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Para las cosas que nos gusta hacer y las formas que tenemos de comportarnos, la sociedad argentina en general es más amena que otras a las que, supuestamente, queremos parecernos. Lo digo con todas las excepciones que podamos dar, con todos los problemas que podamos tener, con los dilemas que plantea hablar en plural y con la consideración de cualquier eventualidad: en la generalidad, si tomamos el movimiento completo, hay ciertos aspectos clave de otras sociedades que nos resultarían insufribles por sus consecuencias. Como todo lo que tiende a presentarse como mejor, este resultado surge de una comparativa caprichosa en la que el ganador decide qué cosas son importantes para determinar ese triunfo.
Una cosa es mejor que otra siempre sobre la base de qué nos interesa de esa cosa. Por eso es que resulta gracioso escuchar hablar de superioridad moral y estética. No por el concepto en sí, sino por quiénes se consideran parte de esa superioridad. De todos modos, es bueno sentirse mejor en algo y, aunque sea totalmente subjetivo, siempre encontraremos los motivos necesarios para acomodarlos en una especie de explicación que nos dé la razón.
Por ejemplo: un Volkswagen moderno, con un motor de tres cilindros, será absolutamente superior en materia de consumo de combustible que un Chevrolet Corvette, cualquier Porsche y ni que hablar de una Ferrari. ¿Acaso Volkswagen es mejor que las otras bestias? En consumo, sí. Puede que el Porsche 911 GT3 presentado esta semana sea más bonito, levante 315 kilómetros por hora y lo que quieran, pero estoy seguro de que ese motor no funciona con amor. Y te regalo el ataque de nervios cuando lleguen patente y seguro. Punto para Volkswagen. ¿Cuáles son las pastillas de freno más caras, las de la Ferrari SF90 o las del Volkswagen Up? La fiscalía descansa, Su Señoría.
Que los Estados Unidos tengan un número abrumador de avances científicos que van desde hacernos la vida más cómoda y entretenida hasta la exploración del universo no quita un serio problema del que se hacen eco hace décadas, pero que no tienen en mente solucionar: la paupérrima cultura general. Sí, sé que hablar de educación desde la patria en la que nadie comprende un texto puede sonar a chiste, pero no es ninguna novedad que, así como acá nos ponemos a llorar por los resultados en comparación con otros países, en Estados Unidos no pueden ubicar esos países en el mapa, no saben qué idioma hablan y mejor no preguntar por nociones mínimas de historia universal. No sé si lo recuerdan, pero a mediados de la década de 2000, un relevamiento de Gallup demostró que menos de la mitad de los norteamericanos podía señalar Irak o Afganistán en el mapa. Puede que nosotros tampoco, pero no llevamos años en guerra en esos territorios.
Más allá de lo geográfico, la cultura promedio norteamericana tiene un pequeño ítem que a mí siempre me sorprendió. Básicamente, porque no puedo concebir que un país que ha dado tanto a la ciencia tenga una mayoría que cree que el Génesis es una crónica de hechos históricos. Y si tan solo fuera algo anecdótico, bueno, vaya y pase, pero estamos en un mundo distinto al de hace un par de décadas. En estos tiempos en los que ser conservador es el must para estar a la moda, ser un conservador que no sabe qué es lo que tiene que conservar puede sonar a chiste. Salvo que estén en el poder y dejen de causar gracia.
El presidente norteamericano se enojó con el Papa por decir cosas que dicen los Papas; Giorgia Meloni se alineó al Papa y Trump insultó también a Meloni. No sé si Milei está al tanto, pero debe ser como ver a tus padres pelearse. Como no podía ser de otra manera para los tiempos que vivimos, Trump se fue a boludear a las redes sociales y compartió una imagen en la que se lo aprecia como si fuera un mesías que le devuelve la salud a un moribundo o algo parecido. La bronca se la tiraron los conservadores de todas las denominaciones religiosas. Y aunque son una minoría en cuestiones porcentuales, Estados Unidos tiene la cuarta mayor cantidad de católicos del mundo. En ese contexto cultural, educativo, religioso e histórico tan particular, hay cosas con las que no se jode. Podés jugar al Monopoly Mercantilista con las tarifas globales, podés exigir el Premio Nobel de la Paz, podés ir a la guerra un par de veces sin declarar la guerra, pero postear una imagen herética no da.
