Es lo que hay
Cuando en diciembre afirmaba que este año sería divertidísimo, no esperaba tanto. Lo que se ve en estos días podría ser una fiesta, si no fuera porque en la joda nos llevan puestos a nosotros. Ni bien pasó las elecciones, Cris ya mencionó por primera vez la palabra “sintonía fina”, lo que para ella significaba algo así como cambiar algunos repuestos del motor del modelo para que siga caminando sin hacer demasiada fuerza. El problema es que el motor del modelo es como la cosechadora de producción nacional, que no solo no funciona sino que resultó ser un Fiat 600 con pollera adentro de una carrocería pegada con Voligoma. 
Cualquier proyecto económico necesita modificaciones sobre la marcha para que no rompa biela. El tema es que acá le mandaron aeronafta a un gasolero: parece que caminaba, pero lo estaban reventando. La sintonía fina se convirtió en ajuste grosero. Y digo grosero porque no fue de frente y planeado, sino a la que venga, revoleando el subte que nunca quisieron entregar, eliminando subsidios al transporte –menos a los Cirigliano, vaya a saber uno por qué- amagando a reventar el precio de los servicios y, curiosamente, ajustando salarios, a pesar de que se crean que no lo hacen, porque dar un aumento del 21% a los estatales, cuando la inflación fue del 30%, es un ajustazo, y no tocar siquiera el minimo no imponible del impuesto a las ganancias, da una suma que hace quedar al 13% de la Alianza a la altura de un pedido de donación del vuelto para alguna fundación. 
Si bien ya está recontra entendido que cualquier medida presentada como nacional y popular obedece a otros factores, sea la adquisición del pasivo de Aerolíneas en medio post 125, sea el aumento de caja vendido como redistribución de la riqueza de la misma 125, sea la recuperación de las AFJP pintado como justicia jubilatoria, sea la expropiación de lo que queda de YPF presentado como reivindicación de la soberanía hidrocarburífera (?), la necesidad de juntar un billetín hace estragos en otros ámbitos que no miden. Bancar la cobardía de no querer enfrentar la realidad cerrándole la canilla a las provincias, no sólo es de maricón, sino que también es de imprudente. 
No se trata de las limosnas que le tiran a algún municipio para que pague los sueldos, es la guita que le corresponde a las provincias. Buenos Aires ya mando a imprimir sus Patacones, si Córdoba todavía no lo hizo, anda por ahí. Scioli se dedica a ver de dónde exprimir una moneda, al mismo tiempo que Mariotto le serrucha el piso acusándolo de traidor y, mientras el vicegobernador defiende a Boudou, afirma que a Scioli le falta peronismo. Para poner paños fríos al asunto, la eterna empleada estatal de Cristina aparece vestida en 5 mil euros para afirmar que le molestan los sindicalistas ricos, Aníbal Fernández desconfía de Macri pero «recontra confía» en Boudou, Guillermo Moreno sigue boludeando con el «Clarín Miente» al mismo tiempo que afirma que la inflación del mes de la yerba mate a 30 pesos, fue del 0,8%. Para finalizar, el gobierno que ha utilizado el factor dictadura para reventar toda normativa, de pronto afirma que la Ciudad de Buenos Aires es dueña del subte desde que la Nación le cedió el control en 1979, cuando no había autonomía administrativa y la Constitución Nacional estaba bien guardada junto con las urnas, todo mientras la demócrata y humanista de Cristina marcha hacia Angola, un país al que vamos en camino de alcanzar en materia de calidad institucional, aunque ellos nos llevan años luz: allá el Presidente elije a voluntad a los jueces, pero por ley, ahorrando un fangote de guita en sobres y mariconadas como el Consejo de la Magistratura. 
