Disfrutala

Disfrutala - Foto de Albert Camus leyendo el diario

Me senté en mi cafetería preferida para leer con un cuaderno y una lapicera al lado. No se trata de mi tienda favorita por tener un café de sabor especial ni por contar con una decoración capaz de provocar convulsiones. A esta altura del partido, mi favoritismo pasa por cosas tan sencillas como que los mozos me conozcan por mi nombre y sepan qué servirme antes de saludarme. Y porque me dejan chupar energía durante horas a cambio de un café.

Llevaba menos de dos letras recorridas por mis ojos cuando, de la mesa de al lado, y sin siquiera tocar el timbre, interrumpieron mi conversación con las páginas con un “más caro que en París”. Di por sentado que se refería al café, así que solo me limité a mirar a mi vecino, sonreír y decir un profundo y complejo “sí, supongo que sí”. Me di cuenta de mi craso error mientras decía “supongo”: dejé la puerta abierta.

“En serio, es más caro, y allá no te lo dan hirviendo y quemado”, sostuvo, palabras más, palabras menos, mi autopercibido interlocutor. Obviamente le dije que le creo, más que nada porque no conozco París y porque es un comentario que he escuchado decenas de veces. Decenas de miles. Y a mí ese tipo de comparaciones me generan una sensación extraña, difícil de explicar. Un coso, básicamente. Ese coso es como una suerte de envidia por saber que el otro estuvo en París y yo no, pero no tanta envidia porque debe sentirse un poco atribulado para tirar esa bronca. Y como el hombre aparentó tener ganas de hablar y yo no tenía ganas de estudiar, una cosa llevó a la otra y, no entiendo en qué momento pasó, terminamos por compartir mesa y conversar sobre cosas que yo, por cuestiones de edad, ni recordaba. Así, mientras degustábamos un par más de jarritos de esos que son más caros que en París, surgieron anécdotas de lo que mi fugaz gran amigo Dani calificó como “frivolidad de la época” y que, ya en soledad, fui a devorar en hemerotecas virtuales.

Corría el 21 de julio de 1989 cuando la selección nacional de fútbol jugó un partido en el estadio de Vélez con una incorporación un tanto exótica. El entonces campeón del mundo salió a la cancha con Nery Pumpido en el arco; José Basualdo, José Luis Brown, Néstor Fabbri, Julio Olarticoechea; el Checho Batista, Ricardo Giusti, El Diego; Claudio Paul y Carlos Alfaro. ¿La novedad? La número cinco y la cinta de capitán las portaba el flamante presidente de la Nación, Carlos Menem.

El 30 de agosto de ese mismo año, Carlos Menem se puso la camiseta de la selección nacional de básquet y jugó en el Luna Park. El país era un quilombo, era el año de la primera hiperinflación y todavía faltaba otra tanda de ruptura económica. Pensaba en esto como un concepto de frivolidad y desconexión con la realidad, pero como tenía siete años en 1989, fui a chequear lo que recordaba de forma traslúcida. Y resultó que esos partidos fueron encuentros benéficos para recaudar dinero para los más necesitados de aquel año catastrófico.

Pensaba en estas cosas porque está de moda decir que los mandatarios son también seres humanos y, como tales, tienen derecho a divertirse, como si alguien estuviera en contra de lo que no se entera: yo puedo sentarme a jugar hasta las cinco de la matina y no contarlo. Si lo muestro públicamente y, al llegar tarde al laburo, pateo la pelota a otro lado, me quedo sin defensa.

Menem, con el peso de su personalidad y en eventos solidarios, fue tratado de frívolo. Con solo mirar las tapas de las revistas de los siguientes diez años, no creo que le haya importado demasiado.

Pero el mundo gira y lo cotidiano pasa en tal cantidad que uno no termina de minimizar una noticia que se nos caen cinco más encima. No he charlado con colegas estas semanas, pero estoy seguro que todos hicimos las mismas consultas y todos recibimos las mismas respuestas ante la salida de Marco Lavagna del Indec: cansancio, ciclo cumplido, presiones. Sí, ocurrió esta semana. Más tarde aparece el Jefe de Gabinete en la Peluquería de Don Majul donde el anfitrión le dice que “dicen” los industriales que la apertura de importaciones elimina puestos de trabajo. Ante tamaño rumor, el Jefe de Gabinete responde con una pregunta: si un jean sale cien dólares y lo puedo traer de afuera por veinticinco, decime qué puesto de trabajo se pierde. Hubo un minuto de silencio posterior que no fue ningún homenaje. Menos mal que alguien tomó cartas en el asunto y creó una cuenta para desmentir las operaciones de prensa.

