Touch & Go

No pasa nada. El país se dirige en velocidad crucero hacia algún lado que el GPS se niega a revelarnos y nosotros en otra. Es lógico que hayamos bajado la persiana, dado que transitamos por una realidad paralela distinta a la que el concepto cristinista esbozara en algún momento: la clase dirigente está en una nube de pedos y el resto la vemos pasar.  

Lanata vuelve a la radio y tira una bomba investigativa a la que le pegaron una etiqueta encima de la marca de Jorge Asís. Reacciones varias, indignaciones multitudinarias, extensiones de pelo arrancadas a los gritos porque se descubrió que Aimée Boudou tiene un testaferro y hace negociados. Sinceramente, si esperamos que en Argentina pase algo, alguna vez, con un funcionario gubernamental sospechado de corrupción, es hora de que reconozcamos por ley que los Reyes Magos no son los padres, les demos documento nacional de identidad, un Plan Cooperativas y un lote en el Instituto de la Vivienda. Acá no se encana a nadie y las investigaciones periodísticas solo sirven para la catarsis. Si Libre publica en tapa la adquisición de departamentos en Puerto Madero -amp. lum. c/cochera y dep. de serv, a mts de Pza de Mayo- por varios millones de dólares y nadie firma un pedido de informe ¿acaso esperan que alguien se caliente por un kioskito del vice?
Reconozco que durante mucho tiempo pensé que la exposición del gobierno a la hora de meter la mano en la lata se debía a cuestiones más cercanas a la torpeza que a la impunidad. Los veía obscenamente torpes, novatos en el fino arte del choreo de cara a la labor más expuesta del país. Después, la brutalidad de determinadas acciones me llevó a suponer que realmente eran unos forajidos que no tenían ningún atisbo de cobardía a la hora de quedarse con vueltos, sobreprecios, licitaciones imposibles y especulaciones monetarias. También me equivoqué. No lo hacen de valientes descarados: se exponen porque nadie se calienta. Un delincuente salvaje debería tener algún rasgo estereotipado, no sé, cara de malo, accionar agresivo, algo. Estos no, a sonrisa plena se pasean con un porcentaje de fortuna encima. Empleados públicos con trajes de cincuenta lucas y relojes por el valor de un tutú cero kilómetro, extensiones de campo dignas de una distribución latifundista, más propiedades que una publicidad de yogur. Todo a la luz del día, con la tranquilidad de saber que nadie los va a joder. La torpeza no es de ellos, dado que hacen lo que se les permite. Si los responsables de controlar la balanza del poder demuestran padecer de pelotudez congénita al pedir explicaciones a Oyarbide por un anillo de diamantes -¡con todo lo que hay para tirarle por la cabeza!- es lógico que el oficialismo sueñe con realizar aquel ministerio de la Corrupción con el que Carnaghi soñaba en el programa de Tato. 
Asimismo, siento que me estoy quedando sin mi fuente de laburo. La construcción del relato ya no es novedad y hasta se avivaron los ¿intelectuales? de la patria. Se tomaron varios años, tantos que ya ni los oficialistas se comen muchos de sus propios versos. Si el relato realmente moviera algo, 678 tendría más rating que Showmatch. La oposición también va por ese camino al suponer que nos desesperamos e indignamos en serio por la corrupción. A la mañana puteamos con la noticia fresca, a la tarde hacemos chistes sobre el tema y la noche ya estamos en otra. Es el gran logro de la dirigencia de las últimas décadas: generar tantas preocupaciones y necesidades a satisfacer que la corrupción se ubica bien atrás en el orden de prioridades. Si la oposición tuviera un poder real, no digo de convocatoria, sino de viveza, buscarían otras formas de ataque y no irían al trote tras la agenda del gobierno. 
A esta altura no sé si lo hacen de cagones, inútiles o, sencillamente, de boludos voluntarios convencidos. No se animan a pegarle a la no universalidad de una asignación universal que ya perdió el 50% de su valor patrimonial producto de la inflación. No tienen muchas luces para correr a la ley de medios por el lado del principal infractor, que es el mismo Estado. No les da el cuero para medir las consecuencias de los dichos o acciones y, subidos a la incoherencia del gobierno, practican la misma incoherencia oponiéndose a medidas que antes proponían. Algunos, al menos, conservan algo de decencia.
La Presi se aburrió de ver siempre las mismas caras en los eventos de la ex Casa Rosada y mandó invitaciones a distintos sectores de la oposición para que vayan a una fiesta sorpresa. Se sabía que el tema era Malvinas, pero no mucho más. El presidente del bloque radical de la cámara de Senadores Petcoff Naidenoff decidió no ir a «una cita a ciegas». A Ricardo Gil Lavedra, en cambio, parece que le gustan las sorpresas y concurrió, al igual que Francisco De Narváez, Vicky Donda, Antonio Bonfatti y Federico Pinedo. La expiba Bullrich llegó con sonrisa quinceañera y la ilusión de encontrarse a Mario Firmenich. No pasó, pero junto a Pinedo experimentaron por un ratito qué se siente el oficio de aplaudidor oficial. 
Cristina apareció y destrozó cualquier tipo de especulación en torno a la contundencia de su discurso al decir exactamente lo mismo que dijo hace unos días, más alguna que otro detalle de otras presentaciones de su stand-up. La genialidad apareció en el arranque mismo, cuando afirmó que su anuncio consistía un tema de interés nacional, lo que se demostraba por la presencia de sectores opositores, esos que fueron sin saber a qué iban.
Una de las cosas que siempre me sorprendieron de Cristina es su habilidad para aparentar conocimiento sobre un tema del que no tiene la más puta idea. Ayer lo demostró al manifestar el orgullo que siente como argentina «por haber tenido generales como el General Rattenbach, un verdadero hijo del ejército sanmartiniano». Como amante de la democracia, lamentablemente no siento el mismo orgullo por Rattenbach, que cuando el gobierno de Guido llamaba a elecciones, suscribió el decreto 2713/1963 prohibiendo -una vez más- al peronismo, con maravillas tales como la responsabilidad penal para «los que hicieren de palabra o por escrito la apología del tirano prófugo o del régimen peronista o del partido disuelto, aún cuando no mediare la existencia de una finalidad de afirmación ideológica o de propaganda peronista». No la culpo a Cristina por manifestar su orgullo, dado que nadie la obliga a saber la historia de un movimiento al que desprecia, pero no por ello me dejó de patear el hígado tamaño reconocimiento inmerecido a un hombre que formó parte de lo menos sanmartiniano del ejército. Decirlo en el marco de los tres pilares «memoria, verdad y justicia», es un golpe bajo. Más si centra su discurso en la soberanía de los gobiernos emanados de la voluntad popular sin proscripciones.

