Inicio » Relato del presente » Crossover estresado
A mí me gusta tener los asuntos separados. Cuando quiero hablar de cosas personales que no tienen que ver con la coyuntura, me voy a mi otro blog o al podcast. Pero hay veces en las que cierto entendimiento personal se entremezcla con cuestiones de coyuntura. Esta es una de esas.
La falta de dopamina hace estragos cuando no logra satisfacerse. Provoca, entre otras cosas, fatiga, apatía, anhedonia, cambios de humor y dificultades de concentración. Y como es una suerte de droga del placer que el cuerpo genera por sus propios medios ante situaciones gratificantes, ya la buscamos en cualquier lugar y potenciamos cualquier conducta autodestructiva para sentirnos bien por un rato. Existe un listado de patologías y situaciones que pueden provocar una carencia de dopamina; entre ellas, el estrés crónico.
Las situaciones estresantes disparan los niveles de cortisol. Nada fuera de lo normal; es un mecanismo de supervivencia. Nuestro cuerpo fue entrenado durante toda nuestra evolución para producir más cortisol al despertarnos para buscar alimentos y por la tarde para incitarnos a alimentarnos antes del ayuno del sueño, aunque puede ser que también tuviera algo que ver el estar alerta sobre el final del día para evitar situaciones de peligro con la caída de la luz diurna.
El cortisol es bueno y sano en su justa medida. El tema es que está configurado para un cerebro cuasi primitivo, para nuestros antepasados que debían resolver un problema urgente y huían de un ataque o buscaban cómo alimentarse.
Podríamos cerrar esta triada con la mención del estrés en sí mismo, una situación de respuesta a factores externos. Es curioso que exista un estrés positivo, ese en el que nos esforzamos para resolver algo que requiere un mayor gasto de energía, pero de manera satisfactoria y por un breve plazo de tiempo. El negativo, el distrés, es el que comúnmente tenemos asociado con estar con las gónadas por el piso. Y no, no es para nada positivo.
Ahora mezclemos las tres cosas: el estrés es supervivencia, pero no se puede estar de manera permanente en este modo. Cuando estamos expuestos durante mucho tiempo a una situación de tensión constante, el cuerpo reacciona como puede y, tarde o temprano, colapsa. Es como un motor al que se le exige mucho para sobrepasar en la ruta; podemos ir en cuarta para acelerar, pero por un breve lapso de tiempo. Si vamos con el motor exigido durante un trayecto largo, lo fundimos. Y nosotros vivimos fundidos.
Ya no habitamos la sabana africana y no tenemos miedo a que nos morfe un depredador en algún momento del día en el que salimos a buscar nuestro alimento, aunque puede que algunos ciudadanos no estén muy de acuerdo con este último punto. Pero el modo de supervivencia está adaptado a nuestra realidad, a lo que es normal. Antes era la naturaleza, hoy es la ciudad en la que vivimos; hace unos años era conseguir fruta o cazar, hoy es administrar nuestro dinero, que nos permite conseguir el sustento. Y si bien cada persona tiene un estilo de vida distinto al otro, a todos nos atraviesa el mismo estrés de supervivencia. Puede no ser una supervivencia de vida, sino una supervivencia de nuestras condiciones, que es cómo concebimos nuestra vida.
Por eso, el estrés afecta tanto a una persona acostumbrada a un alto poder adquisitivo que siente como una amenaza pasar a vivir en un departamento, como puede afectar a un tipo de bajos ingresos que puede quedarse sin la guita para pagar la pensión. Son situaciones radicalmente distintas, pero andá a explicárselo al sistema parasimpático.
