A los jóvenes de ayer
Hace un par de meses suponía que este iba a ser un año más que divertido y no me equivoqué. La tinellización de la política ha llegado para quedarse y el puterío harto, barato y berreta está a la orden del día. Mientras el gobierno nacional propone llevar el conflicto por los subtes a la justicia para luego afirmar que el Poder Judicial no tiene nada que hacer en cuestiones de gobernabilidad, Zaffaroni ya avisó que no sólo puede hacer algo, sino que es competencia de la Corte Suprema de Justicia intervenir en este tipo de cuestiones. 
La oposición planeaba una fiesta en el Congreso con el tema de Boudou y sus ganas de jugar al Estanciero con billetes de verdad y decidieron llevar al vicepresidente a juicio político. Mientras Vicky Donda repartía cornetas y Amadeo se colocaba el bonete, la UCR dijo que va a esperar un rato, porque una cosa es decir lo que se tendría que hacer y otra, muy distinta, hacerlo. Ayer, en el Senado se trenzaron entre el radical Morales y la vedetonga De Vido por el tema de los trenes. De Vido fue a defender el traspaso de los subtes y los bondis, y Morales le dijo que se haga cargo del accidente del Ferrocarril Sarmiento. Si bien creo que si Florkey no afloja con su nivel de gastos, Cris podría ceder la patria potestad a Macri, me sorprendió la discusión entre los radicales y De Vido. No tanto porque los radicales lo hayan interpelado fuera de programa, sino porque al ministro de Infraestructura de la Nación no se le ocurrió mejor argumento que decir que la culpa de los trenes la tienen los que dejaron el gobierno en 2001. Cambio de paradigma: hace diez días, la culpa era de Menem; hoy, de la Alianza. Quisiera saber qué opinan al respecto Zaffaroni, Conti, Garré, Lubertino, Abal Medina y otros prohombres aliancistas, aunque supongo que les debe chupar un gobelino.
Boudou, ajeno a todas estas cosas que presume aburridas, luego de defenderse de las acusaciones con un convincente y patriótico “son todas calumnias cercanas a Duhalde” (?) quiso participar de un acto en homenaje al exgobernador bonaerense Oscar Bidegaín. Desde aquí suponemos que Aimé no tiene la más puta idea de quién fue Bidegain, pero los pibes de La Cámpora tampoco y sin embargo quisieron reivindicarlo. Boudou se quiso sumar, La Cámpora no asistió debido a las inclemencias climáticas, el vicepresidente tampoco. 
Los muchachos de la vanguardia kirchnerista son raros a la hora de elegir a sus referentes. A Boudou lo ensalzaron y glorificaron durante meses. Afirmaban que era economista, “pero con onda”, que era la nueva política a pesar de pisar alfombras públicas desde 1998, y que su pasado de militante de la Upau eran falacias dichas para desprestigiar al otrora candidato a vicepresidente, hoy en funciones. No es de extrañar este tipo de actitudes, basta con prestar atención a los personajes históricos con los que se quieren ver representados y cotejar con el armado actual de la agrupación que los nuclea. 
Ser de La Cámpora es todo un anuncio, un renunciamiento a la sana crítica y a la rebeldía. Una cosa es reivindicar a Héctor Cámpora como presidente de la democracia y otra muy distinta es colocarlo en el lugar de prohombre revolucionario. Hace un tiempo, charlando con un par de jovatos que en su juventud formaron parte activa de agrupaciones revolucionarias –uno de ellos monto, el otro de la tendencia- les pregunté qué onda con Cámpora, tratando de divisar algún dejo de hijaputez. La respuesta, coincidente en ambos, resultó interesante: “Cámpora no era mal tipo, es más, era un tipazo. Su problema fue lo que había sido durante años su mayor virtud. No tenía carácter, no sabía cuándo decir no a nada. Perón ordenaba, él obedecía. Nosotros lo apretábamos, él cedía. Creo que lo queríamos más porque nos daba bola que por otra cosa.” 
La intención de participar en el homenaje a Bidegaín -el cual se llevó a cabo de todos modos- va en la misma línea de falta de brújula que el resto de sus reivindicaciones, porque la obediencia durante décadas del exgobernador fue tan cierta como el boleo en el orto que le dio Perón en enero de 1974 por haberse dejado copar el gobierno por montos de la talla de Arrostito y Habegger, más allá del detalle de que el departamento donde se planificó el asesinato de Rucci estaba a nombre de otro funcionario de Bidegaín. 
Más allá de la lucha armada, las distintas agrupaciones juveniles de aquellos años eran bastantes quilomberas, rebeldes y difíciles de amansar. Eran la Juventud Radical Revolucionaria que apretaba a Balbín sin que se les manchara la ropa interior, eran la JP que se le plantó a Perón para conseguir más espacios –no confundir con los Montos puteando en la Plaza- y lo eran, también, todos los que cuestionaban las estructuras de poder. Ser militante era el camino inicial que culminaba con una adultez burocrática. El militante estaba para recordarle al funcionario de dónde vino, para putearlo por olvidadizo y para discutir, cuestionar, reclamar dentro del mismo espacio político. 
