Votando por un Sueño
La sociedad argentina se encuentra en permanente evolución. Nos expandimos socialmente, variamos nuestras escalas de valores y adoptamos costumbres novedosas. Esto no quiere decir -al menos no siempre- que la evolución sea positiva y más de una vez nos sentimos en una eterna repetición. Sin embargo, no soy de los que creen en los ciclos de crisis argentinos. En cierta medida, sí lo creí durante un tiempo, hasta que la crisis sociopolítica desencadenada a principios de siglo -y aún no finalizada- tiró por tierra lo que daba por sentado. 
Una de nuestras grandes evoluciones se ha dado de un punto que muchos llaman conformismo. El mentado conformismo puede darse cuando uno sabe que podría aspirar a más, pero se queda con lo que tiene. Es la carencia del esfuerzo por progresar, no por falta de ganas, sino por una cuestión de actitud. El conformista es consciente de lo que hace, se representa la posibilidad de algo mejor y la descarta porque el esfuerzo -cree- no lo vale. Lejos estamos de ser conformistas. Gran parte de esta sociedad ni siquiera se ha plantado la posibilidad de algo mejor, de algo distinto a lo actual, quizás parecido a lo que le contaron cuando era chico, tal vez similar a nada, diferente. No nos conformamos con lo que tenemos a sabiendas de que hay algo que podría ser mejor, sino que aceptamos esto como normal. 
Usted, eventual o habitual lector, podrá decirme que sí se plantea algo distinto, algo mejor de acuerdo a sus ideales. Puede ser, no digo que no, pero mientras tanto aún creemos que algunas cosas debemos respetarlas por lo que dicen ser, no por lo que son realmente. Esto nos cae a -casi- todos. Algunos creen que hay carne para todos, que el gobierno se muere por el respeto hacia los derechos humanos, que el ajuste es sintonía fina. Otros, tan incrédulos como los primeros, desconfiamos de los enunciados oficialistas pero nos creemos que el papel que representamos en la sociedad es algo más que una mera actuación con una puesta en escena que incluye un colegio al que se va a aprender, un hospital en el que nos curan, una policía que nos cuida y, la escena más emocionante de todas, una justicia que existe porque la llamamos mucho a gritos cada vez que nos avivamos de que las otras escenas no tenían nada tras el decorado.
Es tanta la actuación que realmente creemos que la democracia es el mejor sistema porque podemos elegir cada dos años a quienes nos van a cagar durante cuatro. Algunos más melodramáticos, son capaces de poner el grito en el cielo al defender el voto universal y asegurar que un analfabeto tiene derecho a votar, aunque no pueda leer la boleta. Dejo de lado lo de entender el sistema representativo y otras boludeces de instrucción cívica, dado que dejaríamos afuera a todos los que no hicieron la secundaria, a los que se fumaron las clases de civismo en tiempos dictatoriales, y a las víctimas del sistema educativo de los últimos lustros.
La simulación practicada al momento de votar es un caso testigo de las que cosas que ni siquiera nos planteamos. Nuestro sistema legal, torpe y sobrecargado, surgió de la ambición de una sociedad perfecta y permanece en una que no se hace, siquiera, preguntas básicas. El voto universal no plantea supuestos, dado que tenemos una ley que nos dice que la educación primaria es obligatoria. Si la ley lo dice, así es, yo no soy quién para contradecirla, así me lo enseñaron y con eso alcanza para suponer que no hay analfabetos en los cuartos oscuros. 
Voto calificado son dos palabras que dan pavor. No es lo mismo calificar para sacar un registro de conducir que calificar para elegir presidente, gobernador, intendente, concejal, diputado o senador. En el primer caso se corre el riesgo de colocar a un incapaz al volante. En el segundo, nos aventuramos a colocar a un incapaz en cargos donde decidirán sobre nuestros destinos. 
Mientras algunos me putean por pretender el sectarismo electoral -si quieren, les doy más letra abogando por la aristocracia en el sentido aristotélico platónico- y me refriegan que impedir que voten los que no saben a quién están votando es el camino más fácil, rápido y berreta de solucionar algo que se arreglaría con educación, les recuerdo que vivimos en la sociedad de lo inmediato, donde confundimos pragmatismo con decisiones acertadas. Claro que prefiero mil veces la educación antes que la calificación al momento de votar -de hecho, de las tres características de nuestro modo de votar, la única que me interesa replantear es la de la obligatoriedad- pero por algo deberíamos empezar. Además, si con estatizar los aportes patronales dimos por sentado que se acabaron las roscas de las jubilaciones, si con una ley de medios aceptamos que se acabaron las corporaciones multimediáticas y ahora existe plena libertad de expresión, si con juzgar a un geriátrico militar nos creímos que somos ejemplo intergaláctico en materia de derechos humanos, es lógico suponer en la inmediatez de la fantasía como toda solución a los problemas.
