Discriminación Igualitaria
Con todo respeto.
Hace un tiempito, ya, que nos hemos sumergido en un individualismo colectivista muy particular, donde lo habitual pasa por la autodiscriminación absoluta del yo. Se han creado cientas de figuras pseudolegales que no se encuentran contempladas por legislación argentina alguna, pero que muchos utilizan para fines que aún desconozco. Presos de una conducta rara, podemos llegar a ser acusados de desalmados por decir ciego, sordo, mudo o paralítico, dado que no hemos utilizado el término políticamente correcto y aprobado por la moralina de quienes luchan contra los parámetros de la moral ajena: personas con capacidades diferentes. De este modo, el ciego dejó de ser ciego para pasar a ser un no vidente, aunque sigue sin ver; el sordo es una persona con la capacidad auditiva reducida, aunque siga sin escuchar; el mudo es un ser incapacitado en el habla, aunque tampoco pueda hablar con esta definición; y el paralítico, aunque le llamemos persona con movilidad reducida, no podrá caminar. Hemos cambiado el término por su definición, como si ello modificara en algo la realidad de quien posee alguna de estas discapacidades físicas.
A mi amigo Juancho no le digo «persona con disminución visual extrema» o «no vidente», porque me resulta tan ridículo como que el me llame «sujeto de metabolismo lento» o «boludo con exceso lípido abdominal», en vez de llamarme, lisa y llanamente, gordo. Tampoco le digo ciego, dado que no tengo porqué llamarlo así. Para mí es Juancho y punto. Quienes se enojan, indignan y sufren pidiendo que se lo llame de otro modo por ser una «persona con capacidades diferentes», no tienen en cuenta ni siquiera la opinión de Juancho, quien considera que llamarlo «diferente» no ayuda precisamente a integrarlo.
Al matrimonio homosexual, le llamamos matrimonio igualitario y diferenciamos a los homosexuales en gays, lesbianas, travestis y transexuales, con lo que, si existiera alguien con un gusto tan amplio como para entrarle a todos, deberíamos llamarle polisexual. Cuando nos referimos a un aborigen, debemos llamarle «pueblo originario» o «ancestro», aunque nuestro apellido sea MacAllister y los originarios hayan llegado junto con los españoles. Tan complicados somos que al referirnos a un sujeto proveniente de algún país limítrofe, decimos «de nacionalidad boliviana». Nos complicamos al hablar y escribir, como si utilizar un gentilicio fuera insultar a quien, en definitiva, no siente vergüenza por haber nacido en su país. 
Llegué a la conclusión, hace ya tiempo, que quienes dan tantas vueltas para evitar llamar a las cosas por sus nombres, no es para no discriminar. Sienten culpa de sentirse diferentes y la canalizan proyectando en el otro un espíritu discriminativo que ellos mismos poseen. Disimulan con un trato de inferior al otro, al que es distinto pero hay que hacerle sentir que no lo es discriminándolo lo más que se pueda. ¿Quién dice qué es normal y qué no? ¿Acaso yo soy igual a usted, gentil lector que está leyendo estas líneas? ¿Nadie se dio cuenta que con tanta sobreespecificación al momento de definir a una persona, se lo está separando aún más del resto, como si fuera un marciano? 
Evidentemente, no. Nadie se ha dado cuenta. Al menos ninguno con poder de decisión. Ya nadie tiene humor. Ni siquiera se pueden hacer chistes de humor negro sin que nos denuncien ante el Inadi. Reemplazaron la discriminación despreciativa hacia el distinto, por otra diferente: la discriminación culposa.
Y así andan por la vida, creando nuevos derechos cuando tan sólo deberían velar por el cumplimiento de la constitución argentina, que nos dice que todos somos iguales ante la ley. Se sienten Juana de Arco liderando al ejército francés en el sitio de Orleans por el sólo hecho de presentar un proyecto de ley que otorgue mayor protección jurídica a quien, supuestamente, tiene capacidades diferentes que lo llevan a desempañarse en la sociedad en igualdad de condiciones con los demás. Así vemos cómo, los que no tenemos ningún problema con nadie y que no discriminamos, de pronto dejamos de tener igualdad ante la ley, y la prioridad la tiene otro porque a un sesudo legislador se le ocurrió que, por sentirse culpable de poder hablar, oír, caminar y ver, los que no pueden hacerlo merecen un trato preferente y no igualitario. El que no crea que esto funciona así, que me explique por qué una persona con empleo bien remunerado, puede viajar gratis por usar bastón blanco, silla de ruedas o no poder oír. Esta normativa que, cuando fue decretada por Videla -sí, Videla- establecía la gratuidad para los viajes a establecimientos educativos o laborales, desde 2002 abarca a toda actividad que quiera realizar el individuo, tenga o no trabajo. 