Lo primero que pensé es qué mal estarán allá, porque acá una foto mesiánica presidencial antes del desayuno es el preanuncio de una jornada de total normalidad. No nos quedaron ni conservadores como la gente, o todo es muy relativo, la frase que reemplazó al “es más complejo” de los progresistas.
Cuatro de cada diez norteamericanos consideran que sus casas están hechizadas. Es una gran contradicción si tenemos en cuenta que el 66% no cree en la teoría de la evolución. Son 67 personas de cada 100, 6.700 cada diez mil, o un total de 266 millones de norteamericanos. Es más, 129.5 millones creen que la creación del hombre fue realizada tal como lo describe el Génesis. El resto del intermedio cree en la evolución siempre y cuando sea guiada por Dios. Hablamos de un país en el que la disputa por la enseñanza científica de la teoría de la evolución fue llevada a los tribunales, y no una sola vez. Uno creería que con el avance del siglo XXI y las tecnologías, ese número debería tender a disminuir. Luego nos damos cuenta de que la tecnología ha servido para darle fundamento a terraplanistas, conspiranoicos y delirantes varios y, de pronto, tiene sentido que el mismo relevamiento que en 1985 mostró una baja del porcentaje de creacionistas hoy tenga los mismos porcentajes que hace medio siglo.
Estados Unidos no es el único país con estos puntos difíciles de asimilar. Cerca del 47% de los brasileños también creen en una creación divina, al igual que el 57% de los sudafricanos. En Europa, las intentonas creacionistas se dieron por dos vías: musulmanes y norteamericanos. El parlamento europeo lo frenó –al menos en los papeles– con una resolución a favor de la teoría de la evolución.
Es interesante tener en cuenta que en los Estados Unidos hubo un fomento anti-evolucionista a partir de la Primera Guerra, al utilizar como argumento que los alemanes habían profesado el concepto de superioridad evolutiva. Bajo esta lupa, es obvio que Darwin será el enemigo. Pero la historia religiosa norteamericana es un caso de estudio de nunca acabar y, como toda historia religiosa, siempre surge de la libre interpretación de un grupo de personas.
Salvo que usted haya vivido aislado, sabrá que en Estados Unidos la versión cristiana imperante es el protestantismo, dividido en diversas corrientes, y cada una con más escisiones, siendo las que pertenecen al presbiterianismo las más populares. Y si bien los británicos comenzaron su aventura colonizadora americana en 1609, una década después aprovecharon la moda y llegó una oleada de Puritanos. Va con mayúscula porque no es un adjetivo: eran fervientes protestantes anglicanos profundamente influenciados por el calvinismo que querían una reforma mucho más profunda del clero inglés, del que consideraban que todavía conservaba resabios del catolicismo, como el Libro de Oraciones Comunes o la vestimenta de los sacerdotes y obispos. El paso de los siglos hizo que el puritanismo perdiera poder político, pero la idea del destino manifiesto y la interpretación casi literal de la Biblia han perdurado.
El Cardenal Newman, antes de convertirse en un colegio, fue parte de otra anécdota que ahora incluye a los católicos. Los anglicanos desarrollaron, desde Enrique VIII y a lo largo de setenta años, un listado de afirmaciones sobre el flamante credo anglicano para darle sustento a la separación del catolicismo. Finalmente, se estableció un canon que se conoce bajo el poco creativo título de “Treinta y nueve artículos”. Aunque usted no lo crea, contiene 39 artículos. Como profesor de la Universidad de Oxford y sacerdote anglicano, Newman estuvo presente en la iglesia Saint Mary cuando John Keble ofició una homilía inspirada en la percepción de un alejamiento de la sociedad civil y los gobiernos del ritual cristiano. Esa homilía llevó el sutil título “Apostasía Nacional”, que no necesitó demasiada interpretación sobre su contenido.
