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Los más grandes momentos de la historia de la humanidad fueron pensados por personas que creían que actuaban correctamente. Los ejecutores de esas ideas, cuando no son los propios autores, me tienen sin cuidado para este punto que repito: los más grandes momentos de nuestra historia salieron de la cabeza de seres que creían actuar de manera correcta.
Muchas de esas ideas chocaron de frente con las de otros, con la subsiguiente crisis y, cuando no, alguna guerra en la que el mundo se fue al carajo. Y el mundo se fue al carajo miles de veces a lo largo de los miles de años que llevamos como la única especie viva capaz de pensar en el futuro.
Quizá una de las preguntas más antiguas que se haya hecho el hombre no fue qué está bien ni qué está mal. Imagino que en un mundo de supervivencia extrema, habrá pensado cómo hacer para dejar de estar en una condición de presa permanente, cómo mejorar sus habilidades de caza, cómo calmar dolores y, puede que recién con esas preguntas satisfechas, haya comenzado a pensar en qué está bien y qué no, pero en función de esas cosas que lo intrigaban. ¿Está bien dejar de ser presa de un depredador dejándole un vecino atado a un árbol? ¿Es correcto mejorar la caza con un nene como cebo? ¿Está bien matar a una persona para que deje de dolerle la muela?
Hay personas que han dedicado sus vidas a intentar aproximarse, medianamente, a una idea de cómo se construyó nuestra noción del bien y del mal. Y es que ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en si está en nuestra naturaleza ser buenos o malos. Buena parte de las discusiones para justificar la existencia del Estado pasó por si el hombre, en estado de naturaleza, es esencialmente malo y debe ser corregido, o todo lo contrario.
Nada hay más polémico que el abordaje moral de cualquier cosa. De entrada, decir que “todos estamos de acuerdo en que matar está mal” se cae al fondo del tacho cuando alguien pide bala para un delincuente. Entonces, matar a alguien que contradice nuestras normativas no está mal. ¿Y si esa normativa es tolerada en otro lugar? Ni siquiera hace falta llevarlo al extremo de vida o muerte, o a cosas que no son delitos en otros países. ¿Conocen a alguien que haya sido sentenciado por robar millones de dólares y esté en su casa sin haber sido funcionario? ¿Cuántos millonarios sentenciados han visto tras las rejas? No importa a quién se robó ni cuánto, sino quién lo hizo para que sea moralmente reprochable pero no tanto como para mezclar al malo con el resto de los malos.
Con tanto hablado y escrito durante siglos, lo último que se me ocurriría es traer un debate sobre la moral justo a un sitio donde compito por la atención con todos los familiares, los memes de los amigos, las notificaciones de las redes sociales, los juegos y “me olvidé de pagar la tarjeta”. Ahí, sentado en el baño, tirado en la cama o, en un acto de imprudencia, en un transporte público, vos leés esto y yo siento que debo retenerte a cualquier costo. Imaginate si te traigo un debate sobre “qué es la moral”.
El tema es que hace ya tiempo que se habla en términos de superioridad moral, con lo que se da a entender que otra moral es inferior solo por ser distinta. Cualquier persona que se autoatribuye una superioridad moral tiene, cuanto menos, algún inconveniente con el ego.
Hablar de la obviedad de que cada cultura tiene su escala de valores, me tiene sin cuidado. Literalmente. No me importa si “es cultural” lapidar a una mina violada o tirar de una terraza a un homosexual. No me importa pensar si mi moral es superior a esa, simplemente no lo tolero. ¿Se entiende? No gasto energías en validar mi superioridad cuando lo que está en juego no es mi ego. Creo que eso está mal. No sos inferior, sos un hijo de puta.
También está el tema de no hacernos los picantes con nuestra moral actual cuando todo cambia permanentemente. Hasta 1990 existió en la legislación electoral bonaerense una prohibición de votar exclusiva para homosexuales. El presidente de mesa no le preguntaba al votante si le gustaban los exámenes de próstata todos los días, sino que en el padrón quedaban excluidos los que tenían antecedentes policiales. Porque los homosexuales terminaban en cana. La mayoría de las leyes contra los homosexuales tuvieron vigencia hasta no hace mucho. En la provincia de Mendoza, por ejemplo, se abolió la pena de prisión para el homosexual que ofreciera sexo. Ocurrió en 2018. Hace quince minutos en términos de historia. ¿Somos superiores moralmente a nuestros padres?
