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A lo largo de las décadas, nuestros consumos culturales pop pueden variar, pero siempre tendrán un metamensaje escondido. A veces, los autores de los guiones lo hacen a propósito; otras, pasa sin que ellos mismos se den cuenta. Puede ser por clima de época o porque ellos mismos necesitan hacer terapia y aún no se han dado cuenta. Así, detrás de cada película de catástrofe en la que el mundo se va al carajo, existe una historia de familia disfuncional que busca volver a funcionar (2012, El día después de mañana, La guerra de los mundos, The Road, A Quiet Place), héroes rotos que salvan el día y, de paso, a la humanidad (Soy leyenda, Yo, robot, Mad Max, Niños del hombre), y todas apuntan a una supuesta necesidad de que el buen obrar prime sobre la tragedia, aunque a veces no sepamos quién obra bien y quién no.
Aunque parezca que, si raspamos un poquito, siempre terminamos con hijos en conflicto con sus padres, mientras pensamos cómo será una cena navideña en la familia Skywalker, se nos pasa pensar qué es lo que lleva a cada uno de esos héroes a actuar como lo hacen. Muchos, la inmensa mayoría, dirán “instinto de supervivencia”. Meh.
Así como los ejercicios universitarios terminaron en una saga de libros que estudian la filosofía que emana de series como Dr. House, Los Simpsons, Game of Thrones y Futurama, incluso podemos apelar a los lugares más inesperados. La insoportable insistencia de querer conquistar el mundo a pesar de que todos los días sale mal hace de Pinky y Cerebro un dibujo animado que mi generación vive con cariño. Si me fuerzan, podría decir que Cerebro es un optimista que nunca imagina la posibilidad de que algo salga mal; así es que sufre y vuelve a comenzar: como la posibilidad de fallar nunca está en sus planes, siempre debe iniciar un nuevo plan.
Rick and Morty es un ícono de culto del nuevo milenio. Siempre me llevé a las patadas con quienes sostienen que a Rick lo mueve un nihilismo extremo, cuando todos lo vemos seguir adelante en un multiverso en el que lo absurdo llega a extremos inimaginables. Camus puro: abraza lo absurdo para seguir adelante.
En The Walking Dead, mientras vemos cabezas de zombies fileteadas para sobrevivir, nos meten teoría política con la organización de cada comunidad que aparece en la serie. Sin embargo, aunque no notemos ese detalle, podemos coincidir en que, en retrospectiva, fue una serie de lazos entre personas que no son familia. No los mueve el espíritu de supervivencia; se los ve destrozados ante cada pérdida, pero insisten en seguir adelante con la esperanza de algún día alcanzar algo de tranquilidad. Creo que ya hemos hablado sobre la diferencia entre optimismo y esperanza: el primero no concibe otra opción que “todo estará bien”, mientras que la segunda espera que todo salga bien, aunque tiene las defensas altas para que no ocurra y poder avanzar de todos modos.
Traigo todo esto a cuento porque sé que mis textos, cada tanto, pueden resultar pesimistas, pero pocas veces me lo dicen abiertamente. Y como respeto mucho una devolución honesta, me vi obligado a releer y pensar si efectivamente estoy pesimista o desesperanzado. No lo sé, y ése es el ejercicio de estas líneas.
Si asumiera que estoy en una etapa de pesimismo, puedo relajarme en que no soy el único. Atlas Intel es una consultora internacional que embocó el resultado de 2023 cuando nadie se lo imaginaba ni de lejos. Al encarar hoy un relevamiento de perspectivas entre los argentinos, el estudio dice que el 65% considera que nuestra situación económica es mala y el 57% de ingratos cree, además, que el panorama va a empeorar. Esta evidente carencia de optimistas crece aún más cuando se afirma que el 74% no ve con buenos ojos el mercado laboral. Menciono a Atlas porque es la que ganó el bingo de 2023, pero va en línea con los relevamientos de humor social de casi la totalidad de las consultoras.
Ahora, si sumamos a la totalidad, las que tienen ideólogos opuestos manifiestamente y a los que no podrían vivir sin la irritación social, hay algo que está consolidado: ¿Cuál es el principal problema del país? Para el 43,3% es la corrupción. Luego viene el desempleo. Si yo recibí los relevamientos, los recibieron todos. Sólo Clarín lo levantó entre el prime de los medios e Ignacio Girón logró colarlo en el stream de Infobae. ¿El resto? Puro nicho o solo la aprobación del gobierno.
