Plan B
La pretendida reforma política del kirchnerismo quedó perdida en algún recoveco de la historia -de hecho nadie la recuerda- y el gran cambio prometido al principio de la gestión de Néstor quedó limitado a la aniquilación de los partidos pequeños y una interna abierta y simultánea que fue un dispendio de guita al pedo. En aquellos años en los que los jóvenes kirchneristas que no jugaban con plastilina en salita celeste, sostenían que Néstor era la continuidad de Duhalde y, por ende, más de la misma mierda, el cambio que llevó adelante el comprador particular de dólares de la última decada consistió en rodearse de ministros de la talla del Opus Dei Gustavo Beliz, del cavallista-duhaldista Alberto Fernández, del menemista-duhaldista Aníbal Fernández y de los únicamente duhaldistas Roberto Lavagna, Ginés González García, José Pampuro y Carlos Tomada. La posibilidad de un rotundo cambio que continuara sin sobresaltos el armado político previo a la debacle de De La Rúa estaba garantizada. 
En aquellos años en los que Beatriz Sarlo todavía escribía sobre cultura, Gallende era periodista suplente en Canal 13 y Gvirtz era el único que ridiculizaba el doble discurso del kirchnerismo desde la televisión, algunos pocos le daban bola a las pretenciones reformistas del gobierno y otros pocos se escandalizaban al suponer que la revolución trascendía la perorrata discursiva de Néstor. El expresidente era más conciso a la hora de hablar en los actos. Si bien nos acostumbramos a que Cristina hable de paradojas, paroxismos, consensos de guayintón, matrices diversificadas y valores agregados ante públicos que no leen ni el boleto del bondi, Néstor era más pragmático. Él no estaba para demostrar que tenía título universitario ante cada micrófono. Con demostrar que la tenía más grande, le alcanzaba. Así es que era posible escucharlo hablar de los valores revolucionarios de la generación setentista en un acto de entrega de tres subsidios, dos flautitas y un miñón en la escuelita de Villa Ojete o participando del descuelgue del cuadro de Videla del Colegio Militar, después de reunirse con Alberto Groppi, el intendente de la dictadura en Esteban Echeverría. 
Cuando hay plata, debatir sobre pelotudeces ideológicas es fácil y entretenido. Los delirios de teorías que dibujen la estirpe de estadista de quien sólo se dedicó a conservar las estructuras de poder lo más conservadoramente conservador posible, sólo son entretenidos en épocas de vacas gordas. Cuando la tarasca escasea y se descubre que los cimientos de un modelo están hechos de papel maché, discutir ideologías y teorías políticas queda reservado al reducido grupo de pelmazos que no la ven venir y el resto que todavía cobra por hablar bien del jefe. Hoy, los embates de los muy pretendidos oficialistas se centran en atacar el egoísmo de los que no quieren ceder las tres migajas que pudieron retener en el último decenio. La reescritura de lo sucedido en la patria setentista ya se desgasto de tanto usarla -y presumimos que se dieron cuenta que a la inmensa mayoría de la gente le importaba menos que la renovada programación de Paka Paka- por lo que acudieron a algo más plausible, como es reescribir con el culo lo que borraron con el codo. 
Ejemplo: Al gobernador bonaerense Daniel Scioli le salió un Mariotto entre las nalgas. Ahora resulta que Mariotto descubrió que el gobernador a quien acompañó en su fórmula reeleccionista es un gorilón menemista y amigo de Macri. En un acto de borrachín en desayuno, Mariotto dijo que «Scioli almuerza con Mirtha, los militantes, no», frase que habría dado lugar a un escándalo, si no fuera porque la Legrand no tiene su programa de almuerzos desde hace más de un año. Evidentemente, Mariotto no es muy adepto a los aparatos destinados a la transmisión y recepción de imágenes en movimiento. Si así fuera, además de darse cuenta que reemplazar la programación del cable por la bosta de la TV digital, se habría dado cuenta que Néstor y Cristina también iban a almorzar con Mirtha. Y tampoco iban los militantes, aunque no se sabe si es porque no los llevaban, porque no los dejaban entrar, o porque el único militante kirchnerista de principios de siglo era Cristóbal López. 
De la vereda de enfrente de la alegría kirchnerista, está el cagasus tremens de una buena parte de la sociedad. No se puede decir que el 46% restante está asustado, dado que hay una inmensa mayoría de ciudadanos a los que todo les chupa uno y tres cuartos del otro, pero sí es cierto que mucha gente está asustada al extremo. Quisiera tranquilizarlos: decir que van por todo o nada queda un poco grande. Es mucho más realista decir que van «por lo que quede o nada». Incluso algunos optimistas sostienen que esto sería mejor que un «a lo que venga», dado que, con esta última opción, desaparece toda esperanza de poder elegir las sobras. 
