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El cielo de Wiltshire se vistió de estrellas aquella noche primaveral del año 1066. Vaya a saber uno en qué andaba el monje Eilmer de la abadía de Malmesbury a esas horas en pleno abril cuando se cruzó con un fenómeno tan, pero tan especial que quedó registrado para toda la posteridad: un objeto brillante surcaba el cenit y una larga cola con forma de espada lo atemorizó lo suficiente como para entender el presagio de una tragedia. Del otro lado del Canal de la Mancha, un observador de la corte del Duque Guillermo de Normandía estaba fascinado. Ese objeto celeste no podía ser otra cosa que un anuncio de prosperidad y grandes noticias.
Lo cierto es que ninguno fue un testigo privilegiado, ni en Inglaterra ni en el continente. Lo que hoy conocemos bajo el nombre de Cometa Halley figura en textos históricos de toda Europa, Oriente Medio y China. Y dado que el fenómeno fue observable desde enero del mismo año, es probable que el buen Eilmer haya sido, en todo caso, el último en caer en la noticia por culpa del mal clima invernal de Sussex.
El mal presagio de Eilmer se difundió por todo el reino y puede que haya ayudado la mala onda que había con la situación política: el 5 de enero de 1066 había muerto Enrique el Confesor, rey de la Inglaterra sajona, sin herederos. El 6 de enero coronaron a Harold II porque así lo habría dispuesto Enrique. El tema es que el difunto rey le había prometido el mismo cargo a Guillermo. A favor de este último, Enrique se lo había dicho delante de un montón de testigos y cuando aún gozaba de buena salud; Harold, en cambio, dijo recibir la encomienda en el lecho de muerte de Enrique y andá a chequearlo.
Cuestión que para el 14 de octubre de ese mismo año, Guillermo desembarcó en Inglaterra, se cargó a Harold en la batalla de Hastings y para Navidad de ese año fue coronado rey. Han pasado casi mil años y nunca más tuvo éxito un intento de desembarco en Gran Bretaña.
Pero esto viene a cuento porque es una sucesión de hechos históricos de esos que se vivieron como hechos verdaderamente históricos. El paso del cometa que hoy sabemos que ocurre cada 76 años –si Júpiter y Saturno no ralentizan su órbita–, fue visto por todos y fue aplicado de acuerdo a cómo se vivía. Los sajones estaban flojos de papeles y auguraron un mal presagio; los normandos estaban en un momento hermoso en su economía y alianzas y tomaron al mismo cometa como señal de gran fortuna.
Igual yo no habría confiado mucho en el concepto de buena o mala fortuna de Eilmer famoso porque le pareció una buena idea probar volar con unas alas fabricadas por él mismo. Probó al tirarse de la construcción más alta. Ya imaginarán lo que pasó.
El acto de darle entidad a un hecho absolutamente circunstancial y azaroso es tan viejo como la misma humanidad y nosotros no estamos exentos ni aún en medio del siglo XXI. Podríamos encarar hacia el lado de la aceptación cada vez más notable de la astrología en la conversación cotidiana o podríamos apuntar al peso que le cargamos a cosas que son lo que son y no lo que queremos que sean.
No quiero vestirme de monje, pero durante los años de Fernández y Fernández, debo haber repetido hasta el cansancio “ojo con Massa” mucho antes de que se autonombrara ministro de Economía y se autopostulara para la Presidencia. Y lo traigo a colación porque lo que para unos fue una desgracia, para otros resultó una bendición aunque lo cierto es que termina por aparecer, tarde o temprano, en la noticia del momento.
Cuando un gobierno nuevo encuentra una irregularidad de otro partido, tiene la pelota servida, quietita en el medio de los dos palos y, en vez de empujarla para que entre, se van al vestuario. ¿Cómo vas a cerrar la Agencia Nacional de Discapacidad? Dejala ahí hasta que la Justicia se lleve puestos a todos, que después podés salir a decir “los heredé de la gestión anterior”. Sin embargo, como da mucha más paja sanear una dependencia, se la cierra. Espero que esta vez sí devuelvan los impuestos, y no hagan como con la Agencia de Seguridad Vial, por la que todavía pago en cada litro de nafta por el financiamiento de rutas a las que ni siquiera les tiran gomas a los baches.
