Estado Culposo
Una chica de 16 años y su hermano esperan un bondi en La Plata, cuatro pujantes jóvenes del oficio del choreo pretendieron quedarse con la cartera de la chica. El hermano sale en su defensa: termina internado con el estómago perforado. El dueño de un supermercado de La Matanza es asaltado por dos amigos de lo ajeno. Comete la infracción de pretender defenderse y recibe dos tiros en el abdomen. Herido y todo, logró desarmar a uno de los delincuentes, lo mató e hirió a su cómplice. Cuatro familias de Capital aprovecharon el domingo para salir a pasear y les saquearon sus respectivos departamentos. No agarraron a nadie. Un jubilado de Liniers sale del banco después de cobrar un cheque, lo asaltan, le pegan dos tiros y huyen con jugoso botín: 1,700 pesos. Dos delincuentes armados ingresan a la casa de una mujer en Villa Elisa, la fajan a culatazo limpio y le martillan en la cabeza a su hijo de tan sólo 3 años, todo a cambio de unos billetes. 
Todos estos hechos son sólo una selección azarosa y breve de lo acontecido en los últimos cinco días, no más. Algunos fueron planeados, otros fueron al boleo, unos más y otros menos violentos contra la integridad física de las personas, aunque la violencia psicológica y el daño patrimonial se mide con otra vara desde que tenemos que agradecer que al menos salieron con vida, a pesar de las intenciones de los amigos de lo ajeno.
La desgracia con suerte, paroxismo de los conceptos estúpidos, nos lleva a sentirnos agraciados de que nos dejaron con esfinter en flor, tres tiros en el cuerpo, un buraco financiero, en pelotas y arrojados en un zanjón a la vera de la ruta 3. Pero eso sí, con vida. La conservación de la propiedad privada se ha convertido en un concepto materialista a la fuerza, frente al falso altruismo de la resignación boluda de haber sobrevivido a otro asalto. Pretender conservar el fruto del esfuerzo personal no es materialismo. Sin embargo, esto no deja de ser un desenlace lógico del retraimiento del Estado, que nos recuerda que existe sólo a través de la AFIP, los discursitos repetitivos de la Presi y las propagandas institucionales. El Gobierno, que mantiene su aparato gigante gracias a nuestra subsistencia dentro del mundo legal, no ha hecho nada -ni intenciones tiene- de darnos la parte que nos corresponde en esta sociedad constituída para la existencia del país.
Además de mis impuestos, el Estado me cobra para que puedan comprobar que estoy en condiciones de conducir y me cobra para darme un comprobante de que no tengo antecedentes penales para ser presentados ante el mismo Estado. Las arcas públicas, también se nutren del dinero que me sacan por casarme, por divorciarme y hasta me cobran para iniciar cualquier tipo de demanda, incluso contra el propio Estado. Para variar un poco, el Estado me cobra para sacar un documento que acredite mi identidad y otro que me permita viajar al extranjero. Cualquier gobierno de turno entrega o renueva los permisos para la explotación de las rutas del país, por cuyo mantenimiento ya pago en mis impuestos, también. Los pobres patriotas de la administración vial me cobran unas módicas sumas en billetes para deambular por las rutas hechas pomada, mal mantenidas, bacheadas y sin señalizar, pero privatizadas.
Dado que todos tenemos una fábrica de billetes escondida en el cuarto del fondo, el Estado se toma el permiso de sacarme un porcentaje de lo que gano transpirando el ojete todos los santos días, aparte de aplicarme un impuesto a la riqueza por una choza y un karting a pedal que lejos están de hacerme sentir millonario. Me cobran por estacionar en la vía pública, por usar cheques, por no barrer, no alumbrar y no limpiar la vereda de mi casa. Además, pago tributo a la corona por ocupar un pedazo de terreno de su majestad, así como le regalé un porcentaje del valor de mi vivienda y de mi auto al Estado en concepto de nada, como si me hubieran ayudado a comprar mi techo o el tutú. Sin consultarme ni dejarme chance a moratoria alguna, le pago al Estado cada vez que compro alimentos o ropa de productores y fabricantes privados. 