El estrés dispara el cortisol por encima de la media. Es una situación de riesgo; necesitamos alimentarnos y estar alertas para el gran consumo de energía. ¿No conseguimos esa satisfacción de la necesidad? Aumenta aún más el cortisol porque el problema no se resuelve. La dopamina puede ayudar a relajar, ya que se dispara cuando algo nos genera satisfacción. Y nada puede ser más satisfactorio que saber que sobrevivimos y superamos la situación de riesgo. Después vienen los ingresos dopamínicos forzados; pueden ser drogas o acciones, como buscar situaciones que nos generen satisfacción, aunque no tengan que ver con resolver nuestro problema. Hacer cagar a quien amenaza con nuestra supervivencia puede generar un efecto dopamínico intenso. Y, por si fuera poco, al haberlo eliminado, se resolvió también la situación estresante.
Pero, como vivimos en una sociedad en la que matar sin razones justas está penado, activamos el modo bélico y lo satisfacemos con microbatallas que no conducen a nada y que se configuran ilusoriamente como una pelea real. El tema es que, al entrar en conflicto, también liberamos cortisol, con lo que la dopamina actúa por haber triunfado en un insulto callejero, pero no logra compensar el cortisol ya liberado.
Para no hablar en difícil, si una persona está sometida a un período de estrés continuo durante mucho tiempo, el cuerpo pasa factura y fuerte. La fatiga no es gratis. Y el estrés no es solo una condición psicológica: el cuerpo está en una orgía de hormonas y neurotransmisores con un motor que funciona al máximo de revoluciones por minuto.
No sé si en esta era de gritos permanentes y quemas en piras construidas en base a bytes se tiene en cuenta si alguien tiene una mínima noción de cuánta gente lleva demasiado tiempo bajo una presión constante y permanente, sin un mínimo de descanso ni un toque dopamínico.
El nivel de estrés que maneja un ciudadano promedio es un caos desde hace años. Nunca nos recuperamos de la pandemia que ya nos tomó con los pantalones bajos. Luego vino la hiperinflación de un gobierno detonado y acéfalo, para terminar en un contrato social con gente que no entiende demasiado el concepto de delegación representativa temporaria ni del sistema de contrapesos para la administración de lo público en beneficio de la totalidad de la ciudadanía. Y los que sí entienden consideran que el concepto está demodé.
Bobazos, accidentes cerebrovasculares, diabetes, hipertensión, arritmias, gastritis, úlceras, trastorno depresivo, trastorno de ansiedad generalizada y pérdida de defensas. Un minuto de estrés elevado disminuye el sistema inmunológico por seis horas. ¿Sigo? Brotes de acné en la edad adulta, psoriasis, urticarias nerviosas, problemas de fertilidad en ambos sexos, problemas de memoria, alteraciones en el estado de ánimo, bruxismo y su consecuente problemática dental, cambios en el microbioma intestinal…
Todo puede reducirse a una situación individual, como puede darse en una persona tremendamente estresada por un conflicto íntimo. Ahora, ¿qué pasa cuando ese conflicto íntimo se reproduce de a decenas, centenas o miles? ¿Qué sucede cuando una deuda impagable no es problema de un vecino, sino que todos están en la misma? ¿Quién puede compadecerse y dar una mano cuando todos tienen el mismo problema de supervivencia y no quieren bajar un escalón?
Los argentinos tenemos experiencia en sortear crisis graves. Lo que a la larga no toleramos es que la crisis se tape con agresiones. Una gran parte de la sociedad lo padeció durante mucho tiempo y algunos todavía lo tenemos grabado. Muchos, como si habitaran en un universo paralelo al nuestro, nos recuerdan que “Cristina nos cagaba a pedos por cadena”. Sí, man, lo recuerdo. Tengo toda una carrera desarrollada en esos años.
Es como si a toda la carga de una realidad económica angustiante, de un nivel de incertidumbre laboral generalizado para cualquier asalariado, de una recesión del consumo que percibe cualquiera que tenga un comercio, se le respondiera con un insulto, con un griterío, con un berrinche o con un dedo que señala como culpables despreciables a una corporación intergaláctica conformada por el 95% de los periodistas, los políticos corruptos y los empresarios prebendarios. Como si eso fuera un problema ajeno, de otros, ¿vio? Es como si los que ocupan la Casa Rosada fueran cadetes juniors en una ONG dedicada al rescate de focas y no funcionarios políticos, como si el piso para hablar de corrupción estuviera fijado por ley y no se pudiera mencionar el asunto hasta que no aparezca algún hotel a nombre del mismísimo Presidente.