A veces creo que el gobierno, si pudiera, también desmantelaría a la AFA por su probada ineficacia en su funcionamiento. Al seguir la línea de conducta, yo también la cerraría: es más fácil que tener que iniciar mil sumarios internos para poder dar una excusa para que no haya existido una sola alerta temprana ante operatorias bancarias y financieras más difíciles de explicar que la teoría física detrás de un agujero de gusano.
Resulta un delirio psicótico imaginar que no existió una sola alerta ante los movimientos bancarios multimillonarios en el país que te pide una declaración jurada por comprar un Flynn Paf si es que esto no se condice con tu categoría de monotributo. Poco creíble. No puede haber más que tres escenarios posibles: o saltaron las alarmas y alguien lo dejó pasar, o saltaron todas las alarmas y no se avivaron. No hay otra opción.
Es al menos curioso que, mientras la Aduana trataba como a un traficante de armas a un boludo que quiso comprar algo en el extranjero, al país ingresen Ferraris y Porsches sin que suene una alarma digna de una fuga nuclear. Poco creíble. No puede haber más que tres escenarios posibles: o saltaron las alarmas y alguien lo dejó pasar, o saltaron todas las alarmas y no se avivaron. No hay otra opción, si los coches están patentados. Ni un llamadito a la Aduana para ver qué onda entre todos los funcionarios nombrados por el gobierno anterior.
Ya que hablamos de patentamientos, puede que yo sea un tipo conservador en materia de gastos, lo admito, pero no me entra en la cabeza que una jubilada haya podido patentar tantos autos importados en tan poco tiempo y que nadie, ni en el registro automotor ni en las dependencias que lo controlan, se haya enterado solo con la primera transferencia. Poco creíble. No puede haber más que tres escenarios posibles: o saltaron las alarmas y alguien lo dejó pasar, o saltaron todas las alarmas y no se avivaron. No hay otra opción.
Y no sé si notaron que hay un par de hilos conductores en estos tres escenarios, y uno de ellos es el despelote alrededor de la AFA. El otro hilo es que todas las dependencias que participan en los tres escenarios descriptos tienen una mordida del ente recaudador de impuestos. De entrada, las direcciones de Aduana y la General Impositiva son parte esencial de la agencia recaudatoria. Por decantación lógica, amparada en la falta de mano de obra calificada de pertenencia partidaria, el gobierno tuvo que dejar en sus cargos a muchos locadores de servicios de gestiones anteriores. Por otro lado, esa misma falencia debería convertirse en virtud: un par de sumarios de investigación y mandás todo a la Justicia.
Usted y yo podemos hacernos los boludos y hasta podemos ser boludos, pero es cuanto menos sugestivo que se sostenga la línea imperante desde diciembre de 2023: a todos los opositores se los denuncia penalmente, a uno solo se lo denuncia verbalmente.
Mire, le propongo un juego: yo le tiro escenarios y le doy a elegir una opción.
Escenario uno: El ministro de Economía informa que se encontró un excesivo número de autos asignados al ministerio, lo cual le resulta una administración insólita de los recursos públicos. El ministro luego:
Opción A: Envía a la Justicia el expediente en el que se detallan las inconsistencias.
Opción B: Termina de mandar el tuit y se va a TikTok.
Escenario dos: El vocero presidencial relata que se detectaron gastos irregulares por 4.800 millones de dólares en la empresa estatal de agua y detalla algunas de las compras para luego asegurar que “todo lo que ocurre con la presunción de corrupción o del mal uso de los fondos públicos que tenga los elementos para judicializarlo, se judicializa”. El gobierno, entonces:
Opción A: Presentó una denuncia ante la Justicia Federal para que se investiguen las irregularidades.
Opción B: La única denuncia la presentó Carrió seis meses antes y no pasó nada.
Si en uno o en los dos casos usted eligió la opción B, necesito que me diga ahora quién es el principal beneficiado de que esas cosas no ocurran.
