El fin de la inocencia

El fin de la inocencia – Intervención de Banksy sobre el 11 de septiembre de 2001.

Esta semana se volvió tendencia en redes sociales pedirle a alguna herramienta de inteligencia artificial que nos muestre cómo nos veríamos si estuviéramos en los años ochenta. Me gustó ver a todos los menores de 35 años jugar y, si bien no deja de ser eso –un juego– no pude evitar pensar qué nos atrae tanto de un período que pareciera que extrañamos por olvido selectivo. O sea: la mayoría de mis recuerdos de los años ochenta son una belleza porque era un crío en una era en la que la seguridad infantil era un concepto tan abstracto como una computadora de bolsillo.

Recuerdo que cuando ya me había vuelto un adicto a Stranger Things, caí en la cuenta de qué era lo que me faltaba para darle credibilidad a la escenografía ochentosa: que hubiera un consumo casi nulo de tabaco. Quienes vieron Mad Men y sintieron incomodidad por las costumbres, no habían cambiado ni un puntito para los ochentas: todo el mundo fumaba mucho y en cualquier lugar, los chicos viajábamos en el asiento de adelante, el cinturón de seguridad arrugaba la ropa, la envidia era ver pasar a los chicos que iban sueltos en la caja de alguna camioneta por la ruta y, si no tenías alguna sutura antes de quinto grado, es porque tus padres te tenían atado a la cama. Yo tenía tres de esas para cuando comencé la primaria. Y eso que era un chico tranquilo.

Cuando crecí, tomé conciencia de que mi país no fue un vergel de buenas noticias durante aquellos años de guerra, una dictadura que se iba, la vuelta de la democracia, los alzamientos militares y una crisis económica de proporciones diabólicas. Y el mundo era un lugar aún más interesante para leerlo en clave de historia, no sé si para vivirlo. La previsibilidad que hoy creemos que teníamos en aquellos años es con el diario del lunes. Es como ver el partido que perdimos contra Arabia en 2022 cuando ya sabemos cómo terminó ese torneo.

Igual creo que el amor por los ochenta tiene que ver con la memoria de determinados momentos, porque es lo que me pasa con los años noventa. Sí, sé todo lo que pasó en los años noventa, pero mis recuerdos agradables vinculados a la adolescencia transcurrieron un 100% en aquella década en la que todavía se fumaba hasta en los aviones, pero al menos mandaron a los chicos a viajar en el asiento de atrás de los autos.

Creo que cada uno tiene un momento de la historia de su vida en el que siente que fue el fin de la inocencia, el punto de quiebre, el momento en el que todo se fue al carajo o, si somos optimistas, ese instante en el que las cosas comenzaron a ir en una dirección que no es tan linda como la que dejamos. Y esta semana recordé que mi punto de quiebre, extendido a lo largo de unos meses eternos, comenzó el 11 de septiembre de 2001, al mediodía.

Hay un ejemplo utilizado para mostrar lo simple que es el mecanismo mediante el cual el cerebro decide qué recuerdo guardar y qué descartar, qué nivel de detalle conservar y qué no registrar. Son dos preguntas, una sobre un hecho trivial básico y otra más puntual: ¿Dónde estabas por la tarde de hace dos jueves? Probablemente no tengamos ni la más pálida idea. ¿Y el 11 de septiembre de 2001 por la mañana? Estoy seguro de que hasta podemos decir qué teníamos puesto. Esa es nuestra pregunta de ejemplo: no hay un evento que nos haya marcado tanto. Recuerdo todo lo que rodea al atentado contra la AMIA, pero no podría precisar qué hacía exactamente cuando me enteré. En cambio, el megaataque del 11-S sirve de disparador para un montón de escenas videográficas alojadas en mi memoria.

Cuando pensé que ya no había nada nuevo para mostrar sobre el 11-S, me encontré con la sorpresa de un especial de tres capítulos de National Geographic que está disponible en Disney Plus, centrado en contar la historia de seis sobrevivientes, sus rescatistas y juntarlos tras un cuarto de siglo. El factor humano, el paso del tiempo registrado en cada línea de expresión acumulada, el peso de la historia en las lágrimas que caen con ruido… y algunas risas. Historias que, a 25 años, igual conmueven. Bueno, conmueven a quienes recordamos. Y es que, para mí, el 11 de septiembre de 2001 es la fecha en la que decidí poner el punto de inflexión de mi vida, como para llegar a ese maldito diciembre ya aclimatado a la desgracia.