En esta vía reformista de lemas, el gobierno ha demostrado su pragmatismo con el cambio de los membretes de los anuncios oficiales. Antes, podíamos leer «Argentina, un país en serio» en las propagandas y algún que otro afiche. Como la seriedad del kirchnerismo no fue tomada, precisamente, en serio, el lema fue modificado por «Argentina, un país que avanza». Entonces se dieron cuenta de la multiplicidad de significados de «avanzar». Mientras Néstor avanzaba hacia la humilde y populachera Clínica Los Arcos, Moreno avanzaba hacia el posible fusilamiento de los que se negaran a mantener los precios, Cristina avanzaba a comprar zapatos a París, y el kirchnerismo se nutría de neoliberales reconvertidos al lado de maoístas arrepentidos, con lo cual el país avanzaba, pero no se sabía bien a dónde. Lo modificaron por «Una Nación que crece», pero para crecer de verdad nos faltó mucho Toddy. Fue entonces que, en un acto de gran despliegue creativo y luego de semanas enteras de brainstorming, los grossos de Presidencia apelaron al grandilocuente -y presuntamente lastimoso- «Argentina, un país con buena gente». Este último eslogan puede observarse en los patrióticos sobres convocando a la renuncia voluntaria a los subsidios. Lamentablemente, la repercusión entre los receptores de la misiva no fue el esperado. No se si pretendían una convocatoria de reservistas para la guerra pero, si esto sigue así, los cráneos publicisitas ya evalúan pasar a un escueto y sincero «Argentina, un país lleno de gorilas». Este viraje en la comunicación oficial va de la mano del recambio de otros argumentos propagandísticos, aunque ya desmintieron que, luego del hallazgo de 497 panes de marihuana en una camioneta de Desarrollo Social, vayan a aplicar un remozado «Con la fuerza del faso». 
Un eslogan como este último, sería un golazo de media cancha en el ya vapuleado arco de los contreras de siempre, que hacen un escándalo por 497 panes de marihuana sin darse cuenta que es un gran avance de la cartera comandada por Alicia Kirchner: se pasaron de rosca en la lucha contra el hambre y ahora reparten faso para que el bajón de los beneficiados ayude a consumir los alimentos antes de que se echen a perder. 
Sin embargo, a pesar de las posibles explicaciones, nunca falta el desestabilizador desconfiado que pretende una investigación seria. Entre las distintas líneas de investigación, la que más parece prender es que los 497 panes son para consumo personal de Alicia Kirchner, lo cual explicaría -entre otras cosas- su sonrisa tatuada mientras se le cagan muriendo los tobas del Impenetrable, los wichís de Salta y el pobrerío del conurbano profundo.   
Con todo lo sucedido en las últimas
semanas, Boudou ya demostró que tiene todas las de la ley para seguir en el cargo. Además de pasarse todos los escándalos por el upite, hizo el anuncio de la presentación de una denuncia por parte del gobierno contra las petroleras por abusar de posición dominante de mercado, luego de ocho años de subsidiar indiscriminadamente, congelar los precios y hacer pupa la red de estaciones de servicios.
Como yo sigo sin creerles nada, me descubrí compartiendo una preocupación con el Máximo Kirchner: ¿A quién carajo se le ocurrió poner a Boudou de vice? Porque una cosa es querer concentrar el poder, y otra es pretender conservarlo. Siempre hay que tener un Plan B, dado que nadie tiene la vida asegurada, pero la paranoia pudo más que el instinto de preservación y suponer que un tipo que traicionó a su ideología era lo más fiel que había en mercado, se presume un tiro fallido. 

Trece días después de la operación, Cristina sin dar la cara ni para tirar dos dedos en «V» a lo lejos y la única información que tenemos de ella es por parte de Aimée que dice que seguimos ganando. Es lógico que tenga mis dudas sobre cuándo mintieron, si al decir que tenía algo que no fue, o cuando dijeron que todo fue una falsa alarma. Si yo fuera kirchnerista y me hiciera estas preguntas mientras veo a Boudou hablando de sintonía fina al inaugurar la «autobomba nacional de la Mercedez Benz» (?), estaría cortando clavos con el culo. 
Pero como me gustas hacer preguntas, observar y dudar hasta de mis certezas y desconfiar hasta de mi propia salud, no podría ser kirchnerista never in the puta life.

Martes. Tengo miedo de que Boudou me haga extrañar a Cristina.