Lo que vos digas

Lo que vos digas - Cuadro neoclasico con una mujer que le susurra al oído a otra que revolea los ojos en señal de hastío. Autor: Auguste Toulmouche.-

Para alguien que escribe más de lo que habla, olvidar el poder de la palabra es algo imperdonable. De hecho, entre las cosas que más me molestan de los tiempos modernos está que el formato audiovisual sea el único medio que crece para cualquier cosa. Y si bien una carta nunca superará una llamada telefónica por cuestiones de calidez, podemos coincidir en que depende de qué tipo de cartas y qué tipo de llamadas. En tiempos de hiperestimulación audiovisual se nos pasa que la historia, tal como la conocemos, decidimos separarla de la prehistoria por un solo hecho: el día en que comenzamos a expresarnos por escrito.

Hace un par de décadas me topé por accidente con un documento de la American Journal of Psychiatry. En un paper con un estudio tremendo sobre el impacto neurobiológico de las palabras. Puntualmente, de las palabras negativas, las cuales activan un complejo mecanismo que es el mismo que se activa cuando estamos en peligro. Aún me resulta fascinante saber que no importa si las palabras son orales o escritas, el efecto es el mismo. Incluso cuando no son dirigidas hacia nosotros, el efecto también es bajonero porque estamos en un territorio hostil. Y si las palabras negativas activan el mismo circuito que el peligro real, no es un detalle menor cómo decidimos usarlas como carné de pertenencia política, aunque no explican nada.

No pienso volver a hablar sobre las formas del presidente porque ya he dicho en otro texto que no son sus formas sino la cuestión de fondo lo que me jode. El asunto es que me cayeron en seguidilla una serie de artículos que hablaban sobre distintas ponderaciones de un par de palabras. No es que yo todavía guarde alguna esperanza en el devenir de la humanidad, pero convengamos que es difícil sentirse jovial y exultante cuando notamos que la crème de la crème, la élite de nuestra sociedad, tiene un nivel cultural que hace que los resultados de las pruebas PISA nos resulten un buen logro y cree que los nazis eran de izquierda. Hasta los Simpson hicieron un chiste sobre los nazicomunistas para reírse de un enemigo ficticio.

Entre tanto comentario que trataba al autor de burro, noté una cola de gente que también creía lo mismo: que los nazis eran de izquierda porque estaba en el nombre del partido. Y sí, se llamaba Partido Nacional Socialista de los Trabajadores y lo resumieron en nazis. Pero no sé ni por dónde encarar el debate. O sea, sí, la izquierda en su versión comunista estalinista se cargó a millones de personas en su revolución totalitaria, pero cualquiera que haya tenido una conversación con sus padres en algún momento de su vida o que se haya detenido en uno de los millones de documentales que circulan 24 x 7 sabría que los nazis odiaban el marxismo y perseguían a cualquiera que tuviera un mínimo rasgo zurdo en la era de la Unión Soviética en manos de Stalin. ¿No ubican el rostro de Stalin? ¿No lo vieron sentado en Yalta? ¿Tan básico se ha vuelto todo?

Sí, está en el nombre: nacional socialismo. Ahora resulta que luego de enchufarnos bibliotecas enteras, simposios, charlas, debates y un derrotero de bilis para putear por la auto percepción de género porque “si querés creerte un unicornio, no me pidas que yo lo crea también”, la ubicación ideológica de un partido está en el nombre y no en sus creencias. Alemania del Este, entonces, no era comunista ni totalitaria. ¿No ven que se llamaba República Democrática Alemana? Está en el nombre, man. ¿Corea del Norte? Democracia. Está en la papeleta: República Democrática Popular de Corea.

Mientras me pregunto si al ver un dragón de Komodo esperan a que escupa fuego, comprendo aún más por qué es tan fácil sostener que un fenómeno político es lo que dice ser, sin perjuicio de la realidad. Si un gobierno dice ser nacional y popular, lo es por solo decirlo y todas las explicaciones que surjan después serán cosas que se han buscado para que encajen en ese concepto. Todo se reduce a una cuestión de autopercepción propia y ajena. Y no cambia con el paso del tiempo ni con otros vientos. Recuerdo a tipos que nunca habían tenido una opinión política en público decirse peronistas y no tener la más mínima idea ni de la historia del nacimiento del movimiento al que decían pertenecer. Y es obvio que la culpa fue del propio peronismo, porque cuando uno se acomoda a las ideologías y no al revés, cuando se permite que todos digan ser algo, nadie es eso porque ese algo ya no significa nada. Bueno: ¿alguien sabe qué quiere decir liberalismo? Poco importa porque tampoco sabemos si la idea que prima es el liberalismo, el libertarianismo, el conservadurismo o la derecha política.

