La Guerra Inútil
Debo confesar que no me gusta escribir sobre programas de televisión o textos ajenos. Me incomoda, y bastante. Sin embargo -y como de algo tengo que escribir- lo de anoche me dejó picando muchos temas. Antes que nada, convengamos que Periodismo Para Todos no es, precisamente, lo mejor que ha dado la cabeza de Jorge Lanata. Esto es un hecho que por ahí escape a la gran mayoría de sus televidentes, que descubrieron en el gordo al único opositor de peso -valga la redundancia- con agilidad para correr por izquierda y derecha al oficialismo nacional y que, además, no tuvo problemas en firmar contrato con Clarín. Todavía recuerdo cómo lo puteaban por inconformista en la década del ´90 algunos que hoy lo idolatran -los conozco, algunos son parientes míos- y cómo lo admiraban otros tantos que ahora lo acusan de vendido. 
Que Lanata termine trabajando en el medio menos pensado, es algo que me tiene sin cuidado. Es tan sólo un signo de estos tiempos donde las trincheras se han desdibujado y todos se confunden con todos. TVR de oposición recalcitrante a oficialismo asqueroso, Victor Hugo de crítico ácido e indignado a juez de toda moral ajena, son también claros exponentes de lo que pasa. Todo es reflejo de la misma desprolijidad política, donde contamos con un Canciller que fue candidato de Carrió, un puñado de exmenmistas y aliancistas conversos, algún que otro radical dando vueltas, todo sazonado con una pizca de socialistas arrepentidos.
Sin embargo, más allá del gusto personal -Lanata es gracioso contando las novedades y no lo es pretendiendo un monólogo- considero que el programa de Lanata es necesario y cumple con su cometido, a veces. Y digo, y asevero, y remarco que a veces, porque me cuesta creer que su propósito sea el de indignar por indignar, el de tirar fuegos artificiales que hacen ruido pero no iluminan, como la investigación de anoche.
El tema es así: encontraron cuatrocientos usuarios de Twitter con perfiles falsos, con fotos de personas que en su puta vida pisaron Argentina y de los cuales algunos no tenían idea quién corno era Cristina Fernández. Luego hicieron una presentación en la que mostraban cómo las fotos -que no coincidían- estaban numeradas entre usuarios, o sea, a Juan le tocaba el 01, a Pedro el 02, y así. El punto final fue la conclusión de que a esos tipos les pagamos nosotros y que no debemos creer lo que nos dicen.
La sensación de estar frente a un programa para la indignación de los indignados fue muy fuerte. ¿Qué buscó con esto? ¿Cuál era la idea, que los usuarios de Twitter sepamos que no debemos creer en el poder de convocatoria que nos enrostra un usuario con nueve seguidores? De los cientos de usuarios disponibles que fueron surgiendo, a excepción del que suplantaba a un cantante español, el resto no pasaba de los noventa seguidores, un número bastante choto como para considerarlo líder de opinión. Porái, el problema radicó en saber que eso lo hacen con la nuestra. Y eso es, precisamente, lo que más me desilusionó del programa de anoche.
La premisa básica de la comunicación política radica en que nadie escucha lo que no quiere escuchar. El receptor de la información coloca su mente en piloto automático cuando lo que le cuentan no le interesa. Nadie puede cambiar su ideología porque se lo digan cinco, cincuenta o tres mil personas al mismo tiempo. Si esto fuera así, Cristina tendría que haber ganado por el 90% de los votos en 2007, con todos los medios a favor. El que no crea en esto que digo es, precisamente, porque ya tiene su opinión formada, en base a valores inculcados y experiencias personales, y nada que le diga yo hará que cambie de parecer. O sea, porque leen y asimilan lo quieren leer y asimilar.
El informe se quedó corto, le pifió en el destinatario y generó una reacción desmesurada que contribuyó al interés del gobierno. Mientras todos putean por los usuarios truchos, la inflación avanza a paso de vencedores, el Central tiene menos reservas que el plantel de Atlas, de Schocklender nadie se acuerda, de Hebe tampoco, Famatina suena cosa extraña, la Barrick Gold quedó en el olvido, el departamento de Cristina está precioso, cada día van a parar más familias a la calle y cada noche Boudou duerme más y más tranquilo. 