Es insólita toda la situación al punto tal que me pregunto si Grabois no se sentirá discriminado.
Independientemente de que todos los caminos conducen a Roma y más allá, yo venía actualizado con todo el caso AFA, con el expediente principal y todas las causas obrantes por cuerda hasta que vi el informe de Carlos Pagni del pasado lunes. Alguien tenía que hacer el resumen completo y él lo hizo. Ahí caí en la cuenta de que todo es un quilombo no solo difícil de comprender, sino que conocerlo en profundidad se vuelve inmensamente aburrido.
No digo que no me interese, sostengo nada más ni nada menos que eso: resulta difícil y aburrido plantear las conexiones, los causales, las conductas tipificadas, etcétera. Y ni que hablar cuando los vínculos personales pueden rozar a un político por fuera de lo que odiamos. Se apaga todo y no escuchamos nada más.
Ahí entendí que subestimé profundamente a los dirigentes futbolísticos involucrados. Yo pensé que eran solo angurrientos y muy bestias para agarrar toda la guita que se pudiera en el menor tiempo posible, pero pudieron suplantar la falta de habilidad por una capacidad técnica sin igual. Y es que enturbiar las cosas hasta hacerlas inentendibles para la gente normal es una virtud con la que muy pocos elegidos vienen al mundo.
Cuando las pruebas comienzan a hacerse irrefutables, lo único que queda es embarrar bien embarrada la cancha que más importa en el país de los valores institucionales y democráticos característicos del siglo XVI: la opinión pública. No es que la gente no vaya a tomar partido, sino que será todo tan complejo que bastará con que alguien pregunte “¿y cómo pensás que hicieron para enriquecerse?” para que todo se diluya en un mar de eslóganes entre los que odian a una parte y los que les cae simpática.
Lo interesante es que el combo AFA es una prueba más de que las instituciones deben ser fuertes por sí mismas, no porque nos caiga bien el tipo que está al frente. Si me siento identificado con los resultados obtenidos gracias a un sistema que depende de la arbitrariedad del que actualmente está en el cargo, debería ser profundamente consciente de que, cuando esa persona ya no esté, mis beneficios dependerán de la suerte de que asuma otro idéntico, algo que nunca jamás ocurrirá porque no existen dos personas iguales.
Por eso nos dimos un sistema democrático, para no depender de que nuestra suerte cambie recién cuando la muerte se lleve puesto al mandamás de turno. Por eso nos dimos un sistema de contrapesos cuando notamos que la voluntad popular puede ser una gran excusa para que unos dominen a otros por el solo hecho de ser mayoría. Y por eso nos dimos instituciones externas, para que el sistema republicano no se viera viciado por una racha de victorias que desequilibran el diálogo político.
Mientras todos estaban preocupados por el morfi de Año Nuevo, comenzó a correrse la bola de un decreto, probablemente el último de 2025. Con el voto unánime del Presidente se modifica de manera profunda la ley que rige la inteligencia del país. Explicar todo lo que conlleva es, para variar, aburrido. No conecta, no funca.
Ya lo sabía hace tiempo y, sin embargo, a inicios de 2019 me puse a explicar las implicancias negativas a futuro de las medidas propuestas por el entonces gobierno para crear un banco de ADN y un sistema de seguimiento biométrico. Intenté explicar nociones tan básicas como el derecho a la privacidad o que somos un dispenser gratuito de datos mega sensibles.
El eslogan “por la seguridad de la Nación” alcanza y sobra para que comiencen a aparecer, de manera inmediata, sujetos comunes que sostienen que el que “nada oculta, nada teme”. Si algo ha enseñado habitar el planeta Tierra en las últimas décadas es que llevar una vida aburrida no nos quita del radar de alguien a quien no le agradamos. Más allá de este detalle, me genera curiosidad el tipo que sostiene ese mantra y, a la vez, puso el grito en el cielo cuando supo que se filtraron los datos personales del personal policial. ¿Cómo era lo de nada ocultar, nada temer? Con este concepto nulo de la privacidad, uno no entiende si son conservadores o fueron concebidos en una colonia hippie.
