Relato Multicolor

Relato multicolor -

Hay que blanquear la mentira en la que fuimos educados. En la totalidad de los países occidentales, la política de los últimos dos siglos giró en torno a una sociedad en la que el individuo puede moverse socialmente y geográficamente. El mundo ya no es estanco; el que nace pobre no tiene por qué morir pobre, y el hogar se encuentra donde consigamos sustento. El hombre merece desarrollarse y no resignarse a ser pobre. Amén.

Creo que es necesario marcar este objetivo en común en todo el mundo porque las peleas ideológicas y hasta las guerras se dieron por los caminos elegidos para la realización de la grandeza de las naciones en las que los individuos podían desarrollarse y ser felices en un círculo virtuoso que contribuía a la misma grandeza de la nación. Ciudadanos felices, pueblo feliz, nación próspera. También es bueno remarcarlo porque, aunque usted no lo crea, en el resto de los países no existió el peronismo y, sin embargo, también tuvieron esa fantasía de la movilidad social ascendente.

Y es que todas las ideas que pensemos o analicemos de los últimos siglos son posibles porque hubo una revolución que cambió cómo veíamos el mundo que nos rodeaba. Una revolución mundial, por más que le pongamos un lugar de inicio y la acotemos a una parte de Occidente. La razón pasó a ser el centro de la vida, el individuo se vio habilitado a pelear por sus derechos y, en todo caso, se discutirá el cómo. Más de un siglo después, el final de la Primera Guerra Mundial derribó casi la totalidad de las monarquías más estancadas de Europa, dejó a las más modernizadas y el resto fue reemplazado por lo nuevo.

La Segunda Guerra nos trajo otros condimentos. Quizá el más analizado es el “cómo carajo pasó esto” en referencia a dos tipos muy limitados culturalmente, escasamente leídos, con nulas herramientas emocionales y profundamente atormentados por sus complejos de inferioridad, que terminaron por dominar a sus países y despertaron admiradores por todo el mundo. Arendt prendió la hoguera de la moral internacional al dar a entender que no había monstruos, que un hijo de puta como Eichmann tuvo una vida normal antes de Hitler y volvió a llevar una vida tan, pero tan normal que lo agarraron al bajarse del 203 en el segundo cordón del conurbano. En el medio se cargó a cuanto judío se cruzó, pero en el juicio en su contra lo que más sorprendió a la filósofa fue no encontrarse con un monstruo, sino con un ser humano común. Y eso es peor que un monstruo: es saber que cualquiera de nosotros puede convertirse en un auténtico hijo de puta de acuerdo a las circunstancias que nos rodean.

Erich Fromm lo había descrito en pleno auge de los fascismos al sostener que la sociedad moderna (de su época) era alienante y generaba una suerte de neurosis de masas con una atomización tal que el individuo quedaba tan sumiso que la libertad la dejaba sin estrenar, con el film protector y la etiqueta colgada. Mucho tiempo antes, un tal Goethe le hace decir a su personaje Werther: «Si me preguntas cómo es la gente aquí, te diré que como en todas partes. El género humano es algo uniforme. La mayoría dedica la mayor parte del tiempo a vivir y la poca libertad que le queda provoca tanto temor que hace cuanto puede por librarse de ella.»

Desde un minúsculo lugar frente a tamañas bestias del pensamiento, me atrevo a agregar terminología poco académica. Tanto estudio diagnóstico de Fromm –que era psicólogo–, tanto ensayo de Adorno, tanto atestiguamiento de Arendt y prefirieron expresarse de forma educada. Así y todo los putearon en quinientos idiomas y algunos dialectos por hacer notar lo que cualquiera que haya salido de joda con sus amigos en la adolescencia ya sabe: que somos otros en grupo, que el individuo se mimetiza, que actitudes que son reprochables en la singularidad pasan a ser aprobadas en la masa. Y creo que tanto usted como yo sabemos que hay gente bastante hija de puta en su individualidad y que no es aún peor porque la sociedad lo inhibe. En todo caso, podemos agregar que ningún dictador nació de un repollo y que ningún ejército nacional tiene tantas balas como para matar a toda su población si esta se rebela. Por eso, también entiendo la oscuridad de estos ensayos y las polémicas que despertaron. No debe haber nada más desesperanzador que saber que la suerte de nuestra vida depende en gran medida de que no surja ningún anticristo en el rebaño de las sociedades modernas y que el peor de mis enemigos puede ser mi vecino.

