Inicio » Relato del presente » Un montón de basura
Esta semana se vivió un acto administrativo, simbólico y rutinario como si se tratara de un momento crucial para la historia del país. Y es que, para nosotros, las leyes son sugerencias, lo que convierte cualquier normalidad en algo extraordinario. El Jefe de Gabinete, un funcionario especialmente creado por la Constitución Nacional, concurrió a dar su informe al Congreso. Por mandato constitucional, debe hacerlo todos los meses, alternando un mes en el Senado y otro en la Cámara de Diputados. El actual funcionario ocupa su cargo desde noviembre, pero no son tantos los faltazos. Diciembre, enero y febrero no cuentan porque son meses sin actividad ordinaria en el Congreso. Marzo fue el mes pasado, por lo que podría decirse que Adorni está en orden con lo administrativo.
Pero entre las anomalías, a lo que no estábamos acostumbrados es al operativo de concurso de talentos montado, en el que había cánticos cronometrados y con el fervor de la felicitación de un colado en casamiento ajeno. No es que no existieran en otras épocas. Una inauguración de sesiones de Cristina Kirchner podía confundirse con el recibimiento a un club previo a disputar una final. Podríamos discutir la copia del formato de lo que tanto nos molestaba, pero es imposible correrse de lo forzado del asunto, de gente que se nota tan estirada como si los hubieran llevado a un acto militante por primera vez en sus vidas. Tanta condescendencia, tanto fervor hacia el líder y tan cronometrado hacen dudar de si no se trata de esos videos pedorros que hacen con inteligencia artificial en los que todos se mueven al unísono e instantáneamente.
Ni que hablar del palco de los hermanos Macana, con un presidente que no fue a ser defendido por su jefe de Gabinete, sino a bancarlo a él, a su hermana –que no se privó de su cartel de aplausos en medio de la pelea contra las Fuerzas del Cielo– y a putearse con los troskos.
Hay algo que excede cualquier comprensión y que ayuda a entender por qué el aguante a Adorni: en la lógica del antiestado, de la antiburocracia, de la lucha contra las regulaciones, Adorni actuó bien. No hay un acto de corrupción en la evasión impositiva, algo que el doctor José Luis Espert calificó como un “derecho humano”.
Por lo leído en voz alta por el Jefe de Gabinete, uno puede intuir que no leyó el artículo de la Constitución Nacional que le da un reglamento con puntos a prueba de confusiones. La realidad dicta que en los casi treinta y un años que lleva vigente la Jefatura de Gabinete, tuvimos veintidós funcionarios en el cargo. En este tiempo, se deberían haber efectuado unas 275 visitas. No pasó, y esta semana fue el informe número 145. Con solo decir que los Jefes de Gabinete que más cumplieron con el mandato constitucional fueron Jorge Capitanich y Marcos Peña, creo que el dato cierra del todo. Eso, sin embargo, no implica que a Adorni se le deba agradecer por concurrir al recinto: es su función. Se supone que son distintos.
Más tarde, el Presidente salió del Congreso rumbo a otros lugares y, en el camino, le gritó “chorros” a unos periodistas que le preguntaron si quedó satisfecho con las explicaciones de Adorni. Fue una variante para no repetir el saludo de su ingreso, cuando le preguntaron si Adorni era corrupto y les dijo “corruptos son ustedes”.
Cualquiera que me lea desde hace, no sé, un par de semanas ya sabe mi opinión respecto de la prensa en general y de algunos periodistas en particular. En numerosas ocasiones terminé como puchingball de colegas por llevarles la contra. Hasta me comí una catarata de puteadas por ser un boludo solitario que no salió, precisamente, en defensa de Majul cuando Alfredo Casero dio su puñetazo al escritorio, sino todo lo contrario. Acá, detrás de estas letras, tienen a una persona profundamente acomplejada que duda hasta de si existe realmente y que le escapa a todo quilombo porque no le gusta discutir. Quizá por eso es que firmé una solicitada para llamar la atención por los abusos policiales en medio de la cuarentena. Refugiado en una larga lista de firmas pensé que pasaría desapercibido. No había tenido en cuenta el orden alfabético que hizo que mi apellido quedara pegado al de Lanata.
