Después de todo

Se devalúa la moneda, se da media sanción al aborto, los troskos aplauden al PRO, los Camioneros y dos centrales obreras van a una huelga y marcha, de la marcha participa una agrupación que durante cinco años trató de traidores a los que marchaban, se echa a un presidente del Banco Central, una alianza de gobierno amaga a quebrarse, se fusionan dos ministerios, le bajan el tono a la amenaza de ruptura política, comienza un Mundial.

Todo lo anterior ocurrió en 10 horas. A esta altura del partido, la Organización Mundial de la Salud debería modificar algunos parámetros como para reconocer al argentino como el ser humano más longevo del planeta, dado que cada año nuestro equivale a 5 o 10 de otros países. Y en buena medida nos avejenta porque cada uno de los hechos ocurridos en un jueves cualquiera en Argentina genera una batalla discursiva que no mide consecuencias. Es todo o nada. Matar o morir desangrado sobre un teclado o una pantalla.

El debate de los últimos meses nos interpeló a todos y tocó una fibra que no esperábamos: personas que nunca habían discutido por nada terminaron enfrentadas por posturas disímiles basadas en sus creencias. Si en vez de criticar la presencia de algunos expositores en las reuniones plenarias –¿15 entre 700? ¿100 entre 700?– apostando a la burrada ajena hubiéramos aprovechado para mejorar nuestras posturas, estaríamos mejor parados y con mejores herramientas. El miércoles le exigíamos a los diputados que no usaran sus experiencias personales en sus discursos mientras no hubo una sola postura de nuestro lado que no estuviera signada por experiencias personales, por la educación que recibimos, por los valores que portamos. Incluso los más racionales y capacitados que conozco han direccionado sus argumentos técnicos en busca de lo que esperaban encontrar. .

Luego de haber plasmado lo que pensaba sobre la despenalización del aborto en este texto del mismo día en que se habilitó el debate, allá por febrero, me di cuenta que algunos costos personales son mejor pagarlos sin temor. Muchos de mis seres queridos que no coincidieron conmigo lo toleraron. Algunas personas, en cambio, decidieron calificarme de «progre disfrazado», lo cual genera una seria confusión al suponer que los países más desarrollados del mundo están gobernados por progresistas. Y está bueno que haya pasado, porque no tiene sentido seguir dialogando con quien te festeja cualquier gansada mientras no toques esa fibra personal en la que no están dispuestos a bancar sin mandarte a la merda. No tiene sentido mantener una conversación con quien no quiere conversar, dado que el mundo se divide en dos: su creencia y los errores de los demás.

Una de las cosas que más me llamaron la atención fue ver a las personas detrás de los personajes. Cuando Fernando Iglesias dejó por un lado su anti peronismo provocador que tan bien le ha hecho a su figura pública y al propio espacio que integra, logró un discurso que captó la atención de todos, incluso de sus más recalcitrantes opositores. Cuando Agustín Rossi dejó de lado por un rato su personaje de gritón chicanero al borde del ACV, que tantos buenos resultados le dio a su bancada, pudimos ver a un hombre calmo dando un discurso sin rencores ni resentimientos.Y eso fue lo que, con contadísimas –y lamentables– excepciones, se pudo ver entre los que defendían mantener el sistema y quienes proponían cambiarlo. No es el costo político el que condicionó el temperamento, porque cuando eso ocurre, salen con betún en los pómulos y una bandana roja. Era tacto.

Y por primera vez en muchísimo tiempo pude ver que además de políticos tenemos personas que se parecen a nosotros, algo que quizás sea lo que mas nos enerva la sangre sin que nos demos cuenta: un acto de corrupción en cada esquina, una falta a la ley en cada baldosa, una ventajita a donde miremos. Esta sociedad no puede dar otra clase de dirigentes, salvo que aceptemos ser gobernados por seres extranjeros. Pero también hay que reconocer que una cosa es criticar como se comporta el de al lado, qué hace de su vida, cómo se administra, cómo lo haríamos nosotros, qué modelo económico querríamos, cómo nos gustaría que fuera nuestro país productivamente, y ese largo etcétera, y otra cosa es cagarnos de risa del que está sufriendo por cuestiones tan particulares que no le ocurren todos los días.