Pido disculpas por este desvarío, pero les juro que tiene sentido. Tengo que pensar en estas cosas porque de algo me tengo que agarrar para no enloquecer del todo. Soy de los que siente rechazo por cada comparación con algún fascismo. Hay un viejo axioma que dice que una persona perdió la discusión en cuanto mencionó a Hitler o sus variantes (nazismo, gestapo, etcétera). Me parece un argumento bastante endeble: hay gente que se reivindica como nazi en países que, si a Hitler le hubiera dado el tiempo y la tecnología, los habría borrado del mapa por inferioridad humana. Pero, más allá de eso, apago el cerebro cuando alguien utiliza un punto en común para calificar a todo un aparato. Por comparación aislada de un solo punto programático, cualquier gobierno puede ser maoísta, leninista, estalinista, nazi, fascista, falangista, socialdemócrata o liberal.

Lo que nunca deja de sorprenderme es la paradoja de la libertad. Es algo que cuesta aceptar, pero bastante zonzo de comprender si lo llevamos a un plano religioso: un país de la modernidad garantiza la libertad de culto; surge una corriente política popular con una cosmovisión teocrática; no se la puede combatir porque es producto de la libertad; llegan al poder.

Cada vez que alguien habla de las posibilidades de Francia de convertirse en un país islámico, habla de la paradoja de la libertad, aunque no la conozca. No hay forma de que Francia pueda impedir ese desenlace mediante una prohibición porque sería contraria a la libertad que tanto pregona. ¿Hay otras formas de prevenirlo? Sí, claro. Para comenzar, ningún país debería preocuparse por la religión de su presidente si este es un sujeto creyente en la república, la democracia y la libertad de culto. Pero ahí tenemos otro problema: el pueblo vota y este nunca se equivoca.

No hace falta irse a las religiones para comprender la paradoja de la libertad. Cualquier ciudadanía puede votar en su mayoría por un candidato que represente todos los valores opuestos al sistema que le permite presentarse. Sin embargo, al día de la fecha, no ha ocurrido tamaño descalabro en países desarrollados. Incluso si tomamos la peor descripción hallable de la realidad actual de los Estados Unidos, aún en ese caso tienen la paciencia puesta en las instituciones. A tal punto nos resulta poco factible un descalabro total que las peores distopías imaginadas tienen sistemas opresores que llegaron al poder mediante la violencia, al igual que en la vida real. Puede ser El cuento de la criada en la ficción norteamericana o la Revolución Islámica en Irán: ficción en el primer mundo, realidad en los que están en vías de desarrollo.

Cuando afirmo varios párrafos arriba que fuimos criados en la mentira del ascenso social, está claro que no hago ningún descubrimiento. Solo me llama la atención que lo tengamos tan, pero tan naturalizado. Las brechas son cada vez mayores y no me refiero solo a la existente entre los que más y menos ganan. Pongamos un ejemplo tan de clase media que hasta el padre de Mafalda lo abrazaba: el automóvil. De los diez autos más baratos de la Argentina de 2026, solo dos forman parte del ranking de los más vendidos. Y agrego: ninguno de los cinco autos más baratos del país rankea. Entonces ¿quiénes pueden cambiar su auto? La respuesta viene sola.

Y hablo de fantasía que abrazamos porque, si nos ponemos a revisar lo que quisieron enseñarnos –de ahí a que hayamos aprendido, hay un largo trecho– resulta que la modernidad, el progreso y las revoluciones nos sacaron de épocas absolutistas, despóticas y plagadas de prerrogativas de sangre, pero nos olvidamos de algo básico: la inmensa mayoría de la humanidad no formaba parte de las cortes. Sus vidas se centraban en trabajar para vivir y en una certeza que nadie se planteaba cambiar: donde nacías era donde morías, como llegabas era como te ibas.