Newman, junto a un grupo de teólogos, otros sacerdotes y algunos superiores –todos docentes en Oxford– iniciaron lo que se conoció como el Movimiento de Oxford, una corriente reformista de la Iglesia Anglicana. El tema con Newman es que se encontró con lo que se encuentra alguien que no cuestiona una decisión tomada hace dos o tres siglos: que puede no estar correctamente fundamentada. El Movimiento de Oxford comenzó a publicar distintos números de lo que llamaron “Folletos para los tiempos”, que eran repartidos en los campus. Newman redactó el número noventa. Le pareció una buena idea titularlo “Observaciones sobre ciertos pasajes de los Treinta y Nueve Artículos”. Un mes después, estaba en medio de una tempestad eclesiástica.
El tema es que Newman, al revisar los Treinta y Nueve Artículos, se encontró con un problema y lo dejó por escrito: no había incompatibilidad doctrinaria entre el anglicanismo y la Iglesia Católica; las creencias eran las mismas, las interpretaciones idénticas y, a excepción del artículo sobre el celibato romano, el resto resultó en una interpretación que acercaba al anglicanismo más al catolicismo que al protestantismo. Newman creyó que ahí radicaba el problema por el cual se enfriaba el sentir religioso británico. En Oxford lo putearon. Su Iglesia lo puteó. Cuatro años después de esa publicación, Newman se convirtió al catolicismo junto con otros quince clérigos, varias monjas, teólogos y hasta su propio superior.
El punto de esta relación forzada entre los puritanos del siglo XVII y el Movimiento de Oxford del siglo XIX es que manifiesta un serio problema: si los Treinta y Nueve Artículos solo difieren del catolicismo en el punto del celibato, ¿dónde nacieron los primeros puritanos para suponer que eran, en realidad, protestantes que se quedaron cortos?
A Trump le pareció simpático, provocador o vaya a saber uno qué le pasó por esa cabecita cuando consideró una buena idea postear una imagen en la que él oficia de profeta, mesías o una suerte de Jesucristo con brushing. En Estados Unidos se dan estos comentarios porque la escala de los problemas es distinta, y la escala es distinta porque la escala de valores pondera otras variables con distintos puntajes que los nuestros. A tal punto llegó el asunto que algunos se atrevieron a sumar el Estampitagate a la lista de acciones que ameritarían desplazar al presidente por no estar bien de la cabeza.
Otra gran diferencia. Si hay algo que puedo aseverar como católico y paciente psiquiátrico, es que nunca es buena idea juntar religión y salud mental en una misma evaluación. Técnicamente, la diferencia entre una persona que escucha voces y un profeta es cuánta gente le cree. Incluso por esta última oración, en cualquier otro contexto, país o creencia religiosa, yo podría ser condenado a muerte sumaria. Por blasfemo, no por loco.
En septiembre de 2008, este sitio cumplía apenas un mes de vida y dije: “si se aplicara un test psicotécnico para asumir la función pública, tal como se le hace a todos los trabajadores, algo me dice que nos quedaríamos acéfalos en pocos minutos”. Lo sé porque lo dije tantas veces a lo largo de los años que tuve que ir a buscar cuándo había sido la primera. Ya sufrí bastante con mi forma de escribir; más me dolió ver que son casi dos décadas y acá estamos, con un tema inoxidable.
En otros momentos profundicé la cuestión porque sé que sonaba a chiste y pretendía serlo, pero algo cierto hay: para ingresar al empleo público, hay que aprobar un examen psicotécnico, el examen que no le hacen al que firma la designación de ese empleado. En algún momento de los años de Cristina, debo haber agregado: “te piden un apto psicológico para manejar un auto, pero no para conducir un país”.
A diferencia de lo que puedan suponer o de lo que han hecho otros colegas mucho más calificados que yo, jamás dije que nadie estuviera fuera de sus cabales. Simplemente es una decantación de algo que es una tradición presidencial: la imprudencia de no controlar la salud. Cada tanto surgía el tema: Menem en 1995 fue intervenido por una afección cardiovascular poco después de ganar la reelección; Kirchner sufrió un colapso gastroenterológico que lo dejó fuera de juego por semanas; Cristina tuvo una serie de complicaciones de salud para nada propias de una persona que se hace chequeos preventivos; y Macri debutó en la presidencia con un temita cardíaco que, nuevamente, hizo que varios –ok, unos pocos– nos preguntáramos si no debería ser un acto de prudencia saber el estado de salud de la persona a la que le vamos a dar nuestro voto para que nos administre.
