Idiocracia pandémica

Corría el año 2006 cuando en un minúsculo número de cines se estrenó una película que algunos consideran una comedia grotesca pero que, con el tiempo, se convirtió en un documental. En Idiocracia (de ella hablo), un soldado bastante poco afecto a todo lo intelectual, es puesto en hibernación y olvidado. Despierta de manera accidental en el siglo XXVI. Allí descubre una sociedad de obesos, consumistas, amantes de las armas, odiosos con el medio ambiente y, obviamente –haciendo honor al nombre de la película– idiotas a un nivel irritante. En ese contexto el soldado Joe es el hombre más inteligente del mundo.

¿Por qué generó tanta controversia? Porque en primer lugar saltaron los sensibles de siempre –los sujetos con umbral bajo de ofensa no son propios del año 2020– y muchos la consideraron agresiva hacia los valores norteamericanos. Posta. Algunos llegaron a interpretar que era una crítica a la cultura del red neck, amante de las armas, la grasa saturada y capaz de colocar al calentamiento global en la misma categoría que la teoría de la evolución: mitos.

Con esta descripción propia de anti republicanos, el filme debería haber contado con el beneplácito de los demócratas. Pero siempre tendientes a la no ofensa, creyeron que las disgenesia no era un modelo de comedia, sino un disvalor: la selección natural del hombre había fallado. Durante los siglos transcurridos desde el congelamiento de Joe, los idiotas habían tenido muchos más hijos que los intelectuales y así había quedado el mundo.

Aún hoy es casi imposible conseguir una copia en DVD de Idiocracia pero invito a cualquiera que tenga los patitos en fila a que la vea si la consigue. Y notarán, como todos los que la hemos visto, que es irritante, y no por fallar como comedia, sino porque se parece cada vez más a un documental.

En cualquier conversación con un pariente y/o vecino medio tronco, si le damos el tiempo suficiente, se le puede escapar algún comentario relacionado a las últimas elecciones que pueden finalizar tranquilamente en un «les gusta cagar en baldes» –frase muy en boga entre los que no tienen idea del significado de pozo ciego ni de que los camiones atmosféricos no vuelan– hasta llegar a las teorías de cómo es que votan.

Luego, si el amigo/pariente/vecino es medio ducho con las matemáticas, puede sacar una cuenta en el aire de cuánto falta para que la ya inviable Argentina se convierta en inviable por la inviabilidad de tener a un puñado de personas productivas y/o universitarias –o sea, inteligentes– frente a los verdaderos inviables incapaces de reconocer los beneficios del uso de la y griega en vez de la i latina a la hora de utilizar una conjunción copulativa. De más está decir que probablemente nuestro interlocutor tampoco recuerde qué carajo es una conjunción copulativa y nos mire con cara de pretender otra cosa.

Y sin embargo…

La foto que antecede es de anoche en un Carrefour. Y no queda en ningún lugar marginal del imaginario popular: pleno corazón de la Recoleta. Papel higiénico. Se llevaron todo el papel higiénico, como si hubiera un brote de cólera o todos quisieran disfrazarse de la Momia. Y no es sólo anoche. Es todas las noches, en todos los supermercados y en casi todos los productos. ¿Alcohol? El suficiente para incendiar la ciudad de Buenos Aires. ¿Lisoform? Más o menos la cantidad suficiente como para eliminar todo lo que exista en una departamento, humanos incluidos. Espero que ya hayan levantado el parqué y hachado los muebles para acopiar madera para cuando el coronavirus nos haya dejado sin gas.

Y esto es uno de los barrios de mayor poder adquisitivo de la ciudad de Buenos Aires y uno tiende a creer que el mismo viene acompañado de una buena educación.

La cantidad de idioteces que tuve que escuchar en las últimas semanas sólo fueron tolerables por las cantidades industriales de ansiolíticos que degluto a diario: personas que se enojan porque no pueden irse de vacaciones a lugares que hacen que Chernobyl nos parezca una buena opción, imbéciles que creen que es gracioso toser en joda, violentos cagando a trompadas a laburantes, periodistas respetados que no respetan la cuarentena y nos lo hacen saber por Twitter, y las putas cadenas de Whatsapp a las que ahora tengo que sumar las de Telegram por la desgracia de que muchos sospechan que la red social de los rusos es más confiable.

Y ahí están, personas con títulos universitarios enviándome un audio del dueño de Swiss Medical, que es idéntico al del director médico de Los Arcos, y que suena igual y con las mismas palabras que el capo del Otamendi. Boludos que preguntan si es real que la cocaína cura el coronavirus –Teo, si estás leyendo, no busques excusas–, otros que reenvían un texto escrito por alguien «que tiene muchos contactos» que afirma que ya hay miles de muertos. 