Los martes eran días difíciles en el kiosco de diarios en el que trabajaba aquella semana de 2001. Los lunes tenía el suplemento deportivo con los detalles de la fecha de fútbol, las carreras y todo lo que ocurría un domingo antes de que hubiera que consultar la borra del café para saber cuándo juega tu equipo. Pero los martes, ah, eran una mierda. Y ese 11 de septiembre no podía no caer un martes. Mientras trataba de no dormirme con la radio al palo, escucho que Pergolini le comenta a De La Puente y a Gantman que había pasado algo grave en las Torres Gemelas y remarcó que no era una joda. El día estaba perdido. Nada podía sepultar más rápido la venta de un diario que quedar viejo.

Cerré el kiosco, me crucé a mi casa y prendí la tele a ver qué onda. Vestía un jean negro. Fue cuestión de un segundo cuando vi al segundo avión impactar en vivo. Tenía un suéter rojo. Recuerdo que estaba de pie, en el living, con el control remoto en la mano izquierda. Y zapatillas Converse negras. Una emoción que mi memoria depositó en el fondo del armario y que resucitó con este documental en particular es la falta de aire que sentí cuando vi cómo una de las torres comenzó a colapsar. Vi el video millones de veces a lo largo de todos estos años, pero recién ahora recuerdo esa sensación al ver lo imposible ocurrir. ¿Cómo que, además, se pueden caer?

Sé que al hablar de 2001 en la Argentina tenemos otro recuerdo inmediato, pero en mi caso es parte del mismo punto de quiebre, un bloque en mi memoria emotiva. A veces creo que vemos las cosas como si no hubieran ocurrido fuera de la ficción. Secuestraron cuatro aviones comerciales con pasajeros y todo. Uno lo estrellaron contra una torre del World Trade Center. Cuando ya estaban todos los medios presentes y todo el planeta cerca de una radio o de una tele, se estrelló la segunda aeronave. El tercero cayó de punta contra uno de los laterales del Pentágono. El cuarto avión fue estrellado en el campo, en una pelea entre los pasajeros y los terroristas. En total, murieron casi tres mil personas y veinte mil tuvieron que ser asistidas por algún médico. Sé que casi todos lo saben, pero hay cada vez más gente adulta que tuvo que aprenderlo.

Mi hipótesis de punto de inflexión ubicada en esa fecha la puedo justificar de mil maneras subjetivas. Por ejemplo, puedo mencionar cosas que comprendí mucho tiempo después, como con todo evento histórico que en el momento es tan solo una tragedia: el “fin de la historia” de Francis Fukuyama, que reinó en los años noventa de consumismo, globalización, new age, drogas y cinismo, se la dio en la pera contra la opinión contraria, la de un señor llamado Huntington, que sostenía que se venía el Choque de Civilizaciones.

Hubo una época en la que mi terapeuta quiso bucear en mi cabeza con la ilusión de encontrar algún punto de origen a mi pesimismo. Pobre ilusa. Lo bueno es que sirvió para comprender a una parte interesante de mi generación. Porque una cosa es imaginar cuánto puede afectar a un argentino llegar a la vida adulta en 2001 y otra muy distinta es hacerlo con el mundo que nos fue dado desde entonces. A mí me educaron para un mundo en el que el autoritarismo es mala palabra, los dictadores no tienen un costado amable, la democracia lo es todo, la clase media dispone de créditos hipotecarios, un auto no es una máquina de pagar impuestos, la vida laboral no consiste en salir a cazar el alimento todos los días y la meta mínima es vivir mejor que nuestros padres. Ese mundo me estalló en la cara cuando me tocaba a mí.

Las políticas que surgieron luego apuntaron a salvar las papas de la gente de la edad de mis padres y se olvidaron de nuestro futuro, que hoy es nuestro presente desde hace rato. No tuvimos créditos porque no alcanzaba para salvar a todos; no tenemos crédito porque ya nos acostumbramos a que no haya.

A nivel global, el mundo corrió a las chapas hacia un lugar espantoso. Y sé que nunca fue una maravilla, si la historia de la humanidad se mide en guerras, conquistas y muertes. Pero diez años en la vida de un crío es una eternidad cuando tres meses de vacaciones de verano son como hablar de una era geológica. Hoy me ofrecen un turno médico para febrero y lo tomo.