No uso los servicios de salud públicos, dado que tuve medicina paga desde que nací. Fui a colegios privados durante toda mi escolaridad y, si bien hice uso de la universidad pública, los años que trabajé de meritorio en un Juzgado, pagó de sobra el servicio del Estado y hasta me quedó debiendo guita. No se de qué va la televisión digital terrestre y la tarjeta magnética para el transporte público la compré antes que empezaran a regalarlas. Nunca pude sacar pasaje escolar por no usar delantal blanco. No me regalaron una casa y no califico para ningún plan social. Por no estar jubilado, no puedo comprar una computadora a precio diferencial y todos los santos meses me quitan dinero en concepto de aportes jubilatorios de los cuales cobraré, con toda seguridad, el haber mínimo. 
Como todo lo pagado parece que no alcanza para mantener las camperas radiactivas de los uniformados urbanos, uno abona de nuevo el valor de su auto en concepto de seguro contra robo. Si hay una paradoja que se destaque entre las paradojas, es que yo sea un ciudadano que casi no molesta y que para el balance del Estado sólo figuro en ingresos fiscales y cuando necesito de las fuerzas de seguridad, único servicio público que he pretendido utilizar en todos estos años, no funcionan. El monopolio represivo del Estado, base de cualquier territorio organizado administrativamente que pretenda llamarse País, no existe, no está, se nos fue de gira. 
A lo largo de mi vida he pagado dos veces por la educación, por la salud, por la infraestructura vial y por la seguridad social. En cada caso, un pago fue para el fisco, el otro para el que cubría mis necesidades ante la ineficacia del Estado. Debería dar por sentado que si pretendo utilizar la protección policial -salvaguarda de mi integridad física y vigía de mi propiedad privada- debería contar con ella. Pero se ve que el Estado se mal acostumbró y debe suponer que también podría pagar por un servicio de seguridad privada. 
No sería una mala idea, dado que del mismo modo que no puedo usar un hospital por riesgo a entrar con una gripe y salir con una colostomía, bien podría contratar alguna empresa y dejar que los patriotas de azul dediquen el 100% de su tiempo a cuidar los kioscos de los jueces, la recaudación de los funcionarios y las protestas callejeras de quienes se hacen los guapos con la federal de su lado. 
Como van las cosas, no veo que vaya a mejorar el panorama si quienes deberían solucionar el problema, ni siquiera lo reconocen como tal. Funcionarios que se mueven en coches prestados y helicópteros, con custodia hasta para ir al telo, dificilmente puedan saber de la violencia que se respira en la calle. Mucho menos creo que dibujen otra teoría que no sea la de disfrazar de cordero al lobo y ponerlos en el escaño de pobres marginados de la sociedad que merecen nuestra comprensión y ayuda cuando nada hemos hecho para que estén esa situación. Tuve más fe en que le llegara mi inversión al niño somalí que tocaba el piano con las costillas mediante los 0,003 centavos de australes que donaba AOL por cada mail reenviado, a que alguna vez mis impuestos vuelvan en obras, servicios y protección.
Del mismo modo que los casos de inseguridad no son hechos aislados, hay que reconocer que no es el único sector en el que han fracasado por goleada y ya no se pueden desentender del tema ni echarle la culpa a gobiernos anteriores. La generación wachiturra es propiedad intelectual del kirchnerismo. Los adolescentes del felpudo en la cabeza y la ropa diez talles más grande, que iniciaron su escolaridad en los últimos ocho años, son la expresión más palpable de que el «modelo» tiene alguna grietas del tamaño de la quebrada de Humahuaca. Se pu
eden pintar mil escuelas y construir dos mil más, que si el sistema no funciona, es lo mismo que armar una Chevy preciosa por fuera, con el motor de un Fiat 600, y pretender que corra en el Turismo Carretera. 