Mis propios viejos no querían que me juntara con un chico del barrio. De grande supe que el padre del pibe tenía más prontuario que Robledo Puch. Como yo tenía cuatro o cinco años, probablemente no quisieron asustarme con los motivos del impedimento. Prefirieron decirme que no porque podría ser una mala influencia de conducta ya que sus papás estaban divorciados. Desde un punto de vista moral, el divorcio les pareció motivo suficiente aunque menos grave que un prontuario penal. Ellos mismos se divorciaron quince años después.
Odio el término “relativismo moral” porque me remite automáticamente a un debate soporífero. Pero nada es más flexible que la moral ni nada explica menos qué consideramos moral que los supuestos valores que todos compartimos. Sólo por dar una idea: la mayoría de los valores que predicamos las sociedades occidentales no vienen de la cultura judeocristiana. Europa existía como Europa unos mil años antes de Cristo, con su Ley de las Doce Tablas en Roma. En el norte de Europa, tierra de los bárbaros, las diferentes tribus germánicas ya tenían establecidas una serie de normas para regular la venganza personal y hasta reparaciones pecuniarias. No minimizo ni mamado el aporte del Cristianismo a la cultura occidental, pero cabe recordar algunas trampas que hemos hecho: San Agustín y Santo Tomás, los mayores doctrinarios de la Iglesia, rescataron los textos de los antiguos griegos y los adaptaron a la nueva religión.
Si algo marcó la diferencia entre Occidente y el resto del mundo no fue la religión, al menos no la religión en soledad. Incluso es difícil poder cuantificar cuánto de lo que hoy conocemos como catolicismo tiene su origen en los tiempos de Jesús y cuánto hubo de adaptación para no traumatizar a los pueblos evangelizados. Rastros de estas costumbres podemos encontrar en tiempos tan tempranos como el año 49, cuando se reunieron los apóstoles y decidieron abrir las puertas a los no judíos –aunque le pese a varios, todavía se reconocían dentro de dicha creencia y herencia– y ocurrió un acto burocrático que cambiaría la vida de todas las generaciones venideras: no hacía falta estar circuncidado para ser cristiano. Algún tradicionalista de aquella época podría haberse quejado de tamaño aperturismo y ruptura de buenas costumbres morales ancestralmente aceptadas.
Nuestra forma de vivir es un vaivén entre la herencia intelectual europea y la herencia eclesiástica. No está de más separarlas, aunque hayan caminado de la mano durante siglos, más que nada porque muchas de las buenas costumbres que se convirtieron en leyes aceptadas por Occidente no surgieron de un Concilio, sino de cortesanos, burgueses y lo que hoy podríamos llamar parlamentarios. Si nuestra guía fuera solo la moral religiosa, Occidente debería arder en guerras entre ortodoxos, católicos, luteranos, anglicanos, calvinistas y las mil denominaciones cristianas que tienen los Estados Unidos. En cambio, convivimos bajo un principio de libertad de culto maravillosamente hereje: cuando se implementó en los primeros países, aún faltaba más de medio siglo para la supresión de la Inquisición.
Moralmente llevamos a cabo festividades religiosas en fechas que no aparecen en ningún texto bíblico con una sola excepción: las Pascuas. Sabemos que Jesús celebró su última cena con un seder de Pesaj. ¿Cuándo nació? No se dice. Gracias al evangelio de Lucas sabemos que fue circuncidado ocho días después de nacido. Mejor aún: damos por cierto esto en base a un texto sin firma que en su prólogo dice que el autor no conoció a Jesús y que todo lo que sabe es por investigación y testimonios de Pablo de Tarso. Suponemos que se llama Lucas. Pablo de Tarso puede saber que Jesús fue circuncidado al octavo día de nacido sólo si se lo contaron porque no lo conoció hasta muy tarde en su vida.
El punto es que, como ya lo sabemos casi todos, el 25 de diciembre es poco probable que sea el nacimiento de Cristo. De entrada no lo vemos muy de capricornio, pero el Imperio Romano pregonaba una serie de creencias que llevaban unos cuantos siglos e incluían las fiestas saturnales y la celebración del Sol Invictus, el triunfo de la luz sobre la oscuridad, el nacimiento del Sol Invencible… Bueno, la noche más larga del año que da inicio al invierno. Después vienen discusiones que todavía no fueron saldadas sobre cálculos a sacar en base a determinados datos proporcionados por textos bíblicos que no fueron escritos por gente que haya presenciado el hecho, pero durante un par de siglos la Navidad se festejó en distintas fechas según el lugar. Más de tres siglos después, durante el papado de Liberio, éste habría solicitado que la Navidad se celebrase el 25 de diciembre. No existía el calendario gregoriano y aún hoy la festividad ocurre el 7 de enero para los cristianos rusos, los ucranianos y los serbios, entre otros. ¿Son inmorales o tan solo creen en lo mismo que nosotros pero de otra manera?
