Humor Registrado
El compañerazo Gustavo Sala pensó que resultaría gracioso hacer un chiste porque David Guetta sonaba parecidoa Ghetto. Para rellenar la breve tira que publica en Página/12, la creatividad le jugó medio en contra, y creyó una gran idea dibujar a unos famélicos judíos acatando la orden de Hitler de ponerse a bailar, para liberar tensiones y que el jabón saliera de buena calidad. Hasta acá, la historia de lo sucedido el viernes pasado, tal como la vimos o nos la contaron.
El humor es relativo y reconoce tantos gustos como habitantes humanos y humanoides con documento de identidad posee este planeta. Lo que mi me hace descostillar de risa, puede que a usted no le provoque ni la más mínima mueca de gracia. El humor, de por sí, es agresivo. Nos reímos de situaciones absurdas, momentos incómodos que le suceden al otro. Un vieja que queda sentada de culo en la calle, una señorita que se puso una remerita blanca un día de lluvia, un buen pelotazo en la entrepierna -de algún otro, claro está- algún defecto o discapacidad del otro. Están los que gustan de los chistes nacionalistas y sus variantes -gallegos, tanos, judíos, casualmente, el 90% de la ascendencia genética de nuestro país- y también los que prefieren los chistes anarcos y sus subcategorías -policías, políticos, religiosos- como así también existen quienes gustan de los chistes verdes, generalmente sexistas -sean machistas o feministas- y muchas veces despectivos respecto de las cualidades o calidades sexuales de alguien: pijacortas, conchaestrechas, culorrotos, putas muy putas, virgas emputecidas, putos bien mariposones y machos no tan machos pero bien viriles. El humor negro, claro está, también tiene tantas subjetividades y gustos, que cuesta englobarlo en un sólo texto y generalmente ataca a lo que los vivos y sanos consideramos defectos de la vida, anormalidades que incluyen algo tan normal como la muerte.
El ¿chiste? de Gustavo Sala gozó de tres grandes problemas, el primero que lo alejó de la categoría de chiste: no causaba gracia en sí mismo, independientemente de la temática abordada. El segundo, el chiste fue publicado justo en una fecha que recuerda uno de los días más negros de la historia de la humanidad, de la cual fueron víctimas preferenciales los judíos, seguidos de cerquita por los gitanos y algunos que otros miles de disidentes. Y el tercero, no menos importante, fue publicado en un diario que ocupa un curioso lugar de comisario intelectual, la reserva moral de la progresía, el lugar donde se acusa de facho y/o nazi a todo aquel que se encuentre a la derecha de lo que ellos consideran izquierda.
El problema no fue el humor negro en sí, no fue eso lo que me molestó. Fue quién, cómo y cuándo lo dijo. Y que los sectores que se sienten representados intelectualmente por ese diario, no pueden venir así, tan alegremente, a decir que se ha perdido el sentido del humor, que ya no se puede hacer chistes con nada, cuando hace ya bastantes años que, más por temor a ser señalado como eugenésico que por pudor, no nos podemos reír de lo que nos haga reir. 
La gran mentira es el axioma «no me río de vos, me río con vos». Uno se puede reír con el otro o no, pero siempre se ríe del otro o de uno mismo, se acompañado o no. Incluso cuando un hace chistes sobre sí mismo, la risa despertada en el otro no es otra cosa que la demostración de sentirse tranquilo por no ser la víctima de la situación engorrosa. Pero nos fuimos corriendo y hemos perdido el humor. Al negro se le tiene que llamar afroamericano o afrobonaerense -depende de qué tan negro sea- porque eso es más humano que reírse del distinto -como si no fuera milenaria la risa hacia el distinto- y porque, dicho sea de paso, es más barato que sacarlo de esa condición social vinculada inconscientemente al negraje. A la puta se le dice trabajadora sexual, como si entrarle a la patrona cada vez que tiene gana no fuera un trabajo que tiene como contraprestación la integridad testicular o como si entrarle al dorima que ya perdió tanta cintura como pelo y pensar en Brad Pitt mientras tanto, no fuera igual de trabajoso. Evidentemente, decirle trabajadora sexual, en vez de puta, es todo un avance social que reconoce a la necesidad de vender el cuerpo para poder parar la olla como un resultado de la revolución progresista. «Te vas a seguir prostituyendo, pero nadie te dirá puta», así sí da gusto. 
Es tal el grado de divergencia etimológica que, con decir «personas con capacidades diferentes» le devolvemos la movilidad al paralítico, le vista al ciego, el habla al mudo, la audición al sordo, etcétera. Ese igualismo idiota de suponer que todos los «normales» tenemos la misma capacidad y los otros tienen capacidades diferentes es tan discriminador que los considera distintos por definición y no por adjetivo, como si los «normales» no fueramos todos tan distintos como para tener nuestras propias capacidades diferentes. La culpa que generó esto derivó en que nadie puede hacer chistes sobre nada, porque todo está mal, porque somos perfectos y desde nuestra magnanimidad perfecta, queda mal reírnos de los que son menos que nosotros, los que tienen capacidades diferentes.  
