Operetas
Parece que la economía ya no da para mandarse unas vacaciones peronistas de treinta días a todo culo en el hotel sindical y varios funcionarios han recuperado el habla en estas semanas de temporada estival. Si bien León Arslanián no puede considerárselo netamente un funcionario, podríamos convenir en que a Randazzo y Garré sí los ponemos en el escaparate de administradores de la cosa pública sin que den muestras meritorias para ello. 
El bueno de León se la agarró con la política de seguridad de la provincia de Buenos Aires. A la fecha todavía me cuesta entender que existan personas que accedan a colocarle un micrófono a Arslanián para opinar de seguridad. No es que sea mi intención defender la gestión de Daniel Scioli -y menos en esta materia- ni tampoco tengo intenciones de considerar amigo al enemigo de mi enemigo. Pero así y todo, cada aparición de Arslanián me indigna lo suficiente como para acordarme, entre puteadas, de su fascinación infantil por el cine Spaghetti Western y las películas policiales norteamericanas. 
El día en el que algún historiador se decida a practicar un estudio exhaustivo sobre el origen de la pedantería progresista y su expansión en los ámbitos de poder político, sin lugar a dudas tendrá en Arslanián a la Eva Mitocondrial. Un tipo que con la bandera de los derechos humanos obtenida en el Juicio a las Juntas de 1985, ha creído contar con la autoridad moral suficiente para criticar todo lo que hacen los demás y, obviamente, hacerse soberanamente el otario con el granito de arena aportado a las causas que critica. 
Reformista por convicción -alguna convicción debía tener- juró como ministro de Justicia de Carlos Saúl, función desde la cuál reformó el Código de Procedimiento Penal de la Nación, instaurando la Cámara de Casación, duplicando la cantidad de juzgados federales y favoreciendo la creación de los juicios orales, bajo el argumento de dar una mayor transparencia respetuosa de la Constitución y menos dictatorial a los procedimientos penales. Gracias a Dios, se hizo bien el boludo con el mandato constitucional de los juicios por jurados. Increíblemente, dentro del aumento extraordinario en el presupuesto judicial -derivado de la cantidad de cargos a cubrir- omitió dar una solución al reclamo por la ley de salarios porcentuales, histórico orgullo de los empleados judiciales y derogado inconstitucionalmente por la dictadura. 
Algunos años después de haber pasado por la gestión progresista de Carlos Menem, Arslanián aceptó formar parte de la gestión progresista del entonces gobernador bonaerense Eduardo Duhalde, quien padecía algunos problemitas con la policía. Arslanián se encontró con un panorama desolador. Los policías cobraban sueldos miserables, trabajaban en condiciones indignas, no tenían armas aptas para su uso, los patrulleros estaban destruídos, la preparación para trabajar en las crecientes villas era nula, la atención social a la familia policial brillaba por su ausencia. El poder judicial provincial tampoco pasaba por su mejor momento. El Departamento Judicial de Lomas de Zamora -por dar un ejemplo- tenía jurisdicción sobre los partidos de Avellaneda, Lomas de Zamora, Lanús, Ezeiza, Esteban Echeverría y Almirante Brown. Para tamaño territorio -y tamaña población- contaba con la paupérrima suma de catorce juzgados, cinco fiscalías y un puñado de defensorías. 
Arslanián puso manos a la obra. El panorama policial estaba complicado, así que se limitó a echar a unos cuantos miles sospechados de corrupción, dejo a otros varios comprobadamente corruptos y el resto de los problemas los resolvió con un método que los progresistas no se animarían a aceptar como propio: no te doy nada, te saco lo que tenés y, si te revirás, te echo. En materia judicial, el bueno de León inició un camino que, más tarde, sería intensamente transitado por el progreberretaje vernáculo: la solución europea para problemas argentinos. Así fue que dio por sentado que el sistema judicial estaba colapsado y vetusto. En un proyecto maravilloso -en esa gobernación sólo superado por el exitaso del engendro educativo encarado por Giannettasio- creó un código de procedimiento penal nuevo, le quitó la instrucción a los colapsados Juzgados y se la entregó a las fiscalías. Y se sentó a esperar qué pasaba. Donde antes había catorce jueces y cinco fiscales, hubo catorce fiscales y cinco jueces de garantías. Nacía así el sistema judicial garantista. ¿No fue una idea genial?