De un modo extrañamente optimista, el gobierno eligió pisar el acelerador, apapuchar al jefe de gabinete que no pudo escaparse unos días por Semana Santa. Existe una postura sobre este accionar que se explica en “no ceder ante la oposición”. Y acá no se debate la ley bases, ni la reforma laboral, ni siquiera está en cuestión la filosofía detrás de las desregulaciones o la flotación entre bandas de la ideología liberal entre el respeto irrestricto del proyecto de vida ajeno de un lado y no permitir que perviertan a los hijos que no tienen. No es lo mismo ponerse firme en una cuestión ideológica que cuando se encuentra a alguien con las manos en la masa. No se discute a Hayek, Mises y Rothbard, sino la aplicación de la legislación penal y las normas complementarias.
La postura optimista está en la previsión de que todo estará bien, de que la Argentina será próspera, de las profecías que intentan adaptar el destino manifiesto norteamericano a un entorno vernáculo. Es curioso cómo las teorías se contradicen al querer convertirlas en narrativas. A nadie, a esta altura, debería sorprender que el concepto de liberalismo argentino sea un conservadurismo que no quiere pagar impuestos, pero hay aún más contradicciones fuera de estos conceptos que podrían poner a dormir a cualquiera, así que espero que usted no esté en el desayuno mientras lee estas líneas.
La posibilidad de conocer el futuro, si hipotéticamente pudiera hacerse, no es algo deseable “ni para la vida del individuo ni para la vida de la humanidad”. ¿Quién dijo esto? Un señor llamado Jacob Burckhardt, a quien se le imputa ser un pesimista, además de haber tenido entre sus alumnos nada más ni nada menos que a Nietzsche, lo cual podría explicar muchas cosas. Más allá de su postura sobre el devenir de la historia, en la que todo tiende a empeorar, él no tiene la culpa de que las cosas así ocurriesen. Pobre hombre que le tocó vivir el siglo XIX entero y en Europa, como para que tenga esperanzas en la humanidad. Y, sin embargo, si se leen sus postulados desde este siglo, no se puede más que tener esperanzas. Básicamente porque estamos acá, todavía, y aún mucho mejor que en aquellos tiempos.
Pero Burckhardt encarna otra contradicción para el mundo de las ideas. No solo descree de los pueblos que dicen conocer su destino ni de los hombres que así lo aseguran, sino que sostiene que el Estado es la culminación de la violencia coercitiva y que todo lo que haga por fuera de sus funciones mínimas no puede más que hacerse mediante la violencia y para sostener al mismo Estado. Un poco que nos suena de algún lado, pero decirlo en el siglo XIX era todo un desaire a los ilustrados.
El optimismo está sobrevalorado. De entrada, se planta como antónimo del pesimismo, pero los dos padecen del mismo vicio: no creen en otro fin que el que añoran; o todo saldrá bien, o todo fallará indefectiblemente. Por eso es que la esperanza es superior, y no quiero sonar a religioso, mucho menos en Sábado de Gloria. Es una cuestión de significado, de esperar con todo lo que conlleva el acto: cualquier cosa puede pasar y por eso se intenta que todo salga lo mejor posible. Para eso no queda otra que la acción planificada. El optimista se puede quedar tieso o actuar imprudentemente porque todo saldrá bien, porque permite prever que algo puede salir mal y de esa forma tratamos de que salga bien. El optimista se la da en la pera porque no concibe la idea del fallo.
Es obvio que el pesimismo me sirve para reírme, para sonar superado cuando quiero cortarme las venas con una lata oxidada para que el tétanos me dé una doble chance. Si quisiera comportarme de forma optimista, ese mentado positivismo ciego se me va a la mierda cuando veo las cosas que aún nos parecen simpáticas como sociedad.
Solo por poner un ejemplo: cambian la forma de medir los ingresos de las familias, no se actualizan los consumos de esa misma familia, y la encuesta permanente de hogares te dice que salieron de la pobreza quinientos millones de personas. No hace falta saber que cambiaron la forma de captar los ingresos ni que hace rato que no se moderniza el índice de precios al consumidor para sentir que económicamente no estamos para tirar manteca al techo.
Ahí va un former diputado que pasó del macrismo a ser un libertadavancista de paladar violeta a boludear en las redes sociales porque no le gustó la terminología “según el Indec”, cuando es un dato esencial de la información: no lo dijo una encuestadora, lo dijo un organismo oficial y entonces es una información oficial. De pronto, todos los que nos hacíamos los boludos con la información de que no sentimos una mejora económica que, en los datos, es oficial, pasamos a prestar atención porque el former diputado sintió abstinencia de una polémica y la encontró en un formalismo del manual de estilo de una redacción.
