Es Cristina

Ayer, entre costillitas, achuras varias y cartuchos de Malbec vacíos, me puse a pensar en aquellos que creen que las cagadas del gobierno no son de Cristina, sino de quienes la rodean. Como primera conclusión, deduje que mis pasatiempos domingueros no son normales. Zanjado -y aceptado- este primer punto, intenté ponerme en la piel del kirchnerista nostálgico, aquel que cree que el gobierno es una bosta, pero no por culpa de Cristina sino a causa de sus juntas, y no me salió.

Pensé en Aníbal Fernández reconociendo que tiene verdes porque se le canta, pero que así y todo nosotros debemos pensar en pesos y ahí encontré un buen punto. Luego de descartar que el Senador se refiriera por verdes a alguna que otra planta todavía ilegal, o a una congestión mal curada, encontré en las declaraciones posteriores de Cristina un buen punto. Pero luego de tomarse a chiste la verborragia del dueño de los mayores bigotes patrios, la Presi dijo que los pesos son el futuro y no supe si cagarme de risa o atacarme la entrepierna con una engrampadora industrial. Descarté el caso: no es Aníbal, es Cristina.

El factor Guiyote Moreno, su compulsión patológica por putear a Clarín -sólo comparable con la de Víctor Hugo- su comportamiento poco sutil a la hora de negociar y su afición por dibujar los números del Indec, fue descartado de plano. Ejemplos abundan, pero que Cristina lea todos los meses el incremento de la recaudación por IVA y, en la columna de al lado, el siempre estático nivel de consumo, tira al décimo subsuelo cualquier posibilidad de que la Presi crea que no hay inflación. Descartado también: no es Moreno, es Cristina.

Luego de casi romper en llanto al ver a un colega del asado echarle un sifonazo a una copa de Luigi Bosca, pensé en Juan Manuel Abal Medina. Aunque por razones técnicas ya descarté de que vaya al mismo peluquero que Forrest Gump, su pertenencia al club de reidores oficiales de Cristina en contraposición a su más que frondoso historial académico, me generó sospechas. Sospechas que deseché cuando lo escuché -y lamentablemente, vi- exponer ante los Senadores su extraña teoría sobre nuestra obsesión por el dólar y la ridiculez de pagar en verdes una vivienda que se construyó en pesos: evidentemente, tantos títulos al pedo los obtuvo mientras se rascaba las pelotas viviendo de la plata del papá. Esto y la posterior defensa de la Presi al Jefe de Gabinete más ausente desde la creación del cargo en 1994, me llevó a otra conclusión: no es Abal Medina, es Cristina.

