Se fue la pastilla

Se fue la pastilla - Reproducción de "El hombre melancolico", pintura de Theodore Géricault.

Desconozco cómo abordarán las pálidas los demás, pero yo, después de cada derrota clave, veo cómo afloran todas mis obsesiones. Puteo, me aislo, limpio, lavo la ropa, lustro los muebles, paso la aspiradora, me ofrezco a lavar los platos de los vecinos; me miran raro, quizá sea que de madrugada prefieren dormir. Prendo la tele y clavo la primera película más vintage que me aparezca. Entró Citizen Kane.

Decía que no sé cómo hacen los más relajados. ¿Será la edad que les permitió ver tres campeones? En el 86, yo tenía cuatro años y no recuerdo nada. Algo de los festejos, el 404 rumbo a lo más cerca que se pudiera del Obelisco, el frío de las ventanillas bajas y un poco de estar a cococho de mi padre, pero no mucho más. Mi primer título, el que quedó grabado en mi retina para siempre, fue en 2022.

Me gusta la fauna característica de cada mundial. El que no tiene idea de nada pero opina sobre planteos técnicos, el que no se anotició de las modificaciones en el reglamento porque todavía no registra el reglamento anterior, el que no puede correr ni con un supositorio atómico pero sospecha de la entrega física de tipos que rompieron toda norma biológica y, obviamente, mi favorito: el conspiranoico. Venía de lo mejor con todas las teorías conspiranoicas contra nosotros en los últimos tres años y medio hasta que llegó el video de los jugadores antes de salir a la cancha, totalmente agobiados. Y un poco que me sumé a la ola. Ahora quiero explicaciones y, cuanto más delirantes, mejor. Terminó Citizen Kane. Entra Halcón Maltés.

Una novedad en este Mundial fue el auge bestial del choreo de contenido con el único objetivo de lograr sacarle unos dólares a Elon. No es que no ocurriera antes, pero es notable el aprovechamiento del momento más cabulero del ser argento para pedir repetidamente retuits a fotos bajo amenaza de perder. Fotos con el mismo texto, Messi chiquito, santos y reliquias, todo de a miles. La era del bait llegó a su máximo apogeo y lo único que esperaba era que luego viniera una estruendosa caída, pero ver que La Nación tuiteó “Por fin se acabó la mentira de Lionel Messi” para generar engagement me quitó toda esperanza por el final de esta era en la que todos desean ser puteados con tal de ser vistos.

De paso, valga un dato: el principal motivo por el cual todos vimos la campaña antiargentina es porque así funcionan los algoritmos desde hace unos años. El sistema premia abiertamente el engagement sin ponderar el contenido. Y nada genera más engagement que millones de ofendidos puteando a los que nos acusan de cosas que no somos.

No cambió nada más ni nada menos. Ese es el mundo que habitamos, solo que ahora quedó clarísimo. Por si no se entendió: se paga lo que genera quilombo. Lo sabemos todos, lo vimos todos. Incluso quise verificar qué pasaba si tiraba en Xuiter algo que baje la espuma: cero visibilidad y a la siguiente vez que entré me mandó por default a la pestaña de gente a la que no sigo con todos los mensajes de una pelea que en la calle ni se comentó. Todos estamos con la alienación fácil y cualquier respuesta estrambótica siempre, pero siempre es más correcta que la respuesta más simple. Nosotros caímos en esa con la conspiración detrás de un video de nuestros jugadores antes del partido, ¿por qué seríamos exclusivos en nuestra forma de pensar?

Así funciona, eso es lo que se premia con dopamina y, repito, ya lo sabíamos. ¿Qué esperábamos que ocurriera en el momento de mayor atención del planeta?

Incluso acá hubo idiotas que quisieron aprovechar el sistema para el que el ser humano está mejor preparado, que es el de agredir cuando sabe que no tendrá consecuencias. Una vicegobernadora se muere de ganas de generar engagement y sale con comentarios verdaderamente racistas, y a nadie le importa que un grupo de coprovincianos le pida el juicio político. Un idiota perdido en cualquier parte del planeta puede tomar ese hecho para decir que todos, los 46.999.999 argentinos restantes, somos todos igual de racistas.

Es la simplificación del sesgo y algo a lo que ya deberíamos estar acostumbrados: México, Brasil, Perú y Paraguay son solo algunos ejemplos de los países en los que se encontraron nazis tras la Segunda Guerra Mundial, pero nosotros quedamos como el único país al que llegaron y desde entonces somos nazis. A nadie importó que el cerebro detrás del programa espacial que permitió llegar a la Luna fuera Wernher von Braun, tan nazi que usó mano de obra de campos de concentración para el desarrollo de sus cohetes. O Arthur Rudolph, ya que estamos, a quien tuvieron que dibujarle el prontuario para que no terminara en la horca y así llegar a la NASA. Son dos casos aislados de los más de 1,600 casos aislados que ingresaron a Estados Unidos junto a todas sus familias.