El horno no está para bollos y a un funcionario que le gusta más ser tuitero que funcionario le parece una buena idea ir a una conferencia de prensa a boludear a los periodistas en vez de dar explicaciones. El que no lee noticias lo pasa por alto, pero en algún momento, la abstinencia de bardo le hace creer que es un gran tuit joder con que es el flamante reemplazo de él mismo. Todos los que están en las redes no pueden hacer otra cosa que verlo.
¿A quién en su sano juicio le puede gustar la polémica? Odio discutir. Odio ver lo que pasa cuando se discute y no se debate. Y mucho más odio la canchereada desde el poder. No estamos en igualdad de condiciones, y ya no lo digo por la desproporción del poder, sino por la figura del cargo. Un funcionario, sea un concejal, un gobernador, un diputado provincial, un senador nacional, un ministro, el jefe de gabinete o el ordenanza que les sirve el café, no está en igualdad de condiciones para reírse del ciudadano ajeno a la función pública. Más que nada porque es un servidor de esa cosa pública, un funcionario que cumple una función y que puede hacerla muy bien o decir que se reunió con la embajadora de Checoslovaquia, pero que nunca debe forrear a nadie ni directamente ni con la fórmula clásica del sujeto tácito para poder decir “no te acomodes las medias que es foto carné”.
Naturalmente, sonaré pesimista al relatar estas cosas. Digo que, si me van a cagar, espero que lo haga un maestro de la manipulación, un psicópata con un nivel de inteligencia superior y no alguien tan boludo. Ahora que saltó una investigación que denuncia que colegas esmerilaron al gobierno por dinero ruso, no puedo más que ver las cosas con esperanza. Si a tiranos invasores como la autocracia que dirige rusia se le puede sacar guita por cosas que los demás publican gratis, es que no todo está perdido y los hijos de puta son bastante idiotas. Luego entro en cortocircuito cuando leo que el presidente dice que hay que cortar a cero todo tipo de pauta. Puedo ponerme en recién llegado y llenarme de preguntas. ¿No era que ya estaba en cero? ¿No era que la pauta de YPF, Banco Nación y Aerolíneas no cuenta?
O puedo hacer como los medios más leídos que ponen como nota, y sin disimulo, que “YPF estabiliza sus precios”. Todos nos hacíamos los otarios, incluso los que tienen auto y sienten que el fallo de Estados Unidos salió en contra y hay que pagarlo en el surtidor. Si hubieran buscado la noticia, la tenían servida en bandeja con el aumento de costos de la cámara del transporte, que saltó un 10% en parte debido al 25% de incremento del combustible en un solo mes. ¿Cómo es que aumentó un 25% en un mes y luego YPF estabilizará en torno al 19%? ¿Van a retrotraer precios? ¿Cuánto se va a los precios de lo que se mueve en transporte automotor, que sería, básicamente, cualquier cosa que se pueda comprar?
Puedo ponerme arisco y hacerme esas preguntas o puedo suponer que la petropauta no alcanza para pagar las llamadas telefónicas para preguntar qué onda. Básicamente es lo que hacemos casi todos. Pasan los tuits de los funcionarios barderos y al lado está el de mi tía Giuseppina con un video que debe tener unos quince años, pero que necesita mandar a ver si le llegan otros veinte dólares de Elon, que le alcanzan para 14 litros de nafta súper en Buenos Aires o casi 20 litros en Paraguay, que se nutre del petróleo que le vendemos nosotros.
Se me hace imposible sentirme bien ante la presencia de personas que creen que es un comportamiento válido que el que tiene poder puede hacer lo que quiere cuando no debería ser así; solo nos acostumbramos. ¿Dónde están los indignados de la corrupción? ¿Hay grados? ¿Cuál es el piso para enojarnos? ¿En qué instancia judicial podemos putear? Los que putean a Rosatti porque su hijo será juez de tribunal oral, ¿registran que el pliego es enviado por un presidente que derogó un decreto para poder nombrar a su hermana como Secretaria General de la Nación? ¿Cómo es que la corrupción es una preocupación tan alta y, a la vez, tiene un impacto tan bajo en los lugares donde nos movemos? ¿Todas las encuestas, las que dieron bien y las que le pifiaron siempre, están equivocadas o solo interesa el asunto cuando nos toca el bolsillo? Habría que ponernos de acuerdo, porque hay bolsillos que nunca se enterarán y otros que tienen más agujeros que el sistema de transparencia.