Reirse de las cosas es quitarle solemnidad, es burlarse del drama. Claro que esto tiene sus límites, tantos como personas, el límite es de cada uno. En el caso puntual de Página, utilizar lo más despreciable del nazismo para hacer chistes sobre lo que afectó a parientes de la inmensa mayoría de los judíos que viven en este país y, por si fuera poco, hacerlo el mismo día en el que se cumplía un nuevo aniversario de la masacre europea, no me pareció muy feliz. El contenido no fue para tanto si lo analizáramos en un caso aislado, si no fuera parte de quienes nos dicen de qué nos podemos reír y de qué no. Mel Brooks, en Los Productores, hace una sátira mil veces peor al holocausto de la que hizo Gustavo Sala. Pero Mel Brooks se ha reído hasta la CIA en plena Guerra Fría con el Superagente 86, se ha burlado de los paralíticos, de los ciegos, de los sordos, de los mudos. No ha tenido una doble moral, no se ha colocado en un lugar de privilegio por autoridad propia. 
Viniendo más para acá, recuerdo que en 2007 se puso al aire «El Gen Argentino», un formato importado en el que se elegía cuál era la personalidad argentina que más representaba nuestra forma de ser cotidiana. En un acto de hipocresía total, la gente decidió que el General San Martín era quien mejor representaba nuestro estilo de corrupción institucionalizada, unitarismo gubernamental y comodidad de teclado a la hora de quejarnos de lo que hacen los demás. Recuerdo que en ese programa, uno de los que más habían avanzado era Alberto Olmedo. Y recuerdo, también, que a la hora de esgrimir el argumento de quienes no estaban de acuerdo con Olmedo, escuché maravillas como «era un sexista que cosificó a la mujer, que filmó películas que ensalzaban a la Argentina de la dictadura, que se burló de los homosexuales, todo eso era el Negro». Más allá de la maravillosa situación de ver a un defensor de la moralina progreconservadora llamar «Negro» al Negro, quedé sorprendido. Pensé que, tal vez, yo había visto versiones alternativas de las películas de Olmedo, dado que las que ví, él siempre terminaba de cagada en cagada por querer ser ese machazo argentino y no le daba ni el cuero ni la consciencia. Supuse que esas películas sobre el Mundial `78 mostraban el país de la bicicleta, la especulación, los bulines para alquilarle a las putas que atenderían turistas, y todo el mercado negro y paralelo que se organizó -curiosamente- sin la represión de un Estado represor. Lo mismo pasó con Tato Bores hace un puñado de meses: donde yo vi un humorista que hacía chistes sobre Videla en plena dictadura, muchos vieron a un tipo que no hizo lo que tenía a mano para hacer «algo» contra «lo que estaba pasando
«. 
Por eso no me sorprendió la reacción de la gente frente al chiste de Página/12. Era el comisario de la revolución, aquel que nos marca la agenda hasta de qué es gracioso y qué no, quien cayó en la misma trampa que nos tiende a los demás, a los que nos gusta reírnos de todo. Como ya no quedan programas de humor político en la televisión abierta -a excepción de 678- no queda nada que se puede marcar como enemigo de la moral y las buenas costumbres progresistas. Como las ideas no llegaron a plasmarse, se ataca a la idea antes de que salga. Los chupacirios todavía creen en el pecado de pensamiento. Los progres, también. Por eso dicen «personas originarias de la república hermana de Bolivia: porque decir el gentilicio Boliviano les resulta insultante en su cabecitas. 

Yo busco reírme de todo, porque la vida es demasiado joda para tomarla en serio. Si la vida se me caga de risa en vez de sonreírme ¿Por qué debería tomarla con solemnidad? Reírme de las pequeñas delicias de la vida conyugal, no quiere decir que no me importen mis problemas judiciales. Si yo digo que mi ex me hace sentir Mahatma Ghandi en comparación con ella, no me lo estoy tomando a la ligera, sólo descomprimo las cosas. Si me río de la enfermedad, es porque algo que nos puede quitar la vida no se merece mi respeto. 
Pero claro, formamos parte de una sociedad en la que le rendimos culto a la muerte. Confundidos, creemos que hay que rendirle homenaje al muerto y no a lo que fue en vida. 

Quisiera pedirles un sólo favor: El día en que ya no esté, cáguense de risa de mí. Hagan correr el rumor de que me morí con un consolador con la forma de la nariz de Néstor incrustado y no pude soportar el orgasmo kirchnerista. Digan que tenía más tetas que mi vieja y menos cintura que el Planetario. Afirmen que era masoquista y por eso me hice peronista siendo blanco y rubio. Digan lo que quieran, que yo siempre me tomé mis problemas para la joda. Pero si me putearon, no digan que era un provocador. No me tomen enserio ni aún frío. Yo sería incapaz de hacerlo. 
Martes. Un día como hoy pero de hace mucho tiempo, el boludo que escribe pegaba el primer grito luego de salir de la entrepierna de su madre, lugar al que lo invitarían a volver innumerables veces a lo largo de su vida. Sean originales, no me manden de vuelta.