Mientras, el ministro de Economía afirma que nunca compró ropa en la Argentina porque es un robo, algo que cualquiera puede saber con solo chusmear un poco cómo son las cosas afuera. Detrás de esta afirmación, el ministro se comió una ola de indignación de gente con micrófono que también compra la ropa afuera si es que tienen que comprar, que para todo lo demás existe el canje.

Por fuera de todo esto, mientras me ponía al día con un amigo, éste me pregunta por qué Lavagna Jr. se habrá ido, por qué Caputo dijo lo que dijo, cómo es que a Adorni le pareció una buena idea hacer esa extraña cuenta al aire o cómo es que al Presidente le pintó subir a cantar en un teatro marplatense en plena temporada. Y yo, que no tocaba una noticia desde el brindis de fin de año, no tuve mejor idea que contestarle lo mismo que pienso de casi todo: no queda otra que abrazar lo absurdo.

Abrazar lo absurdo es un concepto elaborado y desarrollado por Albert Camus para resumir que no hay que buscarle una explicación a la vida porque casi nada tiene sentido. Y si nada tiene sentido, mejor abrazar ese absurdo y seguir.

Puede que me haya quedado sin ganas de hablar, puede que mi cabeza haya ingresado a una zona que todavía no logro comprender, pero bastante tengo con otras cosas como para intentar comprender qué es lo que motiva a otro para realizar una acción y esto no quiere decir que uno se haya hartado. ¿Nunca les pasó preguntarse con qué necesidad una persona se corrompe aún después de haber asegurado su economía al extremo de que, probablemente, sus choznos sean la próxima generación familiar que deba buscar trabajo?

Puedo hacer mil preguntas sobre situaciones absurdas, como intentar comprender por qué hay gente entrañable que se aliena para defender una idea que no es suya, o el accionar de un ejecutivo que se convierte en un cavernícola al ingresar a la cancha, o la fascinación moralista que tiene el ser humano promedio al opinar desde la experiencia que no tiene sobre las cosas que hacen personas que no conoce. Todo, absolutamente todo, es un absurdo. Hay varias explicaciones psicológicas, antropológicas y sociológicas para cada conducta de cada persona que vemos, es cierto. Pero preguntarse por qué ocurrió cada hecho que lo llevó a, en este presente, actuar como actúa, requiere que analicemos la psicología de las personas que influyeron, y así la bola se hace interminable. Mejor cortar por lo sano y asumir que todo, absolutamente todo, es absurdo.

No hay respuesta lógica para que, ante el mismo mundo e idénticas situaciones, la mitad sienta que vive una época soñada y la otra mitad navegue entre el pavor y la depresión. ¿Nos vamos a poner a analizar la psicología de 8 mil millones de seres humanos que no conocemos? Cualquier intento por comprender por qué el mundo funciona como funciona nos llevará a confirmar que nunca debimos tener fe en la humanidad. Basta ver lo que es capaz de hacer una persona con tal de ser famosa por un rato; alcanza con notar que se puede estar resentido aún en la victoria, que hay heridas narcisistas que nunca, pero nunca jamás en la vida sanarán y que hay que multiplicarlas por cada uno de los habitantes de esta tercera roca desde el Sol que llamamos Tierra. Todo es absurdo.

El hecho de que todo sea absurdo no implica bajar los brazos ni dejarse llevar, sino tan solo dejar de poner energías en tratar de comprender qué carajo le pasa por la cabeza a alguien que hace lo que hace o dice lo que dice, cuando nada ganaremos con eso. Salvo que seamos psicólogos y cobremos la sesión, claro. Pero por lo demás, no tiene sentido. Es como intentar comprender por qué sentimos que al de al lado le va mejor en vez de mirar al otro que metió a hervir una baldosa para desayunar algo.

Y también podríamos decir que cada país, que cada cultura tiene su propio absurdo. Por cuestiones de habitar este milenio, todos tenemos algo de noción de cuáles son las principales discusiones que pueden ocurrir en Estados Unidos. Desde aquí me resulta absurdo que en un país con tamaño poder económico una persona dependa de su buena suerte y enorme previsión para no quedar en quiebra por un problema de salud. Está en el absurdo eso que a tanta gente le genera ver a Europa sin saber qué hacer frente al combo de baja de natalidad, inversión de la pirámide poblacional e inmigración de países con culturas radicalmente opuestas.