Una vez, un amigo que tiene unos años más que yo, a inicios de 2020, me contó que la diferencia que percibía entre crisis anteriores y la que se sostenía en ese momento era que “antes sentías que la crisis era pasajera”. No puedo juzgar el sentimiento ni la percepción de datos, pero antes de la hiperinflación de 1989 y 1990, tuvimos tres lustros consecutivos con índices de tres dígitos anuales. Sin embargo, no se me cruzaría por la cabeza discutir algo que vi de rebote porque tenía siete años. El asunto es que esa visión de 2020 me pegó porque tenía un punto: la sensación de una crisis que nunca se termina, de la que un año y medio de semi-normalidad se vivió como una pausa de hidratación para luego seguir la carrera. Casi cuatro años después de aquella sentencia de crisis continua, llegó Milei tras un descenso al infierno económico que parecía no detenerse. Los bomberos sofocaron las llamas, pero las brasas aún están encendidas.
Cuando alguien afectado por la coyuntura económica minimiza la situación por una cuestión de convicciones, no hay mucho para hacer: se respeta la opinión ajena y a otra cosa. Después de todo, vivimos en un país con libertad de culto. La pregunta es cómo nos impacta una crisis perpetua. Algunos pueden anclar el origen de sus pesares económicos en los últimos meses, otros en las políticas de este gobierno, otros en la inflación desaforada de Massa, y otros se pueden ir tan lejos como 2013 o, incluso, más atrás. ¿Cómo esperamos que reaccione una persona a una presión tan larga, tan extendida en el tiempo? Incluso para los que llevan solo un par de meses con cosas que no consiguen resolver: un par de meses es demasiado para un mecanismo que se activa para la huida y solución de un problema inmediato.
Imaginemos a una persona que vivía con problemas para planificar su economía por culpa de la inflación cotidiana. Esa persona estuvo años a las puteadas mientras hacía malabares en la búsqueda de aumentar un poco sus ingresos para poder progresar. Luego se encuentra con que no solo no subió un escalón, sino que bajó dos o tres y, con solo preguntar qué onda, lo tratan directa o indirectamente de zurdo, socialista, comunista, kirchnerista o, literalmente, de apátrida al ponerlo como contraparte de “los argentinos, en cambio…” Esa persona probablemente siente que está en una pesadilla. Si no importa a quién vote, su suerte estará atada a la supervivencia; vive una pesadilla. Si no importa a quién vote, su suerte estará atada a la supervivencia; vive una pesadilla. Si encima ve que la curva está cada vez más cerca, que pasó la mayor parte de su vida productiva sin poder ahorrar, sin poder acceder a un crédito y todo para aspirar a una jubilación mínima y un sistema de salud que nadie quiere solucionar porque, cuando llega al poder, entiende que es una bonita caja, ¿cómo se puede sentir?
Supongamos que esa persona está en sus cuarentas. Por simple cálculo, salió a la vida adulta en plena crisis de principios de siglo. Los programas de urgencia para recuperar a la clase media no lo incluyeron por ser joven y sin hijos. Esa será su suerte de ahí en más. Más adelante, notará que se produjo un gap, un paréntesis entre la generación previa y la suya, que ya nada volverá a ser como lo que tuvieron los que lo precedieron.
Supongamos, también, que esa persona, hija de una clase media seteada para otro mundo, siguió con su vida con los planes que le inculcaron y formó una familia. Hoy tiene que soportar que un montón de personas que no tienen hijos, desde el presidente hasta sus fans, le dicen que no tiene motivos para quejarse. Esa persona no se queja: está preocupada por su futuro y el de sus hijos. Porque, cuando la curva comienza a verse en el horizonte, comienza a aparecer otra preocupación: ¿será una carga para sus hijos en el futuro o ganará la lotería? No hubo chances de ahorro, no hubo plan previsional que funcione. Los que tienen otra espalda le dicen que ahorre, que no habrá jubilación. El tipo se queda con los ojos en modo “espere mientras se cargan los datos” mientras su cabeza busca algún archivo que explique si podría haber ahorrado en algo en un país que vivió esta realidad durante toda su vida adulta.