Antes podíamos defendernos al decir que difícilmente pudiéramos ser nazis al tener la colectividad más grande de judíos de habla hispana, pero ya quedó demostrado que eso tampoco alcanza porque ahora los judíos son los nazis, en una vuelta de tuerca que ni Amin al-Husayni, líder árabe colaboracionista de los más altos mandos fascistas y nazis, se animó a prever. Calienta e ingresa Los mejores años de nuestra vida. Qué cosa hermosa, William Wyler.

Ya es miércoles y el bajón no merma. Mientras proceso que, quizá, sea hora de redefinir cómo medimos qué es un pobre, bajo con agua la noticia que indica que estoy por debajo de la línea. O sea, sacaron a 12 millones, 14 millones o 15 millones de la pobreza –todo depende del estado de ánimo del presidente al decirlo– pero yo me caí de palomita mientras que un cartonero pareciera haber salido. Como no soy economista, no opino. La teoría conspiranoica no para de darme alegrías con un supuesto doping, negociaciones de la UEFA y amenazas a los jugadores. Flojo de imaginación, aunque no pierdo mi fe en una buena historia que nos coloque en un lugar sufriente, pero de resistencia.

Igual, toda mi admiración para los colegas que no estuvieron de vacaciones y recién el lunes comenzaron a comentar decisiones políticas que habían ocurrido en las últimas semanas. Algo así pasó con el aumento del 12% de los senadores ocurrido el jueves previo, que recién fue comentado el martes. O con los brutales cruces verbales entre Patricia Bullrich y Victoria Villarruel, que en cualquier otro contexto habrían terminado en portadas. El Mundial no ocultó nada, no tiene ese poder, pero sí funcionó como una suerte de antidepresivo que impide que nos afecten las cosas que pasan de todos modos. Simplemente ocupó el lugar que ocupa cualquier antidepresivo: el de hacer que por un rato la realidad deje de doler lo suficiente como para que alguien se moleste en mirarla. Todo se hizo a la vista de todos, pero preferimos no verlo porque mirá qué lindo cómo avanzamos de fase.

Ya somos jueves. Qué peliculón The Lady Vanishes. Dormir ha pasado de moda.

La primera vez que viajé por trabajo sentí lo más parecido que puede haber al estado mental de un Mundial. No emigré, sé que esta fascinación por lo nuevo es momentánea, pero mi cabeza se relaja aunque trabaje. En teoría, hay un estrés que se acumula de todos modos, pero el cuerpo le da para adelante porque sabemos que no es una oportunidad que se repita con facilidad y que mucha gente nunca podrá tenerla en su vida.

Recuerdo estar sentado en un Wetherspoon de Holborn, acompañado por una serbia, una namibia, una georgiana y un croata. La diversión era el asombro de ellos mientras la cotización del dólar en mi país aumentaba con cada refresh que hacía en mi celular. Yo, que veía cómo mis ingresos se pulverizaban cada segundo, lo veía como un espectáculo. Ocurría, sí, pero era problema para después porque mi mente estaba puesta en otro lugar y en otras cosas. Al menos sirvió como entretenimiento por un rato para mis amigos foráneos.

El accionar defensivo de mi cabeza durante un Mundial es exactamente eso. No son vacaciones, pero tienen todos los condimentos para serlo: la fascinación por algo nuevo, una oportunidad a la que no todos tienen acceso; muchos nunca podrán hacerlo, y todo sin salir de mi país. Me estreso de todos modos, envejezco de a veinte canas por partido y tampoco puedo desconectarme de todo lo que pasa, pero serán problemas a resolver más adelante. Eso genera un sentimiento contrariado. Estuvimos y no estuvimos, viajamos sin salir y nos enteramos de muchas más cosas de las que podríamos suponer, pero teníamos la cabeza puesta en ciudades que quedan en otro hemisferio y en países que no todos pueden ubicar en un globo terráqueo. Y ni que hablar de las emociones por el triunfo de gente a la que conocemos de memoria de forma unilateral. Si aquel largo viaje mío hubiera sido 24 horas en un lugar ya conocido, quizá el desconecte no hubiera ocurrido, pero la fascinación de lo que nos excede capta nuestra cabeza como si fuéramos niños.