No lo extraño, eh. Era un lindo mundo, con desigualdades, conflictos, recesiones y consumismo, la historia de siempre. Pero, al menos para los que crecimos antes de 2001, era un mundo que se me presentaba amable. Puede que bastante hipócrita en los modos de comunicarse, pero la amabilidad y la convivencia social tienen eso que tanto molesta reconocer: una pizca de hipocresía para salvar el día sin agarrarse a las piñas. La vida en sociedad se basa en ese principio y lo sostengo delante de cualquiera. Todos somos algo hipócritas si queremos coexistir porque nadie en su sano juicio opinaría en una esquina sobre la vestimenta de otra persona a la que siquiera conoce sin recibir una trompada o, al menos, un insulto. No nos gusta lo que se puso, nos guardamos la opinión que nadie nos pidió. Y si alguien hace alarde de decir lo primero que se le viene a la cabeza porque “no tiene filtros”, lamento informarle que no se trata de filtros: es un psicópata.

Puede sonar a sesgo de recuerdos, pero comparado con lo que vino después, sí, era un mundo más agradable. En mi sesgo, mis padres no tuvieron que explicarme por qué un presidente sí puede utilizar un lenguaje soez y escatológico todo el día si me enseñaron que no es de buena educación; tampoco hizo falta que me aclararan que los poderosos no hacen alarde del poder que tienen porque no lo necesitan, o que la xenofobia no es algo de lo que sentirse orgulloso. Sí, teníamos bullying escolar, acoso laboral, ocultamiento de trastornos mentales y demás cosas que queramos sumar. Hoy también tenemos todo eso y, además, las cosas que no teníamos.

Yo vivía en un universo en el que los hitos de la cultura ocurrían una sola vez a una hora determinada. ¿Te perdiste el estreno de temporada de Friends? Jodete. ¿No llegaste a ver el final de Seinfeld? Alpiste. ¿Están todos con la entrevista de anoche y no sabés cómo sumarte? Agua y ajo. Un entorno en el que no había que cultivar la paciencia porque nos aburríamos como hongos varias veces al día. ¿Hace mucho que pasó el último bondi? Misterio. ¿Espera en el consultorio? O te llevás un libro o aprenderás decoración de interiores con las revistas disponibles en la mesita ratona.

Pero aunque todo se tratase de un filtro que nos colocaron en la educación, es así como aprendimos. Fuimos moldeados por un sistema en el que el mayor flagelo era la guerra en Bosnia y el resto de Europa caminaba hacia la unión de países que pasaron los últimos milenios en guerras de exterminio. Pero déjenme reforzar mi hipótesis de café quemado de madrugada con algo de perspectiva. Un par de meses después de ese atentado, mi país se fue al tacho. Y de pronto estaba con guantes, barbijo y gafas protectoras para abrir un sobre de remitente dudoso por miedo al ántrax, mientras afuera abundaban los carros tirados por personas, un fenómeno al que yo no estaba acostumbrado y no precisamente por haberme criado en Copenhague. Luego tuvimos un desfile de presidentes, una brutal devaluación, un reviente de cualquier síntoma de estabilidad emocional para cualquier persona que tuviera que vivir de lo suyo y ni que hablar si había bocas para alimentar.

El mundo marchó a una guerra, luego a otra y a otra, y cuando se me ocurrió buscar el dato, me encontré con 68 conflictos bélicos activos. Hoy son 110. A mí me criaron con el comunismo como sinónimo del mal, derrotado en la Guerra Fría, y cuando terminé de estornudar, me encontré con que China es un país maravilloso con el que todos mueren por hacer negocio.

Y para colmo, hubo que bancarse que, ante cualquier queja, siempre aparezca alguien a decir: “bueno, pero ustedes son unos blanditos, en mi época…” Hay cosas por las que, creo, a los de mi generación deberían tenerle un poco de compasión. Supongo que nadie acusaría de debilucho quejoso a otro luego de haber tenido que pasar toda su vida adulta adentro de un alquiler, con la única esperanza inmobiliaria puesta en la sucesión de sus padres, si es que no tiene quinientos hermanos.

Nada ocurre de un día para el otro y todos sabemos que hubo una subtrama en el 11-S que se puede remontar a la Guerra Fría, Reagan, Afganistán y la Unión Soviética y más allá. Lo mismo ocurre con nuestro diciembre de 2001 y todos los instantes previos que se pueden buscar a lo largo de un siglo; todo depende de lo que pretenda el autor. Pero cuando erupciona un volcán, nadie pone una fecha en el momento en que comenzó la fusión de la roca por las altas temperaturas del manto terrestre, ni en la acumulación de magma y gases. El Vesubio entró en erupción a las 13 horas del martes 24 de octubre del año 79. Ese es el punto de quiebre. ¿Por qué no tomaría el martes 11 de septiembre de 2001 como mi Vesubio? ¿Y qué carajo pasa con los martes?