El cometa Halley en 1066 significó un mal presagio para unos y uno bueno para otros. Ambas partes tenían razón. Cuando en 2008 comenzó a percibirse, por primera vez, un descenso de la fe en el sistema democrático, algunos se preocuparon, otros vieron una oportunidad y las dos partes tuvieron razón. Para el año 2022, un estudio argentino abordó la pregunta que nadie se animaba a encarar: si la democracia había mejorado la vida de los argentinos. El 76% de los encuestados dijo “no”. Contra todo pronóstico, tras esa respuesta, todos dijeron que aún creen que la democracia es el mejor sistema, pero tampoco daba para dormirse en los laureles porque podía empeorar. Y lo hizo: en 2023, un 18% de los encuestados dijo preferir un régimen autoritario, según Latinobarómetro. Cuarentena mediante, es un número mayor al de 2020 y en continuo decaimiento desde 2008. No hay datos más recientes.
Es en este marco en el que ya doy por sentado que estamos ante las puertas de un nuevo debate que subirá la temperatura de unos cuantos con opiniones muy fundadas y contrapuestas, mientras que otros tantos irán al eslogan para manifestarse a favor o en contra, mientras que una inmensa mayoría no tendrá ni ganas de enterarse de qué es lo que se firmó el 31 de diciembre de 2025.
Si leo la versión informativa de un medio, me encuentro con una columna de opinión disfrazada de nota en la que se hace tanto énfasis en las bondades de la normativa que no se entiende si quisieron hablar bien o mal de los organismos involucrados. Mientras el resto pone el grito en el cielo por el nuevo marco normativo, podríamos mezclar las dos posturas y decir que ahora quedó blanqueado lo que hacían y seguirán haciendo. Bueno, le agregaron la posibilidad de detener personas en determinadas circunstancias sin ser policías. Detalles.
En un mundo feliz, no habría mayores temores porque el sistema de contrapesos institucionales garantizaría el correcto cumplimiento de la ley. Hasta podríamos descansar tranquilos sin enterarnos de que, gracias a la comprometida labor parlamentaria, se realizaron las correcciones pertinentes y quedó muy en claro qué es eso a lo que alude el decreto cuando habla de actores “involucrados en actividades de interés”. ¿Qué tipo de interés? ¿Qué sería lo que interesa? ¿De qué deberíamos abstenernos amparados en el mandato constitucional de que toda actividad sancionable debe estarlo en base a una ley que conozcamos de antemano para así saber si la cumplimos?
En el mundo que nos toca, bueno, dependemos de un Poder Legislativo cuyo último hito reconocible fue un concurso de talentos por quién utilizaba la fórmula de jura más estrambótica posible.
Al igual que en los casos de 2019 que cité arriba, estaría bueno que se pondere de cara a la sociedad qué es lo que se pretende establecer y advertir, para que quede bien claro, que todo lo que se junte quedará para la posteridad. Porque eso es lo que casi nunca se tiene en cuenta: la irresponsabilidad de creer que algo está bien solo porque tenés un presidente bueno. Mañana se va y queda el desastre institucional servido a uno malo.
Por lo pronto, nos queda la duda de qué tanto podemos mejorar las cosas, si a veces alcanza con hacer que funcione lo que ya está y a nadie le calienta. Digo, como para dimensionar que un futbolista avisó en Xwitter lo que pasaba en una chacra en Pilar y nadie hizo más que meterle un like. Ahora que ya arreglaron las superposiciones en el manejo de la información a recabar para los intereses del Estado, podríamos seguir con el resto: estaría bueno saber cómo una jubilada y su hijo monotributista pudieron realizar cien transferencias automotrices de alta gama en tres años, o patentar un Porsche cero kilómetro en 2025 sin que salten todas las putas alarmas: aduana, registro automotor, fisco, etcétera. Y que no todo termine “de la que nos salvamos si hubiera ganado Massa”. Ése es el punto: que deberíamos habernos salvado.
P.D: Halley vuelve en 2061. Sé que esperaban ese dato.
P.D.: No me busquen por la radio.
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