Realidad Paralela
Mañana se cumplen diez años de la devaluación. Una década del acta de defunción de la convertibilidad. Por aquellos años en los que pedíamos a gritos que se vayan todos porque nos limitaron la disponibilidad monetaria a 250 pesitos semanales -250 dólares, 280 euros- nos tuvimos que conformar con retirar 250 pesitos, pero con el dólar a 2,90. Entonces, para que la debacle inflacionaria y la miseria no fuera aún peor, se congelaron tarifas de servicios públicos y se renegociaron las concesiones de los servicios ferroviarios. La idea origial de los subsidios era que existieran mientras se normalizaba la economía, para luego ir reduciéndolos paulatinamente. No pasó.
En cambio, los precios se mantuvieron congelados, como botón de muestra de lo que sería la economía de los años venideros. Todo lo que podía subir, se subsidiaba. Si el subsidio no alcanzaba, se prohibía el aumento. Lamentablemente para la ilusión kirchnerista, hay determinadas variables que no se pueden dominar. Si el dueño de una estación de servicio deja de tener rentabilidad, la cierra. Hoy es más fácil encontrar un puterío que una estación de servicio abierta. Del mismo modo que se congelaron los precios de los combustibles, también se petrificaron las boleterías de los trenes y las máquinas expendedoras de boletos de los colectivos en la zona metropolitana de Buenos Aires y su conurbano. El resultado, por más notable que sea, no deja de ser estúpidamente obvio: el servicio metropolitano de transporte se encuentra destruído, las estaciones de servicio han desaparecido, la industria nacional consiste en productos pedorros o rompecabezas de frabricaciones extranjeras, y el aniquilamiento del autoabastecimiento energético.
En 2004, cuando el retraso tarifario interno obligaba a Metrogás a colocar parte de su producción en el exterior con el objeto de financiar a la empresa, el Gobierno decidió enchufarles una módica retención del 45%. El resultado inmediato fue una interrupción en el proceso de exploración. En aquel entonces, las reservas de gas se proyectaban a diecisiete años. Meses después, se redujo a tan sólo nueve. Un año después, comenzamos a importar. En 2005, se rehabilitó la conexión del gasoducto boliviano para importar gas de nuestro vecino y poder abastecer el mercado interno. Para terror de los militantes Nac&Pop, el gasoducto transnacional se había cerrado porque Argentina había alcanzado el autoabastecimiento. Fue en 1999. El costo de esta importación -el Evo no hizo, precisamente, precio de amigo- llevó a que en 2008 empezáramos a importar gas licuado a pesar de ser productores, un récord que no sé si da para festejar.
Hace unos meses, cuando el dúo Boudou-De Vido anunciaron la quita de los subsidios, empezaron las campañas de los mamertos filokirchneristas que, mediante spots televisivos, nos contaban que ellos habían renunciado a los subsidios a los servicios, porque era un deber patriótico, como si pagar lo que corresponde por calentar la pava para el mate estuviera a la altura de resistir a la armada franco-aglosajona en la Vuelta de Obligado. Esta semana, las facturas de gas comenzaron a llegar con un aumento del 250%…y todavía no le quitaron los subsidios. ¿Motivo? El costo de la importación de gas. 
Un mes después, se desprendieron del sistema metropolitano de trenes subterráneos, entregándolos a la Ciudad de Buenos Aires sin subsidios. Negociaciones van, puteadas vienen, se arregló un 50% de los subsidios por un año o el 100% por seis meses. Macri decidió mandar el pasaje del subte a $2,50 y estalló la alegría del kirchnerismo porteño, que pretendió hacerse una fiesta con la medida, a la que calificaron de «tarifazo». Pobre de mí, que pensé ver a Fontova, Dolina y Carla Comte renunciando a pagar 1,10 el pasaje del subte, y me encontré con que un aumento por quita de subsidios a los servicios domésticos era un acto patriótico, y en cambio un aumento por quita de subsidios en el subte, es un tarifazo en contra de la ciudadanía. 
Como usuario cotidiano del subte, el sablazo de un 125% de aumento, me duele, pero tampoco puedo ser tan estúpido de suponer que se puede conservar el costo del pasaje a veinticinco centavos de dólar, cuando históricamente costó el triple. Cualquiera que se tome un subte o un tren sabe bien que hasta hoy se viajaba por menos de un pesito, dado que cinco de cada diez viajes eran gratis porque no funcionaba la maquinita, porque no tenían cambio o porque faltaba alguien. Todo esto se debe al enviciamiento de los subsidios: en cada paritaria, las patronales otorgaron sin chistar el aumento que el gremio pidiese, total, el aumento de costos lo trasladaban a los subsidios. Si de la recaudación dependieran los salarios de los trabajadores, los boleteros fabricarían las monedas, arreglarían las maquinitas e irían a laburar con hemorroides.  
La reestructuración tarifaria no me da bronca, ni me asusta: me genera expectativa. Cuando el bondi esté a tres pesos, el subte a cinco, la nafta a ocho pesos, un departamentito de cuarenta metros cuadrados pague cientocincuenta de gas y doscientos de luz, cuando todos los aumentos repercutan en los costos de producción y sean trasladados a los precios de alimentos e indumentaria, ahí veremos qué tan maravillosa fue la bonanza económica del modelo kirchnerista. Cuando se necesiten cinco lucas para no caer en la indigencia, veremos. Como en una relación enfermiza, donde no se quiere ver la realidad, el sinceramiento duele. Tal vez encontraron, finalmente, el portal que une la dimensión real -en la que ellos dicen vivir- y la dimensión paralela, en la que dicen que vivimos el resto. 
Por lo pronto, seguiremos viendo por televisión el festival oncológico oficialista, con la muchachada cantando «acá tené lo pibe’ para la extremaunción» y las Madres de Plaza de Mayo agradeciendo a los trabajadores de Escrivá por haber cuidado de la Presi. Es un evento sociológico único, con el pobrerío arrastrado por Ishii desde José C. Paz contando por televisión que a la Presi la siguen a todos lados en un acto de sacrificio laboral sin precedentes, contrastando sus flacuras y dentaduras poco pobladas con las pancitas bien alimentadas -y bien vestidas- de los camporitas, que a esta altura se han convertido en una PyME destinada a la animación de velorios y postoperatorios. 
Mientras la militancia prepara una movilización de apoyo y aguante a la Presi para el tratamiento de conducto al que será sometida el mes que viene, Todo Noticias anuncia una y otra vez que el pronostico de Cristina es alentador, con lo que no se entiende bien si es que la viuda la zafa, o ya reciben palmas y coronas. Entre tanto, Boudou no pierde el tiempo y ya le sacó a De Vido el manejo del correo y tiene la lapicera afilada para seguir firmando. Si Alsogaray nos viera…
Por suerte, nadie se pregunta -todavía- algo incómodo: ¿Y si decidiera extender sus vacaciones por tiempo indeterminado? 
Jueves. Feliz Epifanía para todos. Y recuerden que nunca dejamos de ser pobres, sólo nos subsidiaron la supe
rvivencia. ¿El modelo? Son los padres.