Para mí, que alguien se atreviera al horror demostrado en Nueva York y en el Pentágono habrá provocado una guerra, pero también hizo que nos diéramos cuenta de que ni siquiera los Estados Unidos son invulnerables. Y eso dio miedo. La conversación pública se volvió conspirativa y paranoica hasta la estupidez; personajes que no habrían sobrevivido al programa de rarezas en la medianoche de un canal de cable se volvieron líderes políticos en los países a los que llamábamos “serios”, y todo se ha convertido en una guerra de facciones en las que los lemas van de un extremo al otro.

Mientras buscaba alguna explicación a qué carajo nos pasó, en una entrevista me dieron la respuesta: “los criamos como si el Titanic fuera insumergible cuando siempre existieron icebergs”. Tiene lógica: el rastro más antiguo de una batalla bélica data de hace 14 milenios en lo que hoy es Sudán. Si el mundo siempre ha sido un lugar hostil en el que la vida vale mierda, ¿cómo fueron tan imprudentes de criar a un par de generaciones en la estupidez de que diez años de globalización le ganan a toda una historia de guerra perpetua? Pero es lo que me tocó. Habría preferido que mi vida adulta se iniciara con el optimismo de otra caída, como la del Muro de Berlín. Encima ocurrió un jueves.

Yo mismo puedo desarmar el verso de cómo era realmente aquella utopía en la que vivía. Tengo muy presentes todos los hechos que ocurrieron en la década que odiamos amar: la coca, los narcos, la corrupción, los escándalos, la frivolidad, el jet-set, y así y todo, al final del día, para mi subjetiva subjetividad, era un mundo más bonito. Un lugar apurado pero sin vértigo, individualista pero solidario, un terruño en el que ser malo no era bien visto y en el que una mala noticia educativa nos indignaba mucho más tiempo que una tardecita.

Me crié en una época en la que, antes de buscar a quién echarle la culpa por la leche derramada, intentábamos, primero, frenar el derrame y limpiar el enchastre; una era en la que las únicas desgracias ajenas de las que nos reíamos eran las que no resultaban en una desgracia ajena, en la que el drama del vecino no nos aliviaba porque le tocó a él, sino que nos preocupaba porque podía tocarnos a nosotros; de cuando Matrix era una película de ciencia ficción filosófica y no un manual de instrucciones para empresarios delirantes e influencers falopa; de cuando una masacre de vidas inocentes nos incomodaba lo suficiente como para que no nos importara “pensar en las posibles implicancias que habrían llevado a que un grupo de personas socialmente relegadas tomasen una decisión trascendental vivida como una suerte de justicia por mano propia contra un sistema que los agobió”. Básicamente, de cuando los muertos dolían y las guerras no se festejaban. Tan inocentes…

Nicolás Lucca

P.D.: John se encuentra atrapado debajo de diez metros de escombros. Tras varias horas, Scott logra llegar lo suficientemente cerca como para hidratarlo mientras afuera piensan cómo retirarlo. “¿Estás casado?”, preguntó Scott en esa madriguera de hierro y cemento, a lo que John contesta “sí, y tengo cuatro hijos”. Scott, a punto de ser aplastado por los mismos escombros que sepultan a John, hace una segunda pregunta: “¿Estás seguro de que querés que te saquemos?” Pasó de verdad. Está en el documental que les conté.

Este texto fue escrito a pulmón. Compartilo, que los algoritmos me esquivan. El sitio se sostiene sin anunciantes ni pautas. El texto fue por mi parte. Pero, si tenés ganas, podés colaborar:

Invitame un café en cafecito.app

Y si estás fuera de la Argentina y querés invitar de todos modos:

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico. 

Y si no te sentís cómodo con los cafés y, así y todo, querés, va la cuenta del Francés:

Caja de Ahorro: 44-317854/6
CBU: 0170044240000031785466
Alias: NICO.MAXI.LUCCA

Si querés que te avise cuando hay un texto nuevo, dejá tu correo.

Si tenés algo para decir, avanti

(Sí, se leen y se contestan since 2008)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Recientes