Si se me permite una discreción, este fin de semana pude reencontrarme con una entrañable amiga del alma, quien me recordó sus experiencias personales que la llevaron a tomar una postura contraria a la despenalización del aborto. Y yo le conté mi experiencia personal que me llevó a cambiar mi postura y apoyar la despenalización. Y los dos nos entendimos y no hizo falta hablar más.

Sigo sosteniendo los argumentos que esgrimí en febrero y a nadie obligo a que piense lo mismo que yo y, una vez esgrimidos, poco sentido tiene seguir manteniendo la misma discusión con quienes también tienen una postura tomada por la contraria. Es hacernos daño al pedo. Ir a discutir a quien nos dirá argumentos que nos harán sufrir es un caso de neurosis de manual. Y a veces creo que vivimos en una sociedad tan neurótica que no puede dar un paso sin sentir que la azotan todos los fantasmas de traumas pasados que vienen a decirle «no merecés ser feliz».

Capitalistas conservadores, laicos anticapitalistas, abogados egresados que creen que los criterios son únicos pero olvidan que por algo tenemos una Corte Suprema que revisa las mismas leyes mil veces, médicos que plantean la ética general desde su moral personal, personas jurídicas que exigen derechos de personas físicas, votantes republicanos que juran no votar nunca más a un tipo por no bajar linea a sus diputados para que voten como ellos quieren y demuestran que no les molestaba el kirchnerismo sino los kirchneristas. De todos tengo un conocido, amigote, amigo o hermano. Pero las que más me preocupan son las personas racionales que corren a los que quieren sostener sus dogmas, dogmáticos que quieren discutir dando razones de una creencia, argentinos que exigen el derecho a la vida hasta que se le pueda pedir la pena de muerte, argentinos que no pueden bajar un cambio ni cuando ven que el que está en contra está sufriendo. Porque una vez que está contra las cuerdas hay que noquearlo, matarlo, que no vuelva nunca más a intentar ponerse a nuestra altura moral. Sujetos totalmente faltos de empatía tratando de imponer su postura a otros a los que, si es necesario, también calificarán de no tener empatía.

Una marea de violencia que siempre estuvo latente pero que ahora la vemos permanentemente. Es, quizá, el único lado negativo que le encuentro a esta revolución tecnológica que tanto me ha dado de comer.

Cada vez que tengo que entrevistar a alguien sufro tratando de recordar si alguna vez lo fustigué de forma soez. Luego cruzo los dedos tratando de que él tampoco lo recuerde en caso de que haya ocurrido. Es probable, porque nadie se ha salvado en este sitio pero a la vez es un sano ejercicio: porque lo ideal sería saber si somos capaces de sostener en el mano a mano las mismas cosas que decimos por escrito. No hablo de una opinión, de una columna: me refiero a la puteada lisa y llana en el diálogo. Pero en el mismo tono, eh. Y a mí, a veces, no me sale pegarle en los tobillos al que se toma el tiempo de dialogar conmigo. Quiero creer en que a los demás tampoco les sale naturalmente, si no esta sería una sociedad compuesta en su mayoría por sociópatas incapaces de conectar con el otro que sufre tanto como nosotros.

El particularismo de creer que el mundo es lo que me pasa y nada más, nos aleja cada vez más de la sociedad, esa sociedad que en la general es un conjunto de individuos sin sentimiento de comunidad y en la que, a veces, con contadas excepciones, surge algún punto de conexión que nos recuerda que somos seres sociables y que la humanidad ha evolucionado en sociedad incluso en tiempos de guerra. Que la unidad que tanto les gusta repetir a los líderes que gobiernan no es necesaria ni deseable en un país que pretende ser democrático. Porque de las diferencias aceptadas y pulidas surgen las mejores sociedades, porque la endogamia no conduce a nada.

Sé que muchos de los que coincidimos estos meses ya estamos nuevamente puteándonos y soy consciente de que varios ni siquiera coincidiremos en entender por qué hemos coincidido. Y sé –porque ya lo estoy leyendo desde hace días– que al volver a la normalidad de la discusión política cotidiana, muchos marcarán «jodete por ponerte al lado de esa gente». Porque todavía identificamos ciertos reclamos con una única ideología. Pero lo hermoso de los derechos es que corren hasta para los que no coinciden conmigo, como el derecho a la libertad de expresión que ejercen los que piden que otros se callen la boca.

Espero no haber ofendido demasiado y, si así fue, lo siento. Es lo que creo, no más. No fue nada personal.

 

Vernerdì. Bueno, un poco sí.