La idea es sencilla. Aquel interesado en votar se anota de puño y letra en algún punto de referencia, con lo cual ya damos por descontado que sabe escribir algo más que su nombre. A continuación, se lo somete a un breve examen de no más de cinco preguntas: ¿A quién representa un diputado? ¿A quién representa un senador? ¿Qué es la Constitución? ¿De dónde sale el dinero que gasta el gobierno? ¿Cuál es la diferencia entre derechos, obligaciones y garantías?
Si el entrevistado cree que senadores y diputados son afortunados que sólo levantan la mano, que la constitución es una plaza donde hay putas baratas a toda hora, que el dinero sale de la galera mágica de Cristina Santa Patrona del Billete Eterno y supone que la diferencia entre derechos y obligaciones radica en que los primeros son de los ciudadanos y los segundos del Estado, no está capacitado para votar. Rápido, sencillo, indoloro. Nada de esas mariconadas de recitar el preámbulo de memoria, de explicar cómo se sanciona una ley, de entender el sistema del ordenamiento administrativo nacional-provincial-municipal. Ni siquiera es menester que entienda mucho de geografía o historia. 
No crean que es una cuestión clasista ni mucho menos. De hecho, un inmenso porcentaje de los analfabestias cívicos son gente clase media parriba con serias dificultades para comprender el sistema de división de poderes. No es por haber carecido de los nutrientes necesarios para el desarrollo neuronal en la primera infancia, sino que, lisa y sencillamente, no les importa. Y como están en su pleno derecho a que no les importe, no veo por qué habría que obligarlos a que voten.
Sería una medida revolucionaria como pocas: el Estado argentino te da tanta libertad que te permite decidir si querés votar o no. ¿Por qué el Estado me obligaría a hacer algo que no quiero, si no jodo a nadie por no hacerlo? Épico. Basta de caretaje y de rasgarse las vestiduras por el derecho al voto universal, secreto y obligatorio. El secreto desapareció cuando Dios inventó el boca de urna, la universalidad son los padres y la obligatoriedad la tiramos a la parrilla en la que preparamos el costillar mientras otros votan. 
Habría que blanquear de una vez por todas, así tendremos más autoridad para acusar al otro de ser el culpable, dado que ya no estaríamos haciendo lo mismo de lo que nos quejamos. Y ningún sector de la sociedad está más calificado -upa- para llevar adelante esta patriótica misión que quienes integran el gobierno de Los Otros. En la patria de los psicólogos, pocas veces se han visto tantos casos de proyección concentrada en tan poco tiempo. El gobierno que veta algunas leyes que hacen al futuro de los recursos naturales y otras que garantizan que un trabajador cobre un 82% de lo que cobraba en activ
idad -lo que, ya de por sí, debería ponerse en tela de juicio- es el que acusa a otros de ser «vetadores seriales». El gobierno que juega al quisquilloso malvinoso en pleno ajuste, es el que acusa a otros de sacar a flote el conflicto de Malvinas para tapar ajustes. El gobierno que tiene una deuda de la ostia por comprar petróleo afuera, es el que acusa a otros de no invertir. El gobierno encabezado por una persona que posee una excelente predisposición a la hora de adquirir propiedades en lugares exclusivos, es el que acusa a otros -con excepción de algún que otro propio- de ser conchetos. Son el gobierno de los otros. 
Es un salto cualitativo, nadie lo puede negar. Los gobiernos pretéritos deslizaban la culpa de un evento actual en el otro. Estos no. No discuten siquiera haber hecho lo mismo. Lo hacen, pero lo de ellos es un acto patriótico, el de los otros, un hecho deleznable. Por eso quiero manifestar mi fe en que este gobierno es el indicado para aplicar una nueva reforma al sistema electoral. Y así, mientras acusan a otros de querer el voto calificado -me ofrezco, patrióticamente, como blanco- pueden anunciar la nueva Ley de Voto Universal. Suena contradictorio con el contenido poco universal de la idea, pero ya tenemos una Asignación por Hijo a la que también llamamos universal y nadie dice nada.
Algo personal: Si este blog me dio alguna satisfacción, sin lugar a dudas ha sido la de conocer a gente maravillosa y entrañable, muchos con ideologías similares, otros tantos totalmente contrarios, pero todos buena gente. En estos días se me va mi amigo Ziberial, a buscar nuevos horizontes a la tierra que -vaya paradoja- lo vio nacer. Sus amigos sabemos que no va a resistir mucho tiempo sin ser cagado a pedos por cadena nacional. Vaya este post dedicado a él, su espíritu eternamente provocador y su permanente incorrección. 
Viernes. Enviá «Sintonía Fina» al *2020 y votá por cuál querés que sea el próximo recorte del gobierno para financiar algún otro programa pelotudo que no aporta nada a la realidad social. Podés ganar una cocina a leña para pasar el invierno.