Saltemos varios siglos en el tiempo, hagamos las cosas más palpables. ¿Qué tan moral es el sexo fuera del matrimonio? Si vamos a ser selectivos, deberíamos serlo en todo sentido y, entonces, la moral se convierte en algo tan relativo que deja de ser moral por simple definición contraria. La moral cristiana dice que no se puede ni antes, ni durante. Habría que agregar que “ni después” pero el catolicismo no reconoce otra disolución matrimonial que la muerte. No, la nulidad del matrimonio no es disolución: si es nulo, nunca existió.
Tuvimos un Jefe de Gabinete al que no se lo podía llamar los domingos por la mañana porque estaba en misa. Representante macanudo de una política conservadora, el señor está divorciado. Hoy no pasa nada, pero depende de a quién le preguntemos. Antes de que se aprobara el divorcio vincular, en la Argentina de los años ochenta existían distintos criterios morales llevados al extremo por Monseñor Ogñénovich que pronosticaba el fin de la sociedad con la disolución de la familia, y opiniones mucho más matizadas en la revista católica Criterio. ¿Cuál era la opinión moralmente aceptable? Y con los católicos vueltos a casar ¿qué hacemos? Moralmente, si la moral es una cuestión pétrea, somos todos herejes porque no hay un solo ser vivo que esté libre de todo pecado.
Hablar de superioridad moral es tan peligroso como innecesario. Antes que nada porque se obliga a otros a plantear que su concepción moral es superior. Así entramos en un dolor de cabeza que hace que los moralistas puros se comporten como relativistas, lo cual no entiendo cómo no lleva a la destrucción de los tejidos del tiempo y el espacio.
Para hablar de superioridad moral primero hay que tener muy en claro cuáles son los pilares y los ingredientes de esa moral superior a otras. ¿Son valores religiosos? Ahí ya tenemos un tema porque, por tradición dogmática, ninguna religión acepta un apartamiento de los preceptos de su doctrina y mucho menos en nombre de otra religión. Pero supongamos que sí, que son valores religiosos y que nuestra cultura se sustenta en pilares judeo-cristianos. Tanto los primeros como los segundos compartimos una buena porción de textos sagrados, lo que nosotros llamamos el Pentateuco, el Antiguo Testamento. Apenitas arranca el libro, se puede leer “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. ¿Cómo hacemos para que nos den clases de familia, paternidad y valores un grupo de solterones pasados los cincuenta años que viven totalmente fuera de cualquier precepto moral imperante durante milenios?
Ya sabemos que Sarmiento era un atentado a la moral de su época –y, algo me dice, que también a la actualidad aunque quieran forzar parecidos–, pero no lo ocultaba ni le importaba. Sin embargo, los mayores golpes recibidos por las autoridades de la moral de este país fueron dados por el gobierno de Roca, cuando el Estado se atribuyó la exclusiva potestad de inscribir los nacimientos, celebrar los únicos matrimonios que sirven legalmente y certificar las defunciones. Roca y sus funcionarios y legisladores le quitaron a la Iglesia el control de la familia. ¿Qué diríamos hoy de él?
Cuando asumimos que la moral es la base de una civilización, deberíamos tener en cuenta el horóscopo trazado por Samuel Huntington hace ya treinta años. Primero en un artículo en 1993 y más tarde en un libro, Huntington tiró por tierra el ultraoptimismo de los años noventa detrás del Fin de la Historia de Francis Fukuyama, que asumía que caída la Unión Soviética, se acababan los conflictos serios. Huntington vio que los grandes conflictos por venir serían choques entre civilizaciones. A su vez, aseguró que estos podrían tener mil motivos, pero que siempre saldría a flote uno primordial: la diferencia de valores de cada civilización.
Huntington dividió al mundo en pocas civilizaciones en comparación con la cantidad de Estados existentes. La mala: la Argentina forma parte de la civilización latinoamericana. La buena: considera a América Latina una hija directa de Europa y, por ende, más afín a la civilización occidental. Faltaban años para el inicio del terrorismo; todavía se podía subir a un avión en Nueva York sin que hiciera falta un examen rectal in situ, pero Huntington ya sostenía que el Islam sería un serio problema para la civilización occidental, en primer lugar por la brutal diferencia en la forma de ver a las sociedades modernas y, a la vez, por un hecho no menor: la falta de cohesión en el amplísimo mundo islámico. Por si le faltara algo, Huntington embocó un pleno en su Prode al predecir que China se convertiría en el centro de la civilización sínica y, además, en un rival para la civilización occidental.