La angustia acumulada quedó ahí, en pausa, con válvulas de escape en los gritos cada un puñado de días. Volver a la normalidad es volver a lo que no podemos resolver, pero ni siquiera depende de la fe que podamos tener en un grupo de superhombres. No queda nada más que la realidad. Buen momento para que ingrese Sólo los ángeles tienen alas. Porque tengo ganas.

Entiendo el orgullo. Racionalmente, tengo dos oleadas que chocan entre sí: el agradecimiento por tanta alegría y el dolor de ya no ser, el punto final de una carrera maravillosa, irrepetible e histórica. Pero las alegrías llegaron en un momento en el que no podíamos más y, luego, me malacostumbraron a los triunfos de una Liga comandada por un Superman de 1.70 metros y 67 kilos. Y ahora no tengo de dónde agarrarme. Creo que esa es la sensación: la de despertarnos de una hermosa sedación de la que no queríamos que nos despierten.

Gracias a Dios, todo tiene un lado positivo. Si no queremos, ya no tendremos que lidiar con los que nos dan órdenes sobre qué pensar o sentir; ya no tendremos que fumarnos la politiquería barata y berreta de un manoseo brutal de resultados deportivos; ya no será necesario lidiar con el espanto de descubrir que no le agradamos a todo el mundo. Es nuestra opción. Si en cambio optamos por seguir enganchados, podemos llegar a colapsar de manera nerviosa al ver que nadie quiere escuchar nuestras explicaciones sobre por qué no somos lo que otros sí son mientras nos señalan.

Quién sabe cuánto hace que comenzó a irse todo al carajo. Probablemente siempre haya sido así y ahora todo queda expuesto gracias a la compulsión humana de decirle al que vive en la otra punta del mapa que parece un pelotudo. Antes solo lo pensábamos y no teníamos forma de decírselo. Los primeros días de la semana, ni los medios locales se hicieron eco. Algo vieron en las tendencias y se sumaron para el miércoles para contribuir al ecosistema que desde hace años intenta retroalimentar a las redes sociales con la vana intención de arrastrar algunos clicks.

Se nos hizo viernes. Me tiene sin cuidado la campaña antiargentina porque vivo en Argentina. Supongo que no debe ser fácil para un compatriota que camina por alguna ciudad del mundo con una camiseta nuestra y recibe una puteada de otro idiota que ve el mundo a través de la pantalla del celular, pero espero que todo pase. La campaña ya cumplió un objetivo que no esperábamos, que fue el de redirigir la atención a estas cosas justo cuando yo ya había escuchado a los primeros pelandrunes decir que “si el Dibu tiene dudas de seguir en la Selección, que se vaya” y a los caraduras que se atreven a decirle al técnico más ganador de nuestra historia que hizo mal las cosas. Con qué cara.

Del escepticismo a la euforia, de ahí a la ilusión, siguiente parada la frustración y, finalmente, la vuelta a la realidad. El fútbol no es otra cosa que la maximización de los estados de ánimo individuales. En el reflejo colectivo vemos que no estamos solos, pero no todos sufrimos por las mismas cosas ni nos exaltan los mismos hechos. El que necesitaba creer en algo, creyó cada vez más con cada partido. Creí cada vez más. El que quería putear, puteó muchísimo más que nunca. El que nunca pudo digerir que su mamá no lo abrazara de niño y el que ya se encuentra hastiado de tanta presión, aprovechan para tomarse un recreo de la vida y festejar por cosas que no dominan. No hace falta imaginar qué pasa cuando ganamos: para nosotros es un antidepresivo que actúa sobre la realidad y que dura hasta el próximo Mundial.

El proceso de duelo mayúsculo por dejar de ser lo que fuimos durante tres años y medio, por el que ya no estará, por el paso del tiempo, por haber tenido algo que nos calmaba siempre, ese “nos va como el orto pero al menos somos campeones”, ese “nos va de maravillas y, además, somos campeones”. Antes de tener que encarar eso, es obvio que nos abrazaremos a cualquier pelea que nos acuse de cosas que no somos. Porque sí hay algo que ya no somos.

Y duele.

Nicolás Lucca

P.D.: Iba a entrar Qué bello es vivir, pero tengo cómo refutar cada uno de sus argumentos. Y encima ya es sábado.

 

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2 respuestas

  1. Nicolas admirado … Nico muy querido mío – yo a mis ataques de ansiedad los suavizo con caminatas nocturnas por la ciudad … y a los de angustia con encierro y lectura y café y SILENCIO … vos sos brillante y -de roto a roto- entiendo y acompaño estos momentos … va un abrazote y un beso – Cesar

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