Lo que las primarias nos dejaron
Siempre descreí del precepto «los pueblos tienen los gobiernos que se merecen» dado que me pareció injusto, inacabado e impreciso, desde lo abarcativo del termino «pueblo» hasta lo utópico del «merecimiento». Distinto es afirmar que nuestros gobernantes se nos parecen, y allí el problema radicaría en cómo somos nosotros. Todos conocemos un tío medio nabo, negador y con memoria tan selectiva que lo deja en ridículo ante la primer oración. 
Ayer, el tío Fernando De La Rúa felicitó a Cristina por el resultado obtenido en las elecciones pasadas y, al mismo tiempo, manifestó su apoyo a Ricardo Alfonsín, a quien le envió el mensaje de que no es imposible vencer al justicialismo dado que él sí pudo en 1999. Mientras que en la UCR tienen ganas de agradecerle por las palabras y enviar saludos a la madre, tías y hermanas de Chupete por lo oportuno de su aparición, desde las filas del peronismo nostálgico respiran aliviados al saber que Carlos Grosso no piensa apoyar a nadie. 
Las palabras del expresidente tienen un 50% de verdad y un 50% de omisión. La UCR no venció al justicialismo en 1999, sino que De La Rúa, integrando la Alianza, venció a Eduardo Duhalde. Para refrescar la memoria, es bueno recordar que la Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación -nombre completo- estaba integrada por la UCR y el FrePaSo, el cuál se componía por la Democracia Cristiana, el Partido Comunista, el Partido Intransigente, la Unidad Socialista -todos dentro del Frente Grande- y el PAIS.  En limpio: la Alianza era la junta de la UCR, el peronismo disidente de los ´90 y los que venían con Pino Solanas.  Hecha la aclaración, el doble discurso del expresidente fue más que acertado. El apoyo al candidato de su partido era esperable. Y, aunque genere estupor y risotadas en algunos, la congratulaciones dirigidas a Cristina no estuvieron fueran de lugar, sobretodo si tenemos en cuenta dónde se encontraron posicionados en los últimos ocho años figuras de la talla de Aníbal Ibarra, Nilda Garré, José Bordón, Adriana Puigross, Diana Conti, Eugenio Zaffaroni, Eduardo Jozami, Abal Medina, Chacho Álvarez y Marcos Makón, entre otros.
Otro que no la emboca al momento de tomar partido por algo, es el reelecto Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que durante meses hizo hincapié en la necesidad de ir a votar como el medio correcto para vivir mejor, y pasó las elecciones en bermudas, a bordo de un crucero en el mar Mediterráneo. Lejos de apoyar a su candidato en la Ciudad, grabó un spot y se tomó el palo. En una movida política que ningún analista se atreve a analizar, afirmó que no tendría ningún problema en votar a Cristina, que le gustaría reunirse con ella y prorrogó sin chistar las concesiones timberas a Cristóbal López. Y así, una semana después de que el núcleo peronista de su sector -ese mismo grupo que hizo la diferencia entre las elecciones de 2003 y las de 2007- emitiera un comunicado de adhesión a la candidatura de Duhalde, no sólo incumplió con su deber cívico y ético, sino que llamó por teléfono a Cristina para felicitarla. Sus legisladores, que se pasaron los últimos tres años poniendo la caripela por él en la Comisión de Juicio Político de la Legislatura, deben estar agradecidísimos mientras el GPS les repite «recalculando». 
A esta altura del partido y ya en tiempo suplementario, la política argentina me ha llevado a comprender el mecanismo de pensamiento de los ateos: donde los demás ven dogmas incuestionables y figuras idílicas, yo sólo veo preguntas sin responder y mamertos que sienten que el Rey Sol del absolutismo francés no ha caducado. Y es que hemos convertido a la palabra «democracia» en un dogma absoluto al que hay que perfeccionar permanentemente. Una parte de los argentinos siente al voto como un trámite a realizar cada tanto y la otra parte realmente cree que gobierna al colocar una boleta con decenas de nombres desconocidos en una urna.
