Disruptivo

Disruptivo

Existe un mercado global que uno podría considerar de nicho; sin embargo, por la magnitud de las transacciones que se generan, puede causar alguna confusión: objetos de otra era que están sin usar. Aún más, objetos que están empaquetados, sin abrir, impolutos, como si el correo hubiera demorado treinta o cuarenta años en entregarlos. Lo sé porque me ha pasado encontrar cosas imposibles y sin siquiera haber sido abiertas. Los coleccionistas buscan estos objetos como si se tratara del Santo Grial. Ya saben, el estereotipo geek que compra y paga una fortuna por un muñeco de Luke Skywalker de la primera edición en un paquete sin abrir. Así lo exhibe; no necesita usarlo para lo que fue creado.

Algo muy distinto pasa cuando tomo una máquina de escribir y se la coloco delante de un joven de veinte años. La máquina no es nueva, la tengo guardada, era de mi padre y, como todo ser humano que necesitaba tenerla siempre encima, se trata de la clásica, liviana y portátil Olivetti Lettera 22. Solo cuatro kilitos de independencia, estuche con cierre incluido. La máquina, al no ser nueva, no tiene el olor de la pintura fresca en el armazón, ni el de las baquelitas de las teclas flamantes. Solo le queda esa fragancia mezcla de grasa, aceite y tinta. También se puede comprar a algún lado, pero se necesita espacio al pedo para tenerla en exhibición, un gusto particular por la estética que la Lettera nunca tuvo –la intención era ser portátil, no una decoración de oficina–, pero no tiene mayores usos que el entretenimiento ocasional de recordar cómo se escribía en la era del Neanderthal.

Mi afición analógica me ha llevado a tener reproductores de música que compré usados porque no me daba el cuero para los nuevos y porque estaban en impecable estado. Pero tienen un fin: ser usados. Los uso, al igual que una radio de mesa preciosa y un par de walkmans que me permiten no distraerme de más cuando quiero estudiar un tema. Uno lo abrí en 2025. Estaba en su empaque original desde 1994. Cuando me lo regalaron, quedé extasiado. Es imposible describir el aroma a infancia provocado por plásticos seguramente tóxicos. Técnicamente, es nuevo. No tiene un año de uso. Lo estrené. Fue concebido en otra era, fabricado hace más de treinta años y, para cuando llegó a mis manos, era nuevo.

Esto viene a cuento porque más de una vez nos quieren presentar como nuevo algo que tiene olor a naftalina. Y eso que hay todo un mercado para lo vintage. ¿Por qué habríamos de presentar una cosa nueva para venderla cuando hay tanta gente que siente nostalgia por el estado natural y anticuado? Una buena forma de presentar lo viejo como nuevo es usar eufemismos y repeticiones. De tanto decir que algo es nuevo, en un contexto determinado, somos muchos los que podemos llegar a creerlo. Y a veces lo nuevo es tan solo distinto a lo anterior. Ni siquiera es que hable de algo distinto y mejor, como podría pasar con un avance tecnológico, sino con otro color o alguna prestación distinta, como el restyling de un auto de un año al otro. En cuanto a los eufemismos para sostener una novedad, puede que el más gastado sea el vocablo “disruptivo”.

En cuestiones sociales, políticas y económicas, son tantas las veces que se nos han presentado situaciones como disruptivas que, si prestamos atención, no podríamos explicar qué es verdaderamente disruptivo porque ya no existe la excepción.

Clarín publica un texto que lleva la firma del Presidente de la Nación. Para quien lo haya seguido durante la semana previa, el texto es lo mismo que dijo en cada presentación, pero con un enfoque aún más académico y un orden en la exposición de ideas que lo hace más digerible. A primera vista, hay que reconocerle que, por una vez, publicó algo que no consistió en un palo al periodismo en general o, como se estila decir ahora, al 95% de los periodistas. Podríamos analizar un montón de cosas, pero es el mismo presidente el que nos hace olvidar cualquier análisis. Es imposible leer el texto sin pensar que Clarín es el único medio que está en un tuit fijado en la cuenta del presidente, donde lo define como “la Gran Estafa Argentina”.

Mientras escribía los párrafos que anteceden a este, el presidente publicó o re-publicó 63 mensajes en Xwitter que contenían algún insulto, crítica o burla hacia el periodismo en su conjunto. Lo peor es que los conté. No sé si busca batir un nuevo récord que supere a los 876 que envió en los cuatro días previos, pero podríamos decir que las rabietas presidenciales viajan a un ritmo de 79.935 mensajes en 365 días o como sea que sacan la cuenta de desestacionalización.