Aprendí a no dar por sentado cosas que creía generalizadas, como cuando me preguntaron cuántas veces comía pastas por semana y dije “lo normal, cuatro o cinco veces”. Que una parte de mis abuelos haya llegado al país con un baúl, la otra haya nacido en conventillos, mis padres sean profesionales y yo no tenga que mendigar ni buscar otro país habla de un ascenso social descomunal como nunca antes hubo en la historia. Solo para dimensionarlo, las fantasías giraban en torno a tener hijos que pasaran menos necesidades que sus padres, pero de pronto tuvimos ascenso social en una misma generación. Si en el siglo XV se le hubiera dicho a un laburante de algún feudo que en diez años podría tener su propia granja, su propia casa, otra vivienda de descanso en alguna playa y un vehículo para moverse de un lado al otro, nos habrían quemado en una hoguera por estar poseídos. Y eso sin mencionar jornadas de trabajo limitadas, días de descanso, vacaciones pagas y sistemas de salud y de educación gratuitos.

¿Alguno puede dar por sentado hoy, mientras lee estas líneas, que ascenderá socialmente de manera legal? Honestamente, con una mano en el corazón, ¿alguno realmente lo cree sin que sea una excepción a la regla? Desde que llegué a la vida adulta, los créditos hipotecarios son para las personas que pueden demostrar que no los necesitan. Nacido y criado en barrios del Fondo Nacional para la Vivienda, mi sueño aspiracional se quedó en poder pagar el alquiler en un barrio más céntrico. Si el ascenso social fuera tan normal, no diríamos que “Juancito es un tractor, podés creer que empezó con nada y ahora se construyó una casita”, ni tendríamos notas periodísticas que cuentan historias de superación. Cuando el ascenso es la norma, la superación no es noticia. No hay nada para contar, es lo normal: vive mejor que sus padres.

La teoría de que los pueblos nunca se equivocan es algo que esquivamos siempre porque no existe nada más amargo y pecho frío que decir “no me votaron porque están equivocados”. Sin embargo, la historia tiene sobradas cuentas de esas equivocaciones si lo pensamos con el diario del lunes. Pero ahí entran nuevamente nuestros pensadores del día. Imagino a todos los que intentaron explicar lo que pasó en distintos momentos de tragedia colectiva preguntando si de verdad creemos que las sociedades nunca se equivocan. Y para no caer en la máxima “el que nombra a Hitler, pierde”, vamos del otro lado: según las encuestas más amplias de Gallup realizadas entre 1939 y 1942, la inmensa, enorme, gigantesca, apabullante mayoría de los ciudadanos norteamericanos estaba en contra de intervenir en la Segunda Guerra. ¿Estaban equivocados? Según a quién y cuándo le preguntemos, claro.

De entrada, ya me siento un idiota por tener que decir lo siguiente, pero aquí vamos de vuelta: no digo que nadie se haya equivocado en la Argentina con su voto en los últimos 43 años. Ahora, no solo elegimos al votar; también lo hacemos cuando decidimos sobre qué quejarnos, qué permitimos, qué cosas preferimos pasar por alto y con qué nos alcanza para conciliar el sueño.

Quizá me vea movilizado porque no me encuentro en la situación laboral soñada o porque ni siquiera puedo decir que al menos la paso bien. Dicho esto, pueden tomar lo siguiente con las pinzas correspondientes.

En la última semana, y con motivo de otro debate en torno a cuestiones históricas que ya deberíamos tener más que saldadas pero que son necesarias para crear nuevas narrativas que no narran nada, no solucionan una goma ni explican un cazzo, circuló un video en el que Jorge Lanata llamó personalmente al programa de Mariano Grondona para cuestionar la autodefensa del entonces todavía almirante retirado Emilio Massera. Lanata dio su parecer por teléfono, totalmente opuesto a lo dicho por Grondona, pero con un notorio respeto por la figura del dueño del espacio. Incluso, luego de decir que para él Massera era un hijo de puta, invitó a Grondona a debatir personalmente, en un café, el lugar que debían ocupar como comunicadores y si debían o no sentar posición respecto de determinados temas.