Lo peor del asunto es tener que explicar cosas que podrían colocarlo a uno en una posición de defensa de lo contrario, cuando tan solo se quiere remarcar algo que no fue, que la historia no puede ser reescrita en función de una nueva narrativa y acá entro en el lugar que más amigos puede que me genere: ¿qué carajo es el populismo al que tanto decimos oponernos?

No entiendo en qué se basan los analistas que tienen definiciones tan exactas sobre qué es populismo y qué no, cuando no existe un consenso. Si bien es cierto que “si todo es algo, nada lo es” y que es necesario establecer un criterio básico para enmarcar al populismo, podríamos partir de una base crucial anclada en la historia: no es de derecha ni de izquierda porque no es una ideología, sino una forma de ejercer el poder. Entonces, al no ser una ideología, es tan maleable que aplica a cualquiera.

De pronto, aparecen algunos rasgos de culto a la personalidad como algo inevitable –sea fomentado o no– y su cara visible, por lo general, es un outsider de la política. ¿Qué se entiende por outsider? No importa si lleva veinte años en política o tres meses; importa si gravitaba en la centralidad política, si era un candidato posible una o dos elecciones previas a consagrarse. ¿Eso convierte a cualquier outsider en populista? No, si se entiende eso, el problema de la comprensión de textos es más grave de lo que suponíamos. Son ingredientes que se detectaron en todos los movimientos que hoy definimos como “populistas”, y eso hace caer en la misma bolsa a un Donald Trump sin un sólo antecedente gubernamental previo a 2016 con el mismísimo Juan Domingo Perón, que a principios de 1943 era conocido solo por algunos de sus camaradas y menos de tres años después ganó las elecciones presidenciales.

Suponer que el populismo es solo una cuestión de plan platita vinculado a una izquierda demagógica nos dejará afuera de la ecuación a Evo Morales, que tuvo una de las inflaciones más bajas de la región.

Yo no quiero agitar las aguas, pero la teoría que más gravitó sobre el populismo desde principios del siglo XXI afirma que es una construcción discursiva, una narrativa mediante la cual se condensan las demandas e insatisfacciones de sectores de la sociedad y surge una dicotomía entre un “nosotros”, que serían los que se encuentran comprendidos dentro de esas demandas, y el “ellos”, que son los que atentan contra el bienestar y el crecimiento de estos demandantes. ¿Quién es el autor de esta visión? Ernesto Laclau, autor de La Razón Populista, libro de cabecera de un matrimonio patagónico.

En nuestra visión del populismo Made in Argentina, nos resulta muy fácil vincularlo al peronismo en su amplio abanico. Sin embargo, desde que existen las redes sociales, es muy, pero muy fácil notar cómo el culto a la personalidad se da de forma orgánica, sin siquiera necesidad de agitarlo. Cualquiera que pueda enfrentarse al peronismo y se convierta en una variable sólida, automáticamente se vuelve un guía, un prócer, un salvador de la Patria. Es bueno remarcarlo porque, en el gran mundo del populismo, es muy fácil culpar a los mandatarios y pasar por alto algo tan básico como que nadie puede volverse populista sin público.

