A Ponerle Onda

Pocas elecciones fueron tan aburridas como las de ayer en la Ciudad de Buenos Aires. Más allá de la convocatoria de Filmus a llevar adelante una epopeya electoral, el resultado estaba cantado de antemano. No hubo sobresaltos, las colas de los restaurantes eran más largas que las de los colegios y los padres estaban cansados de arrastrar a los borregos de vacaciones. Si bien el frío tampoco colaboró demasiado para que vayan a votar las personas de mayor edad, el ausentismo no fue superior al esperado. 

Mientras esperábamos que finalice un domingo sin nada que alegrara un poco el letargo de un fin de semana helado y sin alcohol, apareció Filmus, el personaje del que menos podríamos esperar una sorpresa, a no ser que aparezca afeitado y maquillado como Piñón Fijo. Así, sin la sonrisa boba con la que nos atosigó durante semanas, sin hacer montoncito con ambas manos ante cada palabra y con la voz de quien recién se levanta de una mala noche, nos contaba que había perdido y que la Presidente ya había llamado para saludarlo…después de felicitar por teléfono a Macri. 
Mauricio, que se mostró mucho menos exultante que en la primera vuelta, casi le genera un infarto a más de un votante al manifestar que va a dialogar con cada candidato a Presidente para ver quién representa mejor los intereses de la Ciudad de Buenos Aires, incluso con Cristina. Luego llevó tranquilidad a la gente, cuando hizo referencia a la pobreza de gran parte de la población a pesar de una década de crecimiento contínuo, con lo que hizo quedar aún peor a la Presi. 
Sin embargo, es dable reconocer que la actitud de Cristina desconcertó a todos los analistas políticos. Algunos hablan de un cambio de actitud real de la Presi. Otros sostienen que se trata de una estrategia. Por mi parte, creo que podría haberse hecho la boluda -como siempre- pero prefirió mostrar su disfraz de estadista pacifista y respetuosa de la voluntad del pueblo. No creo en ningún gesto dialoguista real, dado que ya tuvo intenciones de quedar como una grosa de la política constructiva: en Julio de 2009, diez días después de que «él» perdiera por poquito, llamó al diálogo con la oposición. Duró menos que adolescente debutando y, después de tenerlos sirviendo café un par de veces, volvió a ningunearlos, sobrarlos y, de vez en cuando, acusarlos de algún ilícito. 
En esta oportunidad, vaya a saber uno cuál fue la motivación, aunque la proximidad de las internas abiertas del 14 de agosto, sumadas a las intenciones de suspenderlas, quizás generen alguna intención de darle a Macri lo que se le cante con tal que no se presente en octubre, lo cual podría hacer si se levantan las primarias. 
A la fecha, el resultado de las próximas elecciones podría llevar a un colapso en la agenda presidencial, la alteración de la salud psiquiátrica de Cristina y, por ende, la de todos nosotros, que tendremos que fumarnos sus delirios místicos y aires mesiánicos fusionados con un poquito de lástima y sobrebia. Esa mezcla en el trato que va de acusarnos de desagradecidos por no apreciar todo lo que hizo por nosotros, al ruego de unidad entre los argentinos que quieren un país mejor y los golpistas de siempre que le ponen palos en la rueda.

El cambio radical en el discurso de la Rosada, duró lo mismo que un salario mínimo en el supermercado. Randazzo, luego de convocar a un trabajo en conjunto entre la Ciudad y la Nación, y de felicitar a los porteños por la fiesta democrática, los trató de idiotas al afirmar que Filmus perdió por culpa de la injerencia de los medios y, puntualmente, de Clarín, que ocultó información e influyó en el resultado electoral. Fiel a su inutilidad y soberbia, el hombre de Rolex y Etiqueta Negra es digno representante de un grupo de divos que supone que, luego de ocho años de vivir en primera fila la fiesta kirchnerista, los porteños pueden modificar su voto en base a lo que diga la tapa de un diario. La culpa no es de ellos, que hicieron mérito a lo largo de todos estos años para que no los quieran ver ni en fotos. La culpa no es de ellos, que en la primera vuelta hablaban de la patria para todos mientras reprimían a docentes. La culpa no es de ellos, que en la segunda vuelta vomitaron su asco y desprecio literal hacia cada ciudadano que viva entre la General Paz, el Río de la Plata y la cloaca a cielo abierto llamada Riachuelo. La culpa es nuestra.