Mantener una conversación con estos jóvenes que desconocen la existencia de los verbos, el funcionamiento de las preposiciones y las bondades de los artículos para la gramática castellana, es la pesadilla de cualquier lingüista. Los antropólogos sociales han descubierto recientemente que la expresión «Amigo cigarro», manifiesta el deseo de solicitar un cigarrillo. Lamentablemente, al carecer también de inflexiones al hablar, no han logrado discernir cuando un «eh, alto gato zarpado vó» significa una muestra de afecto o una invitación a la riña callejera, en la cual no gana el más fuerte ni el más hábil, sino el que mas amigos tenga presentes al momento, incluyendo las mujeres. 
Algunos van a la escuela, otros no. En ambos casos, el sistema funciona mal. No es una cuestión de incapacidad intelectual, dado que lo que quieren aprender, lo aprenden y bien rápido: no sabrán la diferencia entre un Diputado y un Senador, pero saben como emparejar dos celulares via bluetooth para pasarse las canciones con las que atosigan a los pasajeros en trenes, subtes y colectivos; no tienen idea de cuáles son sus obligaciones, pero sus derechos los conocen a la perfección. Sus ambiciones no pasan por ser profesionales, a pesar de que la educación es gratarola. El esfuerzo ocurrirá sólo para cubrir la necesidad básica inmediata, siempre y cuando el Estado no lo haga por ellos. Es por eso que la escala de valores la tienen invertida y consumen mucho más de lo que pueden: el electrodoméstico se financia, las paredes de material ya vendrán algún día.
Soy de los que sostienen que ningún pibe nace chorro. Descreo de que el hombre nace malo y hay que encarrilarlo. En todos los niveles sociales hay delincuentes, sean de guante blanco, informáticos, a punta de pistola, boqueteros o panelistas de programas de espectáculos. Todos, en algún momento de sus vidas, han sufrido algún evento que les alteró el concepto de esforzarse -o al menos disimular- para conseguir lo que desean. Ahora, explíquenme como hace un pibe para tener ambiciones reales y respeto por el prójimo si crece suponiendo que todo lo va a conseguir sin moverse, si cree que el que tiene más que él «tiene plata» y no que se rompió el lomo para ello, si crece rodeado de marginalidad hacia donde ve y nunca en la vida le conoció un trabajo a su padre. 
Harto de escuchar a intelectualoides afirmar que esto no es culpa del gobierno y no se soluciona con ideas propias de estados totalitarios, sino con inclusión, educación y trabajo, me pregunto cuándo podremos decir que se metan los números del modelo en el medio de las nalgas. Si la desocupación bajó, si la inclusión es maravillosa, si la educación tiene el mejor presupuesto de la historia, si la salud pública es maravillosa, si la economía anda sobre rieles ¿A quién le tiramos la culpa de la inseguridad? ¿A Dios? 
Ocho años han pasado como para acusar a otros gobiernos, que su buena cuota han tenido para llegar a esto, pero que ya no están. Ocho años en los que repartir sin control es sinónimo de Estado de Bienestar. Son tiempos en los que se les asegura un ingreso mensual a los que menos tienen para que tengan algo con qué sostener a sus hijos, pero que no se hace absolutamente nada para que, dentro de diez años, no sea necesaria esa misma asignación. Ocho años en los que se ha librado a su suerte a toda la sociedad en su conjunto para que sobreviva el que pueda.
A esta altura, creo que no es injusto que el Estado nos devuelva el patrimonio sustraído por culpa de la desprotección. Si uno paga para mantener una fuerza de seguridad, un sistema de salud, otro de seguridad social y uno educacional, no pueden hacerse los boludos y suponer que nos tenemos que joder. Si no están dispuestos a hacerse cargo, que nos hagan un gran favor: dejen de sacarnos el 50% de nuestros ingresos anuales en conceptos de impuestos y permitan que nos encarguemos de nuestra seguridad, nuestra educación, nuestra jubilación y nuestra salud. En definitiva, no es nada que no hayamos hecho hasta ahora y ya quedó sobradamente demostrado que tampoco alcanzan nuestros aportes para satisfacer las necesidades de los que menos tienen. 
Miércoles. Llegó la primavera y yo con estas mechas.