Y todo para que el presidente termine por retuitear a Juan Acosta desde Los Ángeles, a donde viajó para dar una charla en el Instituto Milken, que fue fundado para “reunir las mejores ideas y recursos para desarrollar planes que aborden algunos de los problemas globales más críticos”. El enfoque que el instituto dice perseguir es el de “salud financiera, física, mental y ambiental”. Como para no estar pendientes de cuál sería el tema sobre el que iba a disertar nuestro presidente. Finalmente, apuntó a las promesas económicas cumplidas, promocionó al país para recibir inversiones y mostró nuevamente las placas que ya había exhibido en la Fundación Libertad la semana previa. Esta vez, cuando mostró la evolución del poder adquisitivo, además de ponderar que el sector no registrado está muy por encima de cuando asumió, dijo que el único que se vio afectado fue el sector público, lo que tradujo como un “le hicimos pagar el ajuste al parásito estatal”.

Entiendo que la inmensa mayoría de los mortales que habitamos dentro de estas fronteras tengamos un preconcepto de empleado estatal caracterizado como un municipal excedido en triglicéridos que maltrata a la gente en una mesa de entradas, pero aún con esta creencia, ¿en qué Bolsa de Comercio cotiza la Policía Federal Sociedad Anónima? ¿Tenemos presente que, además de los empleados administrativos y el personal de carrera, existen policías, gendarmes, prefectos, aeroportuarios, docentes y profesionales de la salud en el sector público? Quiero creer que el presidente sí lo sabe, salvo que crea que esos granaderos que tiene en la puerta de la Rosada viven de las regalías del uso de imagen en actos escolares.

Un Oficial Principal de la Federal cobró en abril 1,2 millones de pesos de básico. Lo hace en una fuerza en la que un Comisario General tiene un bruto de 2.8 millones de pesos y los reclamos salariales que arrastran desde hace meses tuvieron como corolario un bono no remunerativo de 40 mil pesos. Veinte paquetes de figuritas del Mundial. El clima es el mismo en el resto de las fuerzas de seguridad, ya que todas cobran del mismo empleador, solo que no pueden hacer paro ni contar con un sindicato.

Si no le gusta la Policía, puede pensar en los docentes. Si cree que todos los maestros públicos son clones de Baradel, le propongo pensar en los médicos y enfermeros de los hospitales públicos. Sí, la mayoría de esos salarios dependen de las provincias, pero la estadística se mostró con orgullo de todos modos. Y si ninguno de estos ejemplos es del agrado de nadie, creo que el presidente puede preguntar cuál es la diferencia entre un administrativo de carrera, un profesional de alguna oficina legal y técnica o, de última, algún miembro de las Fuerzas Armadas, para saber cuál es la diferencia entre prestar un servicio público y parasitar al Estado. Si la inteligencia artificial no le resulta tan condescendiente, puede consultarle a su jefe de Gabinete para que haga la comparativa entre toda su familia y el resto de los servidores públicos que también son estatales.

Por fuera de estas nimiedades muy de nicho, el presidente aprovechó su fugaz visita a California para, junto al ministro de Economía y el de Relaciones Exteriores reunirse con ejecutivos de grandes empresas. Al menos de palabra, Chevron se habría comprometido a desembolsar 10 mil millones de dólares en inversiones. Nada mal. Y eso para nosotros sí es disruptivo. No estábamos acostumbrados a este tipo de relaciones.

Ya en la noche argentina, el presidente salió por teléfono en LN+ en un mano a mano con Luis Majul y Esteban Trebucq. En principio, no sé cómo sentirme frente a la metralleta que se comieron los periodistas en vivo, dado que ahora no sé si ponerlos adentro o afuera del 95%. Creo que uno recordó qué se siente hacer preguntas fuera de libreto más tarde que el otro, pero queda para debate cuando no sepamos qué hacer para tener sueño. Por otro lado, es fantástico que en una misma línea de tiempo y espacio el entrevistado haya dicho que en ningún lado está escrito que el presidente puede putear y que no pensaba sacrificar a una persona honesta en “el altar del ego de los periodistas porque les dijeron la verdad: que son sólo periodistas”. Como la cosa venía aceitada, agregó que la corporación se siente por encima de la Constitución cuando “actúan de fiscales, de jueces, dictan sentencia y hacen juicios sumarísimos”.

Quizá ahí podamos encontrar el famoso punto de acuerdo. En principio, si un periodista quiere actuar de fiscal, de juez y dictar sentencia, tiene un serio limitante: no tiene poder de policía. Ningún periodista puede detener a nadie, no puede allanar ni con orden judicial, no puede encarcelar a ninguna otra persona. El que sí puede es el presidente, quien además es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, máxima autoridad de todas las fuerzas de seguridad federales, el número uno del cuerpo de inteligencia y el jefe máximo del Servicio Penitenciario. Todo para que después se diga que la desproporción del poder en realidad se inclina hacia el periodismo, luego de revolver la ensalada en la que un pasante en una redacción pedorra tiene el mismo control editorial y poder de fuego que un empresario, y que un movilero explotado está a la misma altura que un gerente de contenidos.