En medio de la cuarentena también tuve una serie de textos que casi siempre comenzaban con un disclaimer: “Esto es redactado por una persona que cobra su sueldo del uno al diez y tiene permiso para salir a trabajar todos los días”. No soy idiota y no lo hacía para bajarme el precio, sino para boludear al ecosistema que demoró un año en hablar de las escuelas cerradas o del destrozo a las economías de quienes no pueden hacer homeworking. Como dije, no me gusta discutir, así que me dieron el gusto de no pagarme del uno al diez en uno de los kioscos y me dieron un bolazo en el ocote.
Cito estos casos porque remontarnos a los años del kirchnerismo es hablar de cosas que ningún joven de veinte años recuerda. Yo, que cursé mi adolescencia en la segunda mitad de los años noventa y que odio los análisis contrafácticos, hace varias décadas que tengo algunas cosas muy claras respecto de la prensa y su relación con el Poder: si a Tato lo hubieran censurado en 2010, al cantito de la jueza Barubudubudía iba la mitad de los que fueron en 1992; si hubiera sido en 2018, iba la otra mitad, y si hubiera sido hoy, no va nadie mientras todos le dicen “jodete”. Incluso me es más ameno plantear esta teoría contrafáctica para que no duela tanto imaginarnos qué habría pasado si Cabezas hubiera sido asesinado en 2015 o en 2025.
Precisamente por eso es que odio este momento, porque detesto las defensas corporativas de gente que, si puede, te pisa la cabeza hasta por las dudas, sin importarle tus motivaciones ni cuántas bocas dependen de tu libertad de expresión.
El tema es que el Presidente ahora intenta moderar su agresión verbal contra los periodistas al decir que las basuras despreciables son el 95%. Supongo que el 5% restante se reparte entre los que tiene de funcionarios y los distintos conductores de los prime times. El asunto es que acá me es imposible no hacerme cargo de ese 95% porque el Presidente, con quien he cruzado algunas palabras cuando compartíamos pasillos de canales y algún que otro cumpleaños de gente que hoy no se puede nombrar, me tiene bloqueado en sus redes sociales sin que yo, nunca, jamás en la vida, haya mencionado su nombre. Preferiría pensar que habito la nebulosa de la intrascendencia absoluta y total, pero entonces no habría hecho algo tan infantil. O por ahí considera que me dedico al macramé y no le gusta. Si no son esas opciones, supongo que integro ese 95% que considera despreciable, basura, acaparador de odio o el insulto infantiloide que se le ocurra en el momento.
Al ver el delirio de mensajes que vuelan por las redes sociales que habito cada vez menos, no sé si vale la pena recordar que los periodistas que cualquiera puede conocer por nombre, apellido y asociarlos con un rostro son una cantidad ínfima en un universo inmenso. Ni siquiera da la proporción para decir que son la parte visible de un iceberg.
Detrás de las cámaras hay técnicos rodeados de sujetos que, cada tanto, se tienen que mirar en el espejo para recordar que son humanos: los productores y asistentes de piso. Personas que viven entre gritos, que al menos una vez por hora se preguntan quién los mandó a dedicarse a eso y que tienen que recordarle al conductor todos los chivos por los que no se verán afectados sus magros ingresos.
Para que una radio pueda tener al aire un noticiero a las seis de la mañana, hay productores que comenzaron el día tres horas después de la medianoche. Cuando me cruzo con uno no sé si saludarlo, darle mis condolencias o ir a jugar algún número a la quiniela, por lo imposible de la situación de encontrarlos en la calle en horarios humanos.