De todos modos, así como haber tenido gastritis no nos convierte en gastroenterólogos, hay otras cosas que podemos sospechar que deberían pasar por una guardia a ver si está todo en orden. Si aparece un señor con un cacho de fémur que asoma de su pierna izquierda, podemos llegar a suponer que no está bien. No somos traumatólogos, no pisamos la facultad de Medicina, pero intuimos que eso no debería estar ahí, aunque nuestra opinión no tenga validez.
Recuerdo que una vez, cuando alguien notó que mi planteo de examen psicotécnico iba en serio, me preguntó a quién le daríamos el poder de decidir eso. Ya hay gente que tiene ese poder para cualquier ciudadano, pero si quitamos ese detalle del medio, tenemos un mecanismo para designar personas que, con el título de juez, pueden disponer sobre la libertad y el patrimonio al decidir quién actuó bien y quién no. Salvo que el temor pase por otro lado: que no podamos hablar de salud mental porque no queda nadie.
Pero salgamos de este embrollo. El presidente argentino puede subir un video en el que se convierte en el mejor jugador de fútbol de la galaxia o una imagen en la que aparece atado al mástil de un barco de madera en medio de una tormenta oceánica, pero no pasa nada. De hecho, lo hizo este jueves en su cuenta de Instagram. Y digo que no pasa nada ni va a pasar porque siempre fue así y lo único que pasó es que llegó a la Presidencia. Su hermana es El Jefe, o también puede ser presentada con la alegoría bíblica de Aarón, en cuyo caso el Presidente es Moshé. Así, en hebreo con acento de Villa Devoto. Su comportamiento puede volverse errático en sus picos de ira, vistos por todos como aquellos de euforia, cuando no tiene pudor en mostrarse a los saltos de la felicidad que le rebosa.
Y en comparativa, Trump publicó una estampita. Luego de conocerse la inflación de marzo, Milei compartió una imagen con su mirada y un texto sobre la mirada de los justos que tienen aquellos que llevan la Torá en el corazón y apeló al Salmo 125 para referir que su determinación no flaquea ante las tormentas del destino porque recuerda la promesa: “Los que confían en Eterno son como el Monte Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre”. Lo dicho: un día normal.
Por un lado, cualquiera que nos vea desde afuera puede hacer una aseveración simple y no estará equivocado: lo que habrán sido las opciones electorales que todo esto fue pasado por alto. Por el otro, esta suelta de ideas y datos los tiro con todo el temor que me genera no haber estudiado todo lo que tiene que estudiar un sacerdote, un rabino, un teólogo, un filósofo. Respeto con admiración a los tipos que tienen dos, tres o más carreras para abordar un solo tema, como puede ser la teología, y me cuesta entender cómo tanta gente puede mirar para otro lado cuando alguien comienza a explicar economía y política con una traspolación a textos antiguos y a contarnos quiénes fueron Moisés y Aarón. Mucha referencia bíblica para tan poca templanza, muy poco conocimiento para un conservadurismo que no sabe qué conserva.
Hay quienes dicen que a la gente le gusta esta clase de comportamiento. Sí y no. Es celebrado por cualquier núcleo duro que disfruta de todo lo que haga su ídolo porque le parece una genialidad, como cuando Cristina contaba un chiste negro o le pedían a Macri que bailara cumbia aunque estuviera con la banda presidencial: algunos aplaudían, otros vitoreaban, muchos quedaron atónitos y el resto ni opinó. Lo que nunca, pero nunca falla es el envalentonamiento colectivo cuando el líder grita, más si es en un momento complejo en el que la conversación pública juega en contra.