La primera reacción al ver ese video es preguntarnos en qué universo paralelo ocurrió que Lanata no solo fue atendido, sino que lo pusieron al aire y Grondona no lo mandó a la mierda. Debe ser la misma realidad paralela en la que Neustadt, Pergolini, Cerati y Pappo se juntaron para defender el derecho a la libertad de expresión en el programa de Tato Bores.

Hablo por lo que me rodea y por lo que me afecta: en esta Argentina de un universo distinto a ese del que nos llegan videos de archivo, los periodistas estamos cada uno en nuestro mundo y todos creemos que es el correcto y el más mejor. Nos reconocemos herederos de una historia que la inmensa mayoría desconocemos; los que mejor parados están creen conectar con laburantes comunes y corrientes y, si los apuran, se sienten parte del proletariado como si fueran redactores que cobran el sueldo en cuotas.

Hubo una época, creo que en ese universo paralelo del que llegan imágenes de archivo, en la que un empresario decidió encarar un proyecto raro: un periódico asequible para cualquiera que tuviera una moneda en el bolsillo. En su época de mayor esplendor, cuando era el diario de mayor tirada de toda América Latina –récord que recién quebró Clarín en la década de 1990–, decidieron sumar un suplemento cultural. No sé si podemos dimensionar el valor de este hito: Crítica era el diario que compraba cualquier persona sin importar su poder adquisitivo y ofrecía un suplemento cultural. El suplemento estaba dirigido por Jorge Luis Borges y Ulyses Petit de Murat. Borges, además, acaparó una sección que se llamó “Historia universal de la infamia”. Si le suena de algún lado, me da una alegría inmensa: es el nombre del primer libro de cuentos que publicó Jorge Luis, muchos de los cuales vieron la luz por primera vez en un suplemento de un diario barato, desdeñado por sensacionalista. Así, además de envolver huevos, proteger el piso de salpicaduras de pintura o informarse camino al trabajo, un ciudadano con una moneda podía leer “La viuda Ching”, “Hombre de la esquina rosada” –que salió como “Hombres de las orillas”– y “El espejo de tinta”, que se publicó en la misma edición que “El impostor inverosímil Tom Castro”. Y por si a alguien no le gustaba lo que hacía Borges, el manejo del inglés que tenían tanto Jorge Luis como Petit de Murat hizo posible que llegaran a las manos de cualquier tipo cuentos de Dickens, Chesterton, Wilde, Kipling, H.G. Wells y Hemingway.

En algún punto de este país que atravesó varias dictaduras, cientos de revueltas y mil tropiezos, algo se rompió. Cada uno tiene su punto de vista y un culpable en su mente, pero algo pasó a nivel cultural que terminó con una larga cadena de mandatarios variopintos y funcionarios de todos los poderes con menos lectura que un obrero de hace un siglo.

Y la mención a Crítica y su Suplemento Multicolor no la traigo al pedo: la cultura no se convirtió en algo snob, fue devuelta a ese lugar del que gente como Natalio Botana, Borges y Petit de Murat quisieron sacarla para regalársela a cualquiera que buscara matar el tiempo con la mente como escenografía. Si tuviera que escribir esto en otra época, diría que no se me ocurre un acto más punk que tamaño regalo cultural para las masas.

Hace días, no más, vi una charla de quince minutos en torno a quién fue el autor de una frase falopa que posteó el presidente sobre traiciones. Cuando dijeron que Julio César no fue traicionado por nadie cercano a él y desde atrás le tiran el detalle de Brutus, mi cerebro no supo si reaccionar con una carcajada o dejarse caer por mis fosas nasales.

¿Lo mejor? Hablo de dos personas que se encuentran entre los periodistas con más estudios académicos. Y ahí tenemos, también, un gran problema: si esa es la vara, ¿qué nos queda al resto?

No quiero ser una queja permanente pero esta es mi realidad. Me encuentro totalmente fuera de cualquier situación de relevancia discursiva. Es como si me hubieran sacado de un boliche del que odio la música y no sé si sentirme aliviado, humillado o ¿por qué siento las dos cosas?