Cada nota de redacción que sale sin firma es redactada por algún pasante o un redactor junior. No quieren saber cuánto cobra un redactor junior, pero está mejor posicionado que el pasante, que no lo hace gratis: paga para trabajar. Y todo lo digo sin tener en cuenta las crisis recurrentes que puede atravesar cualquier medio que no sea uno de los dos grandes, momentos en los que llegan los sueldos en cuotas o postergados.
Cualquiera podrá decir “y bueno, nadie los obliga” y estará en lo cierto si no fuera por un motor del que nos cagamos de risa nosotros mismos para no sobredimensionar ni romantizar elecciones humanas: la vocación. Cualquiera de esos jóvenes y adultos es capaz de trabajar en cualquier lado porque lleva años en el fino arte de la supervivencia, a todo lo que a otras personas les cuesta un infarto por agotamiento físico y mental. Muchos tienen sus ideologías y sus favoritismos políticos; otros no tienen ni la más puta idea de cómo se llama el ministro de Defensa, pero yo vi con mis propios ojos que el que destapó los departamentos de Zaffaroni fue un votante convencidísimo de Cristina. Al momento de hacer su trabajo, hizo lo que creyó correcto.
¿Hay sospechas de patrimonios injustificables? Sí, claro, pero en la mayoría de los casos lo injustificable puede ser algo como pagarse un taxi. Que, en medio de un revoleo de causas judiciales irresueltas en un país en el que todos los juicios por corrupción fueron empujados por el periodismo, sea un presidente el que les grite chorros a los periodistas, es un poco mucho, ¿no? Sobre todo cuando veo el video de dónde ocurrió: en la jaulita, ese recinto de dos por dos metros limitado por una soga en la que tienen que quedarse quietos todo el tiempo que dure lo que pasa puertas adentro del Congreso, ese lugar que en teoría representa a todos los ciudadanos argentinos. Incluso a los periodistas.
Para cuando el Jefe de Gabinete terminó de probar eso de trabajar de Jefe de Gabinete, el Presidente ya estaba en otro evento donde dedicó unos cinco minutos de su exposición a fajar a la “basura despreciable” conformada por el 95% de los periodistas. No por los medios en los que trabajan, no por las órdenes de sus superiores, a los periodistas a secas. El evento era en el Congreso Económico Argentino en la Exposición de Economía, Finanzas e Inversiones. Cada uno habla como quiere, eso es lo bueno de la libertad de expresión y, si el Presidente quiere hablarle a economistas e inversores sobre los forros que no calificamos para un crédito, está en su derecho. ¿No? Esta etapa que va del brote a la cita de teóricos se justifica en sí misma y el propio presidente lo ha dejado en claro –o, al menos, eso intentó– al explicar el Principio de No Agresión, una teoría de Murray Rothbard que no considera que la calumnia califique para una protección legal. En el mundo, el debate pasa por si la difamación debe seguir en el sistema penal (como ocurre en la inmensa mayoría) o pasar al fuero civil, como en el pequeño grupo que integra la Argentina. Nadie dice que no se puede judicializar.
Agradezco que el Presidente haya recurrido a la definición de destrucción creativa para explicar lo que, según él, ocurre en la Argentina que no despega. Quizá tenga razón, quizá no se trate de que la competencia de los importados contra los impuestos argentinos sigue fuera del plano de igualdad o que los sueldos son un chiste que no causa gracia aunque él salga perdiendo por no aumentarse el sueldo con todos los gastos pagos por el Estado. El asunto es que el concepto de destrucción creativa llegó a las manos de casi todos los que no lo conocíamos gracias al trabajo de Acemoglu y Robinson, quienes escribieron un libro ultra popular llamado Por qué fracasan los países. Calculo que el Presidente recuerda bien el texto y replica lo que le conviene. Porque, casualmente, la tesis central del libro es que no importan las condiciones climáticas, la ubicación geográfica, las bondades de la naturaleza, los ancestros demográficos ni las religiones: los países que prosperan sostenidamente a lo largo del tiempo son los que tienen instituciones fuertes.
