Tan Barato
Volvió la Presi a recordarnos lo tristes que estábamos sin que nos cagara a pedos todos los días. Hasta ayer no habíamos visto esa notoria diferencia: seguíamos con un gobierno pedorro, que se mandaba las mismas cagadas, pero sin Cristina a pucheritos, retándonos por quejarnos del ajuste y la inflación, cuando sólo es una sintonía fina contra la avivada en un contexto de reacomodamiento de precios. El resto estaba todo igual. Da lo mismo tener o no un capitán si el barco se ha quedado sin timón, por lo que no se notó la ausencia más allá de una evidente recuperación auditiva de quienes escuchamos radio: Boudou que inaugura una autobomba tan nacional como un iPad con yerba mate encima mientras afirma que hay Cristina para rato, y Moreno que no descansa en su psicopatía sexual y ahora quiere que se la chupen los ministros, los comerciantes, los consumidores y los importadores, que deberán escribirle cartitas de amor por correo electrónico para que el decida si ameritan o no el permiso real para importar.
La continuidad de la gestión fue tan notoria que hasta demostraron que realmente les importa el caso de la mina a cielo abierto en Famatina, contra lo que pensaban todos los desestabilizadores que decían que el Gobierno no hacía nada. Anteayer el Raly Barrionuevo aprovechó su presentación en Cosquín y pasó varias imágenes alusivas a la resistencia del pueblo de Famatina. Dicen que las pasó durante unos cuantos minutos, pero sólo quedará en leyenda para todos aquellos que no fuimos a Córdoba, dado que Canal 7 interrumpió la transmisión. 
En la competencia por demostrar la continuidad de una gestión antikirchnerista bien pulenta, se la agarraron con los Moyano. Tomada dijo que las protestas de Pablo son aprietes al gobierno y Randazzo afirmó que Hugo tendría que irse a la casa al sostener que «el que renuncia al Partido Justicialista es para irse».  Desconocemos si le dijo lo mismo a Néstor Kirchner cuando renunció en 2009 luego de perder por poquito, pero algo nos induce a pensar que no fue así. 
Otra medida aplicada por el gobierno antikirchnerista de Cristina con la que se volvió a marcar la agenda, fue el aumento maricón del precio de todos los transportes que no pudieron enchufarle a Macri. Esta vez no acusaron a la patronal, ni a la derecha neoliberal, ni a los sindicatos, pero se la rebuscaron para que la culpa no sea de ellos: todo aquel que no tenga la tarjeta SUBE antes del 10 de febrero, deberá pagar la tarifa plena, de la cual se desconoce el monto. El secretario de Transporte Juan Pablo Schiavi dijo «no subsidiaremos más transportes, sino a los pasajeros». La opción es nuestra. Sin embargo, tal como sucediera en su momento con la libertad para elegir entre quién queríamos que nos robara nuestros aportes -AFJP versus sistema de reparto- lo más probable es que, cuando ya no quede ni un billetín del Estanciero, la opción sea entre pagar lo que corresponde o ir a gamba, con o sin tarjeta.
La jornada de ayer estuvo perdida de antemano, dado que estábamos todos pendientes de la reaparición de la Excelentísima Señora Presidenta de los Cuarenta Millones de Argentinos -hay que actualizarse en el título, ahora la locutora la presenta así, no vaya a ser cosa que alguien se olvide- y no hubo espacio para tocar otros temas presumiblemente más aburridos. A las cinco de la tarde, Lubertino nos avisó por Twitter que se venía una Cristina Reloaded, aunque no aclaró si es que le instalaron un sistema operativo nuevo, le agregaron un cooler para que no le recalentara la mollera al sacar cuentas, o sólo le mandaron un Service Pack para reparar errores de sistema. A esa altura, ya estábamos con la picadita, un Martini Rosso, la carita pintada con los colores patrios y la remera Néstor 2011, ansiosos, aguardando la reaparición de la Presi. Y apareció.
La excusa del acto era la firma de convenios para obras públicas en diversos puntos del país. Al finalizar, la Presi dirigió unas palabras a la audiencia para explicar en qué consistirían las medidas antikirchneristas que aplica su gobierno para subsanar la pesada herencia recibida de la gestión anterior. A diferencia de Néstor, Cristina no está para sentarse a charlar con los sindicalistas que cuestionan políticas de ajuste que, obviamente, Néstor nunca aplicó tampoco, ni aún cuando las cosas se empezaron a complicar con eso de la inflación en 2007. Una vez más demostró que este es el gobierno que necesitaba el país para subsanar los desfalcos del kirchnerismo. Y así, rodeada de neoliberales, progres y aliancistas eternamente conversos, se dispuso a criticar a las petroleras que tuvieron ganancias extraordinarias e importan combustible en vez de producirlo. Fea costumbre que arrastran desde que el gobierno de Kirchner les soltó la correa. Del mismo modo, dio a conocer que el país tuvo que importar gas licuado para cubrir el consumo de la patria -no aclaró que lo pagamos directamente los usuarios- en un claro palo hacia el descontrol del kirchnerismo, que destruyó el pleno autoabastecimiento y las reservas para dos décadas. 