A lo largo de las últimas décadas, el discurso de «perfeccionamiento» de la democracia sólo la ha estropeado cada vez más. En una provincia mayoritariamente agropecuaria, tres municipios netamente urbanos le eligen gobernador al resto. En un país de 23 provincias y una Ciudad Autónoma, donde el 40% de la población vive en la cuarta aglomeración urbana del mundo, adoptamos un sistema de voto directo. La representatividad parlamentaria está garantizada, pero no concuerdo en absoluto en que el voto directo sea igual de útil para la elección de un Presidente. Paradojas de la vida: las dos figuras principales del acuerdo que llevó a este sistema pedorro, a mediano plazo fueron las más perjudicadas. 
Por ello también la pifian quienes sostienen que las elecciones primarias, así como están planificadas, sirven para fortalecer la democracia. Nuestra Constitución Nacional sostiene al sistema partidario pilar fundamental, y sin embargo hay quienes ven esto como un camino al bipartidismo al cual se le puso un freno con las primarias. Es en los partidos donde se tienen que debatir los proyectos políticos, las plataformas de gobierno y, una vez decididas puertas adentro, exponerlas a la sociedad para que elija la que mejor la represente. Si a todos nos interesara la política, los partidos reventarían de afiliados. Y así, mientras las democracias modernas caminan hacia la homogeneidad del sufragio voluntario -en algunos casos con primarias obligatorias, pero sólo para inscriptos- en Argentina nos obligan a participar hasta de las internas partidarias. Lejos de fortalecer el sistema que nos gobierna, se utiliza al mecanismo de acceso al mismo para hacer terapia de egos, dirimir quién la tiene más grande y caminar hacia el personalismo político. 
Breves:
Pino sostiene que parte del fracaso de Alcira Argumedo en las últimas elecciones se debió al accionar de Jorge Ríal. En un claro indicio de influencias de la sinarquía internacional destinado a la división y posterior aniquilamiento moral de las fuerzas de izquierda, el periodista de espectáculos sería un agente encubierto actuando contra quienes combaten al orden imperialista. Luego de ser preguntado acerca del total desconocimiento del electorado respecto de una señora de 71 años que venía a captar el voto de la juventud, Solanas refirió que nada tiene que ver, afirmando que él todavía puede retener líquidos por más de cinco minutos.  
Luego de romper en llanto, desmayarse y ser atendido por paramédicos, Jorge Altamira se mostró más que satisfecho con el récord histórico de su sector político, que duplicó el techo tradicional de las elecciones de los últimos tres períodos glaciales. Después de ser interrogado por un periodista acerca de si el verdadero milagro de Altamira consistiría en que su espacio pague por los destrozos y daños públicos que efectúan en nombre de sus luchas, el veteranísimo cuadro de izquierda se limitó a afirmar que espera que el Estado le ceda aún más espacio en la televisión abierta y privada para poder quejarse de los intentos de prohibición.
Saludamos efusivamente al compañerazo correntino Fabián Ríos, quien al momento de cautivar al electorado, no dudó en apelar a metodos muy tradicionales, aunque no por ello, poco civilizados. Los analistas se debaten en una pelea por el nombre a utilizar para llamar a la técnica. Algunos lo llaman «voto amenaza», otros son menos sutiles y le dicen «voto cagazo», mientras que los menos han decidido llamarlo directamente «voto o totó». Desde el entorno de Ríos, definieron al accionar como «el juego de la palangana», el cual consistiría en una representación figurada del eventual votante-cliente con las patas en una fuente pequeña de agua, mientras que el «trabajador social» del barrio le hace cosquillas con dos cablecitos a la altura de los tobillos. Más allá de la dudosa legitimidad de la técnica, es innegable la efectividad de su resultado.
Miércoles. Se viene «RDP Entrevista». Muy pronto, por este canal.