En el libro abundan de a paladas los ejemplos de la necesidad de tener independencia de poderes, transparencia institucional, rendimiento de cuentas, acceso a la información gubernamental y una prensa libre de presiones. Puedo citar ejemplos claros a los que se hace referencia en el libro, como lo es la progresión constante del Reino Unido desde la sanción de una ley que a nosotros podría resultarnos libertina, sancionada en 1688. Ahí están, con el amarillismo en su prime desde el inicio de los tiempos, pero con un país en el que, si sos funcionario, no podés acomodarte la bragueta en público sin que te escrachen en todas las tapas. Del otro lado, solo muestran tiranías o gobiernos que terminan por fallar o por recurrir a un abuso de la fuerza.
Incluso existen papers académicos que estudian principios ultra liberales, como uno titulado “Hipótesis de Friedman-Hayek en la prensa”, donde se analizan distintas variables para llegar a la conclusión de que un ecosistema de comunicación libre es una condición preexistente para lograr una democracia sana y una ciudadanía informada (como si hiciera falta explicarlo), pero va más allá al comparar los índices de libertad civil de la Freedom House y el de libertad económica de la Heritage Foundation. Sorpresa: los países con mayor libertad económica son los que tienen una prensa totalmente suelta, con todos los pros y contras que puede haber al respecto.
Algo de esto se podría haber colado en la exposición del Presidente en el Congreso Económico, sobre todo cuando apuntó sus cañones hacia el concepto de que las economías que prosperan son las que tienen sus bases en la defensa irrestricta de la vida, la libertad y la propiedad privada.
Esta semana de hiperactividad oral del Presidente lo tuvo como orador en distintos lugares y, si bien pareció repetirse, en realidad es como si nos hubiera entregado una exposición seriada, en partes que se complementan entre sí y que tienen, más allá de la fijación contra el 95% de la prensa, un hilo conductor en las variables que deben darse para que un país prospere. Sus autores de cabecera se colaron en distintos pasajes, donde pudimos hallar a todos los nombrados y aún más, en un claro posicionamiento de ideales. El tema es que, como todo lo que ocurre en esta era, la extrapolación total de conceptos pensados para un país en un determinado contexto político y social puede llevar a un choque de identidad. En tiempos en los que toda una generación puede llegar a creer que un liberal hecho y derecho es un conservador que no quiere pagar impuestos, hay que aprovechar estas exposiciones para rescatar a los autores que las inspiraron. Y así, aunque el Presidente venga de un maratónico mes de abril entre Donald Trump, Santiago Abascal y Viktor Orbán, se nos puede aparecer el mismísimo Friedrich August von Hayek, autor de Camino de Servidumbre y pilar de la escuela austríaca, con su prefacio a la reedición de 1956, donde algo le habrá pasado como para que sintiera esa necesidad tan imperiosa de remarcar lo siguiente:
«El conservadurismo, por más que sea un elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; en sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder, a menudo se asemeja más al socialismo que al verdadero liberalismo; y, con sus propensiones tradicionalistas, anti-intelectualistas y con frecuencia místicas, jamás puede conseguir —si se exceptúan breves periodos de decepción— despertar el interés de los jóvenes y de todos cuantos piensan que, para que este mundo se convierta en un lugar mejor, son deseables algunos cambios. Un movimiento conservador se ve obligado, por su propia naturaleza, a defender los privilegios constituidos y a presionar sobre el poder del gobierno para la protección de tales privilegios. La esencia de la postura liberal, en cambio, consiste en el rechazo de todo privilegio, si el privilegio se entiende en su propio y original significado, es decir, como concesión y protección por parte del Estado de derechos no accesibles a todos en los mismos términos.»
En fin. Todo un texto, demasiadas palabras en un fin de semana otoñal para cerrar en algo sencillo: que lluevan dólares, que vuele la cosecha récord, que caiga la inflación y que se dispare el consumo. ¿El resto? Si se cumple una parte de eso, en la Argentina nunca importó el resto.
P.D.: Ni quieran saber lo solos que estamos los que no nos refugiamos bajo el calorcito de algún poder de turno.
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