Y supongamos que esa persona es absolutamente normal, una parte común del paisaje de la clase media del siglo XXI. Paga alquiler, paga cuota de colegio, paga planes de medicina, paga todo lo que otros no tienen problemas para pagar o que no pagan porque otros lo hacen por ellos. Puede estar en relación de dependencia y ver que su sueldo, pasados los cuarenta, no le alcanza para mantener a esa familia. No es mantener una mansión, no se trata de sostener una vida de lujo. Ni siquiera es que hace malabares para saldar un crédito hipotecario al que no pudo acceder; mantener un estándar mínimo de unidad de familia promedio, desde hace demasiado tiempo, se le volvió un lujo al que no quiere ni puede ceder. El cerebro de ese hombre lleva más tiempo en modo supervivencia que el de Rambo.
Ponele que sea un comerciante, que durante años tuvo que lidiar con la inflación y una presión tributaria descomunal. Ahora le dicen que si le va mal es su culpa por no bajar los precios, como si él produjera los productos que vende. Todavía tiene que pagar los servicios de luz como si fuera el ricachón de la cuadra, porque se le ocurrió abrir un negocio. Tras décadas de ser acusado de abusar de los precios, hoy tiene un nuevo gobierno con un nuevo aire y otras políticas económicas. Aún es señalado como el culpable de no bajar los precios. No fabrica repuestos de autos, no produce artículos de librería, no embotella Coca-Cola: solo vende lo que le distribuyen. No necesita que lo caguen a pedos el ministro de Economía y quince asesores que, hasta hace dos años, vivían en los estudios de televisión como consultores invitados. Sabe que, como él, sus clientes no piensan en la compra como una necesidad, sino como un lujo. Tiene paciencia, se pone betún en los pómulos para resistir la crisis número treinta y dos. Un día escucha que está todo bien, otro día que no se puede resolver tantos años de desajustes en un par de meses, más tarde que somos un milagro económico y se pregunta si es el único que nota la contradicción en la narrativa. De vez en cuando, el presidente le trae una luz de esperanza al decir que “si no bajan los precios, se meterán los productos en el culo”.
Es curioso que nadie le explique al presidente que es muy difícil que sostenga que “Maquiavelo ha muerto” cuando maximiza oralmente toda fuente de conflicto mientras le echa kerosene y un fósforo a donde alguien puso Pancután. Ya que estamos, quizá debería releer detenidamente porque el fiorentino también dijo que la gente es voluble e ingrata y que se puede ser amado o temido, pero nunca, jamás, never in the puta life se debe ser odiado. El odio popular te puede despertar todas las conspiraciones. Después terminan por elucubrar qué esconderá un funcionario para que lo protejan tanto y se enojan.
El asunto es que las buenas noticias podrán no picar tanto en punta porque las pálidas ganan en impacto. Creer que ganan porque así son presentadas por los medios es tomar a la gente por idiota y al que detecta la farsa como un ser superior que es el único que no se deja manipular. Quizá habrá que pensar que, si te sacan una muela porque es necesaria, sí, va a doler, pero lo último que se necesita es que el odontólogo nos putee.
El gobierno le arroja estadísticas por la cabeza para demostrar que está equivocado, que la línea de ingresos y los aumentos demuestran otra cosa. Probablemente los dos tengan razón y lo que ve nuestro amigo tácito es un achatamiento entre los sectores de ingresos medios y bajos. ¿Consuelo? No, más miedo. La calculadora de inflación aún contiene datos que ponderan aumentos de alimentos por encima de los servicios. Le aumentaron la luz, el gas, el combustible, el pasaje de bondi, subte y tren, la cuota del colegio, el alquiler, las expensas, pero el IPC muestra una desaceleración al aumentar 2,6% en un mes. Básicamente, le aumentó todo menos el ingreso.
