Yo también estoy enojado

Creo que cuando me llegó ese video por Whatsapp reaccioné de la forma equivocada: me entré a cagar de risa. Espero no haber ofendido a nadie por mi reacción, pero uno no controla sus emociones ni sus pensamientos sino que es exactamente al revés.

Antonio Fraguas Forges fue un humorista español que una vez dijo una de las verdades más universales de la historia del periodismo: “Los periódicos en España se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público”.

Vivimos en una época en la que el periodista se ha convertido en la estrella, en el centro de la historia. Todos quieren ser Hemingway en medio de la Guerra Civil Española pero no leyeron de Hemingway más que la anécdota de que cubrió dicho conflicto.

Y lo peor es que creen que no nos damos cuenta. Y me incluyo en el otro lado porque yo no soy periodista. Lo dije mil veces, no lo soy. No estudié periodismo, no me considero periodista. Creo que es un trabajo, lo ejerzo y vivo como un oficio, pero no me define. Y mierda que me han hecho pagar la falta de corporativismo, el “no pertenecer”. Porque el periodismo, ahora que está tan en boga el término, posee también una casta.

Existe un techo de cristal que es imposible cruzar: el de los acomodaticios. Se los reconoce fácil, son los que confunden tener una fuente con ser vocero de un funcionario. Por lo general tienen primicias que a nadie le importan y las ostentan como grandes triunfos. También tenemos a los grandes escritores que no han escrito un puto libro pero fueron best-sellers. Y cómo dejar afuera a los peores de los peores, a esos que ocupan un círculo del infierno que ni el mismísimo Dante logró imaginar: los que nos hacen creer que investigaron un caso cuando tan solo recibieron información confidencial de un servicio de inteligencia gracias a que ellos mismos lo son de forma inorgánica.

El medio es pequeño pero nos conocemos poco. Sin embargo, hay verdades que son empíricas y el brote de ira de Alfredo Casero este viernes lo dejó en claro una vez más. Es una verdad molesta, pero tan cierta que da vergüenza tener que aclararla: en un país normal, sin corrupción, sin gobiernos mesiánicos, al periodista político no lo conoce nadie. O sea: en la Argentina, el periodismo político necesita del desastre para poder ser estrella. Y les encanta ser estrellas. Ah, cómo se disfrutan las playas de Miami luego de comernos la cabeza con que todos nos vamos a morir o terminaremos pobres. Los vemos en sus cuentas de Instagram, lo sabemos, lo conocemos. Y encima algunos tienen el tupé de ofenderse, otros de solidarizarse, otros de hacerse los chistosos con el que tuvo el ataque de ira.

Vivimos en un país en el que, en medio de una corrida cambiaria, un canal de noticias puso “Macri se va en helicóptero”. Este es el país en el que el día de las elecciones de 2019, un canal puso una placa roja con la frase “Alberto está haciendo la cola”. Acá, en la Argentina, la imagen que el común de la gente tiene del periodismo es la única encuesta que los periodistas no publican. Y lo bien que hacen.

Más de una vez dije que no es correcto llamar “ensobrado” a un periodista que habla bien de un funcionario que no tenía ni medio punto para el mérito. No todo es plata: el cholulismo, la necesidad de sentirse importante para un funcionario alcanza y sobra. Sí, otros son alevosos, pero creanme que los más tarados lo hacen gratis.

En lo que muchos creen que existe una corporación periodística, solo hay amiguismo falso y pelotudeo. No se permite el silencio, mucho menos se permite dejar hablar. Son contados los programas televisivos o radiales en los que un entrevistado puede cerrar una idea sin ser interrumpido. Y son contados con falanges, no más, los casos en los que los periodistas no opinan sobre cualquier cosa de la que no tienen la más puta idea.

¿Recuerdan que hay un país llamado Ucrania que fue invadido hace un par de meses? Bueno, aún los asesinan gratis, pero viene bien recordar cuando nos interesaba el tema. No hay nada peor para la noticia que la autoreferencia. Y no, no es una contradicción que afirme eso en un texto escrito en primera persona: esta es una opinión sobre mi experiencia. Ahora, si te mandan a cubrir una guerra, no sos el protagonista, hermano. Salvo las honrosas excepciones de Guillermo Panizza, Joaco Sanchez Mariño, Elisabetta Piqué y Carolina Amoroso, el resto de los periodistas argentinos fueron a Ucrania a contarnos qué les servían de desayuno, cómo les afectaba a ellos lo que les pasaba a personas que no pueden tomarse un avión a Buenos Aires y un montón de pajereadas que deberían tratar en terapia. Se supone que en una guerra los protagonistas son los combatientes y las víctimas civiles. Pero, como yo no estudié periodismo, quizá me equivoque.