No sé bien quién agitó las aguas de que Milei sería una suerte de populista de derecha ni tampoco sé por qué comenzó a debatirse. Es un tema que me tiene sin cuidado por distintas razones entre las que se encuentran las prioridades individuales. O sea, si estamos todo el día con la cabeza metida en el trabajo para tratar de pagar las cuentas en una lógica en la que casi todos trabajamos el triple por la mitad, no vamos a tener tanto tiempo al pedo como para analizar la personalidad de un dirigente. Pero ya que han señalado el tema y como no se me ocurría un tema mejor para esta semana…

La mayoría de los estudiosos del fenómeno populista no lo analizan desde un punto de vista ideológico, sino en fenómenos que se repiten con el paso de los años y que se guían por construcciones narrativas. Estos fenómenos suelen darse tras una crisis de partidos en la que ningún viejo orden logra encauzar las demandas de la sociedad, estén o no fundadas. Uno puede confiar en una manera de ver la economía, en una filosofía de vida o en cómo se debe encarar la geopolítica, pero nada de esto importa cuando prima una narrativa anclada en hablar el mismo lenguaje de quienes se sienten perjudicados por un enemigo; a veces puede ser el sistema, otras veces “la política” en general, en otros tiempos o lugares es la inmigración, el globalismo, la industrialización, los vecinos; cualquier opción es válida.

Si seguimos con la guía del populista clásico, se puede mencionar el debilitamiento de las instituciones. Eso tampoco reconoce ideología; puede hacerlo cualquiera. ¿Hay debilitamiento de las instituciones en este gobierno? Bueno, habría que ver qué entendemos por instituciones. Pero si el Congreso aprueba una ley, se cumple con todos los resortes institucionales y, así y todo, no se aplica, no sé cómo lo llamaríamos. El nombramiento de los cargos vacantes en la Justicia, si se lo toma de modo aislado, es entendido por cualquiera como un fortalecimiento de la institución judicial. Pero cuando nos toca un Hot Sale de fallos judiciales carentes de cualquier sustento que, de pura coincidencia, beneficia a personas vinculadas o dentro del Gobierno, esa institución judicial ya no se ve tan fortalecida.

Un punto que puede ser el más controvertido tiene que ver con el tamaño del Estado. Está claro que en la narrativa del gobierno, el Estado va camino a ser cada vez más pequeño. El tamaño, en estos casos, se entiende solo por cuestiones presupuestarias: qué tanto recortamos, qué tanto tamaño le damos. Entonces, si seguimos esta misma narrativa, ¿qué tan grande es el poder del Estado cuando el presupuesto a los servicios de inteligencia es cada vez mayor en contextos de ajustes generalizados? Todo depende de cómo se lo mire.

Calculo que lo que contribuye a la confusión de que el populismo solo es demagogia de izquierda puede atribuírsele a la hegemonía que tuvo en la región sudamericana desde principios de siglo. Pero la finalización de tal fenómeno no implicó el abandono del populismo porque, como ya lo dijimos, es una forma de ver la vida política. Usted, yo, cualquiera puede ser populista sin siquiera saberlo, y estoy casi seguro de que en algún momento de nuestras vidas tenemos algún pensamiento de corte populista.

Jamás se me hubiera ocurrido que economistas a los que frecuentaba en entrevistas se subirían a la ola de desacreditar la caída del consumo en base a un video en la calle Corrientes. Calculo que habrá otras opiniones, pero hay datos comparativos que hablan por sí solos: si en diciembre de 2023 tus ingresos mensuales eran de 800 mil pesos y en agosto no cobraste 3.4 millones de pesos, perdiste frente a la inflación. Y yo no conozco asalariados que cobren eso. Tampoco conozco asalariados que cobren cerca de eso. Es más, paro un segundo para llorar un rato y vuelvo.

El finde pasado hablábamos de los sueños con los que fuimos educados en un mundo que caminaba indefectiblemente hacia la universalización de la democracia liberal. Resultó que primero nos comimos la oleada populista del Foro de San Pablo y, cuando la veleta cambió de rumbo, nos encontramos con líderes populistas hasta en el primer mundo, pero con otra visión de las cosas. Algunos son proteccionistas y culpan a los que atentan contra la grandeza histórica de una nación; otros son abiertamente antiliberales europeos que descreen de los beneficios de la Ilustración. Todos tienen algunos denominadores comunes y, como uno de ellos es el rechazo por parte de la izquierda, son todos amigos: liberales, proteccionistas y antiliberales.

El problema de esta discusión es que puede correrse de eje todo lo demás. Por ejemplo, acusar al actual gobierno de ser una gestión extractivista para unos pocos es pasar por alto que el fenómeno de reprimarización de las economías ha sido documentado en casi toda la región durante los gobiernos que, supuestamente, venían a reindustrializar la Patria Grande Nuestroamericana.