Esta semana eterna que finaliza tuvo al presidente frente a un micrófono el mismo día en que se conoció la inflación del mes de marzo. Frente a la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la Argentina, inició su alocución con “habitualmente los políticos, cuando reciben un mal dato, suelen fingir demencia o hablar de otra cosa” y que, como a él le “repugna la inflación”, hablaría, precisamente, de eso. Duranbarbismo 2.0 puro y duro: asumir el costo político para convertirlo en un capital de credibilidad, la utilización de palabras y adjetivos fuertes para mostrar conexión e igualdad con el sentir de la gente y asumir el rol de líder de un sacrificio que no fue ocultado y que, por ende, es más tolerable gracias al alineamiento emocional y a la explicación de un plan claro.
Lo de plan claro siempre es para ponerlo entre paréntesis: no importa si el plan es realmente claro o si con cuarenta minutos de alocución presidencial se explica que si a la inflación le sacamos la carne, la guerra, los servicios, los colegios y todo lo que necesitamos comprar, daría cero; importa que se muestre un plan. Eso tranquiliza. El núcleo duro podrá emocionarse con la inteligencia del liderazgo; los que necesitan que esto salga bien sentirán alivio por una nueva predicción de mejora y un plan. Luego vendrán entre quinientas y ochocientas publicaciones en Xwitter e Instagram con autoalabanzas exageradas y agresiones con la utilización de inteligencia artificial que de lo primero solo tiene el nombre.
Por contrapartida, Trump no cumple con el manual duranbarbiano. Sí, se muestra como un líder fuerte, decidido y sin temores, pero dejó de conectar con el enojo de su pueblo en el mismo momento en que encaró incursiones bélicas. Esto dista un tocazo de evaluar si las guerras que no son guerras son justas o no, necesarias o no, le sirven a la humanidad entera o no. Hablo de la conexión con el votante. Y mientras se cuentan por número los que se quejan de que Trump prometió en campaña una gestión sin guerra, también se suma el efecto de no haber un plan claro y que todos los días sea noticia una novedad que contradice la publicada cinco minutos antes y que todas sean verídicas.
Además, se suma un pequeño factor: guerra contra quién. No importa si Irán es bueno o malo; hablo del ciudadano promedio: no sé ni dónde está, queda lejos, no es mi problema, qué hacemos ahí y por qué se me fue a la mierda la inflación y el combustible. ¿Qué hace Trump con todas esas pálidas? Las niega y se muestra triunfal, habla de otras cosas, etcétera. Todo lo que dijo Milei que hace un político tradicional cuando un dato no le gusta. Por si fuera poco, comete el peor de los errores: joder con Jesús en los Estados Unidos. Ni los Beatles se salvaron de las repercusiones de un comentario, y todavía se pueden ver las imágenes de sus discos tirados a una hoguera. Y es que el conservador norteamericano es religioso y posee una serie de valores que no transa ni regala. En gran parte gracias a esa cosa tan religiosa y ancestral de la que el catolicismo se despegó hace tanto tiempo que hasta pasó de condenar astrónomos a tener su propio observatorio. Ocurrió bajo el papado de León XIII.
En la Argentina puede existir algún terraplanista como en cualquier parte del mundo, pero la cultura general, por más baja o analfabeta que sea, tiene un punto de partida distinto. Estoy seguro de que si me paro en el atrio de una iglesia perdida en el interior del país un domingo por la tarde y, a la salida de la misa, le comento al primer gaucho que me cruzo que Dios creó a Adán y Eva y todos somos sus descendientes, el tipo me pide que cambie de bebida alcohólica o que agarre un libro. Pero esa facilidad para aceptar cuestiones científicas es una carencia en cuanto a liderazgos. Mucho racionalismo, pero nos encantan los líderes mesiánicos, los salvadores, los únicos que nos podrán rescatar. Así es que no nos molestan ciertas licencias heréticas y ni siquiera nuestros conservadores están muy a la corriente porque peor es otra cosa. Sin embargo, más me sorprende el coraje de quienes encontrar un libro sagrado hace quince minutos y dan cátedra con toda la seguridad de la que carecen los teológos más estudiosos.
Después podemos hablar de liderazgos sectarios, otra característica muy argentina, y de la novedad de tener un mesianismo bipartido, una anomalía para un Occidente acostumbrado a santísimas trinidades o a una máxima autoridad. Igual, eso da para otro texto. Uno más aburrido que este.
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