Los que nos saltan a la yugular por plantear estas dudas, deberían explicarme dónde entra el concepto de «integración» cuando una persona cuya discapacidad no le impidió obtener un título ni conseguir un empleo, es eximida de pagar el boleto del bondi como cualquier hijo de vecino. En vez de salir a cazar brujas, deberían calentarse en que la totalidad del transporte público nacional cumpla de una vez por todas con esa ley vigente desde 1981 y se adecuen a las necesidades de las personas con discapacidad motriz ¿O van a esperar otros treinta años más, mientras esperan currar con otro subsidio? 
En los últimos tiempos, quizás promovidos por feministas tardías, ha surgido la sobreprotección a la mujer. Como si el sólo hecho de haber nacido con útero las convirtiera en minusválidas ante la ley, ni se ha sometido a debate el tema y se da por sentado que la mujer necesita un tipo de protección especial frente al avance machista en una sociedad tan fálica que no se explica cómo es posible que tenga de Presidente a una mujer…
Puede ser que no ayude mucho que una mina que dice que todas las cagadas que se manda su gobierno, no son culpa suya, sino palos en la rueda que le ponen los opositores machistas por su mera condición de mujer, pero ahí está, reelegida para un segundo mandato por el 54% de los votos del electorado ¿De qué sociedad machista me hablan?
Como el tema del voto femenino ya está dirimido hace 60 años, y de la reforma del Código Civil llevada a cabo por Borda pasó casi medio siglo, hoy estamos en búsqueda de otro tipo de derechos, para lo cual primero hay que extender un mal, deformarlo de su definición, y hacerlo abarcativo a cualquier hecho: la violencia de género.
La mentada y, últimamente famosa, violencia de género tiene una definición clarita y está contemplada por las Naciones Unidas desde hace casi dos décadas: es todo acto de violencia que se ejerce por parte de un hombre sobre una mujer, teniendo por fundamento su sola condición de mujer. Un tipo que mata a su pareja femenina por celos, no cometió violencia de género, está loco. El que tenga alguna duda, que  piense qué pasa si, en una pareja homosexual, uno mata al otro, o una mata a la otra. La prensa tampoco ayuda demasiado. Comprendo que somos muy burros, pero hay límites. Titular una noticia como «Crece la violencia de género», y mencionar a un tipo que acuchilló a una mujer y a otro tipo, es como mucho.
Lo que me preocupa de este tipo de modas, es el resultado. El juez que interviene en el cuádruple homicidio de La Plata pidió que se cree la figura de femicidio y que la misma posea penas más duras. ¿Acaso vale más la vida de un hombre que de una mujer? Está claro que no, pero al igual que sucediera con las ya olvidadas leyes Blumberg, es más cómodo endurecer las penas que ponerse a laburar. Parece que no importa investigar las particularidades del hecho, sino que es más práctico imputar el odio hacia el sexo opuesto como causal de delito, y caso cerrado. 
Según la hipótesis del hecho comunicada por el propio juez, un tipo despechado va a matar a su ex pareja y elimina a las otras tres personas presentes en el domicilio a fines de perpetrar la impunidad. Hasta donde me enseñaron en la facultad, todo esto está contemplado en el Código Penal y conlleva la pena de prisión perpetua. ¿Acaso la pena tendría que ser distinta si los testigos asesinados hubieran sido del sexo masculino? ¿De qué carajo están hablando?
La violencia de género existe y sucede, pero para quienes crean que todo entra en esa bolsa, les recomiendo chusmear los crímenes de la ciudad de Juárez, México, o las mutilaciones, vejaciones y asesinatos que sufren las mujeres en otros lares del mundo, por haber «fallado al honor familiar» al no haber podido esquivar a un violador, o pretender ser feliz sin el metecuernos del marido, o por el sencillo hecho de haber nacido sin algo que le cuelgue entre las piernas. Chusmeen y recién ahí me cuentan.
Pareciera ser que somos todos tan iguales que debemos ser discriminados indiscriminadamente. Por cada derecho «especial» que se aprueba, hacen retroceder cinco casilleros a quienes la reman todos los días por ser iguales en una sociedad individualista. Del mismo modo que se idealizó el concepto progresista de discapacitado al que hay que discriminar del todo para que se sienta integrado a la sociedad, también se idealizó la teoría de la mujer que debe contar con un cuerpo jurídico propio que la proteja del homo superior, a la que hay que ayudar porque todo le cuesta el doble, a la que no hay que criticar para no ser machista.  
Ya nada escapa de esta lógica y todo debe ser discriminado para protegerlo. En la discriminación indiscriminada, llevaremos un cartel luminoso que nos defina como seres distintos a los demás a los que hay que proteger de otros, que ya se encuentran protegidos por ser distintos a nosotros. A pesar de la Constitución Nacional, pareciera que ese es el ideal: que todos seamos distintos para la ley. Sólo nos queda Dios para sentirnos iguales. En el caso de que seamos creyentes, claro.
Martes. Hoy cosecho enemigos. En cuanto consideren una ley que proteja a los hombres con tetas, dejo de pagar el subte.