Ante este panorama, ser un defensor del kirchnerismo debería ser considerado trabajo insalubre, aunque algunas declaraciones juradas me hacen suponer que el ítem ya lo tienen bien cubierto. El antiguo apoyo sustentado en el pragmático resultadismo, en la realidad, fue reemplazado por la cultura del aguante, el sistema barrabrava pero de pólvora mojada: prenderse de cualquier kiosquito que haya dando vueltas y aguantar los trapos desde la popular de espaldas al partido. Al gobierno no hay que bancarlo por los resultados -si fuera por ello, ya serían sólo una referencia en la Wikipedia- sino por los lemas repetidos hasta el infinito y más allá. No es que desde 2003 el kirchnerismo puso el piloto automático de la economía mientras se dedicó a pelotudear en eventos, sino que nos devolvió la dignidad. Este gobierno no se peleó con la prensa por conflictos de intereses, sino que entabló una lucha contra las grandes corporaciones económicas. Fue una sola corporación y lo hicieron después de cinco años, pero eso alcanza y sobra para recuperar los ideales de un idealismo setentista que había perdido una batalla pero no la guerra.
La parodia es total y, mientras Antonio Cafiero podría ser considerado un gorila si llegara a cuestionar algún acto gubernamental, quienes integran el gobierno hacen todo el mérito posible para que los contreras agradezcan a todos los santos que los originales no hayan llegado al poder cuando lo quisieron. Tanto boludear con que son los representantes de aquellos jóvenes -frase que le encantaba repetir al exvivo expresidente Néstor Kirchner- que propios y ajenos ahora creen que la patria socialista -concepto ya bastante pelotudo en esos tiempos industrializados y de pleno empleo- consistía en el reparto de planes sociales, la protección de las corporaciones adeptas, el capitalismo de amigos, el enriquecimiento ilícito y el ocultamiento de la pobreza. 
Los resultados de tanto boludeo verbal, de tanto onanismo ideológico, son tan versátiles que incluso yo, que nunca me pude fumar un Monto, terminé respetándolos. No es que ahora me caigan simpáticos, si estoy más cerca de usar bigote anchoíta y gomina ortodoxa que bigote morsa, pero a la distancia -bien a la distancia, por las dudas- no me queda otra que respetarlos. Y eso es otro logro del kirchnerismo, porque al lado de esto que vivimos, de esta abulia total disfrazada de ideal, de este pasado imperfecto, irreal, lacónico, ridiculizado y contínuo, me quedo con ellos, con los boludos que se tomaron el bondi del peronismo pensando que los llevaría a la patria socialista y terminaron muriendo en la suya. Si me dan a elegir, me quedo con aquellos, que proviniendo de familias acomodadas, vivían en la austeridad porque sólo creían en la organización armada, frente a la organización contratada. Prefiero a los que militaban por llegar al poder y no los que desde el poder se hacen los megamilitantes. 
Sin ir al extremo armado, incluso me quedo con los militantes de otras corrientes de aquellos años, con la Juventud Peronista que puteaba a Perón y la Juventud Radical que apretaba a Balbín, los que no confundían fidelidad a un proyecto con sodomización consentida. Me quedo con los que cuestionaban cuando veían que algo no se condecía con la doctrina proclamada y no con los que atacan a los que cuestionan que sus propios líderes no cumplen lo que profesan, los que apoyan a un bacán derechoso de Puerto Madero mientras acusan de bacanes derechosos a los que se quejan por no poder comprar diez dólares. 
En definitiva, aquellos fueron lo que quisieron ser. Violentos, pretenciosos, con una notable falta de evaluación del poder de fuego del enemigo al que enfrentaban y una ridículamente graciosa ilusión de que el grueso de la sociedad preferiría la dictadura del proletariado frente a las comodidades de acceder a la vivienda propia antes de los treinta años, pero fueron lo que quisieron ser, sabían las consecuencias y aceptaron el destino. Y eso, en esta realidad de boludos que acusan a los de afuera por las cagadas que se mandan los de adentro, ya es mucho. 

Viernes. Si Evita viviera, Isabelita sería soltera.