Luego dedicó unas líneas hacia la cuestión ambiental, al afirmar que le gustaría ver a los ambientalistas quejarse por la depredación de la costa de las Malvinas con la misma fuerza con la que se quejan de otras «tantas causas nobles». Nada de hacer esas mariconadas que hacía Néstor de sentarse a dialogar -al pedo- con los ambientalistas de Gualeguaychú y de buscar el arbitrio -al pedo- de España y la intervención -al pedo- de La Haya. El gobierno antikirchnerista de Cristina está para las grandes ligas: en Famatina que pase lo que Dios y los capitales extranjeros quieran. 
El momento duro del discurso ocurrió cuando retomó la causa Malvinas, recordando que el año que viene se cumplen 180 años de la expulsión del gobierno argentino en las islas y exigiendo al Reino Unido que acate las resoluciones de la Organización para las Naciones Unidas. Al remarcar la férrea conducta de revertir el proceso de desmalvinización aplicado por los sucesivos gobiernos democráticos posteriores a 1983, mencionó que la guerra fue sólo voluntad de un puñado de jerarcas militares e insinuó que dará a conocer el mítico Informe Rattenbach, para demostrar que fuimos a la guerra porque los militares ya no sabían como sostenerse luego de que aparecieran las Madres de Plaza de Mayo.
Quizás la anestesia de la operación fue tan fuerte que le causó un océano en la memoria, o tal vez a Río Gallegos no llegaban las noticias de qué pasaba en el resto del país a principios de la década del ´80. Lo cierto es que Cristina, en su discursito culposo pretendidamente agresivo, se olvidó de algunas cosas:
En 1979 la Confederación General del Trabajo convocó a una huelga nacional, paralizando al país literalmente, con cortes de ruta y fábricas tomadas. En julio de 1981, la CGT convoca a una nueva huelga general igual de exitosa, aunque esta vez el gobierno militar intentó reprimirla. En noviembre de ese mismo año, Saúl Ubaldini coordinó la movilización de miles de personas hacia la iglesa de San Cayeta
no en Liniers. La situación económica no era de la mejor -congelamiento de salarios y aumento de precios- aunque hoy sería un dato menor del modelo nacional y popular. El cantito «se va acabar la dictadura militar» obtuvo el resultado obvio y los manifestantes -entre los que había gente de la Democracia Cristiana y el Partido Intransigente, además de los justicialistas, sindicalistas y muchos no afiliados a ningún lado- sintieron la fuerza del garrote gubernamental. 
Casi cinco meses después, un 30 de marzo de 1982, el país amaneció paralizado a nivel productivo, pero movilizado a nivel protesta. La CGT Brasil comandada por Ubaldini había convocado a una nueva huelga y movilización hacia la Plaza de Mayo. A pesar de haber montado un operativo antihuelga gigantezco, el gobierno de Galtieri no pudo evitar que los alrededores de la Plaza de Mayo se vieran colmados por manifestantes que buscaban ingresar, situación que se repitió en Mendoza, Rosario, Mar del Plata y Tucumán. En Córdoba, por las dudas, mandaron patrullas de siete vehículos militares cada una para disuadir las posibles protestas. A pesar de que la consigna era «Pan, Paz y Trabajo» y que Pérez Esquivel -nobleza obliga: junto al defensor gratuito de los presos políticos de la dictadura Carlos Menem- intentó acercar un petitorio a la Casa Rosada, las fuerzas de seguridad dispusieron que no era el día indicado para hacer ese tipo de cosas y reprimieron a mansalva, además de detener a los que pudieron. Ese día terminaron en el calabozo Adolfo Pérez Esquivel, Carlos Menem, Saúl Ubaldini y el radical Juan Carlos Zambarieri, entre otros tantos miles de detenidos, heridos y un puñado de muertos. 
Quizás en Río Gallegos hacía demasiado frío ese día, o por ahí los defensores retroactivos de los derechos humanos de hace tres décadas estaban demasiado ocupados adquiriendo propiedades a familias víctimas de la dictatorial 1050, vaya uno a saber. Lo que sí podemos decir, afirmar y aseverar es que la dictadura se fue por algo más que una guerra perdida o los pañuelos blancos en la plaza. Gran parte de este país, sin estar afiliado a ningún partido ni sindicato, hizo frente a la última dictadura y no fue sólo por los crímenes horrorosos que cometían los militares, sino por el desfalco económico que destruía a la producción industrial nacional y el poder adquisitivo de los trabajadores, sumiendo en la pobreza a la mitad de un país con pleno empleo, mientras unos pocos hacían plata, mucha mucha plata, amparándose en ese perverso sistema privado de toda legalidad. 
Pero claro, contar este tipo de cosas debe ser incómodo.
Jueves. Tanta gente que puso huevos. Tanto olvido. Tan barato que resulta el relato.