Elecciones Precarias
La semana posterior a las elecciones primarias del domingo pasado ha dejado un tendal de situaciones de las más variadas, aunque no por ello pacíficas. La sensación de estupefacción en algunos e impotencia en otros, ha sacado a flote lo más oscuro de nuestra personalidad de un modo inocente, por ahora. A título personal, debo aclarar que soy de esos que integrarían el Sindicato de Estúpidos Optimistas, ese grupo de gente que transita por la vida como si la sensación de un porvenir exitoso se empeñara en prometer un horizonte de dicha en contraposición a un presente de mierda. Quizás por ello es que trato de dar vuelta la página y mirar para adelante sin buscar excusas que, por más que pudieran amenguar la paliza electoral, no cambiarán un ápice la victoria de quienes considero que no me representan ni a mí, ni a lo mejor de mi ideología.
Hay que poner en claro algo: las acusaciones de fraude deben contextualizarse y analizarlas fríamente antes de exteriorizarlas. Todo aquel que haya sido autoridad de mesa, sabe que los únicos requisitos exigidos son figurar en el padrón y tener un lugar dónde dejar la citación. Muchos de los telegramas presuntamente adulterados, no son otra cosa que una prueba fehaciente de la carencia para realizar sumas de tres cifras que tiene gran parte de la población. Para hablar abiertamente de fraude, debe existir un mecanismo institucionalizado, planificado y extendido a lo largo de toda la circunscripción sometida a la elección que, en el caso de los precandidatos a Presidente, no es otra cosa que la totalidad del padrón electoral nacional. Que algunos sitios que cuentan con información privilegiada -y muy poco respeto por las leyes de la gramática española- refieran como prueba de fraude que existió un 7% de robo de boletas y adulteración de actas, es más prueba de impotencia que de otra cosa. Ese porcentaje, en caso de que fuera totalmente contrario a Cristina, ni siquiera la baja al 40%, con lo cual, sigue siendo una paliza. Y la denuncia por parte de sectores del radicalismo y del duhaldismo en referencia a un 5% en favor de ellos, los acerca al numerazo del 17%, lejos de toda aspiración por dar vuelta el resultado en octubre. Nuestro sistema electoral, tal como existe y funciona hoy en día, es absolutamente falible y permeable a errores y maniobras fraudulentas, pero no por ello es menos confiable que otros sistemas ¿O acaso genera seguridad el voto electrónico en la era de la defraudación informática? 
Impulsado por la inmensa mayoría del arco opositor, el reclamo por el sistema denominado «boleta única» tampoco elimina el fraude. Prestemos atención a un punto: si la denuncia de fraude gira en torno a las actas ¿Cómo piensan que contabilizarán los votos de la boleta única? Marcar con una cruz un casillero de más anula el voto y dormir a un fiscal para dibujar números en las actas seguirá tan en boga como siempre. Es la consciencia ciudadana la que evita el fraude y ningún sistema mágico lo puede evitar. La boleta única evita el robo y destrucción de boletas, pero mientras exista la costumbre de esconderse tras de un árbol ante la posibilidad de ser impuestos como autoridades de mesa por ausencia de quienes también se cagan en su deber cívico, no tendremos derecho a criticar la poca habilidad o falta de ganas del Presidente de Mesa para evitar que los fiscales se hagan una fiesta con el conteo.  
Una cuestión bien distinta es el análisis que algunas personas hacen del resultado electoral, movidas por idéntica -y entendible- impotencia. La afirmación «a Cristina la votaron los que viven del plan social» es tan cierta como inexacta: la votaron los que viven del plan social, pero también la votaron los que compraron su versión particular del relato histórico contemporáneo, los profesionales que creen en el «modelo» y, como ocurre habitualmente, los trabajadores precarizados, el pobrerío urbano y los sindicatos afines. La frase «ganó el 50% que vive del otro 50%», más allá de su injusticia para con los alfabetizados, laburantes y profesionales que realmente gustan de este gobierno, ha quedado corta frente a la manifestación de Hugo Biolcatti, que luego de mandar a la mierda a toda la oposición, aseguró que al hombre del interior sólo lo preocupa mirar a Marcelo Tinelli y, si puede pagar la cuota del plasma, no importa nada más. Este exabrupto cuenta con una dosis de honestidad brutal que no se le puede permitir a un dirigente. Biolcatti no trató de repugnante al que votó a Cristina, sino que hizo algo peor: lo trató de idiota, siendo que las elecciones que pasaron, no sirvieron para elegir ningún tipo de autoridad y todavía quedan las generales. 
El oficialismo ha tomado una actitud contradictoria frente a la cruda frialdad de los resultados electorales. Si la mitad de un padrón vota a un candidato del palo, el pueblo entero está de fiesta. Si la mitad de un padrón vota a Macri, la sección electoral se divide entre los pobres oficialistas que viven en una especie de Ghetto de Varsovia local, sometidos al poderío fachistoide, neoliberal y cipayo del resto de la sociedad. No debemos caer en la misma, gente. Hacer propia la actitud que criticamos, nos pone a la misma altura de quien nos agrede. Así como el clientelismo político existe, no hace al 50% del electorado, del mismo que también existen personalidades muy poco «blackfriendly» y sin embargo, no hacen al 47% de los porteños o al 32% de los santafecinos, a pesar de las acusaciones de intelectuales y referentes políticos.
Entiendo la bronca y la impotencia, pero hay que ponerle onda, pasarla bien, disfrutar de los afectos, seguir laburando e intentar progresar a pesar de la voluntad que ponga el gobierno en cagarnos la vida. Sobrevivimos a democracias prohibitivas, azules contra colorados, subversión marxista, subversión ultracatólica, «revoluciones» militares que nos liberaban de gobiernos democráticos, golpes de Estado «para salvaguardar la Constitución Nacional», procesos hiperinflacionarios y liquidación de patrimonio nacional a precio de amigo ¿Cómo no vamos a sobrevivir a estos impresentables mesiánicos con delirios de estadistas divinos?

El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Nada grande se puede hacer con la tristeza.
Viernes. La semana que viene les tiro unos datos económicos para que vayan transfiriendo los ahorros a alimentos no perecederos y reservas de leña.