Al principio del programa, Lanata mencionó que el informe rozaba a Abal Medina y me sorprendí. Pensé que finalmente alguien iría a hablar de la supuesta conexión entre las empresas que se dedican a estas cosas de mercadear en las redes sociales y la guita que sale desde Jefatura de Gabinete. Pero no, no pasó. Ni siquiera hablaron de los cientos de pibes que twittean en medias y camiseta desde su departamento como parte de su participación en agrupaciones o por algún contratito. Si, les pagan por muchas cosas, incluyendo boludear en Twitter. Supuse que iban a hacer alguna mención a los cerebros de la Secretaría de Inteligencia, pero no, tampoco pasó. 
Yo los padecí, no me lo contaron. Hace un tiempo, estando yo de visita en el bunker de Mr. Groncho, empezamos a comparar datos de usuarios que entraban a comentar a su blog y al mío de un modo agresivo, con data de nuestras personas, y que filtramos gracias a la moderación de comentarios. Contactos contactados, información informada, nos confirmaron sin confirmar que Observaciones Judiciales de la Secreataría de Inteligencia tenía un hermoso equipo al pedo, destinado a una actividad al pedo, que consistía en entrar al pedo, a comentar al pedo en publicaciones escritas artesanalmente y de motus propio. Esos son los dañinos, no un mono con una máquina y un programa automatizador que twittea solo. Los verdaderamente molestos son los entrenados por el Estado copiando el modelo del «Ejército de los 50 centavos» chino, tal como hizo el compañero bolivariano. Esos son los verdaderos Cyberkás, no un puñado de empresas que le venden a un funcionario un paquete de soluciones, -los hay acá, los hay en Venezuela, los hay en Cuba– con lo fácil que es venderle humo en materia de comunicación a un político. Recomiendo investigar casos como las «Primarias Federales» que le vendieron a Duhalde, o cuánta guita pone Bruera para hacer una campaña 2.0 que daría vergüenza a un adolescente con acceso a internet.
Diría que fue un error conceptual de los funcionarios, pero estos tipos que dedican su vida a cómo sobrevivir en el Estado sin conseguir un trabajo decente, a duras penan pueden conceptualizar que apretando «send» logran enviar un mensaje de texto. Difícilmente puedan entender que en Argentina hay poco más de un millón de cuentas habilitadas en Twitter, de las cuales un tercio se encuentran inactivas y otro buen porcentaje pertenecen a personas con dos o más usuarios. Mucho menos podrían comprender que es inútil moderar el humor social a través de un servicio que sólo usa un porcentaje mínimo de los habitantes de las zonas urbanas con acceso a internet. 
Quizás lo que más moleste de esta situación sea la guita que se va en esas boludeces, pero ni así da para indignarse tanto. Hay que tomárselo con humor, cagárseles de risa por ser tan básicos que se queman con sus propios errores -numerar las fotos es muy de pelotudo, muy mucho- y festejar cómo se las pusieron. Pero un ratito, más es desperdiciar energía. Si se utiliza esta información para ningunear a cualquiera que venga a cantarnos las cuarenta, buenísimo
. Ahora, si en cambio es usada para indignarse cada vez más, es al reverendo pedo. La vida no pasa por Twitter y bastante mierda masticamos a diario con problemas reales como para calentarnos porque una empresa le sacó plata al Jefe de Gabinete ofreciéndole un servicio tan pedorro y tan básico que un tipo como Lanata, que no entiende como funciona Twitter, pudo deschavarlo. El resto, es indignarse al pedo, es meterse en una guerra inútil y calentarse por pelotudeces. Que puteen a usuarios inexistentes, no quitará que hoy dejen el sueldo en el supermercado.
Lunes. Si te gustó el texto, RT, si no, también.
PD: Ya que hablamos de Twitter, les dejo una linda nota que me hicieron unos amigachos que conocí por la red social, son de verdad y no cobran por esto, aunque doy por sentado que se venderían al mejor postor. Si querés leerla, click aquí.