Lo que es dable destacar, sobre todo por lo disruptivo, es el principio de legalidad que el presidente sí aplica para su auto reconocida verborragia puteadora: todo lo que no está expresamente prohibido, está permitido. Es interesante porque es algo que no se escucha muy a menudo salvo cuando un estudiante de derecho quiere quedar bien en una salida. En teoría, si analizamos en fino el Código Penal como punto base para el resto de las leyes penales, ninguna conducta está prohibida; ni siquiera matar. Pueden ir a la fuente y chequearlo, allá por el artículo 79 en adelante, cuando dice que “se aplicará pena…al que matare a otra persona”. El motivo de que no esté prohibido es menos aburrido: porque hay veces que matar es un acto de defensa. Es ahí cuando entra la Justicia a investigar las circunstancias de los involucrados y del hecho para ver si se avanza hacia la sanción o se frena antes. Y esto es solo un ejemplo entre cientos y, a la vez, un bodrio. Ni loco me pongo a ahondar en eso.

Ahora, eso de que está permitido todo lo que no está expresamente prohibido no deja al sistema legal estático. Es una garantía de que no nos caguen retroactivamente y de que, si mañana se aprueba una ley que sanciona con pena de prisión el uso de riñoneras, no terminemos en cana todos los que vivimos en la década del noventa. Más allá de si es justo o no, tenemos la ley que sanciona esa conducta y, a partir de ahí, elegimos si la cumplimos o no lo hacemos y afrontamos las consecuencias, pero nadie puede meternos en cana por lo que hicimos antes de que se sancione tan entendible normativa que me obligaría a quemar más de un álbum de fotos.

Ese mismo concepto de linealidad que impide que se sancione a alguien por lo que hizo cuando estaba permitido hacerlo, es el que hace que las leyes siempre jueguen desde atrás y lleguen tarde. ¿Qué es lo que hace que surja una penalización? Las circunstancias, el control, la moral de la época. Hasta 1919 la cocaína era de venta libre en la Argentina. ¿La señora está desanimada por esos días? Una pizquita. ¿Problemas con el alcohol? Otra pizquita. ¿El bebé está cortando encías? Crema a base de cocaína. Publicidades en revistas, en la vía pública, en todos lados. El abuso de la sustancia presente en conflictos de intervención policial fue lo que empujó algunas medidas, como incorporar una pena para el que venda medicamentos sin autorización o sin receta. Y, como la cocaína era un producto farmacéutico, quedó ahí, a tiro de un amigo con sello. Hasta tenemos registros culturales tan presentes como el tangazo A media luz, gran hit del repertorio gardeliano en cuya letra el protagonista lleva a su festejada al segundo piso de Corrientes 348, en el que hay “como en botica, cocó”. ¿El año? 1925. Cocó era legal. Lo que no estaba expresamente prohibido, un día no lo estuvo más. Igual no estuvo expresamente prohibido hasta casi medio siglo después.

Ni siquiera hay que irse tan lejos. Hasta 1998 podías fumar en un vuelo de Buenos Aires a Tucumán, hasta el año 2005 no estuvo prohibido hacerlo en bares, restaurantes, cines y teatros. Un día está todo bien, otro no. Y a su vez existen un montón de conductas que no están expresamente prohibidas porque nadie las imagina posibles. En 1853, 1860, 1866 ni 1898 se creyó necesario explicar que no es correcto ocupar un gobierno por la fuerza ni suprimir el imperio de la misma Constitución. La joda a la que llamamos “Siglo XX en la Argentina” hizo que lo tengamos que tener por escrito.

Pero ahora que el presidente menciona a la Constitución al decir que los periodistas –o el 95% de los…– se cree por encima de ella, está bueno ayudarlo con el resto de las cosas que sí están expresamente grabadas en tinta en la Constitución. En el artículo 99, por ejemplo, están detalladas las atribuciones del presidente. Es largo y aburrido, pero no hace falta leer el listado completo para encontrar que en el punto dos dice que el presidente “expide las instrucciones y reglamentos que sean necesarios para la ejecución de las leyes de la Nación, cuidando de no alterar su espíritu con excepciones reglamentarias”. Hay dos leyes vigentes que el Ejecutivo vetó y el Congreso insistió. Pueden gustar más, pueden gustar menos, pueden no gustar nada, pero el presidente no está por encima de la Constitución y, a diferencia de casi todo el resto de los habitantes del suelo argentino, sí figura en la misma que él debe hacer algo que no hace.