Y así prefiero la esperanza. Si me centro en la información que me enchufan, solo veo qué hay detrás porque así estamos seteados. Por eso me da entre vergüenza y bronca cuando veo entrevistas tan arregladas que podrían poner un holograma o un maniquí, cuando veo editoriales que hablan tanto de lo que ya pasó que no terminan en el History Channel porque están ocupados con los aliens. Puede que sea mi personalidad o el efecto de la venlafaxina, pero soy una persona esperanzada en que las cosas pueden salir bien a pesar de todo, porque todavía tengo un país que está lejos de los grandes quilombos eternos del mundo, porque todavía vivo en un país al que le quedan algunos contrapesos, porque todavía vivo en un país en el que el poder es tan relativo como el clima, porque todavía vivo en un país que adopta un sistema de gobierno republicano de acceso democrático, aunque la mayoría de las veces ni tengamos en cuenta ninguna de las dos cosas.
Prefiero pensar que puede salir todo mal y que, de pronto, nos toca una buena mano y al final salvamos la ropa o, quien te dice, nos va súper bien, nadamos en riqueza y, a la vez, nadie siente que lo boludean desde arriba. Porque se puede tener las dos cosas a la vez, porque se puede tener una economía sana y un funcionariado consciente del lugar que ocupa. Ya sé de dónde venimos, no necesito que me lo recuerden porque tengo muy claro dónde estaba, del mismo modo que tengo presente dónde estaban los que hoy predican superioridad moral. Sé lo que no quiero tener de vuelta y es por eso que me siento esperanzado, porque sé que somos muchos los que sabemos de dónde venimos.
Les tiré el nombre de Burckhardt y viene bien para redondear. Su visión sarcástica de la historia estaba marcada por una prédica de colocar las cosas en el contexto en que ocurrieron y por eso su pesimismo cae en el mismo saco de su realidad marcada por un mundo de mierda en el que él se mataba de risa frente a la corriente idealista.
Hoy, al poner las cosas en contexto, ese idealismo en el que surgían constituciones soñadas para países bañados en sangre permitió naciones prósperas que atrajeron pueblos de todos los rincones, modelos para ambicionar parecerse, tipos que venían de cagarse a tiros y, de pronto, levantaban la mano para decir que sí a un manual para construir un país que nunca llegaron a ver. Con la sangre que tenían encima, dudo mucho que lo hayan hecho por optimistas lobotomizados. Si ellos, con lo que vivieron, con lo que hicieron y padecieron, vieron un rumbo, ¿qué me puede generar un sentimiento contrario mientras escribo libremente, gozo de buena salud a la edad en la que mis antepasados la quedaban y el mayor peligro que me preocupa es tener que sumar otro laburo para pagar el alquiler o que no cierre la declaración jurada de los funcionarios?
Esto último puede sonar naíf, y todo lo anterior puede sonar pesimista. Pero una gran porción de la esperanza es ocupada por el inconformismo. Si no viera algún destello, ¿para qué escribir, para qué leer, para qué hacer, si todo será al pedo?
Cierta vez, mi antigua analista notó que me gustan las temáticas apocalípticas y preguntó por qué creía que así era. “Porque siempre terminan bien”, le respondí. Su cara se encontraba en un punto impreciso entre el desconcierto y la internación en un monovalente, así que agregué que “casi siempre gana el bueno y, si no, alguien cuenta la historia”. Esa fue mi argumentación para explicar que “el apocalipsis no fue exitoso”. No es más mi analista, pero no viene al caso. Creo.
P.D.: Sí, metí a Pinky y Cerebro junto a Camus en un mismo texto. Quiéranme así que no tengo muchos amigos.
P.D.II: Gracias por darme sus opiniones. Si no fuera por eso, esta semana no tenía idea de qué rumbo tomar ni me habría dado cuenta de que no estoy tan mal.
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3 respuestas
Buena tarde «gloriosa».
Dos (2) incógnitas.
Una: ¿en cuànto tiempo escribió este Relato?
Dos: ¿cuantás veces lo releyó y corrigió, reelaboró?
.-
Quien diria que arrancar otra guerra en el Golfo para defender los intereses de israhell iba a traer consecuencias para el resto del mundo? Seguramente se van a hacer cargo de la cagada, no?
excelente nota gracias, saludos