Esta semana hice el ejercicio de mirar pases de programas televisivos. Primera impresión: ya no se estila ajustar el traje y nadie puede decir dos palabras sin bajar el mentón para acomodar el cuello o estirarse la solapa del saco. Segunda impresión: quince minutos de “yo creo que quiso decir” y “me parece que se equivocó en el tono”, mezclados con defensas a funcionarios y “fuentes inobjetables” que son las mismas que putean a todos los periodistas por operadores. En medio de todo eso, alguien dijo abiertamente que “quizá hacemos una encuesta y esto no le importa a nadie”. Bonito blanqueo.

Hay temas de sobra para hacer un festín periodístico, pero no ocurre, no al menos en los lugares donde esperaríamos que ocurriesen. El Presidente tiene fijado en su cuenta de Xwitter un kilométrico repudio al Grupo Clarín como “La Gran Estafa Argentina”. Está ahí desde hace un par de años. En los principales programas del prime time periodístico del grupo deben haberse sentido aliviados de que llegara el 24 de marzo para poder volver a hablar del kirchnerismo, con largos editoriales en los que nos recordaron cuánto robaron, cómo lo hicieron y qué podrían hacer si vuelven. Como si necesitáramos recordarlo. Como si eso fuera motivo harto para mirar para otro lado, para no preguntar “che, ¿qué onda?” o para conformarnos con esto por temor a otra cosa peor. Y yo entiendo que soy un inconformista que no madura más y la mar en coche, pero ¿con tan poquito nos arreglamos como sociedad? ¿Así agradecemos tantos siglos de pensadores y revoluciones? ¿Qué queda para los que no reciben educación si los educados elegimos olvidar las nociones de división de poderes, ética pública, organismos de control, obligaciones, derechos y garantías para todos y no solo para los que ganaron?

Creo que los grandes cambios del periodismo en su brevísima historia humana no han sido las tecnologías; estas son métodos de producción y de consumo que pueden afectar la calidad y el presupuesto, pero el concepto es el mismo: comunicar. En todo caso, las grandes metamorfosis fueron los lugares a ocupar. Los diarios nacieron como trincheras ideológicas. Un buen político tenía el deber de contar con uno para difundir sus ideas y hacer pomada las del adversario o enemigo. Incluso nuestra acta de bautismo, La Gazeta, era lo que hoy llamaríamos un pasquín oficialista y temerario.

La primera gran metamorfosis fue ocupar lugares de poder desde la noticia, la investigación y la opinión argumentada y, a diferencia de la prensa norteamericana, sin afiliarse institucionalmente con partidos políticos. Sí, se jugó siempre al poder de todas formas, pero al menos hubo un punto en el que se comenzó a disimular un poco y ya no se dejaba pasar un editorial incendiario así como si nada. En todo caso, eran cosas de los dueños. Tras décadas de subir el nivel académico y de crear carreras universitarias para un mejor ejercicio, ocurrió una metamorfosis que no necesitábamos: medios y muchos empleados juegan a la política como si estuviéramos en 1860. Pero en Ultra High Definition.

Gente grande a la que todavía le dicen chicos y que no tiene tiempo para leer absolutamente nada que amplifique su visión del mundo, se da el lujo de criticar el nivel intelectual del funcionario que no le cae bien sin, siquiera, sonrojarse por todas las cosas que los unen en la ignorancia colectiva. Personas que dedican todo el tiempo posible a forjar más lazos y hacer tanto trabajo de fuentes que no les queda tiempo ni para leer algo que les dé una nueva perspectiva o que les haga comprender que es un oxímoron decir que una marcha es política. Y algo me dice que si contaran con ese tiempo, tampoco leerían. Ni siquiera un cuento en un suplemento de un diario barato camino al trabajo. O sentados en el trono.

Nicolás Lucca

P.D.:  Escribí “la mar en coche” y casi la reemplazo por sentir que largaba olor a naftalina y lavanda. La dejé adrede porque quizá fue un lapsus. Es una frase que heredamos de la última oleada migratoria de españoles. Venían de un país en el que irse “a la mar en coche” era un lujo aristocrático. Los recibió uno en el que era un ritual popular.

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