Obviamente, Huntington no es palabra santa y le ha pifiado en muchas cosas, como ocurre siempre que se pretende dividir a miles de millones de personas en un puñado de círculos en un diagrama de Venn. Quizá el mayor pifie se encuentre en su vaticinio de que Rusia, arruinada económicamente, giraría hacia la cultura occidental y hasta buscaría ingresar a la OTAN. Y menos mal que le pifió, porque no quieren saber el pronóstico final del Choque de Civilizaciones, aunque pueden imaginárselo.
Sin embargo, no le vamos a quitar el valor de haber movido tanto el avispero que hasta las Naciones Unidas decidió ir en contra del concepto y declaró un año como el del “Diálogo entre civilizaciones”. ¿Quieren reírse? Fue a propuesta de Irán. ¿Quieren cagarse de risa? El año elegido fue 2001.
Todo esto del choque de civilizaciones lo traigo a cuento para remarcar algo: si el choque es por valores, los contrincantes se creen moralmente superiores al enemigo. Otro gran error de Huntington podría encontrarse en la minimización de las diferencias de valores puertas adentro de las naciones del siglo XXI. Hasta podría decir que jamás imaginó ver a su propio país en un conflicto de liderazgos políticos en el que el oficialismo es un corso cuya existencia sólo es posible por la total falta de criterio del otro bando.
Esta semana he tanteado entre un grupo selecto de personas a quienes respeto cuáles eran sus sentimientos. Ni uno solo me mencionó la violencia en Oriente Medio. Ni siquiera me dijeron Medio Oriente para que me arranque los pelos en un ataque de estilo de redacción. No sé si es que me cansé de las noticias locales y solo consumo internacionales pero no me siento demasiado cómodo con toda esta actualidad.
Para dejarlo en claro soy partidario de despachar a todo aquel que utilice cualquier argumento para justificar el terrorismo nacional o internacional y tenga a un grupo de personas de cualquier tamaño sumido en la opresión por el motivo que fuera. Lo que no debería preocuparme es quién lo decide. Los mecanismos internacionales más temprano que tarde terminan por fracasar. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas fue concebido en una época que ya no existe y para una realidad posterior a una guerra de la que cada vez quedan menos personas que la recuerden. Desde esa configuración global, por decantación, compromiso u omisión, se depositó en los Estados Unidos el rol de gendarme global. Además de su evidente poderío militar, el sistema de toma de decisiones en materia internacional lo hacía un poquito confiable: al igual que en cualquier país con división de poderes, el Presidente no puede ir a la guerra porque el pueblo es el soberano y los Estados son anteriores al país. Dicen que ambos se encuentran representados en el Congreso. Puede que suene demasiado burocrático en un contexto de emergencia, pero no sería el caso, más cuando abiertamente reconocen que laburaban el tema desde hace meses. La raíz del cambio la podemos encontrar en los cambios legales producidos tras los atentados de 2001 y la posibilidad de Estados Unidos de realizar incursiones militares preventivas sin necesidad de pasar por el Congreso.
Bien muerto está Jamenei, no es ese el punto y ya me doy bronca de vivir en tiempos en los que hay que explicarse tanto, pero voy a hacerlo más explícito: supongamos que amo a Trump. ¿Y si mañana gobierna un tipo al que odio y me odia? Fueron ellos, los norteamericanos, los que nos enseñaron las bondades del sistema republicano. Fueron ellos los primeros en poner en práctica las ideas de la Ilustración más de dos décadas antes que la Revolución Francesa y cuando acá recién nos convertíamos en Virreinato del Río de la Plata. Tambien fueron ellos los que declararon que la guerra contra el terrorismo era una «Guerra Santa» en el umbral del siglo XXI. En una guerra santa, los dos bandos creen que tienen la verdad revelada y superior a la del otro que es un hereje. Con lo fácil que es hacer cagar a otro solo por meterse con mi forma de vida y mi sistema legal.
Y quizá sea ese el miedo que siento. Que el mundo para el que me educaron ya no existe, que el orden establecido es una fantochada inoperante, que la cooperación entre países es jugar al Desconfío y que llegó demasiado lejos en creer que era joda eso de “usaremos su democracia para destruir su democracia”. Con lo barato que nos salía destruirla nosotros mismos, mirá.