La medida revolucionaria anunciada consistió en un decreto que quita el secreto de estado que poseía el famoso Informe Rattenbach. O sea, por decreto nos autorizó a leer algo que ya se encuentra disponible en internet hace rato. Luego de mencionar que iba a protestar ante el comité de seguridad por la militarización por parte de Reino Unido, dedicó el resto de la exposición a marcar la ilegitimidad de una guerra ordenada por un gobierno de facto. Para ello no sólo remarcó el factor democrático -más que valedero- al comunicar que del informe se desprende que la idea hacer un «touch and go» -sic- sino que esgrimió el factor prensa, echándole la culpa a los medios de comunicación por el apoyo brindado al gobierno militar ante la recuperación de las islas. Lo de siempre, ninguneó las mani
festaciones populares, las huelgas nacionales y sus represiones, y puso en tela de juicio nuestra idoneidad para decidir qué apoyamos y qué no. Que los medios hicieron una campaña hermosa para que creamos que teníamos el pollo cocinado, nadie lo niega. Pero la manifestación popular del 2 de abril de 1982 fue espontánea y ante la sola noticia del desembarco argentino, no más. Como considerar que el pueblo es pelotudo y no puede pensar por sí mismo ya resulta aburrido, ahora van por el trato de pelotudo retroactivo. La idea es sencilla: deslegitimar la guerra de Malvinas como causa nacional. Muchachos, murieron al pedo.

Para ir redondeando, se fue por la tangente de los recursos naturales y el desastre ecológico inminente. Ese costado me parece el más productivo a la hora de negociar. ¿Para qué se quieren quedar con las islas si nosotros les entregamos la explotación de lo que quieran por tres chauchas? Tampoco tendrían que hacerse cargo de la contaminación acuífera, especialidad de la casa.

Finalmente, con vergüencita al hablar de «salud mental», anunció -otra vez- la creación de un viejo reclamo de los veteranos, que es otro centro psiquiátrico para los excombatientes que así lo necesiten. Luego de ratificar que no vamos a demostrar actitudes bélicas -¿Con qué?- saludo a todos y a todas y se fue a saludar por el balcón a los militantes. Mientras a Díaz Bancalari lo cagaban bien a trompadas -algún día pasaría- Felipe Solá le recordaba a la prensa que «hace cuatro años que no pisaba la Casa Rosada» por si alguno se había olvidado de sus volteretas, Pinedo partía junto con Bullrich y Gil Lavedra hacia TN para contar lo satisfechos que se encuentran por la política malvinera de Cristina. 

Malvinas garpa y este gobierno lo entendió como nadie en los últimos años. La atención pública se centra en el debate nacionalista y muchos contrarios al gobierno quedan pedaleando en el aire. He leído cosas tan risibles que giraban en torno a la pérdida de confianza hacia Argentina por parte de los kelpers por culpa del bloqueo, con lo cual podemos llegar a suponer que, ante la ocupación de una vivienda, deberíamos ofrecer a nuestros forzosos huéspedes todas las comodidades, a ver si se ofenden. Otros, más extremistas, proponen una tarjeta SUBE para viajar de Puerto Argentino hasta Londres a mitad de precio. Yo, por lo pronto, soy más equitativo. Permuto medio conurbano por una de las islas. Elijan, Malvina o Soledad.

Agregado de las 12,00 hs: 

En la búsqueda de algún punto en común con los kelpers, los muchachos picaron en punta.

Miércoles. De vacaciones, no pidan demasiado.