlo fríamente, tomamos conciencia de que nos faltaban unos cuantos golpes de realidad. Yo me sentía el mayor de los rebeldes por no ir a estudiar a la facultad que mi viejo quería, pero estudiaba igual esa carrera. También me hice el picante al no aceptar ir a buscar laburo a los tribunales que a él le parecían piola. No, señor, yo no voy a ir a Tribunales. A esos Tribunales… Voy a ir a otros, porque soy rebelde, ¿ok?

Calculo que, en algún momento, mis padres comenzaron a cansarse de mi rebeldía. Eso o ya no tenía sentido ponerle límites a un boludo que se mantiene solo, vive solo, trabaja y estudia. Pero, si pertenecen a una familia italiana, sabrán bien que los padres dan órdenes hasta desde el más allá. Y más te vale que hagas caso ¿o vos querés que se muera de un disgusto aún con la contra de ya estar difunto?

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El 42 es considerado un número mágico por los programadores. Bueno, me lo contó un programador. Puede que me haya boludeado, pero como no tengo ganas de chequear –ni que fuera periodista– le creeré. Adams dijo que tiró el número 42 en su libro porque le pintó. Los números comenzaron a aparecer por todos lados, muchas veces como coincidencias, otras por resultados matemáticos, y muchas por homenaje.

42 es el número de departamento en el que vive Fox Mulder y también es la puerta que conduce al más allá en Supernatural. También es el nombre de la nave de Buzz Lightyear, el último número de la secuencia que debe escribir Desmond en Lost, la cifra de la suerte del ateo Dr. House y el número de la oficina del director ejecutivo de Google. Es más, si le piden al buscador de Google “the answer to the ultimate question of life, the universe, and everything” –así, en minúsculas– se divertirán con el resultado. Bueno, si se divierten barato, claro.

Pero también es la velocidad –en kilómetros por hora– a la que viajaba el Titanic cuando se la dio contra el iceberg. 42 son los dibujos que John Tenniel realizó para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll y, cuando los conté, me di cuenta que llevo tatuada la ilustración 24. En el Spider-Verse abusaron del 42: es la ficha de Miles Morales, el número de araña que lo pica y la dimensión a la que va a parar.

42 son las partes del cuerpo de Osiris repartidas por las tierras de Egipto y 42 son los lugares en los que se detienen los judíos en su Éxodo. También son 42 las líneas por columna de cada pergamino de la Torá y 42 son los renglones de cada columna de La Biblia impresa por Gutenberg. El colectivo 42 cruza la ciudad de Buenos Aires por la mitad de Norte a Sur. Creo.

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Me gusta creer que los mandatos se rompieron solos. Con el tiempo dejé de dedicarme a cualquier cosa que tuviera que ver con el Derecho. Excepto, claro, cada vez que algún tema laboral lo amerita. Y como en la Argentina todos cumplen con las normas, puede decirse que hago lo que yo quiero y no lo que mi padre quería que hiciese. O que hago algo parecido, pero con el oficio que yo quería tener, ese que no me iba a permitir progresar. Prometió y cumplió.

El mandato patrimonial del techo propio ya quedó en el olvido. ¿Casita en la costa? Llegamos tarde. ¿Familia numerosa? Los que podamos mantener. Cero, digamos.

Podría ponerme negativo y escribir algo así como una situación en la que mi versión de 1999 mira a esta de 2024 y le cuestiona la vida. No sé, creo que le volaría la cabeza ver mi discoteca o le gustaría ver que llegué bien. Podría contarle todo lo que pasó en el camino, pero para qué cagarle la sorpresa. Total, está claro que ese pendejo hace lo que se le canta, cuando se le canta y como se le canta. Así le va. Miralo, ahí, tirado con los auriculares y ese cassette gastado de Offspring. ¿Cuánto dura “Americana”? Ja. Sí, 42 minutos.

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Y este 24 de enero también es la primera vez en 25 años que no estoy en Buenos Aires para mi cumpleaños. Y está buenísimo. No fue adrede. Al menos eso pensé hasta que me puse a revisar los números. Quizá mi subconsciente jugó su parte. Pero estoy donde quise estar en 1999, donde siempre quiero estar.

Este texto cumpleañero no tendrá absolutamente nada que ver con lo ocurrido estos días. Todo me chupa soberanamente uno y la mitad del otro. ¿Por qué? No lo sé.

Supongo que la respuesta es 42.

Nicolás Lucca

P.D.: Acabo de sumar las cifras de 24/01/2024 y da lo mismo que si sumo las de 42. Datos al pedo. Salvo que sean timberos, claro.

 

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6 comentarios

  1. ¡Feliz cumpleaños + un día, Nico!

    Amo leer estos textos tuyos (bueno, todos, en realidad), nací 13 días antes que vos y tus reflexiones de aniversario se sienten muy cercanas siempre.

    ¡Abrazo!

    PD: ¿seguís sin haber leído El Imperio de los Tecnoperones?

  2. Elijo este espacio porque Twitterx será más cool pero super amarrete en términos de caracteres. A mí me gusta escribir largo.
    – El día que dejamos de hacernos preguntas, fuimos. Nos interrogamos, luego, existimos.
    – Tiene usted razón con su apreciación musical: los 90 y después el desierto. Por mi parte, como amante de la ópera y el art decó, tengo mi teoría falopa: la capacidad del ser humano de hacer cosas intrínsecamente bellas y perdurables ya se agotó. Ahora vivimos en una época donde se hacen cosas más allá de lo que podemos imaginar, donde todos los días algo nuevo asombra. Ni mejor ni peor. Diferente enfoque.
    – Como usted: de visita a cualquier época y vivir en la época que garantice penicilina y aire acondicionado.
    – El verano que sigue a la graduación de quinto año, fue exasperante. Esa enorme incógnita por delante fue demasiado para este cuerpo latino.
    – Los planteos existenciales que llevan a balances (por lo general en aniversarios de números redondos) son medio pérdida de tiempo pero a la vez como super irresistibles. Por mi parte llego a un cuarto de siglo de vida profesional. Un abrir y cerrar de ojos y a la vez una eternidad. Mi falla en cumplir el mandato de hacer la carrera en tiempo reglamentario, me acompañará forever, por más que le haya encontrado el lado namasté y diga “me recibí cuando estaba preparada para ejercer”. Pero en fin, para algo una paga terapia.
    – Cumplen cuarenta años (40!!!) Los Cazafantasmas, Gremlins, Indiana Jones y los Goonies vienen pisándole los talones con 38. Angustia nao tem fin.
    – Las historias de la Banda del Golden Rocket ensamblada en Tierra del Fuego merecen sus posts aparte. Sus asiduos lectores lo merecemos.
    – Me voló la cabeza lo del número 42. Con el paro, hoy hay quiniela???
    – “Mandatos: Qué hacer con ellos? Un paper revelador.
    – Feliz Cumpleaños! Disfrute de La Feliz. Traiga alfajores.

  3. Feliz Cumpleaños, Nicolás. Yo tengo una historia con Mar del Plata que algún día tendría que contar. La de un verano que me fui por un fin de semana de enero a la costa y terminé volviendo a mi casa recién en septiembre. Quiero creer que volvió la misma persona que se había ido, pero a veces dudo.
    Abrazo, y gracias por escribir.

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