A ese espíritu tan propio de la naturaleza humana, hoy pretenden darle un marco cronológico. Existió solamente en la primera mitad de la década del setenta y eso lo decidieron quienes hoy pretenden reivindicar aquellos años como el ideal a aspirar por la humanidad. Obviamente, para llegar a este punto, tuvieron que trastocar algunas cosas. Reivindican lo que les conviene desde la comodidad del siglo XXI, sin amenazas militares y sin grupos tanto o más locos que los enfrenten. Desde esta óptica tan particular, alzarse en armas era la única vía para el restablecimiento democrático y no el camino para la toma del poder. En idéntico sentido, este engendro de capitalismo de amigos, control del dólar y reparto de subsidios, es el sueño cumplido de aquellos que militaban por el establecimiento de la patria socialista y que pretendían colocar las estructuras burguesas patas para arriba.
Ante este panorama es lógico que aquellos que se hicieron militantes burocráticos y se sumaron al modelito de Cristina se sientan identificados con aquellos pibes que no tenían problemas en pasar a la clandestinidad y enfrentarse a riesgo de perder la vida por lo que ellos -equivocadamente o no- creían correcto. Para los muchachos de hoy, una columna de Pagni en La Nación está a la altura de ser sentenciado a muerte en «La Cárcel del Pueblo» de la revista Militancia -o en El Caudillo de la Tercera Posición, elijan según la ideología. Que tres barrigudos de la bonaerense les impidan entrar a un acto es lo más parecido a que la Federal los corra a los tiros por querer copar la Plaza de Mayo. No es de extrañar, entonces, que Heyn este en el pedestal de la santa militancia impoluta, aunque ser chupado por un grupo de tareas a la salida del laburo no se parezca demasiado a una paja Xtreme. Si al menos se bancaran estas pelotudeces, estas chiquilinadas de plazoleta, al menos serían un poquito más respetados. Algo, no mucho. Sin embargo, necesitan de la intervención de Cris para que los cuide de los malos. Y para ello, nada mejor que u
n buen discurso que no tenga un pingo que ver con el motivo del evento en el que se brinda.
La Presi anunció el lanzamiento del Plan para la Igualdad Cultural, al que supongo que querrán darle otro sentido que el que se expresa en el enunciado, dado que nos vienen rompiendo los gobelinos desde hace casi una década con la diversidad cultural. Cris, emocionada, pidió que así como tuvimos un Tecnópolis, deberíamos tener un Artépolis.
(NdelA. Un amigo lingüista que se suicidó después del discurso, dejó una nota que decía lo siguiente: «Arte proviene del latín Artis, que es el equivalente al griego Tekhné, lo que hoy llamamos, vulgarmente, tecno. Por lo tanto, Tecnópolis significa lo mismo que Artépolis, si es que alguna de las dos signifca algo. No sé qué quiso inventar pero ya no lo soporto. Los quiero muchísimo. Adiós»)
Luego de contarnos que el monto a gastar en el mega plan cultural del bicentenario es una cuarta parte de lo que se gasta en Fútbol para Todos, Cris quiso darle al proyecto un espíritu de unión nacional a su modo, por lo que trató de macartos -sic- nazis y antisemitas a los que dijeron que Axel Kicillof invierte la guita en propiedades del extranjero, luego de acusar de estigmatizadores acomplejados a los que pedían que se liberara la autopista Illia y de comparar con Menguele a quienes criticaron que en el gobierno haya tantos hijos de personajes de antaño. 
Debo coincidir con Cristina en la sorpresa que me generó que definan a los camporitas y camporitos como contestatarios. Me llamó tanto la atención como que traten de pibes a flacos que están más cerca de tener problemas con la próstata que con el acné. A ella le pareció una crítica injusta de algo que sí existe, a mí, en cambio, me resultó un exceso ridículo. La propia Presi marcó la diferencia entre los militantes de antes, que se sumaban a un proyecto con la ilusión de lo que podía resultar, y los pibes de ahora que se suman a lo que ya existe. Con el diario del lunes todos somos directores técnicos. Militancia es tener fe en un proyecto y en lo que pueda surgir, con incertidumbre, pero esperanza. Te puede salir mal, te puede salir bien. Entiendo que la gente se sume a lo que creen que es un exitazo, pero de ahí a marcar como loable hacerse hincha del Boca de Bianchi después de la segunda libertadores, es como mucho. Calificar de contestatarios a gente que es incapaz de esbozar una crítica al sistema ni aún cuando el modelo les revienta en la cara con la fuerza de un tren estrolado en Once, sería un exceso si no fuera una carencia total de análisis de la realidad. Atacar a los mismos que antes se defendía sólo porque Cris cambió de opinión, en mi barrio se llama obsecuencia y está bien, bien lejos de cualquier actitud que tenga un dejo contestatario.
Los muchachos de antes no usaban brillantina.
Miércoles. A los que se asustan porque C5N levantó el programa de Longobardi: en 2009 levantaron Andrés Klipphan porque lo tenían a Becerra pegándole duro y parejo a Diana Conti. ¿Qué esperaban si lo ponen a Alberto Fernández a pegarle a Cristina?