A veces es difícil entender la pulsión del autoboicot. Es imposible cuantificar cuántas veces se puso sobre la mesa la debilidad de poder real con la que contó este gobierno al momento de ganar las elecciones en 2023. Así y todo han tenido la inmensa fortuna de que les tocaran algunas jugadas por las que otros presidentes habrían dado cualquier cosa, como la posibilidad de nombrar a casi el 40% de los cargos vacantes en la Justicia. ¿Se entiende el regalo institucional fortuito? Casi la mitad de la Justicia enterita para que juegues tus cartas. Y ahí va que, sin haber nombrado todavía a un solo juez ni a un solo fiscal, dejan crecer un escándalo que debe resolver alguien. Ahora quiero ver cómo hacen para negociar los cargos de los camaristas federales vacantes, los que pueden tirar abajo o no una causa.

En medio de todo esto, se sucede periódicamente y a ritmo de metralla la repetición de que todo esto es por culpa de la falta de pauta o exceso de pauta de otro palo. El presidente se vuelca a su diario personal a cielo abierto para sostener que, si no existiera pauta “subnacional”, el mercado exterminaría a los medios. No sé si cree que ya privatizó YPF, Aerolíneas Argentinas y el Banco Nación, pero puede preguntarle a sus empleados en qué andan esas empresas que eligen dónde hacer publicidad. En el mismo texto excesivo, afirma que cada uno debe hacerse cargo de los actos que comete. Y el Jefe de Gabinete va y le mete retuit. En ese país vivo.

Por fuera de este ruido cansador, las mentes con mayor miedo a perderse alguna ola se tiraron de palomita sobre la disruptiva novedad de que el tecnomagnate Peter Thiel se instaló en la Argentina. Así comenzaron a analizar los pensamientos de un tipo del que nadie puede negar su inteligencia, pero eso no acredita una personalidad empática que, por momentos, pareciera querer ver a la sociedad arder. Que muera lo viejo cuanto antes para que nazca lo nuevo. Thiel adhiere a una sociedad libertaria, un gobierno en el que la tecnología es más eficiente que la burocracia ante un mundo que requiere más acción urgente. No pretendo meterme en cosas que no comprendo del todo ni mucho menos evaluar qué tan copado es un sistema de vigilancia basado en análisis de datos permanente cuando puedo resumirlo en una sola palabra: China.

Lo que sí no dejará nunca de sorprenderme es el cagazo que le tenemos a aceptar la realidad que nos rodea hace mucho tiempo: hace décadas que el termómetro de humor social tiene un punto en negativo con la caída de la confianza en el sistema democrático. ¿En el sistema en sí? No, solo en su capacidad para aportar soluciones. Y desde poco antes de la pandemia, esos números se fueron a la estratósfera argentina, con un 75% de encuestados que afirmaron que la democracia no ha solucionado ninguno de sus problemas. Así y todo, el dato que todos parecieran pasar por alto es ese que dice que un porcentaje aún mayor considera que es el único sistema que aceptarían.

Me parece perfecto que un tipo como Thiel venga a la Argentina, a ver si así se agitan de verdad algunas aguas. No me agrada que no se tenga suficiente noción del poder de fuego de los tecnócratas a quienes hemos confiado demasiadas cosas. El tema es que cuando escucho hablar sobre “la nueva forma de poder de los tecnócratas”, yo me pregunto de qué hablan. El poder siempre será autoridad y tenderá al autoritarismo. Siempre fue así, es la historia, son los hechos. Para evitar el autoritarismo es que nos hemos dado un sistema de contrapesos, imperfecto, con muchas cosas para mejorar aún después de dos siglos y medio, lleno de quejas que podemos realizar precisamente porque vivimos en este sistema. Y ese sí es el mayor logro de Occidente: los mejores países, esos que a todos nos gustan, son los que tienen instituciones que sí funcionan. Nombrame un legado más disruptivo y positivo en nuestra historia.

Nicolás Lucca

P.D.: Y todo a media luz, es un brujo el amor, a media luz los besos, a media luz los dos…

Este texto fue escrito sin la utilización de herramientas de IA. Compartilo, que los algoritmos me esquivan. Este sitio se sostiene sin anunciantes ni pautas. El texto fue por mi parte. Pero, si tenés ganas, podés colaborar:

Invitame un café en cafecito.app

Y si estás fuera de la Argentina y querés invitar de todos modos:

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico. 

Y si no te sentís cómodo con los cafés y, así y todo, querés, va la cuenta del Francés:

Caja de Ahorro: 44-317854/6
CBU: 0170044240000031785466
Alias: NICO.MAXI.LUCCA

Si querés que te avise cuando hay un texto nuevo, dejá tu correo.

Si tenés algo para decir, avanti

(Sí, se leen y se contestan since 2008)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *