Pretéritos molestos
Coincido con Videla. Fue una guerra. Habrá habido alguno que otro desaparecido que no tenía nada que ver pero la inmensa mayoría eran militantes y, de ellos, la mayoría eran montoneros. A mí me hubiera molestado muchísimo que mi muerte la utilizaran para decir que fui un pobrecito dirigente asesinado.
Mario Firmenich 
Destapar ollas tiene su costo. Generalmente, quienes se dedican a reivindicar tiempos tristemente célebres, vieron los mismos desde la comodidad de sus livings, o ni se enteraron de qué pasaba, o les resulta más fácil congraciarse con la moda. En 1995, la ministra de Educación Susana Decibe ordenó que el 24 de marzo de cada año se llevaran adelante jornadas en todos los establecimientos educativos del país, tendientes a remarcar qué sucedió el 24 de marzo de 1976 y en qué consistió el la última dictadura militar. Los profesores se dedicaron a explicar que un otoño, un grupo de locos asesinos salieron de joda a la madrugada y como estaba todo cerrado, ocuparon la Casa Rosada. Como el aburrimiento era atroz, salieron a matar a personas indefensas, del peludo embole que tenían, no más. Quizás todavía asustada a pesar de los indultos, Decibe prefirió no hacer demasiado hincapié en cuestiones subversivas, revoltosas y otras actividades. En los ´90, reconocerse subversivo no estaba de moda y la ministra de Educación -ex JTP- adhería a la corriente «yo no fui». En lugar de hacer las cosas como corresponde -completas- en ese entonces no se puso mucha atención al desastre económico que nos legaron las juntas militares, ni a los paradigmas de una estructura socioeconómica de la que aún hoy no conseguimos despegar. La creación del relato del setentismo, no es un invento Nac&Pop.

Los revisionismos históricos siempre son bastante conchudos, como la escritura original de la historia. Creo que se pueden escribir crónicas de época, testimonios de los hechos vividos, pero nunca se podría escribir una obra de historia de la que fuimos protagonistas. De entrada, cualquier momento histórico -por más lejano que haya quedado en el transcurso del tiempo- genera sentimientos de simpatía y apatía de acuerdo a los valores personales de cada uno. Hacerlo con la época vivida, quita todo rasgo de objetividad, al menos en cuanto a las apreciaciones de cuestiones subjetivas, de forma. Los hechos se pueden relatar, las explicaciones, en cambio, quedan a criterio de cada uno.

Sin embargo, desde hace unos años hemos tenido la costumbre de practicar el revisionismo histórico más pedorro que podríamos haber imaginado. Personas que parecieran haber aterrizado en 2003 provenientes de alguna galaxia lejana, nos cuentan historias que nosotros -boludos que hemos pateado la calle- creímos, a pesar de haber vivido otra cosa bien distinta. De este modo, el país se fundió por culpa de políticas neoliberales llevadas a cabo por otros -no por este gobierno compuesto fifty-fifty por exmenemistas conversos y aliancistas obscenos- y nosotros, que al menos hemos leído alguna tapa de algún diario en algún kiosco de alguna estación, entramos en la nebulosa y olvidamos que los que nos cuentan la historia, son nombres conocidos por todos. La lógica es sencilla: si nos trastocaron la historia de lo que pasó ayer ¿Cómo no nos van a dibujar de vuelta lo que sucedió hace varias décadas?

Las Fuerzas Armadas no hicieron más que aceptar un pedido general de la ciudadanía para encarar con su intervención una crisis de supervivencia de la Nación, crisis que las instituciones formales y las organizaciones civiles demostraron ser incapaces de resolver
Jorge Paladino, ex Delegado de Juan Domingo Perón
Un medio español publicó una entrevista exclusiva realizada al expresidente de facto y exgeneral del Ejército Jorge Rafael Videla. De entrada hay que reconocer que los españoles venden el pan mejor que nosotros: el entrevistador se autodefine como estudioso de los revueltos años setenta argentinos y afirma que Videla fue presidente entre 1976 y 1981. De todos modos, lo entiendo: si Cristina puede decir muy suelta de cuerpo que fue una perseguida política en la dictadura sin que pase nada, qué podemos esperar de un extranjero. Más allá de estos detalles, la nobleza obliga a reconocer que la entrevista estuvo buena, no tanto por el dinamismo del entrevistador, sino por la predisposición que tuvo Videla para hablar largo y tendido sobre todo lo que le preguntaron.
Videla dijo lo que le vino en gana, dio sus apreciaciones, se hizo cargo de todo y sostuvo como verdades algunas historias de las que no hay testigos, y otras que se sustentan en la mera lógica. Sin embargo, los impresentables del arco político vernáculo se indignaron. Ya sabemos que entre los deportes preferidos de nuestros dirigentes está el hablar ante cada micrófono que se lleven por delante, pero la sal del churrasco es la indignación, forzada, obvia, obsecuente. Algunos se indignaron porque los dichos de Videla tocaron lo más intocable de cada fuerza política: ese espíritu republicano y respetuoso de la continuidad democrática que tanto dicen defender. Otros, se pusieron de culo porque Videla -además de varias sarasas- tiró algunas frases que, por incontestables, se dan por válidas. Un tercer grupo se indignó porque hay que indignarse cuando habla un dictador, porque hay que congraciarse con la patria progresista que no los vota ni los votará -a no ser que estén en el poder, obvio- y porque todos dijeron lo suyo y no da para quedarse afuera. Son los mismos que manifestaron su pesar por la muerte de Alfonsín porque vieron mucha gente en el velorio y dijeron que Néstor fue un estadista antes de que el médico terminara de firmar el certificado de defunción.




Es auspicioso que el primer acto que realizamos sea para restablecer el pleno ámbito de la libertad en la Argentina y para contribuir a la pacificación nacional.

De La Rúa, al votar a favor de la liberación masiva de subversivos en 1973

Las declaraciones de los distintos grupos fueron dignas de un análisis sociológico que nadie se animaría a realizar. El flamante aplaudidor cristinista, Ricardo Gil Lavedra, sostuvo que Videla es responsable de haber cometido y ordenado los crímenes más atroces e inhumanos. De desmentir alguno de los dichos del exdictador respecto a un sector del radicalismo que apoyó el golpe de Estado -y que presidió casi cuatroscientas intendencias durante el gobierno de facto- nada. Luego, se tiró un par de laureles al afirmar que los juicios a las juntas abrió un camino inédito en el mundo que fue poder perseguir a través de un tribunal civil la comisión de delitos atroces, algo que ya había pasado en 1946, pero no vamos a negarle el mérito por esta cuestión subjetiva.

Carlos Kunkel, pelmazo congénito que ostenta el privilegio de haber sido uno de los pocos justicialistas expulsados del partido por el mismísimo Perón, demostró que el paso de los años no disminuyó su poder para decir pelotudeces, y afirmó que los dichos de Videla son de una intencionalidad perversa de buscar debilitar el frente interno argentino ante la escalada de la potencia inglesa. Prefiero suponer que Kunkel está gagá y no que hubo gente que votó a un tipo tan, pero tan pelotudo que supone que tenemos un frente interno consolidado frente a una escalada británica, mientras la represión estatal se nos hace moneda corriente y los recursos naturales son entregados a «la potencia» como si de un souvenir se tratara.
Otro miembro nuevo del elenco de aplaudidores cristinista, Federico Pinedo -sí, Pinedo- aplicó toda su capacidad cognitiva y la maquinaria de sinapsis para sostener que le dolió que Videla utilizara la palabra «desaparición» para referirse a las instituciones republicanas. No sabemos si le jodió porque desaparición es difícil de
pronunciar, o porque Videla está tan viejo que no se da cuenta que eso ya pasó hace rato. Quizá el más sensato fue Adrián Pérez, quien sostuvo que un dictador no puede dar lecciones de republicanismo.
Creo que para lograr la patria socialista vamos a tener que matar a no menos de un millón de personas.
Roberto Santucho
Sinceramente, creo que lo que más jodió de las declaraciones de Videla -además de darnos cuenta de que todavía vive- es que el tipo haya demostrado que estará viejo, pero no senil y que no es una figura decorativa en casi todos los juicios desde 2001 -no, no fue Néstor el que habilitó los juicios a los militares- sino que todavía puede hablar y expresarse. Obviamente, los únicos interesados en saber qué tiene para decir una de las dos figuras más visibles de aquellos años que aún vive, son los extranjeros. Acá mucho no se pregunta. Las opiniones que sacuden un poco el relato que nos construimos para no sentirnos culpables de haber apoyado un golpe de Estado nos resultan chocantes. 
A mí criterio, poco me importa si Balbín le pidió a Videla que dé el golpe. Si así fue, lo entiendo, no es nada que no hayan hecho muchos peronistas, muchos socialistas, casi todos los empresarios, Héctor Timerman y la inmensa mayoría de la sociedad civil en su conjunto. Si Videla quiere decir que Perón ideó el esquema represivo a pesar de su intencionalidad de aniquilar a la subversión con la Policía Federal -y para eso puso a Villar al frente de la misma- para luego sostener que fue Ítalo Luder quien le dio la autorización para matar un año después, que lo diga, si es cierto o no, me importa tres carajos: no es nada que no desearan muchos otros tantos argentinos de aquellos años. En todo caso, Videla está en todo su derecho de dar a conocer su versión de la historia subjetiva. Sin embargo, no le criticaron esto, le criticaron recordar los hechos. El arco político se indignó porque un tipo que comandó la represión más violenta del operativo Cóndor recordó que aquellos años existieron más allá de la fantasía, que no salieron a cazar gente porque no tenían televisión por cable para matar el rato en el casino de oficiales. Quizá, lo que más haya indignado a la dirigencia argentina es sentirse identificado con un nivel político paupérrimo, impotente para lograr imponer una puta idea, una clase dirigente tan pedorra y aislada de la sociedad, que no han podido encausar -ni aprovechar- un sólo reclamo generalizado y sólo se dedica a cumplir la agenda del día del gobierno, quejándose por los excesos y haciendo que se indigna muy indignada.
El objetivo perseguido por estos grupos minoritarios es el pueblo argentino, y para ello llevan a cabo una agresión integral. La decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía, harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno por el bien de la República. 
Juan Domingo Perón (uniformado)
Ayer, todavía no habíamos digerido que la Federal de Cristina reprimiera con gases a un grupo de veteranos que reclamaba por un derecho que ellos creen justo. El gobierno, en vez de sentarse a negociar -o hacerse el boludo, como con el 99,9% de los cortes de tránsito de los últimos nueve años- los reventó a bastonazos progresistas y los encanó con esposas nacionales y populares. Nosotros, manso rebaño, aceptamos el hecho y miramos para otro lado. Algunos puteamos por la pelea Falcioni-Riquelme, otros más atentos a lo que pasa con las mineras, la inmensa mayoría en otra. Una puteada de cinco minutos, una indignación de media hora, y ya no recuerdo si hubo represión. La tarea de quienes deberían romper las pelotas -para eso hicieron campaña, para eso se sometieron a una elección, para eso fueron elegidos, para eso se les paga un sueldazo- miró para otro lado gracias a una preocupación más importante. Todo bien con los veteranos, pero primero hay que justificar porque acepto un aumento del 100% en mis haberes sin chistar demasiado, yo no sé quién dio el aumento, a mi no me miren, yo no fui, fue el de al lado, yo sólo cobro y levanto la mano cuando vengo. El escándalo -segundo del día- duró menos que el primero: se hizo de noche y por la mañana apareció una entrevista a Jorge Videla.
La vida sigue, la historia avanza, lo pasado está bien lejos y ningún juicio puede solucionar los delitos cometidos por la dictadura, como tampoco puede resarcir la inutilidad de los políticos de esos años ni la culpabilidad de quienes hoy dicen despreciar algo que pidieron casi a gritos. Mientras todos miramos a Videla, el gobierno reprime cada vez más seguido, los legisladores se la llevan en pala, el trabajo mejor remunerado es ser amigo de Boudou, la Gendarmería es utilizada para infiltrarse en protestas, la Presi habla de inclusión y progreso en Santa Cruz -donde reprimieron brutalmente a los estatales que se oponen al despido masivo- y la oposición se divide entre aplaudir algún fuego artificial de Cristina o hacer la plancha en el mar de la nada. El resto de la sociedad, la mira desde afuera. Algunos se indignan por las declaraciones de un geronte, otros viven sus días olvidando lo sucedido y puteando al gobierno según la agenda oficialista, ayer a los legisladores, anteayer a las mineras, mañana a los gendarmes. Eso sí, todo sin movilizarse demasiado, hace calor, está pesado y alguien se tiene que hacer cargo de mi reclamo, que sea otro, yo no, para algo les pago el sueldo y esta noche hay fútbol. Tal vez, lo que más nos rompe de Videla es tener que reconocer que aún vivimos bajo una de sus más grandes imposiciones culturales: no te metás, algo habrá hecho.
Jueves. Vendo historia. Segunda selección. Oferta. Aproveche.