Las guerras sacan lo peor del ser humano. Pero acá no la tuvimos y sacó lo peor del periodismo. Uno que desde Palermo le da consejos a una corresponsal de qué hacer con la alarma antibombas que comienza a sonar, otra con deficiencia congénita de fósforo que pregunta si le hicieron PCR a los invasores rusos, otro que nos cuenta cómo fue ingresar a la zona en conflicto como si nos recomendara un plan para el finde. Qué se yo, capaz que te da paja ir a la plaza y querés ir a cabecear misiles.

Y el ego. Ah, el ego. Nada peor que el ego confundido con el dinero. He visto con mis propios ojos a colegas rifar el alma por ser reconocidos en la calle. Luego vienen con el aire de superioridad a realizar entrevistas o editoriales «equidistantes». Y no existe la equidistancia, amigachos. El centro de la península de Corea es la frontera más militarizada del mundo.

En plena pandemia se produjo una división atroz entre nosotros. Una más dentro de la grieta: los que le decían a la gente todo lo que quería el Gobierno y los que advertimos los riesgos para las libertades individuales. Todavía pagamos las consecuencias de haber firmado una puta solicitada ciudadana. Nos tildaron de golpistas, estúpidos y no sé cuántas cosas más. Y todo para que un año y medio después, los que dedicaron la pandemia a cocinar o contar muertos por hora, digan que “es una exageración hablar de violación a los derechos humanos”.

¿Cómo mierda quieren que le digamos a la cantidad de casos de muertos, heridos, vejados y privados ilegítimamente de su libertad que se dieron de forma sistemática?

Y encima estaban los que nos cagaban a pedos por violar la cuarentena para ir a abrazar a un ser querido cuando ya se estaba muriendo. Manga de hijos de puta, los vi a casi todos de joda con la comodidad que nos daba cobrar el sueldo del 1 al 10 y tener permisos de circulación cuando el resto del país vivía encerrado y con nosotros cagándolos a pedos por querer comer.

De pronto, un señor visiblemente enojado, es provocado por un periodista que interrumpe tanto que un día se va a interrumpir a sí mismo y el universo colapsará. El tipo se calienta. Lo veo y me da un poco de cosita. Después me doy cuenta de que en realidad lo envidio. Profundamente. Porque el mayor problema que tuve cuando decidí dedicarme a este oficio es tener que cuidar mis reacciones, mis enojos, mis emociones.

Prometí ser breve, así que ya redondeo. El periodismo, por definición, es burro. No hay forma de que sepamos todo de todo porque es humanamente imposible. Y el periodismo, por definición, es esa labor en la que administramos sabiduría ajena para satisfacer la necesidad de respuestas. Pero no, mejor hablar sin saber, opinar de todo, pisar a los entrevistados, provocarlos, marginar a los colegas que se rompieron el orto estudiando otras carreras, serruchar a los que creen que todo el tiempo hay que estudiar, hay que leer, hay que devorar libros y documentales.

Porque pasa. Y pasa tan seguido que algunos casos de marginación a personas capaces los vimos todos en vivo y en directo. No vaya a ser cosa que los que se capacitan dejen en evidencia a los que no quieren gastar tiempo en hacer pelotudeces como agarrar un libro para saber la diferencia entre Jobs y Hobbes o aprender un idioma. Y mejor ni hablar de seguir en contacto con las personas que se dedican a otras tareas.

Y creo que ahí está el principal punto de lo que ocurrió con Alfredo Casero este viernes: la desconexión sideral con la temperatura de la calle. Después quedará tiempo para hacer un hermoso editorial soporífero sobre la sorpresa de un estallido.

Como dije más arriba, el periodismo mejor pago de la actualidad es el periodismo opositor. Y nadie quiere dejar de ganar guita, no sé si me explico. ¿Cómo hacen para decir que la inflación será del 70% sin perder la calma? Porque necesitan de la tragedia general. ¿Cómo hacen para no ponerse a llorar por saber que, medido de forma multimodal, 7 de cada 10 chicos nacen en hogares pobres? Porque les toca tan de lejos que mejor que sea así.

Porque esa tragedia, ese enojo generalizado, esas personas que lloraban con piedras en la mano, esos chicos que no tienen para comer, esa inmensa cantidad de asalariados que miran con miedo a los que duermen en la calle porque se convirtieron en una posibilidad, esos que con dos salarios mínimos son pobres, esos que no quieren jubilarse para que no se los coman los piojos, esos que no salen de sus casas de noche por temor a la inseguridad, esos que no salen de sus casas ni de dia por pánico a los tiros, esos que se funden… Esos, todos esos son necesarios para cobrar un sueldazo y estar en el mejor horario para contarnos lo mal que estamos.

Pero con frialdad profesional, che.

Y yo, más que frío, estaría realmente preocupado. Porque, evidentemente, algo pasa y me lo estaría perdiendo.

 

 

 

 

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