Varios años después, ya con Felipe Solá gobernando la provincia de Buenos Aires, Arslanián fue convocado para resolver la pesada herencia recibida en materia policial. Curiosamente, nadie se sorprendió. Y eso que había motivos para sorprenderse: fue la policía perfeccionada por Arslanián la que se cargó a Kosteki y Santillán. Fue la justicia reformada por Arslanián la que juzgó y condenó a un comisario y un cabo, haciéndose bien los boludos con los funcionarios responsables. Al momento de estrenarse Arslanián II, La Venganza, la situación policial era bastante deplorable: los efectivos cobraban sueldos miserables, trabajaban en condiciones indignas, no tenían armas en condiciones de ser usadas, los patrulleros estaban destruídos, la preparación para trabajar en las crecientes villas era nula, la atención social a la familia policial brillaba por su ausencia. Nada con lo que León no estuviera familiarizado. Presto a la obra, rajó a cinco mil efectivos. No funcionó. Como sabía que la mentira de una gestión efectiva no se la podía creer nadie, optó por lo único que se le ocurrió mientras miraba La Ley y el Orden. Así fue que reformuló la estructura policial y sus jerarquías: ayudantes y subinspectores pasarían a llamarse tenientes, inspectores y principales se denominarían tenientes primeros, y los subcomisarios y comisarios, tendrían un hermoso título de capitán. Los mismos cabezas de tachos, mal preparados y mal pagos, pero con nombres glamorosos. Denominaciones hollywoodenses para paisajes africanos. La misma bosta pero perfumada. Idea brillante. 
Más allá de algún que otro detalle -una dependencia con un comisario y dos subcomisarios pasó a tener tres capitanes en disputa- el proyecto no podía culminar sin el emblema del cine pochoclero. El número 101, eternamente vinculado a las emergencias, quedó en el olvido ante la aparición del 911 -como todo lo demás, igual de inservible- que al marcarlo, la eventual víctima de algún ilíticito podía sentir que Bruce Willis venía en camino para rescatarla de la horda suburbana. 
Siempre se puede más, y esto Arslanián lo tiene bien claro. La policía con jerarquías neoyorkinas y salarios nigerianos ya era una causa perdida. León creó la Policía Bonarense 2 que, como en las buenas películas norteamericanas, era igual que la primera pero recargada. Así fue que se cargaron más víctimas de gatillo fácil en un año que las que la bonaerense original en un lustro. Curiosamente, el mayor daño vivido por los habitantes del conurbano no fue que la delincuencia no mermara -esto ya lo tenían asumido hacía rato- sino que se encontraron con dos «colaboraciones para los muchachos» donde antes había sólo una. 
Pero León siempre es una caja de sorpresas. En estos días podemos verlo participar de una nueva operación tridente -un editorial de Página/12 + los dichos de un funcionario del gobierno nacional + la opinión de un «especialista» en la materia- con la mira puesta en Casal -como punta del iceberg- y Scioli. Escuchar a Arslanián emitir afirmaciones tales como «la policía tiene que tener recursos humanos altamente capacitados» da cosita, no por lo que sostiene, sino por quién lo dice. Que luego manifieste que la gestión de Nilda Garré es un ejemplo a seguir por el resto de las provincias, en cambio, es ent
endible. ¿O acaso no hay nada más eficiente para la seguridad pública que pintar un patrullero por comisaría, comprar chalecos fluorescentes y rajar, cada tanto, a alguna que otra cúpula policial?
Si los afiliados al Cristina´s Fans Club tuvieran algo de sincronización al pensar, quizás se preguntarían si las palabras a favor de la gestión del gobierno nacional por parte de quien fuera el emblema de la política criminal de Duhalde son un elogio o un insulto. O tal vez se preguntarían si las constantes avanzadas sobre Scioli y la ponderación de un talibán como Mariotto son para sacarse de encima al exvicepresidente de Néstor. ¿Scioli es compañero del modelo nacional y popular? ¿O ya lo ven como el enemigo que complicaría la subsistencia de la patria contratada en caso de que no prospere el proyecto requetereeleccionista? ¿Scioli arrimando el bochín a Moyano da cagazo? ¿Acaso Moyano no era el principal aliado de este gobierno antes que lo convirtieran en el cuco? ¿Cuánto falta para que hagan una opereta mediática en contra de Moyano sacando a relucir su rol colaboracionista con el antikirchnerista gobierno de Perón en la década del ´70? ¿Realmente creen que mueven el amperímetro con estas operetas de cuarta?
Si se hicieran las mismas preguntas que yo, los felicitaría. Pero si todavía buscan la forma de justificar el ajustazo de la sintonía gruesa, es obvio que Scioli esté a un paso de demostrar ser el anticristo y Moyano de convertirse en la encarnación de mandinga. Cuando veo como se comportan, como reaccionan, las operaciones que montan -antes a los opositores y ahora a los propios-, no me queda otra que pensar que el futuro les da cagazo. Como a todos. La guerra por la sucesión llegó hace rato, es lógico que busquen la recontrareelección.
Lunes. Qué debil que es el modelito que depende sólo de una reforma constitucional para subsistir.