El asunto es que ya no encuentro motivos para pensar que está bien así, que este es el orden que viene, que volvemos a la era en la que sólo un matón tiene las ganas de llevarse puesto a un hijo de puta mientras que el resto debate permanentemente sobre la base del diálogo con ese que, de tener la chance, nos desollaría. De hecho, cada tanto lo hacen.
Miedo, temor, pavor, algo de pánico, puede que espanto, no llego al horror pero sí a alarma, susto, sobresalto, un poco más que aprensión, bastante desconfianza, desasosiego, cuiqui. No, no por la guerra; por quiénes la conducen, no más.
Sin embargo, y para redondear: que cada uno haga lo que deba, lo que crea que es correcto o lo que haga falta. Pero no hablemos de moral cuando la ética nos lleva puestos a todos. No metamos a la moral en la construcción de poder si después vamos a decir que lo viejo murió y que esto, un mundo comandado por gente que habla de moral para explicar su accionar, es lo nuevo. Es lo que hay, y punto.
P.D.: Daría cualquier cosa por poderte dar un poco más, más de lo que puedo dar; pero a la vez quiero decirte que te encargues de tu vida porque yo…
P.D.II: Harto de vivir momentos históricos. Harto.
Este texto fue escrito sin la utilización de herramientas de IA. Compartilo, que los algoritmos me esquivan. Este sitio se sostiene sin anunciantes ni pautas. El texto fue por mi parte. Pero, si tenés ganas, podés colaborar:
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7 respuestas
Nicolás : vos iluminas el bocho !! siempre que puedo ( SIEMPRE ) te escucho… te veo… y te leo !! va un café porteño compartido «de roto a roto». César.
Estuve a punto.
Diez segundos después y antes de comenzar una interlocución necesaria PARA NADIE, opino que el mejor NO es LO mejor.
La ficción épica de Tolkien es eso y nada más. Ni aunque a algunos les pegó fuerte en el hipotálamo con la maestría de Peter Jackson.
Kubrick, Huxley y antes Verne fueron mis MEJORES preferidos.
Son todas opiniones.
Y como diría un terapeuta: «dejamos acá y seguimos el próximo sábado». Relato mediante.-
«La democracia solo estará a salvo con la derrota total de nuestros enemigos.»
– Dwight D. Eisenhower
No sé si es la edad o el delirio místico que tenés desde que hablás de terapia todo el tiempo, Lucca, pero cada vez estás más cagón.
Poco importan ya las Naciones Unidas o el derecho internacional, si alguna vez lo hicieron. Del otro lado hay orcos, y a los orcos se los extermina. Y eso están haciendo los Estados Unidos.
Punto.
Primero, deshumanizar al que está del otro lado, manual del ̶n̶a̶z̶i̶ sionista
Entre las plantas no muy cuidadas en balcón de donde habito surgen débiles brotes que florecen bonitamente y que al tiempo desaparecen. Y otras feas casi pinchudas que, conforme pasan los días, se fortalecen y dominan la maceta. Estás últimas son parientes de las «suculentas». Las observo como evolución natural.
Los animales, que no conforman ningún reino, muestran idéntico comportamiento, salvo intervención del humano que pone «las cosas en orden» mascoteando, etc. En fin, dominando a quien se deja y si no se deja, se corta por lo sano y chau rebeldes porquerías o se contrata el servicio de un dominador de fieras o simples no obedientes
Ayer y hoy. Veremos mañana.
Según afirmó el filósofo danés Sörgen Kierkegaard, la vida sólo puede ser entendida hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante. Y ésto que está ocurriendo cumplido el primer cuarto de este siglo 21 no termina ni bien ni mal, sólo evoluciona, como siempre.
Cierro mi comentario con una recomendación. Es una película titulada en origen (cuando no) «A house of dynamite» o «LA CASA DE DINAMITA». Es una sencilla y feroz ficción sobre lo débiles que pueden sentirse los chicos más fuertes del mundo si es que no les inocularon con el síndrome de «NO TENGO MIEDO A NADA NUNCA NADIE».
A vivir para contarla.
Gracias Nico por tu Relato de hoy, sábado 7 de marzo de 2026.
Leyendo el primer párrafo me acordé de un libro hermoso sobre el debate entre la bondad o la maldad intrínseca y otras cuestiones no menores. Tabula rasa de Pinker, que viene a ser la demostración de que no nacemos con un cerebro en blanco, ni es verdad la teoría del buen salvaje. A mi me pareció interesante.
Besos.