Y es que nosotros siempre somos culpables de todo. Si nos cortan la luz es porque nos compramos un aire acondicionado o una estufita eléctrica. Si el gas calienta menos que un fósforo es porque se nos ocurrió calefaccionarnos en invierno. Si la nafta no alcanza es por nuestro egoísmo de querer circular en automóviles. Si los precios aumentan es porque se nos ocurre gastar la que ganamos y no podemos ahorrar por pérdida de poder adquisitivo. Si pagamos de más es porque no tenemos ganas de tomarnos un avión de Salta o Tierra del Fuego a Ezeiza para comprar en el Mercado Central. Si no disfrutamos de un kilo de milangas a 20 pesos es porque no tenemos paciencia para esperar el camión de Carne Para Todos. ¿Tenés más de treinta y seguís viviendo con tus viejos por no poder alquilar o pagar un crédito aceptable? Jodete por cumplir años. En este círculo virtuoso de la concepción económica oficialista, todo es culpa nuestra dado que nos dejamos lavar el cerebro por un diario, para luego aprovecharnos de las bondades del modelo de redistribución de la riqueza con base en matriz diversificada y no medimos las consecuencias. 
No les creo, pero no por falta de fe, sino por exceso de memoria. Si realmente les importáramos, el ministro de Economía intentaría solucionar, amenguar o, al menos, reconocer la inflación y no, como hizo esta semana, tirarse desde el escenario al público en medio de un acto proselitista, como si de una estrella de rock se tratase. Si estuviéramos en sus listas de prioridades, los programas «Para todos», realmente serían para todos, y las asignaciones universales serían verdaderamente universales.
Si le ponemos onda se van. Si dejamos de mandarnos mails con denuncias ridículas y empezamos a convencer al indeciso desde el amor por el país, y no desde el odio al kirchnerismo, no ganan. Si dejamos de calificar de montoneros a quienes en los ´70 estaban de levante en la facultad, y nos dedicamos a proponer un debate superador, tenemos nuevo gobierno. No hace falta caer en confabulaciones estrafalarias de hechos improbables. Si se robaron hasta las monedas de las máquinas de café, si nos han puteado en treinta idiomas y quince dialectos, si se han financiado con dinero proveniente del narcotráfico, si han negociado hasta con la salud de los argentinos ¿Es necesario intentar convencer a otro con mitos que no pueden corroborarse? ¿O acaso piensan que alguien va cambiar su voto porque le dicen que Cristina tiene un hijo con síndrome de down que oculta? ¿Realmente creen que podrán cambiar un voto si dicen que el marido de Karina Jelinek es hijo no reconocido de Néstor y le dieron un montón de plata para que no hable? Con todo lo que hay para escandalizarse, ponerse a pensar si estas cosas son ciertas o no, es una pérdida de tiempo. 
Todos somos albañiles de un futuro mejor, pero no se construye desde el odio y el rechazo acérrimo, ciego y o
bnubilado, sino desde la esperanza y la convicción de que otro candidato nos puede llevar a un modelo de país que nos siente mejor. No caigamos en la fácil de hacer lo mismo que ellos hacen con nosotros. ¿Ya tenés un candidato a quién votar y querés convencer a otro? Hablale desde tus intenciones, desde la tranquilidad y esperanza que te genera saber que ese hombre o mujer podría gobernar el país. Contale el porqué lo vas a votar. Chamuyátelo desde el corazón. Nadie se gana una mina puteando a otros pretendientes, sino mostrando lo mejor de uno. Ninguna se enamora de un resentido, sino que tienen más chances los que aparentan sentir amor por lo que tienen y pasión por lo que hacen. Si el Estado y la política es una creación del hombre ¿Por qué no van a funcionar con los mismos mecanismos con los que se comportan quienes los crearon?
A ponerle onda. Para odiarnos ya tuvimos muchos períodos sangrientos en nuestra corta historia.
Lunes. Hoy hago dieta. Mañana, vemos. La esperanza de un vientre plano es lo último que se pierde.