Si el presidente dice que, con lo que lleva de mandato, es el mejor de la historia, ¿qué conseguimos al tratar de comprender en qué piensa? Muchas personas montaron en cólera durante años ante cada destrato a la figura de Julio Argentino Roca, ante cada daño a alguna de las estatuas en su homenaje. Doy por sentado que esas personas saben bien todo lo que hizo Roca durante sus dos mandatos para que este país tome la forma que tomó. Lo doy por sentado porque el abanico de tipos que alaban su doble gestión presidencial abarca extremos que van del nacionalismo católico hasta el propio Arturo Jauretche en ese libro que los progresistas no sumaron a sus bibliotecas: Ejército y Política.

Entonces, sobre aquellos que sé que son tan roquistas que no entiendo cómo no se lo han tatuado aún, ¿tiene sentido que me pregunte qué sienten para no decir absolutamente nada cuando les dicen que hay un gobierno aún mejor que aquel que construyó la soberanía territorial y la institucionalidad argentina?

Escuchar a Caputo contar su conducta al vestirse es una muestra más de todo lo que a mí me resulta absurdo de la Argentina, en un listado tan largo que puede terminar en la computadora de al lado. Solo con seguir el criterio del ministro, hay que comprar todo afuera, absolutamente todo, porque somos uno de los países más caros y lo sabemos tanto usted como yo. El tema es que muchos nacimos con una gamba en la trampa para osos llamada “fisco argentino” bajo el nombre que por turno corresponda, con lo cual no podemos comprar afuera, por ejemplo, un automóvil.

Así es que, el que tiene con qué, se resigna a pagar un auto para sí y otro para el Estado sin contar los impuestos de por vida. Una Ford F-150 que sale el doble que en Estados Unidos ¿es un robo o no queda otra? No existe un vehículo argentino que no cueste mucho más caro aquí que afuera. El precio del combustible, por ejemplo, siempre que he preguntado me han dicho que “el precio internacional es de un dólar por litro”, lo cual es un chiste que no resiste el mínimo chequeo. Primero, el promedio global es 1.30 dólares por litro y, como todo promedio, va desde el regalo de nafta en Venezuela hasta los precios astronómicos en Europa. Argentina, país productor: la mitad del precio son impuestos varios.

Y acá es donde podría preguntarme si el ministro de Economía sabe que, de entrada, hay una diferencia brutal en impuestos vinculados a la venta de cualquier cosa entre lo que se puede pagar en Estados Unidos y lo que se paga en la Argentina. ¿Da igual un 6% de impuestos a las ventas en Texas que un 21% de IVA en Argentum Land? Si es por mí, quiero pagar 20 lo que vale 20 y me importa entre poco y tres carajos la rentabilidad del sector, que hablamos de comerciar y no de beneficencia. Pero, convengamos, es un poco fuerte criticar los precios de los bienes y servicios cuando los distintos estratos del Estado se llevan la mitad de lo que pagamos. Literalmente la mitad. ¿Ese pantalón te sale 80 mil pesitos? 40 mil son para el Estado repartido entre Nación, provincias y municipios.

Ante este panorama, me da cosa cuando aparece un industrial de la indumentaria. En parte, y durante al menos un par de décadas, se movieron como quisieron gracias a vivir en una de las economías más cerradas del mundo. Entonces, pedir que se equilibre la cancha antes de abrir importaciones genera que pongamos cara de “por qué no lo pediste cuando no quedaba otra”.

Sin embargo, declaraciones sobre dónde comprar la ropa me generan otro tipo de pensamientos: el de esa argentina en la que vive mejor el que más tiene, pero no por tener más, sino por poder gambetear al sistema. Un pasaje de avión internacional es privativo para la inmensa mayoría de los argentinos. Un viaje de un hemisferio a otro es aún más exclusivo por todos los costos que acarrea. Es ínfima la proporción de compatriotas que alguna vez en su vida podrá viajar al extranjero en un vuelo que no sea de cabotaje. ¿Quiénes tienen la posibilidad de comprar productos en un free shop? Los que pueden pagar el pasaje. Sí, pasa lo mismo en todas partes, pero muchos de los países que conocemos tienen un promedio de viajes al extranjero sideralmente más alto que el nuestro. Viajan más personas. Del absurdo del free shop argentino en adelante, a nadie debería sorprender que el que está en condiciones económicas de pagar un pasaje aproveche los precios de las economías normales.