Pero aún hoy podemos rescatar algunas cositas que siguen presentes: la lealtad al líder no se discute y el cuestionamiento se paga con el destierro del partido; siempre existe una explicación profética para las cosas que funcionan y, cuando no funcionan como se prometió, también hay explicaciones. Siempre puede haber más explicaciones porque siempre hay más para aprender de la novedad y porque, después de todo, nos gustan las palabras y las historias. También podríamos anotar el anclaje de la narrativa en un momento histórico de grandeza al que debemos volver, la referenciación y comparación con próceres fundacionales, el surgimiento dentro de un caos económico y social, la pérdida de representatividad de los partidos históricos, la ausencia de contención de los órganos de la sociedad civil –sindicatos y oenegés, por si no recuerdan qué eran– y, cuando no, el llamamiento a reconstruir desde los cimientos un nuevo tiempo venidero. El abc de cualquier discurso proselitista que hayamos escuchado en cualquier idioma, en cualquier país y en cualquier partido en los últimos veinticinco años.

Y un discurso populista siempre garpa porque va a lo más sensible que tenemos. ¿Quién no quiere sentir que le hablan a él, que finalmente alguien dice lo que él piensa y como él lo diría? Decir que se prometió ajuste y que eso no es populista es volver, otra vez, a la cuestión técnica cuando lo que se jugó fue la narrativa: pasaremos penurias para salir del desierto en el que nos depositaron los enemigos –inserte nombre según el caso y el momento– pero finalmente llegaremos a nuestro destino de grandeza. Con un líder que funciona, por más aparatoso o desagradable que le resulte a sus adversarios. Es más, esa falta de magnetismo visual es un capital a explotar porque también matchea con todos los que sintieron que no encajaban. Explotar los miedos, administrar las ansiedades con dosis de calma, arremeter contra determinados sectores o personas, todo ayuda a darle un marco a algo que nos resulta complejo porque nadie quiere lidiar con la incertidumbre.

No estamos hechos para vivir en alerta: queremos seguridad frente al miedo.

Quizá sea hora de aceptar lo que no queremos ni tocar: que el populismo funciona. Tampoco es tan grave. Incluso nos coloca a la vanguardia de países del primer mundo. Hoy, la esperanza de un mundo ideal se ha desvanecido en un mar de temores absolutamente justificados. Y acá ni siquiera hay ironía: ¿cómo no tenerle cagazo a un descontrol migratorio o al resurgimiento del terrorismo? Pero una cosa es temerle y otra, un tanto distinta, es trazar una línea y decir “esta es la única solución, el que está con nosotros, bienvenido; el que no, está con el enemigo”, aunque tan solo tenga otra propuesta para dar. Y es que también esto funciona. Putearán algunos boludos como este que escribe estas líneas, pero debemos reconocer que una trama es mucho, muchísimo más simple de comprender cuando sabemos quiénes son los buenos y quiénes los malos. Y eso genera identidad en todos los ámbitos. Te puede ir pésimo con un gobierno y apoyarlo igual porque te identifica a favor de él o en contra de la otra posibilidad. Y así vamos de elección en elección inmersos en batallas personales representadas por personas que, en cualquier otro contexto, no contarían con nuestra atención.

En el nosotros o ellos pareciera que está la paz mental. Una respuesta simple en un contexto cansador. Es como tener un escudo dentro del caos. No nos interesa salir del quilombo, lo vemos improbable, pero al menos estamos protegidos. El antagonismo es mucho más simple de comprender que el complejo funcionamiento de las instituciones constitucionales. Todavía existe un inmenso, enorme grupo de personas que no sabe explicar qué es la democracia representativa, ni hablar de qué entendemos por república. En este país, en el que la Constitución es un poema de mitología épica y las leyes un listado de sugerencias, puede que el término “populismo” nos suene insultante, pero es eso que impide que nos podamos bajar de ese péndulo impulsado por un cohete en el que nos vamos cada vez más rápido de un extremo a otro más lejano. En nuestra experiencia no es ni bueno ni malo.

Es lo que es.

Nicolás Lucca

P.D: El populista es el otro. Siempre.

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