Fue entonces cuando pensé en los soldados de la Presi, esos tipos que se autodefinen como jóvenes a pesar de estar más cerca del papagayo y la chata, que de la bicicleta con rueditas. Me reí en soledad al recordar como juraron dar la vida por el modelo, para luego llorar y denunciar apremios porque tres policías no los dejaron entrar a la Legislatura bonaerense en diciembre pasado. Uno puede creer que son unos inútiles todo servicio, inconformistas de la vida que juraron nunca votar al fascista Justicialismo, pero que desde hace unos años «se sienten representados por este gobierno atacado por fascistas del Justicialismo de derecha», y hasta podemos debatir si dan pena o son tan sólo unos cínicos hijos de puta cuando hablan de inserción y movilidad social desde la Villa 31. Pero cuando vemos que un impresentable como José Ottavis le bastaron tres semanas al frente de la Dirección de Juventud del Gobierno de la Ciudad para llevarse las computadoras, el dispenser de agua y hasta los sobrecitos de azúcar y hoy es el referente de los legisladores jóvenes bonaerenses, cuando vemos a Kicillof compartiendo con sus dos patillas el segundo puesto del ministerio de Economía, cuando vemos que más de doscientos cargos públicos -designados por Decreto- son desempeñados por camporitas y camporitos, uno llega a la conclusión de que tampoco es La Cámpora, sino que es Cristina.
Entonces supuse que el mentado relato del presente -concepto que no entiendo por qué no patenté hace cuatro años- es responsabilidad de, precisamente, los relatores. Luego de descartar a la prensa adicta por razones más obvias que el conflicto de Nilda Garré para vestirse a la moda, pensé en Verbitsky y Gvirtz. Al segundo lo borré al instante, no tanto por trabajar directamente en Canal 7, sino por habernos enchufado al señil de Orlando Barone como formador de opinión. Respecto de Verbitsky, los motivos me los ahorró la Presi cuando concurrió a la celebración por los 25 años de la fundación de Página/12. Osea, tampoco es la prensa oficialista: es Cristina.
Anoche, Jorge Lanata mostró su bronca por haber sido borrado de cualquier mención respecto de su rol fundador del periódico que oficiara de trinchera antimenemista en la década del noventa. Sinceramente, viendo en lo que se ha convertido su exdiario, yo no sé si da para gritar a los cuatro vientos quién fue el fundador y, aunque le entiendo la bronca, más me preocupa la enorme hilacha que mostró Cristina. Porque el hecho de que presente a Manuel Belgrano como abogado cuando pasó a la historia por ser el primer comandante de lo que puede llamarse un Ejército Nacional, a Cámpora como un líder de masas jóvenes cuando fue un conservador lacayo y alcahuete al que le coparon el gobierno, o coloque a Néstor en un pedestal tan inalcanzable que no somos dignos de llamarlo por su nombre, no es menor, pero tampoco es tan grave en comparación. No hay nada más fácil que modificar la historia, más si ya no quedan sobrevivientes de los años a moldear o si sus protagonistas ya no cuentan con posibilidades de brindar testimonios por esos contratiempos técnicos que genera carecer de signos vitales. Joder con la actualidad es el desafío que Cristina considera más entretenido y ha tenido de quién aprender. 
Néstor, en vida, hacía negocios con Franco, mientras le pegaba una y otra vez a un candidato a Jefe de Gobierno recordando que «Mauricio es Macri», como si la filiación fuera un delito. Luego se tocó el gobelino izquierdo en vivo y en directo para todo el mundo, mientras el expresidente Menem juraba como Senador. Algunos dicen que lo hizo para joder con la supuesta mufa que acarrea el riojano, aunque otros sostienen que se debe al tic de acomodarse el bolsillo para que le entre más guita, una compulsión nerviosa que le quedó de cuando visitaba la Rosada para pedir obras, regalías y fotos en la década de los noventa. 
No es nueva la negación constante y es lógico que tome aspectos ridículos. Si niegan la inflación, si niegan la devaluación, si niegan el faltante de divisa norteamericana, si niegan la miseria insultante y el hambre pornográfico, no hay que asustarse porque nieguen a las personas. Niegan a Julio López, Luciano Arruga y cincuenta y un muertos de un choque de trenes. Si niegan a los muertos ¿Cómo no negar a los vivos? Esta vez fue Cristina directamente, pero cuando son los demás, no hay que confundirse atacando al mensajero. Después de todo, Mariotto lo ha resumido de un modo muy sencillo: la que manda y decide es Cristina. 
De cacerolazos y otras yerbas:
La semana pasada surgió tibiamente una convocatoria a un cacerolazo, vía Twitter, Facebook, cadenas de mails y afines. Confieso que me sorprendió que esta vez fuera cierto, dado que al menos una vez al mes durante los ú
ltimos tres años, me han llegado más mails de cacerolazos que cadenas de cacerolazos. Al Grupo Clarín también lo sorprendió. Eso, o no quisieron quedar como agitadores. Si no, no se explica que no hayan conseguido un móvil para enviar y que la única imagen que mostraran fuera la de tres zombies y dos taxis desde una cámara fija en Paseo Colón. 
Siempre consideré que una protesta lo es por su motivo y no por la cantidad de gente que participa de la misma, por lo cual el cacerolazo, por más que haya sido en algunos barrios de Baires, la considero absolutamente válida, como también sostienen los que se ofenden porque el oficialismo minimizó la protesta por la cantidad de manifestantes, y luego se enojan porque cuatro gatos locos queman gomas para cortar un puente. 
En lo personal, además de no haber participado ni el jueves ni el viernes, el cacerolazo no me fue indiferente. Primero porque una vieja de mierda me trató de zurdito luego de manifestarle que me pareció un poco fuerte eso de que el resto de la ciudad no se sumó a la protesta «porque son unos negros de mierda que viven del Estado» -Premio Gorila de Oro 2012-, segundo porque una vecina me contó entre lágrimas que sufre día a día y semana a semana para poder cumplir con el tratamiento médico que la mantiene relativamente sana, que su peregrinación se debe a las restricciones de Cristina, que no da más de la bronca y que se cansó de estar cruzada de brazos. Y tercero, porque me dio un dèjá vú temerario. La última vez que la ciudadanía empezó a golpear las cacerolas, pasamos de putear por un corralito de noventa días, a querer serrucharnos el escroto con un tramontina oxidado gracias a una devaluación del 400%, quince días después de saludar a De La Rúa en el helipuerto de Balcarce 50.
El contexto es distinto, la bronca es distinta, lo sé. Y celebro las protestas porque prefiero a los calentones frente a los pasivos, independientemente de sus ideas. Pero por sobre todas las cosas, me alegra pensar en Cristina en batón y pantuflas, puteando porque hay gente que no la quiere, y al mismo tiempo saber que yo -y esto lo digo a título personal- tengo absolutamente claro que no quiero que se vaya. Por mandato Constitucional, por voto popular, por saber que en la línea sucesoria están Boudou y Rojkés de Alperovich y que en caso de Asamblea Legislativa, la mayoría es kirchnerista, o por el mero placer de disfrutar sabiendo que va a ser testigo de todo lo que provocó durante años de terapia televisada en cadena nacional y de accionares intempestivos y encabronados, no quiero que se vaya. Incluso es una forma de cumplir el deseo que expresó la semana pasada, cuando hipócritamente manifestó su voluntad de ser tratada con igualdad ante la ley. 

Hace un tiempo ya largo, Tzvetan Todorov, además de su delirio por insistir en que el liberalismo y el comunismo se parecen, nos tiró una enseñanza de esas que patean el tablero, de las incómodas: afirmó que es necesario conocer la historia, pero que por mucho que la conozcamos, no precisamente sabremos qué hacer con el presente, ni mucho menos con el futuro. En el kirchnerismo saben qué pasó hace un tiempito con eso de hacer pomada las libertades patrimoniales de la clase media, de hecho lo han repetido hasta el cansancio, pero no aprendieron una goma y hoy llaman ambición y egoísmo a lo que es lisa y llanamente libertad de hacer lo que se nos canta con nuestro dinero, como Aníbal. Espero que nosotros, además de saber qué pasó hace poco más de una década, hayamos aprendido y sepamos qué hacer con lo que deseamos. Por lo pronto, cada uno puede generar cambios, resistir, o al menos putear desde su lugar, sea con una cacerola, consumiendo menos, levantando la voz en la cola del supermercado, movilizándose en masa, militando donde lo crea conveniente, boludeando en una red social, o con un humilde blog. 

Lunes. «No se trata de establecer una verdad sino de aproximársele, de dar la impresión de ella. Esta impresión será tanto más fuerte, cuanto más hábil sea el relato.» Sí, también lo dijo Todorov.