Y no creo que el gobierno tenga demasiado margen para hacer otra cosa, al menos no por el momento. Podría ponerme a pensar en cómo se ve afectada la salud emocional del presidente al tener que mantener estos niveles tributarios o abrazar el absurdo de que no hay forma de bajar impuestos mientras el plan sea el superávit fiscal en un contexto de economía resentida y volatilidad geopolítica global.

Ahí es donde podemos pensar en todos los demás frentes abiertos. ¿Baja de la edad de la imputabilidad? Mil factores para analizar, pero como nadie se calentó en serio, ahora queda esta reforma solita frente al arco. ¿Reforma laboral? Se pide hace lustros y con ese argumento alcanza y sobra para no escuchar a todos los que dicen que de esta forma no está bueno. Otro punto divino en el que la mayoría de los periodistas famosos está en offside. ¿Cómo se hace para defender el estatuto del periodista cuando cualquier colega pasa a vivir dignamente en el mismísimo momento en el que deja de ser un asalariado para convertirse en un prestador de servicios, modalidad de contrato de todos, absolutamente todos los que están frente a una cámara, salvo contadísimas excepciones en los canales más tradicionales? Se podría apuntar a un sin fin de factores que hacen que el estatuto haya quedado desactualizado o los motivos por los que las empresas están en crisis o lo que fuera, pero no es ése el debate que le interesa a quienes impulsan la reforma, sino las prerrogativas de las que gozamos los periodistas y que están protegidas por un derecho consagrado en la Constitución. ¿Ven? Mucha explicación para una discusión que no exite. Porque en la Argentina, aunque nos joda asumirlo, no se discute nada.

Creemos que discutir es putearnos hasta derrotar al enemigo y, si se puede, humillarlo. Y se trata de eso. Discutir es una palabra antiquísima que heredamos del latín, un vocablo que habla de analizar minuciosamente un tema y de separar las cosas para poder hacerlo con el fin de resolver. Podemos afirmar que se trata de un acto de varias personas que consiste en intentar solucionar un problema. Nuestro concepto de discusión es el de ganar, el de imponer nuestra verdad por sobre la de los otros. Nada se analizará minuciosamente porque lo pequeño nunca le puede ganar a un gran lema. Uno gana, el otro pierde, y a otra cosa. ¿Podemos hacer algo?

Entonces, si nada se puede hacer, no queda otra que abrazar lo absurdo. Otra forma de comprender este concepto filosófico es apelar a la frase más famosa del ilustre intelectual argentino Claudio “el Chiqui” Tapia, gran intérprete de El Mito de Sísifo de Albert Camus: “no trates de entenderla; disfrutala”.

Nicolás Lucca

P.D.: No, no creo que el Chiqui tenga conocimientos de Camus.
P.D.II:

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3 respuestas

  1. En 2015 conocí a una belga en un hostel en Montevideo y, hablando sobre planes de viaje, yo le dije que aún no sabía cuál sería mi próximo ni, mucho menos, cuándo. Todavía no sé cómo hice para explicarle economía cotidiana argentina en inglés cuando me preguntó: «¿Pego pog qué? En Bélgica el que no viaja es pogque no quiegue…»
    Ella estaba en una travesía de tres años por Sudamérica que acababa de empezar y que costeaba con sus años de ahorrar parte de su sueldo y que podía hacer porque había renunciado y no le preocupaba el futuro laboral que ya tenía resuelto. Su edad: entre 40 y 45 años.

    No logro superar ese golpe de realidad todavía…

  2. Estimado Nicolás.
    intentando cumplir con mi comentario de hoy temprano digo que acabo de leer la parte del medio de tu relato de hoy.
    Está bueno, bien escrito y es amplio y concentrado al mismo tiempo.
    Supongo que estoy pensando en la palabra «multireferencial», que no sé si «exite», por lo que percibo mi necesidad de releerlo para tomar alguna nota y meditar ANTES de hacer otro comentario tan frívolo como éste y mi anterior de hoy temprano, como ya dije.
    Palabra comprometida. La mía.

    Pd: por ahora no tengo formación intelectual adecuada para un mejor comentario.

  3. Bon jour monsieur Lucca.
    (hasta ahí mi francés de 4to año).
    Sigo. Fiel a mi estilo leí el primer párrafo. Luego improvisé y me fui hasta el final. Y me surgió la pregunta: ¿sabrá CT que hay una novela con título original «L’Étranger» que pinta de cuerpo entero algo que quizás hace tiempo «sintió’.

    Luego leo el resto o lo del medio de tu relato de hoy.
    Chau

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