Abre un portal de noticias y se encuentra con una entrevista a una psicóloga que sostiene que la base de la expansión de las crisis de ansiedad se halla en el uso de las redes sociales. Nuestro amigo sostiene que, para él, lo que se ve en las redes sociales es un montón de personas que solapan sus síntomas con métodos dopamínicos: sentido de pertenencia a un grupo, agresión a enemigos en común, validación de creencias, vías de escape. A las puteadas, se va a una red social para ver en qué andan sus contactos. Del grupo de tertulianos que frecuentaba, tres pasaron a cobrar por tuitear a favor de un político con menos popularidad que una colonoscopía sin sedación, catorce putean al oficialismo, unos veinte putean al kirchnerismo y el resto postea videos anacrónicos que ya vimos mil veces en otros lados con la mera ilusión de lograr algún retorno de dinero de parte de la empresa a la que le pagan por lo que antes tenían gratis. Todo bien, todo mal o no lo sabemos.
¿Cuánto aguanta un tipo cuando sus amigos que les va mejor porque se dedican a otra cosa o tienen otra espalda se dedican a mirar para otro lado como si nada pasara realmente? Algunos mega republicanos hoy no encuentran contradicciones. Cuando se hacen evidentes, las cuantifican en importancia y sostienen que hay peores que se evitan solo con dejar correr el agua. No hay forma de relajarse, no hay momento en el que el cuerpo reciba el mensaje de bajar el cortisol. ¿Cómo no va a sentir que está en la pesadilla del único que ve que hay un monstruo en el ala del avión?
Ahora multipliquemos esto por cada persona que está en la misma. No es necesario que cada uno de los afectados esté a un paso de caer en la indigencia; alcanza con que no pueda sostener el nivel de vida al que estaba acostumbrado porque esa es su normalidad. Es la subjetividad de una casa bonita en Flores: para el que viene de un antro, es un avance; para el que habitaba una mansión en Barrio Parque, es la depresión. Cuando esos niveles se dan en una sociedad que no tiene un enemigo en común, un atacante externo, no puede sostenerse en el tiempo sin una válvula de escape. Y no la hay.
Antiguamente nos sacábamos las ganas con una multitudinaria marcha contra el gobierno cada dos por tres. Hoy, si marchás por las universidades, los que recriminan que lo hacés con Bregman y los kirchneristas ya olvidaron que los acusaban de marchar con Cecilia Pando y Biondini. ¿Golpistas? Golpistas somos todos, no importa el contexto, que es la segunda afirmación detrás del primer diagnóstico de cualquier gobierno: una marcha politizada. Como si existiera alguna que no lo fuera. Como si el mismísimo Presidente y todo su gabinete no hubieran protestado nunca.
Nuestro amigo, que no va a una marcha porque nadie le cubre el laburo, ve los cruces y dice “no puedo creerlo”, mientras manotea de un bolsillo dos miligramos de clonazepam para tirar hasta la noche. Triptamilina, venlafaxina, pregabalina, benzodiacepinas, inhibidores de la recaptación de serotonina, tricíclicos, todas palabras que, antiguamente, tampoco habría creído que formarían parte de su vocabulario y del de tantos otros.
Así termina de bajar la pastilla con un buen trago de agua y se ajusta la vincha roja mientras siente la adrenalina que comienza a inundar sus vasos sanguíneos. Acomoda el cuchillo entre sus dientes, pone cara de guerra de un solo hombre y sale a la puerta de su búnker: llegó la nueva lista de precios.
P.D.: El mejor capital del gobierno no es una gestión que depende de que Adorni no abra la boca, sino que en frente tiene a la nada misma entre fantasmas del pasado reciente y conservadores blue que replican el discurso como si fuera una moda.
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