En el medio, un Jefe de Gobierno que lanza sus mucosidades a 100 kilómetros por hora contra su mano mientras da una conferencia de prensa sobre medidas de prevención contra el coronavirus, un ministro de Salud que no tiene mejor excusa que decir «no pensé que iba a llegar tan rápido» desconociendo las bondades de los aviones, y un Presidente que cree que hay que tomar tecito porque el virus no sobrevive a los 26 grados. El día que utilice un termómetro y descubra que su cuerpo cotiza unos 36.5 grados promedio, se cae de culo.

En 2009 ocurrió una pandemia terrible. Y no es que no nos tocó: fue tan terrible que tuvimos más de 140 muertos en menos de dos meses. Las clases se suspendieron, los vuelos se limitaron, el país funcionó a media máquina y no existía el home office, refugio de algunos asalariados. Los monotributistas salimos igual a laburar, del mismo modo que los tacheros, los policías, los médicos, las enfermeras y los colectiveros. ¿Qué no había en 2009? Whatsapp. Y en Twitter éramos menos que en el último partido de River. Igual, boludos sobraban y eran fáciles de identificar: andaban con barbijos de albañilería.

La entonces ministra de Salud, Graciela Ocaña, decía que en nuestro país, «la Gripe era benigna» en una supuesta relación al bajo impacto. La Argentina de aquel entonces fue el segundo país con mayor cantidad de muertos de toda América, sólo superado por los Estados Unidos. No ganamos, pero quedamos en el podio. La emergencia sanitaria llegó recién con la renuncia de Ocaña, después de la derrota electoral del oficialismo el 30 de junio, para cuando llevábamos tres meses desde el primer positivo.

Está claro que no soy sanitarista, pero hay algunas cosas que pueden llegar a servir, y no vengo a hablarles de las bondades de lavarse las manos que es algo que deberíamos tener incorporado por el sólo hecho de caminar en dos patas. A los colegas: ya bastante tenemos con las fake news como para encima esparcir la paranoia total.

Hay un banner con un conteo de infectados y muertos colgado del medio más leído del mundo de habla hispana. Si a los 200 mil infectados le agregaran 7.2 mil millones de habitantes en el planeta, quizá generarían la misma paranoia, pero también darían una visión más realista del impacto de lo que estamos viviendo.

Primero: todos vamos a morir; el tema es cuándo y cómo. Según la Organización Mundial de la Salud, por año mueren tres millones de personas por EPOC, 1.6 millones por diabetes, 1.4 millones por diarreas, 1.3 millones por tuberculosis y poco más de un millón por SIDA. De las 60 millones de personas que mueren al año, el 54% lo hacen por enfermedades. Son 90 mil personas por día. Una persona por segundo. Y no veo a nadie prohibiendo la comercialización del tabaco, ni generando la emergencia glucémica. Ni siquiera veo las campañas de concientización contra las enfermedades de transmisión sexual, ya que parece que ahora también está mal hacerlo. ¿Esto es minimizar? No, sólo poner en contexto.

Y ya que hablamos de bajar el precio, vamos con los del otro lado, los minimizadores de todo: que esto es sólo una gripe y que muere más gente por gripe común al año y nadie se escandaliza. Quizá no sean buenos en matemáticas –yo tampoco– pero comparar un año entero con un par de meses es, cuanto menos, de idiotas.

Por sanidad mental –en esto sí tengo algo de experiencia– hay que escaparle a los dos extremos. Del que difunde paranoia por aburrido sencillamente porque no podemos hacer más de lo que ya hacemos. Es como cuando te tiran un alerta meteorológico por fuertes lluvias y te mandan una profecía de un nuevo diluvio universal, o que probablemente la CIA nos está ocultando que podemos morir por uno de los 35 mil meteoritos que podrán chocar contra la Tierra mañana. Honestamente, no entiendo cómo los Terraplanistas no conforman un número aún mayor. Y de los minimizadores hay que rajar por razones lógicas: si todo le chupa un huevo, vos y tu salud, también.

Por lo demás: sentido común, amigachos. Si se van a guardar porque pueden hacerlo, rajen de las redes y de los medios lo más que puedan. Un cachito al día para saber que no son los únicos humanos que quedan sobre la faz del planeta, y listo. Por la salud mental, no más. Y rajen de los que aparentan saber todo. Son los peores.

Y no se olviden de brindar por el dinero, que la salud y el amor van y vienen.